Aquellos que aún podían guardar de los miembros del crimen organizado de origen italiano esa visión idealizada que los dibuja como tipos trajeados y carismáticos, que disparaban sus pistolas a ritmo de Frank Sinatra y se guiaban por un estricto código de honor, ya debieron pasarlo mal con “Los Soprano”: gangsters en chándal o raídos batines, agobiados por mil problemas familiares, que intercambiaban tuppers de pasta y administraban sus negocios desde la trastienda de un puticlub de carretera. Por si quedaba nadie que hubiera sobrevivido a Tony Soprano y su panda de chabacanos secuaces o que pudiera creer que en la hermosa Italia aún era posible encontrar entre los “camorristi” auténticos hombres de honor, “Gomorra” se encarga de eliminar las pocas expectativas que de ello pudieran albergar.
Lo que esta peli pretende es agarrarnos por el cuello y meternos de cabeza en las letrinas del podrido estado italiano, donde la Camorra lleva años incrustada como una tenia, controlando, como un auténtico estado en la sombra, la vida cotidiana de los habitantes de la región de Nápoles. De ahí que navegue entre el documental y la ficción, tratando de mostrarnos, mediante varias historias paralelas, hasta qué punto llegan las ramificaciones de esta organización criminal. De ahí derivan también el éxito y el fracaso de esta película.
El éxito de “Gomorra” consiste en las amargas cucharadas de realidad que nos hace tragar. Todo cuanto rodea a la Camorra carece de encanto, solo hay roña, cutrez, inmundicia. No hay honor, ni respeto, ni matices: o con nosotros o contra nosotros, si no pagas tú, uno de los tuyos lo hará. Los miembros de la Camorra se enfrentan a su trabajo como empleados de una fábrica, no son más que piezas ciegas de un engranaje, seres vacíos que cumplen con su cometido (traficar con drogas, hacer desaparecer residuos tóxicos, regentar un taller de costura ilegal) con la anodina eficiencia de un funcionario. Los niños se sienten atraídos por los “camorristi” porque son los reyes de su mugriento barrio, e ingenuos macarrillas de medio pelo se creen reencarnaciones maquineras de Tony Montana dispuestas a conquistar el mundo. Una espiral, en suma, sin principio ni fin, retroalimentada por la permisividad (o complicidad) del gobierno italiano, que Matteo Garrone retrata a la perfección.
El fracaso de “Gomorra” es artístico. Tanto se esfuerza Garrone por subrayar su mensaje de denuncia, por reforzar el hiperrealismo y el tono semidocumental de su película, que este acaba anulando sus valores puramente cinematográficos. La gran cantidad de tramas abiertas y el esfuerzo dedicado a mostrar de modo demasiado enfático la vaciedad de los personajes, alargando innecesariamente planos y secuencias, desenchufa al espectador de lo que pueda ocurrirles y da al conjunto global un ritmo mortecino que llega a ser cansino. Lo noble de la intención se lleva por delante la resolución formal de la peli, la cruda realidad se impone al cine. Una lástima.
Sí, de acuerdo, lo sé, tenéis razón: esto no hay quien se lo trague. ¿A quién le daría miedo ese platillo volante que parece una exprimidora tuneada? Y a esos adorables hombrecillos verdes cabezones y cascarrabias que se dejan atropellar como gatitos y que son corneados y volteados sin piedad por toros borrachos, ¿no os entran ganas de estrujarlos entre los brazos y de darles todo el amor y las carantoñas que el resto de los seres de este mundo les niega? ¿Cómo podría nadie creerse que estas frágiles criaturas que se desmembran como si fueran del papel maché y armadas tan sólo con uñas hipodérmicas retráctiles cargaditas de alcohol podrían albergar la intención de conquistar y someter a su voluntad al planeta Tierra?
Y sin embargo... Pese a todos sus errores técnicos, a lo desquiciado del guión, a las patosas interpretaciones, esta película tiene un encanto que no se apaga con los años. Serán los títulos de crédito, o esa música más propia de una comedia, o esa galeria de personajes (los buscavidas tarugos, el quisquilloso granjero, los bobos polis y militares, los adolescentes salidos), pero todo en esta cinta tiene un aire de parodia desenfadada de las pelis de invasiones marcianas que se habían fabricado como churros en los años anteriores, cuyos lugares comunes finge asumir sin complejos, para reducirlos luego a fosfatina, no da nunca la impresión de pretender que nadie crea la historia que está contando, no es, ese sentido, ni la mitad de seria que “Mars Attacks!” (por cierto, ¿cuántas veces debió de ver Tim Burton esta peli?). Y ese desenfado y esa falta de pretensiones es lo que la mantiene fresca y simpática como el primer día.
Pero eso no es todo, porque esta es, además, una peli con mensaje, ya que enarbola un vibrante alegato en favor de la juventud americana de su época, menospreciada cuando no ignorada por sus mayores, que sólo ven en sus hijos a unos mastuerzos secuestrados por la lujuria, la cerveza y el Rock’n’Roll. Ah, amigos, qué poco imaginan los adultos la gran capacidad de convocatoria, la solidaridad e iniciativa que anidan en los febriles pechos de sus cachorrillos, qué poco sospechan que es una, ejem, brillante estratagema ideada por estos jóvenes incomprendidos la que acaba salvando a nuestro planeta de los etílicos hombrecillos verdes, manteniendo nuestros valores y nuestro estilo de vida apartados de sus sucias y alcohólicas zarpas y ahorrándonos así, de paso, la peor resaca de nuestras vidas.
Un año antes de “La gata sobre el tejado de zinc”, que inauguraría su particular década prodigiosa, Richard Brooks abordó en esta película un hecho contemporáneo a la misma, la sangrienta revuelta Mau Mau en Kenia. La historia que narra es bastante sencilla y seguro que nos suena un poco a todos: dos amigos de la infancia, uno blanco (Hudson) y otro negro (Poitier), a pesar de detestar en principio la violencia y de mostrarse más bien disconformes con algunas de las ideas y actitudes de los miembros de su propio bando, se verán obligados a enfrentarse cuando estalle el conflicto.
Como es habitual en Brooks, a pesar de que la película contiene algunas escenas de acción, lo que predomina en ella y la distingue positivamente es el estudio psicológico de personajes de idiosincrasia en principio templada y conciliadora puestos en una situación límite que les hace replantearse sus principios anteriores: Poitier, un negro comprensivo con los colonos británicos, se verá arrastrado a cumplir el juramento de matar al menos a un blanco; Hudson, un acomodado y benévolo terrateniente, se verá obligado a salir a cazar negros para proteger su vida, su familia y sus tierras. Es en este aspecto donde la película funciona mejor. Brooks lanza miradas a los dos protagonistas, a sus familias y a la sociedad keniata y transforma en imágenes de crudo blanco y negro el impacto emocional de la revuelta, el clima de paranoia y confusión de la población blanca, la actitud de muda y expectante espera de buena parte de los nativos, usando para ello varios recursos, algunos de los cuales son bastante interesantes, como una hábil dosificación de silencios que elevan ocasionalmente la tensión o planos contrapuestos en escenas que muestran, alternativamente, un pomposo desfile de tropas británicas y los torvos rostros de los keniatas que asisten al mismo.
Un ritmo algo errático y cierto tufillo sobreprotector y paternalista en el tono en que se trata tanto el conflicto como las creencias de los keniatas, fácilmente detectable en escenas como la del interrogatorio bajo la tormenta, donde cuatro truenos y relámpagos convierten a un aguerrido Mau Mau dispuesto a morir antes que a hablar en un lindo y chivato gatito, la del desangelado asalto rebelde a la casa de Hudson, digno de “Tintín en el Congo”, o la escena final, cargada de chato simbolismo, han dañado, sin embargo, a esta película, que acaba, pese a sus virtudes, transmitiendo al espectador la idea de que si los nobles y desinteresados blancos estamos en el mundo para algo es para ayudar a los pobrecitos negros a salir del pozo de superchería e ignorancia en que se hallan, raíz de todos sus males.
Buena película, en todo caso, de un gran director aún en ciernes, que daría en los siguientes años auténticas obras maestras a la historia del cine.
Qué entrañable película. Recuerdo como si hubiera sido ayer la impresión que me produjo la primera vez que la vi, en “Mis terrores favoritos”, aquella estupenda selección de clásicos del cine fantástico, el terror y la ciencia ficción que presentaban Chicho Ibáñez Serrador y Luisa Armenteros allá por los primeros 80, y aunque no estoy muy seguro, creo que hasta hace unos días no había vuelto a verla. No me ha defraudado. En el interior del bonito estuche metálico con libreto incluido con que la han reeditado, se oculta una película que apenas necesita de sus simpáticos efectos especiales o de giros argumentales sorpresivos para trasladar al espectador a un territorio de horror primigenio, al tuétano mismo de uno de los miedos primordiales del ser humano: su completa desaparición física (vivida aquí, en una cruel vuelta de tuerca, a cámara lenta) y su disolución final en el universo.
La excusa argumental, como en tantas otras películas de género de la época, es lo de menos y se despacha en unos pocos fotogramas: la exposición de protagonista, durante unos breves segundos, a una extraña nube tóxica, que aparece súbitamente enmedio del mar y con cuyo origen apenas se especula, es la culpable de que el pobre Scott Carey vaya encogiendo hasta quedar reducido al tamaño de un diminuto insecto. Lo que me ha parecido más interesante de la película, sin embargo, no ha sido tanto, vista ahora, la parte fantástica del brillante guión de Richard Matheson, que no deja de ser una mera convención del género al cual pertenece, sino el alto grado de amargo realismo de sus consecuencias, el drama doméstico que desencadena la enfermedad de Carey, los cambios de humor y la irascibilidad del protagonista, su inmensa soledad, solo aplacada por el breve oasis que supone su amistad con una enana de circo, las trifulcas conyugales con una esposa tan estoica y sacrificada que el espectador siente que la supuesta muerte de su marido es para ella más una liberación que una tragedia. Este realismo adquiere, además, tintes de cruda sátira social si pensamos en el perfil del personaje principal, el típico americano nacido y educado para triunfar en la vida, un exitoso y acomodado publicista, con una hermosa esposa, una bonita casa con jardín y un adorable gato, muy en la línea de los protagonistas de las novelas de Richard Yates o los cuentos de John Cheever y semejante a personajes como el de Dennis Quaid en “Lejos del cielo”, que ve cómo su vida pasa de ser un plácido crucero en yate a un espantoso e interminable naufragio en el sótano de su casa, donde se ve obligado a despertar su ingenio, adormecido por la clase de vida que la sociedad le había impuesto hasta entonces, para no correr el riesgo de ser aniquilado y reducido a la nada por un universo hostil que conspira constantemente contra su existencia.
Tres hurras, pues, por esta película, y un minuto de silencio por el alma del pobre Scott Carey, esté donde esté y sea cual sea su tamaño.
11 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Entre los muchos momentos memorables que nos ha deparado la familia Simpson a lo largo de los últimos 20 años se halla, sin duda, aquel en el cual se nos revelaba el odio secreto que el bueno de Ned Flanders llevaba años incubando hacia sus padres. Estos, una pareja de mugrientos y bobalicones beatniks, esgrimiendo que a Gene Krupa nadie podía prohibirle que hiciera bum-ba-ba-bum-bum-ba con su batería, le habían permitido de niño hacer lo que le salía de las narices, hasta que, hartos de que sus travesuras interfirieran en su contracultural y bohemio estilo de vida, le habían sometido durante ocho meses a un tratamiento experimental a base de azotes múltiples que había anulado su capacidad de expresar emociones y le había convertido en el hola-holita-vecinito más reprimido y mojigato de Springfield.
Pobre Ned, quién sería capaz de reprocharle nada. Sin menospreciar su papel de agitadores de la autocomplaciente sociedad americana surgida tras la Segunda Guerra Mundial, los beatniks constituyen, en conjunto, uno de los ejemplos más acabados de la extraña mezcla de gazmoña beatería y recreación morbosa en lo escandaloso con que suele acercarse demasiada gente, desde hace demasiado tiempo, a las vidas de los artistas. Glorificados por sus voceros por sus hazañas como vagabundos, fornicadores o drogotas impenitentes, los beatniks parecen haber sido eximidos de ofrecer literatura de calidad, como si su vida fuera su obra y exhibir boina, perilla y gafas de pasta, darle al peyote como una choni le da al estramonio, beber a morro de una garrafa de vino barato o meter la minga en adobo en el primer orificio a mano justificaran, por sí mismas, su categoría de geniales artistas en perpetuo desafio de la sociedad. Poco importa, al parecer, que su producción literaria, que pudo en su día sonar tan rompedora, sea hoy pura arqueología y huela como la ropa de la noche anterior una mañana de resaca.
“Howl” es una rendida loa del poema más conocido de Allen Ginsberg, una ya de por sí tediosa y estomagante combinación de homilía curil, ínfulas whitmanescas y apolillada retórica vanguardista, que aquí, por si fuera poco, se le ofrece al espectador por cuadruplicado, en forma de prédica pública en un tabernáculo beat, dibujos animados, soso drama judicial apenas salvado por Jon Hamm y David Strathairn y masturbatoria entrevista con el autor, competentemente encarnado por James Franco. El resultado es una película pastosa, indigesta y cargante que más que al aullido invita al bostezo y que acaba conduciendo al sopor y la cefalea y, al menos en mi caso, a la más absoluta frustración, ante una nueva y concluyente constatación del hecho de que el cine se muestre incapaz de ofrecer retrato alguno de un autor literario sin caer en la santurronería, la ñoñez o el papanatismo. Tras “El Cónsul de Sodoma” y “Howl”, lo admito, siento que no me queda ya en quien depositar mi confianza. Habéis podido conmigo, cabronazos. Me rindo, bajo los brazos, bandera blanca.