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28 de noviembre de 2007
28 de noviembre de 2007
52 de 61 usuarios han encontrado esta crítica útil
El 12 de junio de 1942, Annelise (Ana) Frank cumplió trece años y recibió el regalo que ella convertiría en uno de los testimonios más desgarradores sobre la tragedia del holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial.
Aquella chica de despierta inteligencia, de espíritu alegre e inquieto, dotada de un carácter fuerte y de una desarrollada capacidad para analizarse a sí misma y su entorno con aguda precisión, no sabía que ya era una escritora más que consumada y que habría de pagar el precio más cruel y elevado para obtener una fama póstuma y universal que ella nunca había deseado, y mucho menos aún a semejante precio.
Imaginaos a una chica de trece años, plena de sueños y de ansias por empaparse de la vida que palpitaba ante sus ojos, obligada a privarse de su libertad física (ya que no espiritual) y confinada en el reducido espacio de una casa oculta, forzada a convivir las veinticuatro horas del día con otras siete personas.
Imaginaos a esa chica que día a día experimentaba el terror de que los descubrieran, que tenía que pasarse horas y horas de absoluta quietud para evitar cualquier ruido delator, que cotidianamente soportaba las rencillas, las discusiones, los roces que lógicamente surgían entre tantas personas que sólo se tenían las unas a las otras. Pero su carácter optimista y activo no le permitía deprimirse seriamente, y además contaba con varias vías de escape: su imaginación poderosa, las abundantes lecturas y su diario. Aquella Ana inquieta, charlatana y rebelde poseía una profundidad psicológica y un alma inmensamente fértil que, como vía de desahogo y búsqueda de la Amiga, se estaban desnudando prodigiosamente y honestamente en aquellas páginas que no fueron escritas con intención de pasar a la posteridad.
Su diario fue su gran refugio, el consuelo de las horas muertas que ella veía desgranarse con la esperanza de que toda aquella pesadilla terminaría para encontrar la libertad anhelada.
Durante dos años de impenitente encierro, veinticinco meses de enclaustramiento, Ana se fue convirtiendo en la mujer que habría podido llegar a ser. Frescura y madurez, una fascinante personalidad que quedó de manifiesto y plasmada brillantemente, para mi asombro y admiración, en una de las obras literarias que sitúo en la cumbre de la literatura de todos los tiempos. Precisamente por su sencilla maestría, por su absoluta honestidad, por el alma imperecedera de su autora y porque ella nunca la habría considerado una obra digna de pasar a la historia.
Ana Frank me sacude el corazón como ningún otro escritor consigue hacerlo, y es para mí esa Amiga que ella siempre quiso tener; esa Amiga que todos desearíamos tener.
Cuando este verano tuve ocasión de visitar Amsterdam, lo primero que hice fue plantarme en la larga cola y esperar pacientemente para entrar a impregnarme del aura de aquella casa.
Aquella chica de despierta inteligencia, de espíritu alegre e inquieto, dotada de un carácter fuerte y de una desarrollada capacidad para analizarse a sí misma y su entorno con aguda precisión, no sabía que ya era una escritora más que consumada y que habría de pagar el precio más cruel y elevado para obtener una fama póstuma y universal que ella nunca había deseado, y mucho menos aún a semejante precio.
Imaginaos a una chica de trece años, plena de sueños y de ansias por empaparse de la vida que palpitaba ante sus ojos, obligada a privarse de su libertad física (ya que no espiritual) y confinada en el reducido espacio de una casa oculta, forzada a convivir las veinticuatro horas del día con otras siete personas.
Imaginaos a esa chica que día a día experimentaba el terror de que los descubrieran, que tenía que pasarse horas y horas de absoluta quietud para evitar cualquier ruido delator, que cotidianamente soportaba las rencillas, las discusiones, los roces que lógicamente surgían entre tantas personas que sólo se tenían las unas a las otras. Pero su carácter optimista y activo no le permitía deprimirse seriamente, y además contaba con varias vías de escape: su imaginación poderosa, las abundantes lecturas y su diario. Aquella Ana inquieta, charlatana y rebelde poseía una profundidad psicológica y un alma inmensamente fértil que, como vía de desahogo y búsqueda de la Amiga, se estaban desnudando prodigiosamente y honestamente en aquellas páginas que no fueron escritas con intención de pasar a la posteridad.
Su diario fue su gran refugio, el consuelo de las horas muertas que ella veía desgranarse con la esperanza de que toda aquella pesadilla terminaría para encontrar la libertad anhelada.
Durante dos años de impenitente encierro, veinticinco meses de enclaustramiento, Ana se fue convirtiendo en la mujer que habría podido llegar a ser. Frescura y madurez, una fascinante personalidad que quedó de manifiesto y plasmada brillantemente, para mi asombro y admiración, en una de las obras literarias que sitúo en la cumbre de la literatura de todos los tiempos. Precisamente por su sencilla maestría, por su absoluta honestidad, por el alma imperecedera de su autora y porque ella nunca la habría considerado una obra digna de pasar a la historia.
Ana Frank me sacude el corazón como ningún otro escritor consigue hacerlo, y es para mí esa Amiga que ella siempre quiso tener; esa Amiga que todos desearíamos tener.
Cuando este verano tuve ocasión de visitar Amsterdam, lo primero que hice fue plantarme en la larga cola y esperar pacientemente para entrar a impregnarme del aura de aquella casa.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Pude contemplar la iglesia protestante contigua y escuchar la bella melodía que el carillón del reloj desgrana cada hora, la misma que Ana escuchaba durante su encierro; observé el canal que discurre junto al edificio, y las construcciones colindantes...
Nada ha cambiado demasiado desde aquellos tiempos. Sesenta años han pasado, y el aura de Ana Frank sigue tan vívida que uno puede sentirla nada más pisar el lugar.
Caminé por aquellas estancias en las que han respetado escrupulosamente el escaso mobiliario que los nazis dejaron tras su paso; pisé aquel suelo que ella había pisado, subí y bajé por aquellas escaleras de madera angostas y empinadas que son tan típicas en esas casas holandesas; me empapé de la visión de aquellos aposentos de extrema sencillez, me recreé mirando las fotos de estrellas de cine que Ana había pegado en las paredes de su habitación, paseé por el comedor-cocina-sala de estar con su estufa, su fregadero, su hornilla y los pocos muebles y enseres conservados; vi el lavabo y el retrete, me detuve a mirar las fotos de los habitantes de la casa, los documentos, los carteles publicitarios de la empresa de especias Opekta; seguí con atención los documentales que se retransmitían en unas pantallas situadas en alguna de las estancias principales, las que habían pertenecido a las oficinas y los talleres... Y, pese a tantos años, a las restauraciones, a tanto turismo, a tanta publicidad, Ana sigue muy viva entre aquellas paredes, yo podía sentirla, era como si ella me hubiera llamado para mostrarme su alegría de vivir y su tragedia y animarme a ser mejor persona de lo que soy.
Una película nunca puede hacer honor suficiente a semejante historia, ni esta película en cuestión lo pretende; pero es espléndida por su sencillo y emotivo despliegue, por la labor de los actores que aceptaron tan delicado cometido (sobre todo el que interpreta a Otto Frank y, por supuesto, Shelley Winters) su magnífica fotografía, su banda sonora, su fidelidad a la esencia del diario y su intento por reconstruir un episodio que habría de tener gran impacto en el mundo entero.
"Me da mucho miedo pensar en todas las personas con quienes me he sentido siempre tan íntimamente ligada y que ahora están en manos de los más crueles verdugos que hayan existido jamás.
Y todo por ser judíos." (Fragmento del jueves 19 de noviembre de 1942, de un ejemplar traducido al español, editorial DeBolsillo, edición de diciembre de 2005)
Nada ha cambiado demasiado desde aquellos tiempos. Sesenta años han pasado, y el aura de Ana Frank sigue tan vívida que uno puede sentirla nada más pisar el lugar.
Caminé por aquellas estancias en las que han respetado escrupulosamente el escaso mobiliario que los nazis dejaron tras su paso; pisé aquel suelo que ella había pisado, subí y bajé por aquellas escaleras de madera angostas y empinadas que son tan típicas en esas casas holandesas; me empapé de la visión de aquellos aposentos de extrema sencillez, me recreé mirando las fotos de estrellas de cine que Ana había pegado en las paredes de su habitación, paseé por el comedor-cocina-sala de estar con su estufa, su fregadero, su hornilla y los pocos muebles y enseres conservados; vi el lavabo y el retrete, me detuve a mirar las fotos de los habitantes de la casa, los documentos, los carteles publicitarios de la empresa de especias Opekta; seguí con atención los documentales que se retransmitían en unas pantallas situadas en alguna de las estancias principales, las que habían pertenecido a las oficinas y los talleres... Y, pese a tantos años, a las restauraciones, a tanto turismo, a tanta publicidad, Ana sigue muy viva entre aquellas paredes, yo podía sentirla, era como si ella me hubiera llamado para mostrarme su alegría de vivir y su tragedia y animarme a ser mejor persona de lo que soy.
Una película nunca puede hacer honor suficiente a semejante historia, ni esta película en cuestión lo pretende; pero es espléndida por su sencillo y emotivo despliegue, por la labor de los actores que aceptaron tan delicado cometido (sobre todo el que interpreta a Otto Frank y, por supuesto, Shelley Winters) su magnífica fotografía, su banda sonora, su fidelidad a la esencia del diario y su intento por reconstruir un episodio que habría de tener gran impacto en el mundo entero.
"Me da mucho miedo pensar en todas las personas con quienes me he sentido siempre tan íntimamente ligada y que ahora están en manos de los más crueles verdugos que hayan existido jamás.
Y todo por ser judíos." (Fragmento del jueves 19 de noviembre de 1942, de un ejemplar traducido al español, editorial DeBolsillo, edición de diciembre de 2005)
16 de octubre de 2007
16 de octubre de 2007
52 de 61 usuarios han encontrado esta crítica útil
El director coreano nos conduce por un espiritual, hermoso, sensorial y duro viaje simbólico por la vida. Un viaje fascinante que refleja el ciclo perpetuo de la naturaleza: desde el orto al ocaso, desde el despertar de un nuevo ser vivo hasta su decadencia, pasando por las diversas etapas que definen la existencia: la inquieta e irreflexiva juventud, la expiación de los errores, la resignación, la experiencia y la sabiduría, la necesidad de transmitir nuestro legado a la siguiente generación, la preparación para la muerte...
PRIMAVERA
La naturaleza despierta de su letargo invernal. Una explosión de vibrante energía recorre el bosque, cubriéndolo de brotes de intenso verdor. Las especies se reproducen, sienten la llamada de la perpetuación y crean nuevas réplicas de sí mismas. Los nuevos retoños comienzan a crecer y a dar sus primeros pasos por el camino de la existencia, un camino que es al mismo tiempo incierto e inmutable, cambiante y reiterativo.
El nuevo ser empieza su aprendizaje, que le prepara para sus andanzas por el mundo. Juega, ríe despreocupadamente, comete travesuras que le van enseñando el valor de la culpa y del respeto hacia la vida y los sentimientos ajenos. Es un potrillo jugando a descubrir las maravillas que le rodean, aventurándose, equivocándose, empapándose de vivencias y recuerdos que irán construyendo los cimientos de su personalidad.
PRIMAVERA
La naturaleza despierta de su letargo invernal. Una explosión de vibrante energía recorre el bosque, cubriéndolo de brotes de intenso verdor. Las especies se reproducen, sienten la llamada de la perpetuación y crean nuevas réplicas de sí mismas. Los nuevos retoños comienzan a crecer y a dar sus primeros pasos por el camino de la existencia, un camino que es al mismo tiempo incierto e inmutable, cambiante y reiterativo.
El nuevo ser empieza su aprendizaje, que le prepara para sus andanzas por el mundo. Juega, ríe despreocupadamente, comete travesuras que le van enseñando el valor de la culpa y del respeto hacia la vida y los sentimientos ajenos. Es un potrillo jugando a descubrir las maravillas que le rodean, aventurándose, equivocándose, empapándose de vivencias y recuerdos que irán construyendo los cimientos de su personalidad.

Y, junto al pequeño cachorro, su tutor y maestro, que ha acumulado la suficiente sabiduría como para saber guiar suave y firmemente a su pupilo, mostrándole las grandes lecciones que el cachorro debe interiorizar para madurar.
VERANO
La naturaleza ha eclosionado en un estallido irreprimible y la savia corre a raudales por las venas en su plenitud.
El aprendiz se ha convertido en un joven impetuoso atormentado por sus pasiones, por las urgencias de su cuerpo joven y fogoso. Se abandona al deleite de los sentidos, a la fuerza irresistible del amor, a la inocencia de los primeros goces de la pasión.
Ciego y sordo, el joven ignora las advertencias y los consejos de la voz de la experiencia. El maestro sabe muy bien que no se puede detener con una mano un estruendoso y caudaloso torrente, y lo deja seguir su curso y cometer sus propios errores. Nadie aprende por cabeza ajena y todos tenemos derecho a meter la pata por nuestra propia iniciativa.
Sigo en el spoiler.
VERANO
La naturaleza ha eclosionado en un estallido irreprimible y la savia corre a raudales por las venas en su plenitud.
El aprendiz se ha convertido en un joven impetuoso atormentado por sus pasiones, por las urgencias de su cuerpo joven y fogoso. Se abandona al deleite de los sentidos, a la fuerza irresistible del amor, a la inocencia de los primeros goces de la pasión.
Ciego y sordo, el joven ignora las advertencias y los consejos de la voz de la experiencia. El maestro sabe muy bien que no se puede detener con una mano un estruendoso y caudaloso torrente, y lo deja seguir su curso y cometer sus propios errores. Nadie aprende por cabeza ajena y todos tenemos derecho a meter la pata por nuestra propia iniciativa.
Sigo en el spoiler.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
OTOÑO
Época en la que comienza la madurez del follaje, en la que las hojas se desprenden de su fuente de vida para ir a morir sobre la tierra cansada. Todos los tonos del ocre, del amarillo y del rojo dominan el paisaje difundiendo su mensaje de digna decadencia.
Sobre el aprendiz se cierne la rabia por las decepciones padecidas, el arrepentimiento por sus errores, el sufrimiento por todas las puñaladas que la vida le ha asestado. Y se somete a un nuevo aprendizaje. El aprendizaje de la expiación de las culpas, de la resignación y la aceptación, mientras su maestro le ayuda con firmeza a atravesar por esta dura etapa.
INVIERNO
Todo el paisaje queda paralizado en una muerte de hielo, congelado en su blancura nívea que confiere una quietud casi sobrenatural.
El aprendiz se transforma a su vez en maestro. Habiendo interiorizado y canalizado los dolores sufridos, habiéndose conformado y reconciliado consigo mismo, se sumerge en su plenitud, en una madurez tocada por la contemplación, la reflexión y la compasión.
Época en la que comienza la madurez del follaje, en la que las hojas se desprenden de su fuente de vida para ir a morir sobre la tierra cansada. Todos los tonos del ocre, del amarillo y del rojo dominan el paisaje difundiendo su mensaje de digna decadencia.
Sobre el aprendiz se cierne la rabia por las decepciones padecidas, el arrepentimiento por sus errores, el sufrimiento por todas las puñaladas que la vida le ha asestado. Y se somete a un nuevo aprendizaje. El aprendizaje de la expiación de las culpas, de la resignación y la aceptación, mientras su maestro le ayuda con firmeza a atravesar por esta dura etapa.
INVIERNO
Todo el paisaje queda paralizado en una muerte de hielo, congelado en su blancura nívea que confiere una quietud casi sobrenatural.
El aprendiz se transforma a su vez en maestro. Habiendo interiorizado y canalizado los dolores sufridos, habiéndose conformado y reconciliado consigo mismo, se sumerge en su plenitud, en una madurez tocada por la contemplación, la reflexión y la compasión.

Seo Jae-gyeong & Ha Yeo-jin
Y PRIMAVERA...
La naturaleza despierta de su letargo invernal. Una explosión de vibrante energía recorre el bosque, cubriéndolo de brotes de intenso verdor. Las especies se reproducen, sienten la llamada de la perpetuación y crean nuevas réplicas de sí mismas. Los nuevos retoños comienzan a crecer y a dar sus primeros pasos por el camino de la existencia, un camino que es al mismo tiempo incierto e inmutable, cambiante y reiterativo...
El nuevo ser empieza su aprendizaje, que le prepara para sus andanzas por el mundo. Juega, ríe despreocupadamente, comete travesuras que le van enseñando el valor de la culpa y del respeto hacia la vida y los sentimientos ajenos. Es un potrillo jugando a descubrir las maravillas que le rodean, aventurándose, equivocándose, empapándose de vivencias y recuerdos que irán construyendo los cimientos de su personalidad.
Y, junto al pequeño cachorro, su tutor y maestro, que ha acumulado la suficiente sabiduría como para saber guiar suave y firmemente a su pupilo, mostrándole las grandes lecciones que el cachorro debe interiorizar para madurar...
Vuelta a empezar.
Todo es un gran ciclo. Las estaciones. La vida y la muerte. El día y la noche. Los años.
La naturaleza despierta de su letargo invernal. Una explosión de vibrante energía recorre el bosque, cubriéndolo de brotes de intenso verdor. Las especies se reproducen, sienten la llamada de la perpetuación y crean nuevas réplicas de sí mismas. Los nuevos retoños comienzan a crecer y a dar sus primeros pasos por el camino de la existencia, un camino que es al mismo tiempo incierto e inmutable, cambiante y reiterativo...
El nuevo ser empieza su aprendizaje, que le prepara para sus andanzas por el mundo. Juega, ríe despreocupadamente, comete travesuras que le van enseñando el valor de la culpa y del respeto hacia la vida y los sentimientos ajenos. Es un potrillo jugando a descubrir las maravillas que le rodean, aventurándose, equivocándose, empapándose de vivencias y recuerdos que irán construyendo los cimientos de su personalidad.
Y, junto al pequeño cachorro, su tutor y maestro, que ha acumulado la suficiente sabiduría como para saber guiar suave y firmemente a su pupilo, mostrándole las grandes lecciones que el cachorro debe interiorizar para madurar...
Vuelta a empezar.
Todo es un gran ciclo. Las estaciones. La vida y la muerte. El día y la noche. Los años.
19 de marzo de 2008
19 de marzo de 2008
50 de 57 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lúcido y osado drama que, centrando su punto de mira minuciosamente sobre la España profunda de los pueblos en los años sesenta, aborda de frente una temática escabrosa y subyaciente, con la virtud de un guión magníficamente adaptado de la novela homónima de Unamuno.
Con la fuerza punzante de un aguijón y la atmósfera enrarecida por pasiones a flor de piel, apenas reprimidas bajo la frágil superficie, Miguel Picazo trasladó al celuloide la esencia vital de los deseos y debilidades humanas enfrentados al muro del decoro y de la decencia impuestos por una sociedad de férreos principios religiosos y de observancia de las apariencias.
Tula, una mujer joven, bella y hacendosa que se hace cargo del cuidado de su cuñado y de sus sobrinos cuando su hermana muere, se irá encontrando progresivamente ante una tesitura insostenible. Ella, educada como cualquier mujer de casa decente, vive ciega a la existencia de ese universo oculto de los deseos carnales, que rechaza categóricamente. Representa la viva imagen de la virgen vestal, pura, casta y renegando del contacto amoroso con los hombres, así como del matrimonio. De carácter fuerte e intransigente, aterrorizada en el fondo por la idea de someterse a un hombre, realiza su labor de abnegada entrega a la familia de su hermana fallecida tratando de ignorar los indicios alarmantes. Su cuñado, hombre joven, atractivo y pasional, no tarda en dejar aflorar el deseo sexual que ella, inconscientemente e involuntariamente, le va despertando. Poco a poco, la situación se va haciendo irrespirable... Hasta que llega la inevitable crisis y Tula se encontrará ante una encrucijada en la que tendrá que tomar una decisión, no queriendo admitir aún que su ilusoria vida familiar no es más que un espejismo que puede quebrarse en cualquier instante. Ella, manteniéndose en su ciega obstinación, no quiere admitir que se encuentra en una posición falsa...
Con la fuerza punzante de un aguijón y la atmósfera enrarecida por pasiones a flor de piel, apenas reprimidas bajo la frágil superficie, Miguel Picazo trasladó al celuloide la esencia vital de los deseos y debilidades humanas enfrentados al muro del decoro y de la decencia impuestos por una sociedad de férreos principios religiosos y de observancia de las apariencias.
Tula, una mujer joven, bella y hacendosa que se hace cargo del cuidado de su cuñado y de sus sobrinos cuando su hermana muere, se irá encontrando progresivamente ante una tesitura insostenible. Ella, educada como cualquier mujer de casa decente, vive ciega a la existencia de ese universo oculto de los deseos carnales, que rechaza categóricamente. Representa la viva imagen de la virgen vestal, pura, casta y renegando del contacto amoroso con los hombres, así como del matrimonio. De carácter fuerte e intransigente, aterrorizada en el fondo por la idea de someterse a un hombre, realiza su labor de abnegada entrega a la familia de su hermana fallecida tratando de ignorar los indicios alarmantes. Su cuñado, hombre joven, atractivo y pasional, no tarda en dejar aflorar el deseo sexual que ella, inconscientemente e involuntariamente, le va despertando. Poco a poco, la situación se va haciendo irrespirable... Hasta que llega la inevitable crisis y Tula se encontrará ante una encrucijada en la que tendrá que tomar una decisión, no queriendo admitir aún que su ilusoria vida familiar no es más que un espejismo que puede quebrarse en cualquier instante. Ella, manteniéndose en su ciega obstinación, no quiere admitir que se encuentra en una posición falsa...

Carlos Estrada & Aurora Bautista
Mordiente, sutil y crudo análisis de la situación de una mujer cuya sexualidad ha sido sofocada de raíz por la sociedad de mediados de siglo, para la que el sexo y el amor apasionado era uno de los grandes temas tabúes. Tula es la abanderada de muchas mujeres que interiorizaron dicha represión y que se vieron sometidas a la doble moral de una cultura hipócrita y en exceso mojigata (que ha existido y seguirá existiendo en todas partes). Esa doble moral dictaba que las féminas debían ser castas de pensamiento, sumisas y abnegadas, dedicadas de lleno a su cometido de esposas y madres; mientras que los hombres, por ser hombres, estaban dotados de ciertos deseos "inherentes" al varón y sentían la necesidad de desfogarlos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Así, las mujeres, como buenas y cristianas compañeras, tenían que someterse a los varones y soportar con paciencia sus pasiones, rogando a Dios por el perdón de las humanas flaquezas de sus hombres. Y, mientras tanto, ellos, escudados en sus propias y reconocidas flaquezas, tenían "derecho" a saciarlas. Esto creaba con frecuencia un círculo vicioso de insatisfacciones e infelicidad conyugal bajo el doble rasero con que eran consideradas las personas de uno y otro sexo. Rasero que, por desgracia, no deja jamás de estar vigente.
Tula, independiente, reprimida y temerosa de verse subyugada a un marido lujurioso, lucha encarnizadamente por librarse de unas obligaciones maritales que le causan repulsión. En realidad, ella no es más que la creación moldeada fielmente por el entorno en el que se ha criado, y lleva el tabú hasta el extremo.
Notable drama costumbrista y cotidiano que con pinceladas maestras esboza los esquemas de la sociedad de su tiempo y los somete a una estricta y amarga observación.
Tula, independiente, reprimida y temerosa de verse subyugada a un marido lujurioso, lucha encarnizadamente por librarse de unas obligaciones maritales que le causan repulsión. En realidad, ella no es más que la creación moldeada fielmente por el entorno en el que se ha criado, y lleva el tabú hasta el extremo.
Notable drama costumbrista y cotidiano que con pinceladas maestras esboza los esquemas de la sociedad de su tiempo y los somete a una estricta y amarga observación.
12 de agosto de 2008
12 de agosto de 2008
46 de 49 usuarios han encontrado esta crítica útil
Muriel (Toni Collette) ha crecido sintiéndose una nulidad. Su padre está obsesionado con el éxito y la fama, su madre es un cero a la izquierda, sus hermanos y ella misma se hacen mayores sin tener muchas perspectivas de futuro y, aún menos, de triunfar en el sentido en que su ambicioso y codicioso padre entiende ese término.
Para añadir más cosas a la lista, Muriel tiene muchos kilos de más, es tímida y se siente tan sola y tan inútil que mendiga la amistad de unas antiguas compañeras de escuela que son unas tontas engreídas con la cabeza hueca y que cifran su propia valía en el atractivo físico, en la popularidad y en la rivalidad para atraer a los hombres.
Muriel se siente patética, y de hecho al principio llegamos a verla así. Una chica guapa y acomplejada porque su gordura la excluye, que está en paro, que se pasa los días escuchando la música de Abba en su habitación y que se conforma con tener unas amigas que la desprecian.
Un día decide reaccionar y dar el primer paso para marcar una conveniente distancia entre ella y su agobiante casa familiar y, mediante una maniobra no demasiado lícita, se marcha de vacaciones a una isla, siguiendo los pasos a sus estúpidas amigas. Allí se reencuentra con otra antigua compañera de instituto, Ronda (Rachel Griffiths), con la que congenia. A partir de ese viaje, Muriel decide buscarse la vida y volar del hogar paterno, así que se marcha con Ronda a Sydney para empezar de nuevo.
Para añadir más cosas a la lista, Muriel tiene muchos kilos de más, es tímida y se siente tan sola y tan inútil que mendiga la amistad de unas antiguas compañeras de escuela que son unas tontas engreídas con la cabeza hueca y que cifran su propia valía en el atractivo físico, en la popularidad y en la rivalidad para atraer a los hombres.
Muriel se siente patética, y de hecho al principio llegamos a verla así. Una chica guapa y acomplejada porque su gordura la excluye, que está en paro, que se pasa los días escuchando la música de Abba en su habitación y que se conforma con tener unas amigas que la desprecian.
Un día decide reaccionar y dar el primer paso para marcar una conveniente distancia entre ella y su agobiante casa familiar y, mediante una maniobra no demasiado lícita, se marcha de vacaciones a una isla, siguiendo los pasos a sus estúpidas amigas. Allí se reencuentra con otra antigua compañera de instituto, Ronda (Rachel Griffiths), con la que congenia. A partir de ese viaje, Muriel decide buscarse la vida y volar del hogar paterno, así que se marcha con Ronda a Sydney para empezar de nuevo.

Rachel Griffiths & Toni Collette
Interesante disección de los dudosos valores impuestos y metidos por los ojos a las masas: el éxito, la competitividad, la superficialidad, la creencia de que la belleza física conlleva la felicidad, de que el matrimonio es la máxima aspiración para las mujeres... No ha habido un solo día en que Muriel no haya escuchado a su padre decir lo inútil que ella es, que no ha llegado a nada... Su máxima aspiración, por supuesto, es ser popular y casarse, y verse bonita. No se valora lo bastante para advertir que se deja arrastrar por unos sueños vacíos y que para ser una mujer de valía no es necesario casarse, ni ser bonita físicamente, ni ser "popular" (si ser popular conlleva tener unas amigas tontas y ególatras y gente alrededor que sólo te valora por tu apariencia).
En Sydney comenzará su nueva vida con Ronda, y juntas van a pasar buenos y malos momentos.
Muriel va a emprender su propia maduración. Se va a equivocar, va a vivir nuevas experiencias, y se va a dar cuenta de que ciertas aspiraciones no tienen por qué suponer alcanzar la felicidad.
En Sydney comenzará su nueva vida con Ronda, y juntas van a pasar buenos y malos momentos.
Muriel va a emprender su propia maduración. Se va a equivocar, va a vivir nuevas experiencias, y se va a dar cuenta de que ciertas aspiraciones no tienen por qué suponer alcanzar la felicidad.

Daniel Lapaine & Toni Collette
Nunca el dicho de "y vivieron felices y comieron perdices" ha estado más fuera de lugar.
Comedia dramática y reflexiva de P. J. Hogan que bajo su fachada algo simplona esconde todo un muestrario, en ocasiones doloroso y punzante, de los fracasos personales y de la búsqueda de la libertad personal.
Comedia dramática y reflexiva de P. J. Hogan que bajo su fachada algo simplona esconde todo un muestrario, en ocasiones doloroso y punzante, de los fracasos personales y de la búsqueda de la libertad personal.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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La banda sonora para mí resulta entrañable por esas preciosas canciones de Abba, que siempre me ha gustado mucho. Para mí, uno de los mejores grupos pop de los 70. "Dancing Queen", "Mamma Mia", "Waterloo", "Fernando"... Maravillosas.
"Somos sólo nosotros, con nuestra capacidad para amar, lo que damos sentido al universo indiferente"
24 de enero de 2009
24 de enero de 2009
44 de 45 usuarios han encontrado esta crítica útil
Woody adoptó un tono más serio y trascendental que el que solía emplear, y buceó en la obra cumbre de Dostoievsky, "Crimen y castigo", para hacerle honor con esta tragicomedia que, sin abandonar el aire jocoso tan propio de su cine de aquellas temporadas, se adentra en zonas de profunda reflexión moral, ética, religiosa y existencial. El producto resultante es espléndido, imbuido del genio del cineasta, quien además de un consumado cómico y realizador de guiones humorísticos, también sabe, cuando se lo propone, ponerse verdaderamente serio. Y, cada vez que lo hace, llega a estremecer.
Si somos personas cargadas de dudas (¿y quién no las tiene?) sobre la existencia de Dios, sobre la presencia de algo más que un universo indiferente que evoluciona ignorando nuestras tribulaciones, sobre la moral y sobre la justicia humana y divina... Pues Woody nos las planta todas delante de la cara. Si nos encontramos en un momento sensible, es posible que "Delitos y faltas" resulte dura de digerir, más de lo que pueda aparentar, a pesar de la capa agridulce que trata de disimular un poco el amargor.
Si somos personas cargadas de dudas (¿y quién no las tiene?) sobre la existencia de Dios, sobre la presencia de algo más que un universo indiferente que evoluciona ignorando nuestras tribulaciones, sobre la moral y sobre la justicia humana y divina... Pues Woody nos las planta todas delante de la cara. Si nos encontramos en un momento sensible, es posible que "Delitos y faltas" resulte dura de digerir, más de lo que pueda aparentar, a pesar de la capa agridulce que trata de disimular un poco el amargor.

Una decisión en un momento dado, que se toma a la ligera y cuyas consecuencias no nos paramos a prever... Y todo lo que hemos logrado alcanzar se puede ir al diablo. Una situación que en un principio seduce y hasta es necesaria para huir de la cómoda rutina y crearse una sensación de viveza y de sentirse aventurero, o sencillamente porque proporciona placeres que no obtenemos de ordinario, puede dar un giro radical y lo que antes era una vía de escape se transmuta en una prisión.
Aquí entran en juego todos los fundamentos y cimientos del alma. La vía fácil o la vía difícil... Se elija la que se elija, habrá consecuencias y traumas, unas más asequibles, y otras terribles. ¿Qué escoger? ¿La vía difícil pero más soportable para la conciencia? ¿La vía fácil pero que condena a cadena perpetua?
"¿Cómo he podido llegar a esto?", se pregunta Judah, un hombre respetable y querido al que la suerte había sonreído... Hasta que se rompió.
Su dilema tiene el aplastante peso del universo concentrado en un sentimiento de culpa que duele como miles de úlceras.
Aquí entran en juego todos los fundamentos y cimientos del alma. La vía fácil o la vía difícil... Se elija la que se elija, habrá consecuencias y traumas, unas más asequibles, y otras terribles. ¿Qué escoger? ¿La vía difícil pero más soportable para la conciencia? ¿La vía fácil pero que condena a cadena perpetua?
"¿Cómo he podido llegar a esto?", se pregunta Judah, un hombre respetable y querido al que la suerte había sonreído... Hasta que se rompió.
Su dilema tiene el aplastante peso del universo concentrado en un sentimiento de culpa que duele como miles de úlceras.

A solas con su agobio. Con sus recuerdos infantiles sobre las firmes creencias de su padre, judío devoto, que le atormentan. Con su escepticismo, alimentado en su niñez por una tía nihilista.
Si no hay Dios, si no hay justicia divina, y la justicia humana es ineficaz... ¿Qué nos queda? ¿Volvernos monstruos amorales? ¿Dañar impunemente? Judah está a punto de explotar de la presión.
Si no hay Dios, si no hay justicia divina, y la justicia humana es ineficaz... ¿Qué nos queda? ¿Volvernos monstruos amorales? ¿Dañar impunemente? Judah está a punto de explotar de la presión.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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Por otro lado, la nota cómica la coloca Woody en su sempiterno papel de perdedor nato. Un hombrecillo vulgar y corriente, realizador de documentales y películas de autor, de escasa difusión y casi nulo éxito comercial. A la deriva en un matrimonio que fracasa, aguantando a un cuñado petulante y de mucho éxito televisivo al que odia, y desahogando sus ansias de comunicación con una sobrina de apenas doce años que lo adora. Divertido, soltando ese torrente inagotable de chascarrillos y bromas que es lo más destacable de su personalidad, manteniendo su desastroso tipo con humor. Sus deseos de amar y de ser amado. Su pena ante las oportunidades que se esfuman. Un Woody desacostumbradamente melancólico a ratos, que llega a lo conmovedor. Ese personajillo que parece tan insignificante, que se gana al espectador a golpe de chiste... Llega a tocar las fibras del corazón.
"Para ser felices, nos tenemos que agarrar a cosas menores", me ha comentado alguien en alguna ocasión.
"Para ser felices, nos tenemos que agarrar a cosas menores", me ha comentado alguien en alguna ocasión.
Woody siempre enseñándonos el lado divertido de la mediocridad.
Pero también, a veces, el más duro de lo trascendental.
Pero también, a veces, el más duro de lo trascendental.
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