Críticas De: Normelvis Bates

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Normelvis Bates Suena Wagner y tengo ganas de invadir - Polonia

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Su valoración: Notable
11 de Septiembre de 2009
6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil.
No debe de ser nada fácil adaptar al cine las obras de Cormac McCarthy. El único hombre capaz, en mi opinión, de reproducir en una pantalla la mezcla de dolorido lirismo y violencia descarnada de sus obras lleva 25 años muerto y respondía al nombre de Sam Peckinpah, y el único intento anterior a este, que yo sepa, y a la espera del estreno de “La carretera”, fue una de las mejores novelas de McCarthy, “Todos los hermosos caballos”, que acabó inexplicablemente convertida, en manos de Billy Bob Thornton, en un empalagoso e indigesto pastelillo de San Valentín a mayor gloria de los productos cosméticos y de peluquería que ayudan a pagar la casa en la playa de Su Alteza Real Pe de Alcobendas, de modo que uno espera a que empiece la peli con una cosquilleante mezcla de nerviosismo y curiosidad: ¿estarán los hermanos Coen a la altura del desafío?
Y la respuesta es “Sí, lo están, pero...”. Por un lado, la propuesta formal de la peli es impecable. Los Coen logran traducir el universo de McCarthy, su estética fronteriza y crepuscular, su dominio de la elipsis y el sobreentendido, su sintaxis tan áspera como cristalina, sus diálogos austeros y, sin embargo, cargados de significación, en una película técnicamente irreprochable y estupendamente bien narrada, en la que como pasaba ya en “Fargo”, el paisaje es un elemento clave para entender cabalmente la historia que se nos está contando. Las desoladas llanuras de la frontera con Méjico cumplen aquí, al fin y al cabo, la misma función que cumplían allí los escenarios nevados de Dakota: enclaustrar a sus protagonistas, pobres infelices en busca de una oportunidad en la vida, y asfixiar las pocas posibilidades de éxito que pudieran tener.
¿Y el pero? El pero es precisamente lo que acabamos de decir. Es una peli técnicamente tan brillante, tan aplicada, que llega a ser impersonal, cuesta encontrar en ella algo que nos remita al estilo propio de los Coen, su negrísimo sentido del humor, su desacomplejada e irreverente mezcla de estilos y tonos, los súbitos giros argumentales, su refrescante afición al delirio y a la caricatura. Son las estrecheces, me imagino, de trabajar con un guión adaptado y no con una historia propia. Le sobra solemnidad y le falta ironía. Por una vez, los Coen se han pasado de respetuosos.
En el apartado interpretativo, luces y sombras. A cambio de tener que aguantar (eso sí, brevemente: gracias mil, Anton Chigurh) al zoquete de Woody Harrelson, y a pesar de que el personaje que interpreta Brolin está algo desdibujado, disfrutamos de dos memorables interpretaciones, la de un valor seguro como Tommy Lee Jones, en un papel no muy alejado del que encarnaba en “En el valle de Elah”, el de hombre ya mayor que ve derrumbarse las certezas morales que daban sentido a su vida, y, claro, la escalofriante transformación de Bardem en un ángel de la muerte, símbolo de los nuevos tiempos, que se erige en juez incontestable del destino de aquellos que tienen la desgracia de cruzarse en su camino.
Normelvis Bates
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Su valoración: Notable
20 de Abril de 2013
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil.
En 1965, Frank Sinatra cumplió cincuenta años y el cambio de cifra debió de resultarle más bien traumático, ya que, coincidiendo con su aniversario, publicó uno de sus discos más oscuros y melancólicos, repleto de canciones que reflexionaban acerca del paso del tiempo, de la vejez, de los instantes idos y ya perdidos, condenados a malvivir en algún rincón de la memoria, a la espera de su inevitable desaparición.

“September of my years” es, por otro lado, un disco absolutamente brillante, que contiene algunas de las piezas más memorables del repertorio de Sinatra, como la bellísima “It was a very good year”, con la que se abría la segunda temporada de “Los Soprano” y cuyo tono otoñal y desesperanzado ofrecía, por otro lado, no pocas pistas acerca del sentido final de una serie que, a medida que pasan los años, se va afianzando en la condición de cima indiscutible de las obras de ficción del último cuarto de siglo.

“El detective”, salvando las lógicas distancias, vendría a representar para el género del cine negro lo mismo que “September of my years” en la discografía de Sinatra o “Los Soprano” en la recreación cinematográfica del universo mafioso: una reformulación actualizada de sus claves estilísticas, releídas de modo respetuoso, pero convenientemente adaptadas a temáticas e inquietudes hasta entonces ignoradas o directamente inexistentes.

El hallazgo del cuerpo mutilado de un rico homosexual abre una película áspera y sórdida como pocas, cuyo personaje central, Joe Leland, entronca, por un lado, con la vieja tradición del servidor de la ley honesto e insobornable, mientras prefigura, por el otro, la imagen del policía expeditivo y alérgico a despachos e imposiciones burocráticas que tanto éxito tendría a lo largo de la década siguiente. Leland, de hecho, es un cruce de caminos: no es todavía el ácrata solitario y amargado de los setenta, pero la épica de la fe en la ley y el orden que movía a sus antecesores se ha difuminado hasta borrarse casi por completo. Estamos en 1968. Leland es culto, es perspicaz, sabe que los tiempos están cambiando, que la policía está a sueldo de los poderosos, sentada sobre cubos de basura que un día u otro acabarán estallando y pondrán al descubierto las miserias y podredumbres de la sociedad.

En el plano formal, la peli es, indudablemente, hija de su tiempo. El planteamiento de Douglas, que estructura la película en dos grandes bloques, atravesados por largos flash-backs y en principio desconectados, aunque en ocasiones resulte confuso o disruptivo, se adecúa a la visión crítica que se ofrece de la sociedad de la época, perturbada por toda clase de conflictos que resulta inútil tratar de ocultar. El punto de convergencia de ambos bloques son los ojos azules de Sinatra, cuyas intensas miradas pasean la fatiga y el hartazgo de quien ha descubierto a qué ha consagrado realmente su vida, nada más entrar en el septiembre de sus años, cuando los días se hacen cortos y quedan cada vez menos por contar.
Normelvis Bates
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Su valoración: Mala
16 de Marzo de 2013
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Antes de debutar en el cine con esta película, su protagonista, con apenas veinticuatro años, había sido marino, inspector de sanidad, buscador de oro, cultivador de copra y tabaco y tratante de esclavos. Había estado dando tumbos por Asia y Oceanía y había tenido múltiples aventuras con mujeres, tanto blancas como indígenas, por lo general hijas o esposas de padres y maridos no muy comprensivos. Había contraído malaria y gonorrea. Había pescado tiburones con dinamita, había esquilado ovejas y había castrado carneros con los dientes, había sido juzgado y absuelto de una acusación de asesinato. Tras el breve paréntesis de esta película ejerció, además, de ladrón de diamantes, de soldado o de propietario de gallos de pelea con el pico envenenado, y tuvo aún tiempo de dar la vuelta al mundo en barco antes de convertirse, durante una década larga, en una de las mayores superestrellas del firmamento de Hollywood.

No, para Errol Flynn, que había llegado al mundo del cine casi por accidente y movido por la insaciable curiosidad que, según sus propias palabras, fue siempre su mayor enfermedad, meterse en la piel de Fletcher Christian en una película que (al menos sobre el papel) recreaba la historia del motín de la Bounty no debió de ser una experiencia especialmente estimulante. Y más si tenemos en cuenta el resultado final, una hora escasa de metraje con la cual su director, el tal Charles Chauvel, debería ganarse a pulso, si hubiera justicia en el mundo, el título del Ed Wood de los mares del sur.

Se hace difícil comentar nada de un engendro sin pies ni cabeza, pergeñado, seguramente, tras la ingesta de varios barriles de ron, en la que el amigo Chauvel lleva a cabo uno de los más demenciales ejercicios de corta-pega que yo recuerdo haber visto nunca, saltando alegremente y sin previo aviso de brevísimas e histriónicas escenas rodadas entre cuatro paredes de cartón pintadas que el espectador debe ir identificando con camarotes, cabañas o tabernas, más o menos relacionadas con el motín de Christian, a un par de tediosos documentales a ritmo de ukelele acerca de la vida contemporánea en las islas Pitcairn, destino final de los amotinados, rematados con un hórrido melodrama con niñito mortalmente enfermo… a causa de los pecados de sus ancestros, los marineros rebeldes.

No hace falta decir que Flynn, naturalmente, está a la altura de las circunstancias. Ataviado con un horroroso pelucón, se pasa los pocos minutos que Chauvel le deja entre ukelele y ukelele, rígido como un palo, mirando de soslayo y con los brazos cruzados sobre el pecho, mascullando sus líneas entre dientes, tratando inútilmente de ser tomado en serio y no como un simple bufón y anticipando ya, sin saberlo, la que sería su vida a lo largo de los siguientes veinte años. La vida de un rey melancólico y descabalgado de sus sueños de juventud, que, con el mundo a sus pies, añoraba los días en que la vida era todavía una promesa intacta, a la que no había que buscar una explicación.
Normelvis Bates
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Su valoración: Buena
15 de Diciembre de 2012
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Hay solo una o dos maneras de llegar a este mundo y muchas de marcharse de él, y no deja de ser sorprendente, si uno se para a pensarlo, que Ozzy Osbourne siga todavía en el mundo de los vivos, a pesar del empeño con que él mismo se ha puesto, una y otra vez, en el trance de abandonarlo. Y hablar de simple suerte es quedarse muy, pero que muy corto. Que el bueno de Ozzy siga vivo, después de haber sometido su cuerpo, durante décadas, a la dieta más salvaje y descerebrada de drogas y alcohol habida y por haber en el mundo del espectáculo, más que una sorpresa es un auténtico milagro, no exento de cierta negra ironía: bendecido por Dios o tocado por el Diablo, el maltrecho cuerpo de Ozzy y la castigada masa gelatinosa que, según él mismo, ocupa ahora el lugar de su cerebro, han sobrevivido, inexplicablemente, a los de incontables y sanísimos incautos que cayeron mucho antes que él.

Para quienes llevamos años familiarizados con el Chiflado por excelencia del Rock’n’Roll y con las anécdotas contenidas en su autobiografía, “I am Ozzy”, este documental no resulta, admitámoslo, ni especialmente novedoso ni demasiado revelador. “God bless Ozzy Osbourne” es, como su título insinúa, una versión más bien blandengue y desinfectada de sus surrealistas e interminables correrías a lo largo y ancho de más de cuarenta años, los que separan al inadaptado veinteañero que colgó un anuncio en una tienda de discos (“Ozzy zig needs a gig”), que acabó convirtiéndole en el cantante de una de las más influyentes y poderosas máquinas de ruido de la historia del rock, y los restos del naufragio, ese frágil y tambaleante amasijo de piel y huesos, macerado en mil y una sustancias dopantes, que se castiga sobre la bici estática o saltando a la comba y que celebra su sexagésimo aniversario en un hotel de Las Vegas entre achuchones, repostería y dentaduras postizas.

Este documental, sin embargo, puede resultarles de gran utilidad a los no iniciados en la Ozzmanía, aquellos que solo han sabido de Ozzy por su patética caricatura televisiva como disfuncional padre de familia y desconozcan todas las muertes y resurrecciones de un personaje sin par, que ha sobrevivido a las más inverosímiles catástrofes, algunas hilarantes (¿quién sino Ozzy puede despertarse una mañana en la mediana de una autopista sin saber cómo ha llegado hasta allí?) y otras terribles, como el absurdo accidente de aviación que le costó la vida a Randy Rhoads. Alguno habrá que se acerque a un disco de Black Sabbath y descubra que bajo la ridícula máscara del histrión hubo una vez una voz, amada y odiada a partes iguales, pero única e inconfundible. O que teclee el nombre de Randy Rhoads en Google y asista, boquiabierto, a la revelación de estar escuchando a uno de los mejores guitarristas de su generación, y lamente, inmediatamente, que se marchara de este mundo hace ya treinta años y que, a diferencia de Ozzy, no haya descubierto todavía el camino de regreso.
Normelvis Bates
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Su valoración: Regular
1 de Abril de 2010
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Si hay que dar crédito a lo que cuenta en sus memorias, Michael Caine dedicó varios años de su vida a nadar día y noche en una piscina llena hasta los bordes de vodka. Eso explicaría que demasiadas veces a lo largo de su carrera participara en bodrios muy por debajo de su talento, porque es de suponer que entre brazada y brazada no debía de pasar mucho tiempo leyendo los guiones que pudieran ir cayendo en sus manos. Alguien tenía que pagar las facturas del vodka, digo yo, y si estampando una firmita en un papel tenía el bueno de Michael para ir pegándose sus buenas juergas, echarles una ojeada antes de hacerlo sería una tonta pérdida de tiempo.

Lo curioso del caso es que en esta ocasión Michael Caine tenía motivos sobrados para confiar a ciegas en el tipo que le ofrecía el guión. Mike Hodges había dirigido un año antes “Asesino implacable”, un memorable y brutal thriller en el que Caine había dejado para la posteridad una de sus mejores interpretaciones, la del inmisericorde vengador Jack Carter, y en el que Hodges dejaba entrever un talento que presagiaba futuras proezas que nunca llegaron a ver la luz. Pero Caine, que además de ir de cogorza en cogorza se había encoñado de Shakira Baksh, una belleza medio india con la que acabaría casándose, no estaba en condiciones de sospechar nada de eso, de modo que aceptó trabajar a las órdenes de Hodges, autor él mismo del guión, esperando repetir el éxito artístico de “Asesino implacable”. Como el rodaje tenía lugar en la soleada Malta, aprovechó además para llevarse allí a Shakira, que logró lo inimaginable: que Caine dejara para siempre el vodka.

Es de imaginar la sorpresa que debió de producirle al sobrio Caine la visión de este espantoso delirio sin pies ni cabeza que pretende ser una parodia de las pelis de detectives y se queda en una vacua e interminable sucesión de gags y chistes sin gracia, apenas redimida por la presencia siempre imponente de Sir Michael y de algunos secundarios más que dignos, como Lionel Stander (el chófer patilludo de “Hart & Hart”), la olvidadísima Lizabeth Scott o Dennis Price, que hacen lo que pueden para salvar a la peli del naufragio.

Algunas escenas aisladas parecen estar a punto de hacer que la peli remonte el vuelo, pero todo es inútil, porque a su tono presuntuoso de metarrelato para iniciados, a su estética anclada en lo peor de los 70, a su trama confusa y descerebrada, se le une la peor de las maldiciones con las que tiene que cargar una película, la que responde al nombre de Mickey Rooney. Como las desgracias nunca vienen solas, aquí, además, tendremos ración doble de Rooney, ya que, en uno de los muchos bucles absurdos del guión, Rooney se interpreta a sí mismo interpretando a alguien parecido a James Cagney. Si ya es duro aguantar a Rooney con un solo cuerpo, verlo reflejado en varios espejos a la vez resulta más bien traumático. Lo raro es que Michael Caine no saltara de nuevo a su piscina de vodka. O, mejor aún, que ahogara a Rooney en ella.
Normelvis Bates
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