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10
16 de septiembre de 2008
16 de septiembre de 2008
51 de 60 usuarios han encontrado esta crítica útil
El talento creativo de Lubitsch alumbró una considerable cantidad de películas que abarcan desde la época de los comienzos de la Primera Guerra Mundial, hasta después de finalizar la Segunda. Comenzando su fructífera carrera cinematográfica en su Alemania natal, y después dando el salto a Hollywood, Lubitsch legó a los anales del séptimo arte la friolera de casi 70 films, muchos de ellos del período del cine mudo.
Destacó especialmente en la comedia y en la sátira, para las que se reveló como un artífice brillante.
Se sumó a ese reducido grupo de cineastas comprometidos y valientes que se atrevieron a atacar la peste nazi cuando ésta se encontraba en su apogeo. Chaplin ("El gran dictador"), Rossellini ("Roma, ciudad abierta"), Lubitsch... Unos en clave ácidamente humorística con regusto levemente amargo, y otros en clave realista y cruda.
Todo en esta parodia satírica es una farsa delirante y taimadamente corrosiva, con una apariencia de ligereza que la hace muy agradable de seguir, divertida y con buena puntería, que no se recata lo más mínimo en ridiculizar hasta el extremo a Hitler, a sus seguidores, su fanatismo y su afán por convertirse en una plaga y una epidemia empeñada en azotar al mundo y restregarle su pretendida "superioridad de raza".
Destacó especialmente en la comedia y en la sátira, para las que se reveló como un artífice brillante.
Se sumó a ese reducido grupo de cineastas comprometidos y valientes que se atrevieron a atacar la peste nazi cuando ésta se encontraba en su apogeo. Chaplin ("El gran dictador"), Rossellini ("Roma, ciudad abierta"), Lubitsch... Unos en clave ácidamente humorística con regusto levemente amargo, y otros en clave realista y cruda.
Todo en esta parodia satírica es una farsa delirante y taimadamente corrosiva, con una apariencia de ligereza que la hace muy agradable de seguir, divertida y con buena puntería, que no se recata lo más mínimo en ridiculizar hasta el extremo a Hitler, a sus seguidores, su fanatismo y su afán por convertirse en una plaga y una epidemia empeñada en azotar al mundo y restregarle su pretendida "superioridad de raza".

Tom Dugan
Un guión plagado de enredos, equívocos, tretas y meteduras de pata garrafales, en el que un grupo de la resistencia polaca compuesto por los actores de una compañía de teatro, hace y deshace toda clase de marañas y entuertos para burlar a los nazis y contribuir a colocar escollos en la invasión de Polonia. No hay ninguna personalidad alemana nazi, por mucho prestigio que tenga, a quien ellos no puedan suplantar. Ni siquiera el mismísimo Führer...
Un desternillante Jack Benny como el actor teatral Joseph Tura, egocéntrico, muy preocupado por la opinión que el público se forja sobre él, y celoso de la virtud de su hermosa mujer y también actriz famosa, Maria Tura (Carole Lombard). Ella, algo ligera de cascos y capaz de encarnar a la perfección el papel de femme fatale seductora, Mata-Hari polaca que se cuela en la mismísima Gestapo a golpe de sex-appeal. Y los demás, un joven y atractivo teniente admirador de la actriz que colabora en las labores de espionaje y resistencia, y los otros actores de la compañía, capaces de mimetizarse en cuestión de minutos en Hitler y en oficiales y soldados nazis, y hacer temblar a elevados cargos de las fuerzas de ocupación.
Un desternillante Jack Benny como el actor teatral Joseph Tura, egocéntrico, muy preocupado por la opinión que el público se forja sobre él, y celoso de la virtud de su hermosa mujer y también actriz famosa, Maria Tura (Carole Lombard). Ella, algo ligera de cascos y capaz de encarnar a la perfección el papel de femme fatale seductora, Mata-Hari polaca que se cuela en la mismísima Gestapo a golpe de sex-appeal. Y los demás, un joven y atractivo teniente admirador de la actriz que colabora en las labores de espionaje y resistencia, y los otros actores de la compañía, capaces de mimetizarse en cuestión de minutos en Hitler y en oficiales y soldados nazis, y hacer temblar a elevados cargos de las fuerzas de ocupación.

George Lynn & Jack Benny
Entre un enredo y otro, unos sagaces diálogos, situaciones esperpénticas e hilarantes y alfilerazos de humor negro, Lubitsch propicia las risas a costa del funesto y destructor partido nacionalsocialista alemán y su mayor representante, Adolf Hitler.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Un reparto actoral estupendo, los ya citados diálogos, una fotografía en blanco y negro que contagia el dinamismo de la acción y la hilaridad de las escenas, una música apropiada, una atmósfera que se despliega casi enteramente en interiores (el teatro Polski, sobre todo), y un vestuario y un maquillaje magníficos dignos de los expertos transformistas que son los personajes protagonistas.
Para reírse a gusto en cada visionado, porque su humor no cansa ni se queda anticuado.
Para reírse a gusto en cada visionado, porque su humor no cansa ni se queda anticuado.
Serie
2011David Benioff (Creador), D.B. Weiss (Creador) ...
10
31 de agosto de 2012
31 de agosto de 2012
45 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con resonancias de varias míticas sagas literarias, “Canción de hielo y fuego” ha surgido como otro fenómeno de masas de inusitada calidad y, en la línea de otros autores, presenta continentes, culturas, lenguas, razas y especies de ficción, así como cierto componente mágico, pero con la salvedad de que éste se reduce al mínimo (la magia es más bien sutil y no omnipresente), y de que Martin retrata a muy numerosos personajes con tanta minuciosidad que los maniqueísmos quedan fuera de juego, ya que, quitando pocos casos extremos de bondad o maldad, se perciben nítidamente los matices claros y oscuros de la personalidad de cada uno. Por último, hay escasas barreras que no se traspasen (exponer crudamente la violencia, el sexo, prácticas tabú, y la sensación de que no hay seguridad por ninguna parte, nadie está a salvo, ni protagonistas, ni inocentes, ni niños, ni quienes se creen intocables).
Y el rasgo excepcional de esta saga es su prodigioso y brutal entramado de luchas e intrigas en torno a un trono forjado con espadas de enemigos vencidos. Un símbolo del reinado que aguarda a quien se sienta en él: incómodo, duro, cortante, tenso, peligroso. No te duermas en los laureles o te harás pedazos, proclaman los mil amenazantes filos metálicos.
Y el rasgo excepcional de esta saga es su prodigioso y brutal entramado de luchas e intrigas en torno a un trono forjado con espadas de enemigos vencidos. Un símbolo del reinado que aguarda a quien se sienta en él: incómodo, duro, cortante, tenso, peligroso. No te duermas en los laureles o te harás pedazos, proclaman los mil amenazantes filos metálicos.

Hay que tener una ambición desmedida, estar ido de la olla o (lo que no excluye las alternativas anteriores) hay que haberse grabado a fuego con la leche materna la convicción absoluta del derecho inalienable a ocupar el Trono de Hierro. El problema es que hay demasiados candidatos que reúnen algunas o todas las condiciones descritas y un solo sillón real donde plantar las posaderas.
Ahí empieza todo el jaleo. ¿De qué nos sonará esa canción? De sitios mucho más cercanos y reales que los Siete Reinos, indudablemente. Digamos que buena parte de nuestra Historia se basa en eso. Gente despedazándose por el poder.
Ahí tenemos la mecha detonadora. El resto se puede aderezar de mil maneras. Y el creador de esta maravilla es un maestro del aderezo, secundado de fábula por los artífices de la serie televisiva.
Lo mejor es no esperar a que el boca a boca y los medios nos inunden y nos adulteren. La suerte de todo esto es topárselo de frente, como el Muro, y dejarse sobrecoger por esas alturas aterradoras, por todo lo que acecha en cada escenario, por cada frase pronunciada, por todo el veneno que corre por las venas de esas tierras benditas y malditas, por esa batalla titánica que muchos libran en el mortal Juego de Tronos, ya sea por una corona, por sobrevivir, por vivir, por amar, por buscar venganza, por pisar al resto, por cumplir con el deber, por encontrar algo parecido a la libertad.
Ahí empieza todo el jaleo. ¿De qué nos sonará esa canción? De sitios mucho más cercanos y reales que los Siete Reinos, indudablemente. Digamos que buena parte de nuestra Historia se basa en eso. Gente despedazándose por el poder.
Ahí tenemos la mecha detonadora. El resto se puede aderezar de mil maneras. Y el creador de esta maravilla es un maestro del aderezo, secundado de fábula por los artífices de la serie televisiva.
Lo mejor es no esperar a que el boca a boca y los medios nos inunden y nos adulteren. La suerte de todo esto es topárselo de frente, como el Muro, y dejarse sobrecoger por esas alturas aterradoras, por todo lo que acecha en cada escenario, por cada frase pronunciada, por todo el veneno que corre por las venas de esas tierras benditas y malditas, por esa batalla titánica que muchos libran en el mortal Juego de Tronos, ya sea por una corona, por sobrevivir, por vivir, por amar, por buscar venganza, por pisar al resto, por cumplir con el deber, por encontrar algo parecido a la libertad.

Sí, cualquiera os dirá que Tyrion Lannister es con diferencia el hijoputa más divertido, astuto y conmovedor de todo el elenco. Logró que me riera mucho y fue el único que me hizo llorar.
La serie vale lo suficiente por sí misma. Me alegro de haber apostado por ella. Engancharse tanto es una gozada.
La serie vale lo suficiente por sí misma. Me alegro de haber apostado por ella. Engancharse tanto es una gozada.
7
5 de septiembre de 2008
5 de septiembre de 2008
45 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil
Adaptación cinematográfica de una obra literaria cumbre del siglo XX, "1984" sigue con bastante fidelidad el pesimista y asolador argumento que George Orwell ideó impecablemente, configurando una de las visiones más acertadas, detalladas y completas del totalitarismo conducido hasta su cúspide, hasta su extremo más implacable.
Cuando el mundo entero se recobraba despacio del mortífero totalitarismo fascista que había causado tantos estragos, y mientras el no menos cruel régimen comunista soviético continuaba con su política de terror, Orwell escribió una fábula, "Rebelión en la granja", en la que redondeaba sarcásticamente dichas ideologías opresoras, para continuar con su ópera prima: "1984".
Michael Radford capta admirablemente el alma opresiva de la novela, trasladando al cine su ficción devastada y desesperanzadora. El mundo está dividido en varios continentes: Oceanía, Eurasia y Asia Oriental, que supuestamente están siempre en guerra. El Partido lo rige y lo controla todo. Y cuando se dice todo, no se dice por decir. Es todo. Y, más que nada, la mente humana. Y su máxima figura de poder es el Gran Hermano, que todo lo ve. Nadie escapa a su mirada hipnótica, que subyuga día y noche desde las telepantallas situadas en todas partes y que vigilan lo que hace la gente en sus casas, en la calle, en los comercios, en el trabajo, en cualquier lugar. Partes de guerra, estadísticas, anuncios de "incrementos" en las raciones semanales de suministros a la población taladran día y noche desde esas pantallas de cristal.
Cuando el mundo entero se recobraba despacio del mortífero totalitarismo fascista que había causado tantos estragos, y mientras el no menos cruel régimen comunista soviético continuaba con su política de terror, Orwell escribió una fábula, "Rebelión en la granja", en la que redondeaba sarcásticamente dichas ideologías opresoras, para continuar con su ópera prima: "1984".
Michael Radford capta admirablemente el alma opresiva de la novela, trasladando al cine su ficción devastada y desesperanzadora. El mundo está dividido en varios continentes: Oceanía, Eurasia y Asia Oriental, que supuestamente están siempre en guerra. El Partido lo rige y lo controla todo. Y cuando se dice todo, no se dice por decir. Es todo. Y, más que nada, la mente humana. Y su máxima figura de poder es el Gran Hermano, que todo lo ve. Nadie escapa a su mirada hipnótica, que subyuga día y noche desde las telepantallas situadas en todas partes y que vigilan lo que hace la gente en sus casas, en la calle, en los comercios, en el trabajo, en cualquier lugar. Partes de guerra, estadísticas, anuncios de "incrementos" en las raciones semanales de suministros a la población taladran día y noche desde esas pantallas de cristal.

John Hurt
Las calles, los edificios, las instalaciones de cualquier tipo presentan un aspecto lastimoso, viejo, ruinoso, sucio, con escombros desperdigados, paredes desconchadas y ennegrecidas por la humedad, donde se intuyen unos malos olores insufribles, una podredumbre que empieza en el ambiente y acaba incrustándose en el alma, un alma colectiva autómata, dúctil y maleable que pertenece por entero al Partido.
Sólo existe aquello que proclama el Partido. Si el Partido afirma que Londres es una ciudad bella y próspera, es que es así y siempre ha sido así. Si el Partido afirma que la calidad de vida es cada vez mejor, es que siempre ha sido así. Si afirma que Oceanía está en guerra con Eurasia, siempre ha sido así. Si asevera que Oceanía está en guerra con Asia Oriental, siempre ha sido así.
El pasado es una mentira.
La memoria no existe.
Entre tanta sordidez y tanta manipulación de las masas, un espíritu se rebela: Winston Smith. Un empleado del Ministerio de la Verdad cuyo rutinario trabajo consiste precisamente en destruir constantemente las "mentiras" del pasado en montones de documentos para rectificarlas por la "verdad" que el Partido considere conveniente a cada momento. Para cualquiera de los que tienen el cerebro lavado (que seguramente son la gran mayoría), podría ser un oficio gratificante porque supone "defender la verdad" (no hay más verdad que lo que diga el Partido).
Sólo existe aquello que proclama el Partido. Si el Partido afirma que Londres es una ciudad bella y próspera, es que es así y siempre ha sido así. Si el Partido afirma que la calidad de vida es cada vez mejor, es que siempre ha sido así. Si afirma que Oceanía está en guerra con Eurasia, siempre ha sido así. Si asevera que Oceanía está en guerra con Asia Oriental, siempre ha sido así.
El pasado es una mentira.
La memoria no existe.
Entre tanta sordidez y tanta manipulación de las masas, un espíritu se rebela: Winston Smith. Un empleado del Ministerio de la Verdad cuyo rutinario trabajo consiste precisamente en destruir constantemente las "mentiras" del pasado en montones de documentos para rectificarlas por la "verdad" que el Partido considere conveniente a cada momento. Para cualquiera de los que tienen el cerebro lavado (que seguramente son la gran mayoría), podría ser un oficio gratificante porque supone "defender la verdad" (no hay más verdad que lo que diga el Partido).
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Aquello y aquellos que se convierten en "errores" o "elementos defectuosos", son eliminados sin dejar huella.
Winston Smith no cree en lo que hace, porque él conserva celosamente su memoria individual, sus recuerdos y su identidad. Se da cuenta de que todo es una gran mentira. Y para un empleado del Ministerio de la Verdad, se trata de un problema peliagudo.
Él disimula, lleva su vida solitaria y vacía, vive en un piso tan deprimente como todo lo demás en Londres, oyendo el runrún incesante de la detestable telepantalla.
Pero él quiere mantener a toda costa su conciencia de sí mismo.
Alguien más advierte su rebeldía. Julia.
Entre los dos intentarán transgredir el sistema siendo ellos mismos, buscando un imposible rincón propio. Creen en el amor, y el Partido desprecia el amor. Disfrutan del sexo, y el Partido pretende erradicarlo para no desperdiciar la energía humana y canalizarla eficazmente, dirigiéndola hacia el ciego fanatismo y el odio al "enemigo", encarnado en la figura de Goldstein. Ellos dos detestan la pureza mental, la pureza del cuerpo, todo lo que el Partido persigue.
Pero hay alguien más que sigue los pasos de Winston. El misterioso O'Brien...
Inquietante representación de una civilización totalmente corrompida por un Partido que ostenta el poder absoluto y omnipotente. Cabezas pensantes y poderosas que atisban hasta el más íntimo pensamiento ajeno, convirtiendo a las colectividades en masas adoctrinadas hasta el estremecimiento. Su mayor gesta es conseguir que todas las personas parezcan hechas en serie. Que sus mentes estén sometidas hasta el punto de amar el pie que las pisotea.
Amar al Gran Hermano.
Winston Smith no cree en lo que hace, porque él conserva celosamente su memoria individual, sus recuerdos y su identidad. Se da cuenta de que todo es una gran mentira. Y para un empleado del Ministerio de la Verdad, se trata de un problema peliagudo.
Él disimula, lleva su vida solitaria y vacía, vive en un piso tan deprimente como todo lo demás en Londres, oyendo el runrún incesante de la detestable telepantalla.
Pero él quiere mantener a toda costa su conciencia de sí mismo.
Alguien más advierte su rebeldía. Julia.
Entre los dos intentarán transgredir el sistema siendo ellos mismos, buscando un imposible rincón propio. Creen en el amor, y el Partido desprecia el amor. Disfrutan del sexo, y el Partido pretende erradicarlo para no desperdiciar la energía humana y canalizarla eficazmente, dirigiéndola hacia el ciego fanatismo y el odio al "enemigo", encarnado en la figura de Goldstein. Ellos dos detestan la pureza mental, la pureza del cuerpo, todo lo que el Partido persigue.
Pero hay alguien más que sigue los pasos de Winston. El misterioso O'Brien...
Inquietante representación de una civilización totalmente corrompida por un Partido que ostenta el poder absoluto y omnipotente. Cabezas pensantes y poderosas que atisban hasta el más íntimo pensamiento ajeno, convirtiendo a las colectividades en masas adoctrinadas hasta el estremecimiento. Su mayor gesta es conseguir que todas las personas parezcan hechas en serie. Que sus mentes estén sometidas hasta el punto de amar el pie que las pisotea.
Amar al Gran Hermano.
18 de abril de 2010
18 de abril de 2010
44 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil
Robert Mulligan moldeó un derechazo y derribo al corazón, cubriéndolo con la forma de una película pequeña, discreta, de las que no se emiten en la tele los domingos en las horas de mayor audiencia, ni en las sesiones del cine más anunciado de la semana en los canales más vistos.
Es de las que una no ha oído mencionar ni una sola vez, por ningún medio, hasta que un buen día un amigo la recomienda. Se añade a la lista de los visionados pendientes, como otra más, con una ligera curiosidad y calculando para cuándo se le podrá hacer el hueco, después de otras quince que ya estaban anotadas.
Y cuando le toca el turno, se piensa que por qué diablos se ha tardado tanto. Que, de haber sabido que se trataba de un pequeño coloso destinado a tronchar el corazón y cortarlo en tiras, se le habría designado un puesto de honor y no se la habría colocado en el montón.
Y, por otro lado, también aparece la tristeza. Tristeza por habérsela bebido ya como quien se bebe el trago más dulce. Por haber pasado por la primera vez y que esta primera vez no regrese jamás.
Como otras veces con otras vivencias similares, he deseado rebobinar el tiempo para volver a ser virgen ante esta asombrosa película.
Hay veces en que una sola vida no basta para tanto que hay por vivir. Y tampoco basta ser una sola alma en un solo cuerpo. Porque en ciertas ocasiones anhelaríamos más que nada dividirnos en dos partes, y que cada una de las partes formase nuestro todo, dedicadas por separado y a tiempo completo a distintas parcelas que no se pueden conciliar, pero que necesitamos tanto como respirar.
Tener dos vidas en una. Porque con una no estaríamos completos. Porque en la vida secreta, la extraoficial, la inconfesa, recibimos lo que nos falta en la principal. O a lo mejor es mucho más. En la secreta recibimos todo lo que soñábamos sin ser conscientes de que lo soñábamos hasta que apareció en el horizonte nuestro sueño materializado.
Hemos construido con mucho trabajo un edificio sólido que es la base en la que nos sustentamos. Pero en ese edificio, por confortable que sea, siempre hay huecos, zonas vacías. Uno se conforma con esa rutina acogedora y segura. Tal vez no es en el fondo lo que nos llena, pero nos hemos resignado por amor y por costumbre.
Es de las que una no ha oído mencionar ni una sola vez, por ningún medio, hasta que un buen día un amigo la recomienda. Se añade a la lista de los visionados pendientes, como otra más, con una ligera curiosidad y calculando para cuándo se le podrá hacer el hueco, después de otras quince que ya estaban anotadas.
Y cuando le toca el turno, se piensa que por qué diablos se ha tardado tanto. Que, de haber sabido que se trataba de un pequeño coloso destinado a tronchar el corazón y cortarlo en tiras, se le habría designado un puesto de honor y no se la habría colocado en el montón.
Y, por otro lado, también aparece la tristeza. Tristeza por habérsela bebido ya como quien se bebe el trago más dulce. Por haber pasado por la primera vez y que esta primera vez no regrese jamás.
Como otras veces con otras vivencias similares, he deseado rebobinar el tiempo para volver a ser virgen ante esta asombrosa película.
Hay veces en que una sola vida no basta para tanto que hay por vivir. Y tampoco basta ser una sola alma en un solo cuerpo. Porque en ciertas ocasiones anhelaríamos más que nada dividirnos en dos partes, y que cada una de las partes formase nuestro todo, dedicadas por separado y a tiempo completo a distintas parcelas que no se pueden conciliar, pero que necesitamos tanto como respirar.
Tener dos vidas en una. Porque con una no estaríamos completos. Porque en la vida secreta, la extraoficial, la inconfesa, recibimos lo que nos falta en la principal. O a lo mejor es mucho más. En la secreta recibimos todo lo que soñábamos sin ser conscientes de que lo soñábamos hasta que apareció en el horizonte nuestro sueño materializado.
Hemos construido con mucho trabajo un edificio sólido que es la base en la que nos sustentamos. Pero en ese edificio, por confortable que sea, siempre hay huecos, zonas vacías. Uno se conforma con esa rutina acogedora y segura. Tal vez no es en el fondo lo que nos llena, pero nos hemos resignado por amor y por costumbre.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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Un fin de semana vamos a un hotelito a orillas del mar, a desconectar de lo habitual, y allí se encuentra la persona que no se limitará a tapar los huecos y las zonas vacías que teníamos, sino que nos llenará por entero, como nadie lo ha hecho. Él o ella es el amor de nuestra vida, lo captamos desde el principio. Pero como ya tenemos nuestras responsabilidades y otras personas queridas a bordo, no podemos abandonar nuestros barcos para fugarnos en el que querríamos construir exclusivamente para nosotros dos. Así que ahí estamos, dos personas maduras, planeando lo descabellado: fabricar un nido temporal que ocuparemos un fin de semana al año, huyendo del resto del mundo y volcando la vida entera en dos días, en el amor de nuestra vida. Revivir, ser alguien nuevo en cada encuentro, reponerse de las fatigas, y ser más nosotros de lo que lo somos el resto del año. Hablar de lo que no se habla nunca fuera del nido escondido, echar fuera las entrañas en ese milagro catártico de compartir lo más íntimo. Entregar los cuerpos con frenesí y sin reservas, porque mañana nos iremos y no volveremos a tocarnos hasta el año siguiente.
Pasar en dos días más de lo que se pasa en los trescientos sesenta y tres restantes.
Y luego, regresar a lo habitual, con las pilas cargadas, habiendo dejado en esa habitación la mitad del ser, del espíritu, del cuerpo. O más de la mitad. Con el consuelo, y el tormento, de aguardar hasta la próxima reunión, llevando el recuerdo, que a menudo es más cercano que lo que está delante.
Y cuántas veces hay que reprimir el imperativo de llamarle por teléfono, de echar a correr a sus brazos sin esperar a que sea el fin de semana convenido.
Reprimir el lamento por no haber nacido de nuevo y haberle conocido antes.
Cuántas vidas pueden caber dentro de una… Cuántos secretos nos llevamos a la tumba.
Envejeceremos en ese hotelito a orillas del mar, que ha sido testigo de tantos acontecimientos y de la relación más conmovedora que pueda existir.
Uno de los dramas más bellos de la década de los setenta. Gracias, Mulligan. Gracias a la canción "The Last Time I Felt Like This". Y gracias a los sobresalientes Alan Alda y Ellen Burstyn.
Pasar en dos días más de lo que se pasa en los trescientos sesenta y tres restantes.
Y luego, regresar a lo habitual, con las pilas cargadas, habiendo dejado en esa habitación la mitad del ser, del espíritu, del cuerpo. O más de la mitad. Con el consuelo, y el tormento, de aguardar hasta la próxima reunión, llevando el recuerdo, que a menudo es más cercano que lo que está delante.
Y cuántas veces hay que reprimir el imperativo de llamarle por teléfono, de echar a correr a sus brazos sin esperar a que sea el fin de semana convenido.
Reprimir el lamento por no haber nacido de nuevo y haberle conocido antes.
Cuántas vidas pueden caber dentro de una… Cuántos secretos nos llevamos a la tumba.
Envejeceremos en ese hotelito a orillas del mar, que ha sido testigo de tantos acontecimientos y de la relación más conmovedora que pueda existir.
Uno de los dramas más bellos de la década de los setenta. Gracias, Mulligan. Gracias a la canción "The Last Time I Felt Like This". Y gracias a los sobresalientes Alan Alda y Ellen Burstyn.
10 de enero de 2012
10 de enero de 2012
42 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con inspiración muy libre en “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, Bergman plantea una comedia bufa de enredos amorosos que satiriza la infidelidad y el adulterio. En uno de sus raros paréntesis en los que deja aparcado el asfixiante drama psicológico, el insigne sueco nos obsequia unos diálogos muy sagaces y afilados, cayendo en algunas secuencias en un sarcasmo bastante corrosivo y sin perder la profundidad de análisis, dudas, tormentos, celos y maquinaciones en un juego de aparente frivolidad. Sólo aparente; los personajes de Bergman jamás son mera fachada. Se adivina de fondo un hastío vital que obliga a los contendientes veteranos a apuntarse a la escuela del cinismo y de la hipocresía, ya curtidos en las escurridizas lides del amor. Los jóvenes, aún expectantes y sin resignarse a morder plenamente el polvo del desencanto, prefieren seguir las inclinaciones de la pura diversión (la lujuriosa doncella Petra), la honestidad y la seriedad (el atormentado Henrik), y del romanticismo (Anne, la adolescente virgen casada con un hombre mucho mayor que ella). Devaneos a varias bandas con el nexo del libertinaje de los mayores de buena posición (el abogado, la actriz famosa y el conde), la ligereza de cascos de la servidumbre, la relajación moral indulgente con los pecadillos, y la generación de jóvenes honrados que trata de contrarrestar la malicia del ambiente con su búsqueda del amor verdadero.

Eva Dahlbeck, Gunnar Björnstrand, Jarl Kulle, Margit Carlqvist & Ulla Jacobsson
El viejo verde que tiene una esposa a la que saca tanta diferencia que más bien es una relación paternofilial sin sexo (da grima acostarse con alguien que te recuerda a tu padre), se desahoga fuera de casa con una voluptuosa artista que presume de una cola de amantes, entre los que merodea un conde poco deseoso de compartirla, y cuya mujer anda encabronada por los cuernos que no tiene más remedio que lucir. Por otro lado Anne y su hijastro Henrik (que son casi de la misma edad) sufren de desamores y frustraciones, y una corriente invisible fluye entre ambos.
La única que disfruta de la vida sin complicaciones es Petra. Qué más le da si se lía con el señorito o con un fornido campesino, si al llegar la mañana ha contemplado las tres sonrisas de la noche y sabe que cada nuevo día le traerá varias sonrisas más.
Cínicos o ingenuos, libertinos o decentes, en realidad ninguno quiere dejar escapar la oportunidad de vivir el goce de amar, por muy gastado que esté.
La única que disfruta de la vida sin complicaciones es Petra. Qué más le da si se lía con el señorito o con un fornido campesino, si al llegar la mañana ha contemplado las tres sonrisas de la noche y sabe que cada nuevo día le traerá varias sonrisas más.
Cínicos o ingenuos, libertinos o decentes, en realidad ninguno quiere dejar escapar la oportunidad de vivir el goce de amar, por muy gastado que esté.
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