“Margaret” narra la crónica del olvido y lo hace a todos los niveles posibles. Desde su propia concepción en 2005 como película post 11-S, su metraje original que superaba las tres horas, sus múltiples problemas de estreno hasta 2011 con el montaje ‘final reducido’ de Martin Scorsese y Thelma Schoonmaker, los nombres de los ya fallecidos Anthony Minghella y Sydney Pollack como productores en sus créditos o el crecimiento ‘hormonal-catódico’ de la propia Anna Paquin… Estamos ante una película maldita y controvertida, nunca definitiva… pero muy interesante en sus planteamientos y dispersión narrativa gracias a ese camino omitido y recorrido propiciado por la pérdida de material en esas marcadas elipsis.
A Kelly Reichardt en “Meek's Cutoff” le compararon al indio protagonista con Obama y es que el cine se suele confrontar y ubicar con el momento. En el caso de “Margaret” podríamos entablar paralelismos entre la tragedia y el icono que lo origina. Un sombrero de cowboy y el afán de la juventud por alcanzar el sueño ‘americano’ podrían marcar una cierta alegoría de ese EEUU capaz de saltarse los semáforos en rojo con una sonrisa, llevarse por medio a seres anónimos, desmembrarles y desangrarles… para salir inocente y nunca como culpable de una tragedia y la sucesión de cambios en los afectados que realmente provocó.
No nos encontramos ante una digresión del infortunio y el silencio a lo “Paranoid Park” sino con una lectura sobrecargada concerniente al debate personal y el peso moral que carga la protagonista. El idealismo, la adolescencia, la ingenuidad, el despertar sexual. “Margaret” nos habla sobre la incomunicación y la frase «Las personas no sintonizan, están desconectadas» funciona como leit motiv y motor de una historia sobre los fantasmas del 11-S y las uniones del destino. Desde el nombre de una hija difunta y planteamientos de cambios futuros en un mundo en el que no hay culpables… solamente víctimas que no pueden decidir en un cosmos en el que reina el dinero. La puesta en escena en el caminar de esa joven entre el bullicio o contra corriente podría resumir la propuesta. El filme se ve a sí mismo como una gran obra de teatro con actores secundarios y conecta con la profesión de actriz de la madre de la protagonista: su hija se convierte en espectadora de la repetición. Entre lo difícil, lo circular, la complejidad moral y las consecuencias de los actos, el filme se somete a la órbita de su protagonista como drama existencial y evolución a la madurez mientras que la ópera, Shakespeare, citas literarias y los debates sobre los conflictos morales de la política exterior de EEUU, forman un gran conjunto colectivo de voces resonantes.
No obstante, es ‘Primavera y otoño de una niña’ de Gerard Manley Hopkins aquella pieza que, aparte dar titulo, da hondura al discurso que establece esta interesante cinta indie para unos y detestable propuesta para otros:
Margaret, ¿estás llorando el desoje del bosque dorado?
¿De las hojas como posesiones terrenales tu tierno corazón se preocupa?
Ah, pero cuando envejezcas con más frialdad verás la naturaleza.
Contemplarás, sin malgastar un suspiro, mundos de pálida hojarasca en tu retiro.
Pero te embargará el dolor, he aquí la razón.
No importa su nombre, niña. La fuente del pesar es la misma.
Lo que ni ti boca ni tu alma sabían expresar, tu corazón y tu espíritu logran adivinar.
AVISO AL ESPECTADOR: Vaya meado a ver esta película. El 'ensayista' que escribe nunca ha visto miccionar tanto en pantalla grande en tan poco tiempo. Entiendo que Samuel Maoz quiere mostrarnos que esos personajes que tenemos delante son humanos… ¿Pero meando tanto? No es un chorrito y corte en la sala de montaje. No, se trata de meadas completas y chorros que escuchamos antes del goteo y meneo final. Y venga mear… y venga chorros… Utilizan una cajita fuerte pero por lo que mean hubieran necesitado un bidón… En fin, que el ser que les escribe este aviso casi se mea encima. Les repito y les insto: como si fueran a la mismísima guerra… ¡vayan meados!
La premisa de “Lebanon” parte de una sencillez pasmosa: el seguimiento durante 24 horas de un grupo de inexpertos y jóvenes soldados israelís que se encuentran en el interior de un tanque durante la guerra del Líbano del 82. Obviamente “Náufragos” de Alfred Hitchcock creó escuela pero Maoz sabe cómo hacer las convenientes ‘trampas’ en vacios legales del invento: la mirilla del tanque será y funcionará como el objetivo de una cámara. Ese punto de vista, en manos de un novato artillero, nos muestra el exterior del tanque desde esa perspectiva del descubrimiento. Un ojo y mirada voyeur para ver el lado más efectista y brutal de la contienda y describir tantos los encuentros como la guadaña que ha pasado por allí. Esa posibilidad de alargar y ampliar el exterior del tanque choca con lo (in)visible y contrasta con el microcosmos de roles grupales que se establece en el interior. Enseguida nos damos cuenta que nos encontramos ante un atajo de jóvenes con escasa formación a los que se les ha ‘regalado’ una máquina de matar y se les da órdenes que muchas veces son incapaces de acatar. El discurso antibélico comienza a darse forma entre los cadáveres que empiezan a dejar a su paso…
Al igual que Steven Spielberg en “Munich” se traza un vínculo con el 11-S y lo que podrían ser próximos objetivos en otro tipo de mirillas terroristas. El cineasta parece utilizar la cinta como material autobiográfico y como expulsión de sus demonios interiores, utilizando resortes cinematográficos de “La chaqueta metálica”, “Das Boot” o “Platoon”. Pero Samuel Maoz se limita a generar suspense e incertidumbre a lo “En tierra hostil” en vez de resolver cuestiones morales, sociales y políticas. No es tampoco “Masacre: ven y mira” de Elem Klimov aunque comparte ese balazo emocional entre los ojos de los espectadores respecto al límite que impone un punto de vista establecido. “Lebanon”, en cierta medida, es ese tanque descrito en el propio cartel: se encuentra solo en un lugar que no debería estar. Sus imágenes son claramente efectivas y precisas para hacer vibrar a los espectadores: ese suelo encharcado y lleno de restos de comida y la suciedad y sudor con la que van cubriéndose sus personajes forman parte de una evolución tanto interior como exterior de los mismos.
“Hatchet” fue un agradecido homenaje al slasher utilizando resortes del mito y Serie B con cameos de ‘Freddy’ y ‘Candyman’. La cinta de Adam Green fue capaz de hallar el equilibrio entre el humor y el splatter sin desparramar demasiado ambas vertientes y afilando su hacha cinematográfica en el terror de la vieja escuela. “Hatchet II” vuelve por sus fueros para reírse, en cierta media, de las secuelas. Comienza fuerte: la superviviente de “Hatchet”, Marybeth, escapa de las garras de Victor Crownley hundiendo uno de sus ojos en la miseria… Una decapitación con sus propios intestinos de uno de esos secundarios de paso… para dar ‘paso’ a la auténtica historia: Marybeth vuelve al lugar del crimen con un grupo de mercenarios reclutados por el Reverendo Zombi (Tony Todd AKA Candyman). Saben que Victor Crownley es un fantasma ¿indestructible?, aunque las intenciones del Reverendo son tas oscuras como su piel…
La heroína y superviviente quiere volver a enterrar a su familia… y de paso vengarse. Aunque la duda es saber si se puede matar a un fantasma. En el mundo paranormal Victor Crownley es un repetidor, en el slasher sería el asesino inoportuno e inmortal que tan bien parodió la deleznable “Club desmadre (Club Dread)”. “Hatchet II” sería como “Aliens: el regreso” (aplicado al slasher) pero descuartizando el cuerpo a hachazos sobre el que se apoya el subgénero de terror. El Reverendo Zombi habla mucho sobre maldiciones pero falla más que la Bruja Lola y Aramis Fuster juntas… Y es que el cine de terror actual suele ofrecer demasiadas promesas que finalmente incumple. “Hatchet II” parece consciente de lo que es y sabe reírse de sí misma en su recta final entre una gran amalgama original de muertes y vivisecciones imposibles.
La crítica atacó con brutales hachazos a esta segunda parte: vacía, sin sentido, estúpida, poco ingeniosa y demasiado simple… Se olvidaron recordar que el cerebro a cualquier posible intelectualidad ya lo había vaciado Victor Crownley en la primera entrega. Para el resto: un ¿inteligente? divertimento salvajemente descerebrado. Lo interesante de “Hatchet II” es que no pretende engañar a nadie por sus obvias pero afiladas pretensiones.
“Ninja Assassin” forma parte de esas películas con malas críticas pero aceptable recepción del público. Tal vez su mejor jugada es precisamente su mayor defecto: su inexistente guión. Si existió alguno fue masacrado, golpeado, aporreado, acuchillado, degollado, rebanado y cortado en cientos de pedacitos. Pero a cambio los huecos fueron rellanados por toneladas de acción y sangrientos combates. Aunque el nacimiento parta del encoñamiento de los Wachowski por Rain en “Speed Racer”, la impresión general es que el filme está basado en un videojuego.
Y es que entre que encima el ninja le pilla… y los acojonamientos por sólo mencionar el nombre de una organización secreta-de-la-muerte y sobre todo la filosofía del ninja: si cenas trabaja el doble mañana. Algo que muchos las lorzas y flotadores de muchos frikis agradecerían… aunque hagan oídos sordos a sus propias películas fetiches. “Ninja Assassin” nos revela que aquello de te voy a poner dos velas negras ha cambiado: ahora es que te voy a poner dos gramos de café… en polvo. La noticia principal que despierta la cinta de James McTeigue es el uso del splatter digital. Desde el “Zatoichi” de Kitano estamos viendo en muchas producciones como los píxeles se asoman a la sanguinolenta pantalla. Es cierto que las amputaciones del cine cutre y las películas de la Troma han hecho mucho daño pero la sensación del splatter digital es que nuestros cerebros la asocian al mundo del videojuego. Aunque “Ninja Assassin” parece feliz con dicha conexión.
El momento de mayor tensión no está en las múltiples persecuciones y combates, en los olfateos lobunos, en que te llamen ‘cantante de un grupo’ en vez de ‘máquina de matar’, en las luces reflectantes, en los miembros desparramados o las sombras asesinas… sino que a la pobre protagonista los pantalones nuevos le quedan muy justos cuando previamente había dicho su talla: ¡¡¡la 34!!! Y la cacho perra encima dice que será que el tallaje alemán es distinto… Más tarde lo reconoce: ¡es una mentirosa!
Nos recuerdan que el dolor alimenta la debilidad…, que el sufrimiento existe sólo porque la debilidad existe… ¿Ergo, si vemos un bodrio es que somos débiles o sadomasoquistas?
Conocido como “Turkish E.T. 2” no se sabe si es una continuación de la mítica “Badi” o si al cine turco le excita hacer dobles revisiones. “Homoti” se permite una secuencia antológica en la que el alienígena visiona “Tiburón”. Spielberg, así, queda unido a esta joya y homenajeado para que no se diga. Una maleta disco, cercana a un culebrón de sobremesa senegalés y cierto alcoholismo con más parecidos a Antonia y Omaíta, son grandes ingredientes de un coctel explota-cerebros.
“Homoti” da la impresión de ser una secuela de la propia “Badi” con un alienígena más hablador (seguramente ya sea universitario) y unos compañeros de viaje más creciditos y con problemas matrimoniales. Recordemos que la tragedia está en la historia y que el momento en el que E.T. se pinta con pintalabios la cara para llamar la atención de su libidinoso ‘dueño’ es bastante previo a “Corazón salvaje”… Nos encontramos ante otra Hobra Maestra. ¡Biba!
Es raro que Carmen de Mairena no haya demandado todavía a esta película por plagio. Raro-raro… ¿Será que Carmen de Mareina tuviera que confesar en tal caso su origen alienígena? Por favor, Carmen y “Homoti” no os vayáis de nuestro planeta: sin vosotros no seríamos nadie y lloraríamos más que un entrenador de fútbol.