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Polonia Polonia · Suena Wagner y tengo ganas de invadir
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Críticas 185
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
4
6 de octubre de 2012
18 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si no fuera por las gafas de pasta que adornan mi muy hermosa nariz y me obligan a mantenerme bien lejos de los gustos y actitudes del populacho, dejaría a un lado mi talante aristocrático y abriría estas líneas con la ya clásica pregunta, cargada de estupor e indignación, con que miles y miles de críticas malgastan toda sus balas desde la primera palabra que contienen: ¿pero cómo, Dios mío, cómo tiene este engendro un seis con siete de media?

Si he renunciado a hacerlo es porque esa pregunta no tiene respuesta. Nunca la tiene. Lo que no deja de sorprenderme, en todo caso, es que haya todavía quien se indigne por cosas tan triviales como ésa. Hay que ser muy inocente para creer que hay alguna relación trascendente entre la calidad de una película y la nota que cosecha entre quienes la han visto. Quien se pregunta eso, simplemente, juega a un juego cuyas reglas elementales desconoce.

En el caso de esta peli, si uno se para pensarlo, la cosa está perfectamente clara. Un solo dato lo explica todo: “Abierto hasta el amanecer” se estrenó pocos meses después de la apertura de Port Aventura. Justo el momento en el que el cine se convirtió en un parque temático y los espectadores en una horda de turistas en chanclas y bermudas, que se daban por satisfechos con una hamburguesa alumbrada por fuegos artificiales en el tren del Oeste que llevaba de China a México. Agarraos fuerte: Rodríguez y Tarantino habían descubierto el entretenimiento. Casi nada.
George Clooney
Lo más divertido del caso, desde luego, no es eso, sino el elaborado celofán intelectual con que algunos envolvían y siguen envolviendo este giro. Así, según sus apologetas, esta peli, rodada con un modestísimo presupuesto de diecinueve milloncejos de dólares (la calderilla que todo genio incomprendido lleva en el bolsillo) no es la gilipollez absoluta que aparenta ser, sino el súmum de la libertad y de la acracia, de la lucha titánica del individuo contra las reglas establecidas, etcétera, algo que, ay, sólo les está reservado paladear a una selecta minoría de cinéfilos, no desde luego a todos esos restreñidos que creen que su mierda no huele y que (hay que ser rarito) no se conforman con tiendas de souvenirs o un puñado de figurantes bailando el hula en taparrabos. Hay que ser estirado.

Lo que se echa de menos, en todo caso, es algo de honestidad. No mucha. La suficiente para admitir que lo que se buscaba, en el fondo, era edificar una nueva aristocracia en cuestión de gustos, la del que reniega del pasado que no se conoce, la del cateto desacomplejado y que se regodea en su ignorancia. No es extraño que tantos se cobijaran bajo ella: no se trataba de matar al padre, sino de mostrarse orgulloso de desconocer su nombre. Así se fundó la nueva aristocracia que gobierna nuestros días. No cuesta mucho imaginarse, la verdad, qué es lo que andan chupándose mutuamente quienes forman parte de ella. Ahí va una pista, a ver si lo adivináis: no es precisamente sangre. ¿Qué, no caéis? Preguntadle al señor Lobo.
3 de septiembre de 2009
12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esto sí que es un misterio: el responsable de una de las carreras como director de cine más erráticas y desconcertantes de todos los tiempos rodando un vigoroso y delicado drama carcelario acerca de Robert Stroud, el hombre que intenta aliviar su falta de libertad y su incomunicación criando y cuidando decenas de pájaros en su celda: la familia y el hogar que de otro modo no podría tener jamás.
Conmovedora sin necesidad de sensiblerías, emotiva sin caer en lo cursi, cruda y sin concesiones a la hora de enjuiciar las duras condiciones de vida de los reclusos y un obcecado y estúpido sistema penitenciario que niega toda posibilidad de redención a los que llegan a caer en el pozo de la cárcel, pero altamente comprensiva, sin embargo, con algunos de quienes deben participar en él, como el poli que, durante años, es el único vínculo de Stroud con el resto del mundo, “El hombre de Alcatraz” huye de maniqueísmos y juicios preconcebidos y se centra en las personas como entes individuales, en sus sentimientos y necesidades, erigiéndose en un poderoso alegato, cargado de matices y sugerencias, en favor de una dignidad humana que no se resigna a doblegarse ni en las peores circunstancias imaginables.
Burt Lancaster
Pero es más que eso, porque habla también del paso del tiempo y de la vejez y de sus efectos temperantes en las pasiones humanas, aun en aquellas que nos parecen un día las más poderosas e inaplacables, como el amor o el odio, el amor otoñal de una mujer que como llega se va, el odio mortal de un alcaide que renuncia a la venganza cuando descubre que comparte con Stroud más de lo que a él le gustaría: la vejez y sus achaques y casi toda una vida pasada en presidio.
Entre sus valores añadidos destacan la espléndida fotografía en blanco y negro de Burnett Guffey, que la dota de verismo y expresividad, la brillante banda sonora de Elmer Bernstein, doblemente nominado a los Oscar aquel año (por esta banda sonora y por la no menos bellísima música de “Matar a un ruiseñor”) y las grandes interpretaciones de todos los protagonistas, desde el severo Karl Malden a la abnegada Betty Field, pasando por el fogoso Savalas y la posesiva Thelma Ritter. Mención aparte merece la extraordinaria composición de Burt Lancaster, casi tan brillante como en “El fuego y la palabra”, desplegando todos sus registros y modulando de modo magistral las variaciones tanto físicas como de carácter entre el joven Stroud, arrogante y colérico y sin expectativas vitales, y el anciano que deja pasar sus últimos días libre de pasiones y rencores, realizado e incluso feliz.
1 de septiembre de 2009
11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Qué entrañable película. Recuerdo como si hubiera sido ayer la impresión que me produjo la primera vez que la vi, en “Mis terrores favoritos”, aquella estupenda selección de clásicos del cine fantástico, el terror y la ciencia ficción que presentaban Chicho Ibáñez Serrador y Luisa Armenteros allá por los primeros 80, y aunque no estoy muy seguro, creo que hasta hace unos días no había vuelto a verla. No me ha defraudado. En el interior del bonito estuche metálico con libreto incluido con que la han reeditado, se oculta una película que apenas necesita de sus simpáticos efectos especiales o de giros argumentales sorpresivos para trasladar al espectador a un territorio de horror primigenio, al tuétano mismo de uno de los miedos primordiales del ser humano: su completa desaparición física (vivida aquí, en una cruel vuelta de tuerca, a cámara lenta) y su disolución final en el universo.
La excusa argumental, como en tantas otras películas de género de la época, es lo de menos y se despacha en unos pocos fotogramas: la exposición de protagonista, durante unos breves segundos, a una extraña nube tóxica, que aparece súbitamente enmedio del mar y con cuyo origen apenas se especula, es la culpable de que el pobre Scott Carey vaya encogiendo hasta quedar reducido al tamaño de un diminuto insecto. Lo que me ha parecido más interesante de la película, sin embargo, no ha sido tanto, vista ahora, la parte fantástica del brillante guión de Richard Matheson, que no deja de ser una mera convención del género al cual pertenece, sino el alto grado de amargo realismo de sus consecuencias, el drama doméstico que desencadena la enfermedad de Carey, los cambios de humor y la irascibilidad del protagonista, su inmensa soledad, solo aplacada por el breve oasis que supone su amistad con una enana de circo, las trifulcas conyugales con una esposa tan estoica y sacrificada que el espectador siente que la supuesta muerte de su marido es para ella más una liberación que una tragedia. Este realismo adquiere, además, tintes de cruda sátira social si pensamos en el perfil del personaje principal, el típico americano nacido y educado para triunfar en la vida, un exitoso y acomodado publicista, con una hermosa esposa, una bonita casa con jardín y un adorable gato, muy en la línea de los protagonistas de las novelas de Richard Yates o los cuentos de John Cheever y semejante a personajes como el de Dennis Quaid en “Lejos del cielo”, que ve cómo su vida pasa de ser un plácido crucero en yate a un espantoso e interminable naufragio en el sótano de su casa, donde se ve obligado a despertar su ingenio, adormecido por la clase de vida que la sociedad le había impuesto hasta entonces, para no correr el riesgo de ser aniquilado y reducido a la nada por un universo hostil que conspira constantemente contra su existencia.
Tres hurras, pues, por esta película, y un minuto de silencio por el alma del pobre Scott Carey, esté donde esté y sea cual sea su tamaño.
30 de junio de 2012
15 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si yo fuera una chica francesa atormentada por una mano hecha cisco y cubierta por una horrible prótesis y me encontrara conduciendo a solas una oscura noche de invierno, lo más probable es que no deseara otra cosa que toparme con un atractivo desconocido de dudoso pasado haciendo auto-stop y ofrecerle, tras un par de minutos de charla, un empleo de jardinero en una casa repleta de hembras tan especiales y desequilibradas como yo. Qué diablos, ya me diréis si hay un modo mejor de animar la monótona vida de una tullida amargada, una minusválida psicótica y una ninfómana siempre al borde de la ebullición que tener permanentemente a su disposición el poderoso cuerpo y la brillante mente de Jacinto Molina.

Y digo lo de brillante sin ironía, que conste. Porque hay que ver cómo se curró el guión el tío. Los más puntillosos dirán que la primera parte de la peli parece sacada de “El seductor”, con Jacinto ejerciendo de Eastwood cañí, catando bíblicamente a las hembras de la casa y partiendo leña a torso desnudo, pero cuando la cosa empieza a descarrilar y a convertirse en el correcalles de un pollo descabezado, con pistas y falsas pistas y guiños y flashbacks y derrapes y tumbos e hipnosis y sangre y sangre y sangre, le entran a uno unas ganas locas de quitarse el sombrero, la camiseta y hasta los calzoncillos a la salud de don Jacinto. Y es que a la hora de descarrilar, nadie descarrila como él.

Seamos positivos, venga. Démosle un puntillo a la peli por su correcto y respetuoso trasplante de la estética del giallo italiano, por su, a ratos, sugerente ambientación tenebrista, por la atmósfera malsana de alguna de sus escenas. Los otros tres puntos, desde luego, se los gana a pulso la estupenda lencería violeta de Eva –ñam, ñam- León, de largo la estampa más perdurable de la función. De no ser porque despues de ver la peli me he dado de bruces con Angela Merkel en la tele, aún me durarían los efectos de verla en semejante atuendo. Menos mal, porque ya dolía.

El problema es que no puedo darle más estrellitas a este engendro. Y la culpa no es de esa tabernera que pretende pasar por francesa porque fuma con boquilla y sirve bocadillos de fromage y vasitos de vin rouge, pero que apesta a carajillo de cazalla y a callos con chorizo. Ni de esas lechugas y esos pimientos y esos tomates que brotan alegremente en la nieve de la sierra madrileña, donde –oh là là- se recreó la pintoresca Francia de Jacinto. Ni por ese montaje que parece obra de las domingas de la León. No, la culpa es de la música (y la llamo así porque de algún modo hay que llamar a eso) que Juan Carlos Calderón pergeñó y que algún lumbrera por identificar desparramó sin miramientos a lo largo de todo (y todo es TODO) el metraje de la peli. Ganas le entran a uno de ponerse de rodillas y suplicarle a bueno de don Jacinto que en vez de que el asesino le arranque los ojos a nadie, vaya y le arranque las orejas a quien sea capaz de tolerar semejante tortura hasta el final. Que ya es mérito.
27 de septiembre de 2010
14 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
En una hipotética competición de los argumentos más idiotas de la historia, el de “Phenomena” no estaría, desde luego, muy lejos de los primeros lugares. De no ser por la gran inteligencia que demuestra y porque la suya es, de largo, la interpretación más conmovedora y rica en matices de la peli, uno podría llegar a sospechar que el autor del guión no es otro que el adorable chimpancé que cuida de ese entomólogo inválido y especializado en insectos necrófagos (Donald Pleasence), al que la poli suiza acude para tratar de dar caza a un cruel y retorcido psicópata que se está dedicando a asesinar salvajemente a tiernas jovencitas y a hacer desaparecer después sus cuerpos, de los que no quedan sino algunos tristes cachitos agusanados.

Inexplicablemente, sin embargo, fueron el propio Argento y Franco Ferrini (coautor, entre otras, de “Érase una vez en América”) quienes se partieron el cráneo para parir la alucinante historia de esa Señora de las Moscas adolescente (una jovencísima Jennifer Connelly), que pasea en camisón bajo la luz de la luna de la Transilvania suiza mientras gobierna a su antojo a abejas, luciérnagas y gusanos comedores de tripas, encargados de guiar sus pasos tras ese asesino de potenciales clientas de bancos, bombonerías y estaciones de esquí y de defendarla de las crueles bromas de sus lerdas compañeras de internado. Y la verdad es que, como ellas, uno está a ratos tentado de echarse a reír a carcajadas: ciertas escenas, su fallida atmósfera onírica y el uso dislocado de temas de Iron Maiden y Motörhead la dejan a medio camino entre “En compañía de lobos” y un casposo videoclip metálico de los 80. Si por eso fuera, esta película sería un puro descojone de risa.
Jennifer Connelly
Pero eso sería olvidar que el trabajo de Argento consiste en acojonar, en hacer que nos caguemos encima de miedo. Y hay que admitir que eso lo logra, y con creces. Para Argento, sospecho, todo lo que hay entre crimen y crimen no es sino morralla inútil y martingalas sin importancia. Lo que de veras importa son esos truculentos y malsanos fogonazos de sangre y violencia, esos soberbios y febriles juegos de planos en los que Argento juega al gato y el ratón con el espectador y explora sus miedos más profundos, llevando al límite el poder inagotable de las fuentes primigenias de asco y terror: objetos afilados, cristales rotos, pasos y sombras furtivas, espejos, la deformidad, lo viscoso y lo hediondo, el viento agitando los árboles en la oscuridad. Es en esos momentos cuando Argento demuestra ser un maestro del género, cuando se hace perdonar todos los desastres de la trama. Bueno, en esos y en aquellos en los que aparece Dalila Di Lazzaro (pelo recogido y tirante, tacones, falda ceñida, blusa con hombreras) como la severa directora del internado. Ya veis que la cabra tira al monte: hay momentos en los que me recuerda a la mismísima Tori Welles. Y no me vengáis ahora fingiendo que no sabéis de quién os hablo, que a estas alturas ya empezamos a conocernos.
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