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Críticas de: Strhoeimniano
Strhoeimniano |
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(A Coruña, España)
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| 1624 | Películas valoradas |
| 80 | Críticas |
| 2 | Listas |
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| Media de sus votaciones:
7,8
(ver sus estadísticas)
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Capitanes intrépidos (1937)
Victor Fleming
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| 29 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
15 de Septiembre de 2005 |
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“Capitanes Intrépidos” tiene el sabor de la aventura; como toda que se precie, los protagonistas no serán los mismos al final del viaje. Decía la publicidad de la época que esta película era más grandiosa que el “Motín de la Bounty”. Estas frases tan dadas a la exageración muestran en este caso una verdad: “Capitanes Intrépidos” es grande, muy grande. La grandeza no viene de lo aparatoso de su propuesta. La película es una aventura íntima y emocionante en el marco de un mar libre que lo mismo da la vida que la quita. De ahí, que sea una de esas películas que una vez vista, uno conserve entre los momentos más emocionantes que ha gozado en una sala de cine.
La historia es una aventura moral, profunda y humana. Un niño rico malcriado caerá por la borda de un trasatlántico siendo rescatado y “adoptado” por un marinero portugués (¿no se confundirían y sería gallego?), Manuel, marinero de un barco que persigue la gran pesca. Los valores de uno y otro se enfrentaran en esta epopeya, narrada con ese clasicismo entrañable de la época dorada de Hollywood, y que tenía a V. Fleming como uno de los mejores creadores.
¡Desafío a cualquiera a ver si consigue terminar esta película con los ojos secos! Dudo que esto pueda ocurrir; si ocurre, pellizque a la persona, seguramente está muerta. La sabia combinación de aventuras y melodrama logra aquí una aleación extraordinaria. Los momentos épicos escoltan otros llenos de un sentimentalismo que logran no ahogarse y resultar patéticos. De hecho, es una película que rebosa autenticidad; hay momentos, incluso, que son puramente documentales (toda la preparación de la pesca, las miradas sobre el mar, esa niebla delicada...); pero parte de esta verdad surge del hacer de sus protagonistas.
Primero, S. Tracy, que consigue con su interpretación, premiada con un Oscar más que merecido, la creación de un personaje difícil, pero de una honestidad tan limpia como ese mar que surca; y todo esto sin acudir a trucos sucios, a despliegues intensos, sólo con la verdad de su mirada, con ese buen hacer que hacen de él uno de los mejores actores que ha dado Hollywood. Pero si queremos ser justos, la película pertenece a F. Bartholomew. De entre toda la hornada de niños prodigio de aquella época (aquí aparece junto al M. Rooney, que no logra robarle ni una escena), él es el más “adulto”, el que siempre acometió papeles más complejos antes de emprender una carrera que para nada sería justa con su maravillosas cualidades. Es increíble ver la seguridad con la que actúa delante de un gigante como Tracy, hasta lograr que ese imposible de que el “pez chico se coma al grande”. En un principio, su altanería resulta insoportable; pero cuando llegan las últimas secuencias, logra hacernos sentir todo lo que padece con una actuación tan transparente y sentida que estremece.
“Capitanes Intrépidos” es un clásico, una de esas películas que se convierten en favoritas una vez vista, pues siempre vuelves a ese mar, aunque sea para llorar.
Strhoeimniano 
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Toro salvaje (1980)
Martin Scorsese
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| 38 de 53 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
16 de Septiembre de 2005 |
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El mundo del boxeo a dado un buen puñado de películas, pero sin duda “Toro Salvaje” las derrota a todas por un indiscutible “ko” técnico y se erige con el título del campeón pues es una de las mejores películas de todos los tiempos. La película narra la historia de J. La Motta (R. de Niro) hasta convertirse en campeón de los pesos medios y su posterior caída a los infiernos víctima de sus propias paranoias. La historia, como no, responde a toda la mítica de este género, presente en obras como “Más dura será la caída”, “Cuerpo y alma” y otras (“Rocky” y todas sus secuelas serían para toda esta mitología como un grano molesto en el culo). Sin embargo, siendo una película sobre el boxeo, la hondura y el poder de su mirada hacen que vaya más allá.
Es el modo de narrar lo que hace de esta película un ejercicio único, fascinante, llena de la misma energía violenta que un combate de boxeo. En el aspecto técnico es impecable. La dirección de Scorsese es precisa e inspirada. Contamos con una sobria y acerada fotografía de M. Chapman, que ya había colaborado con él en “Taxi Driver” y el magnífico documental “The Last Valz”, y que logra un b/n soberbio. El guión es de P. Schrader, el guionista que mejor entiende el universo de Scorsese. Por último, la colaboradora más fiel del director y sin cuya presencia no se puede entender su obra: T. Schoonmaker. Será su primera colaboración juntos, y desde aquella el matrimonio seguirá pariendo obras incontestables. El montaje es espectacular, (le darían su primer Oscar) de esos que te guían a un mar de emociones, subrayando cada uno de los momentos. Prueba de ello, son las elipsis que realiza de los combates, con un uso de la cámara lenta hermoso e impactante; o los recuerdos desvaídos de ese tiempo de felicidad que muestran las películas familiares y que se escurre por el desagüe de la locura.
Las actuaciones son soberbias. ¿Qué decir de R. de Niro? ¿Qué adjetivos pueden definir con justicia la actuación que realiza? Compone con tal precisión y entrega que su actuación se ha erigido en el tótem al que todos miran cuando quieren citar el olimpo de las actuaciones; sin duda, podemos decir que es la mejor actuación de todos los tiempos. A su lado, una espléndida C. Moriarty en su primera película. Su papel es fascinante, parece salida de un cómic, llena de curvas, con un erotismo increíble, añejo pero fresco; a la vez, el sufrimiento que padece, te desgarra. Por último subrayar a Joe Pesci, un actor desaforado, pero que en las manos de Scorsese está siempre genial y que aquí interpreta al hermano de La Motta.
Incomprensiblemente, sólo gano dos Oscar (Fue el año de “Gente corriente”, una gran película, pero que de todas formas empequeñece al lado de este titán). El tiempo obro con justicia y “Toro Salvaje” está en el olimpo de las grandes películas, como esa obra única, irrepetible, de una maestría absoluta, tan desgarradora y hechizante como la vida, pues de eso trata.
Strhoeimniano 
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Ser o no ser (1942)
Ernst Lubitsch
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| 27 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
7 de Junio de 2005 |
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Esta película pasar por ser la más despiadada sátira antinazi jamás rodada. Lo es. Discutir esta cualidad tan patente es un esfuerzo del todo inútil. A diferencia de otras obras que comparten esta etiqueta, “Ser o no ser” se libra del tono panfletario en la que suelen caer estos alegatos, para situarse como una de las mejores muestras de humor corrosivo y chispeante que a dado la comedia americana y el propio Lubitsch en el conjunto de su carrera. El guión parte de una idea del propio director y está llevada con esa elegancia que en sus manos coge la farsa para darle un empaque único, que la sigue manteniendo fresca más de sesenta años después.
El comienzo de la película es magistral, “Hitler” invade, esta vez pacíficamente, las calles de Varsovia. La razón nos la mostrará con un ajustado flashback en el que por primera vez jugará con la simbiosis que se produce entre el teatro y la vida (parece que estamos en un cuartel de la Gestapo, cuando en realidad estamos sobre un escenario de teatro), este canibalismo entre una y otra representación estará presente a lo largo de toda la película pero presentado de un modo refinado como sólo un creador de la comedia como Lubitsch podía hacer.
Su genialidad se muestra en el alcance que da a las secuencias. Cualquier creador actual o de épocas pasadas, seguramente desarrollaría la secuencia hasta el clímax que marca un gag inolvidable (si es que existiesen méritos para acercarse al maestro); pero Lubitsch va más allá. Cuando uno cree que la comicidad de la situación ya está más que agotada, un nuevo, y sorprendente, giro da nuevos bríos a la historia. Un ejemplo de esto, sería cuando Joseph Tura va al cuartel de la Gestapo fingiendo que es el profesor espía y lo encierran en una habitación con el cadáver del profesor (una “tortura para intelectuales”, como expresa el Comandante “Campo de Concentración” Ehrhardt, magníficamente interpretado por Sig Ruman). Esta “tortura” ocupará los siguientes diez minutos de película yendo al “más difícil todavía” propio de una genialidad tan sorprendente como la de Lubitsch.
El reparto, con Jack Benny y Carole Lombard a la cabeza, está a la altura de esta gran película, con unos secundarios de lujo, que aportan el sostén a este dueto que sólo tiene una ambición: Representar a Shakespeare; pese a que como muy bien dice Ehrhardt “Hicieron con Shakespeare lo que los nazis están haciendo con Polonia”.
Strhoeimniano 
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Yo, Claudio (TV) (1976)
Herbert Wise
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| 24 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
22 de Febrero de 2006 |
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Si uno visita la página de la Academia de TV de España, esta serie sigue figurando como la mejor que se ha televisado desde que la caja tonta ha tomado el centro de la casa.
“Yo, Claudio” son 650 minutos de una calidad inigualable. La serie adapta dos magníficas y documentadas novelas de R. Graves (“Yo, Claudio” y “Claudio, el dios”). Un material como este, carente casi de diálogos y lleno de hechos, tiene una difícil traslación al reino de la tv donde el diálogo es omnipresente. Es curioso, como esta dificultad se ve recompensada en la presentación de los capítulos. Lo habitual es dar la paternidad de todo este trabajo al director; sin embargo, “Yo Claudio” es “by Jack Pulman” (guionista de otra serie mítica: Poldark), no de su director: H.Wise. Lo cierto es que hace un trabajo prodigioso y ajustado al medio. Realizando una adaptación fidelísima a los hechos, imagina cómo pudieron desarrollarse, desarrollando casi “otra novela”, y ofrece unas secuencias llenas de tensión que inevitablemente te llevan a desear que llegue el próximo capítulo. Sin embargo, si vemos todos los elementos que la componen, podemos llegar a pensar que estamos ante un “subproducto”. Los decorados son teatrales, sin profundidad; el maquillaje y el vestuario pasable; la fotografía es plana, sombría, pero no expresiva; la falta de medios “canta” (no estamos ante una producción como “Roma”) a lo largo de toda la serie. Pero estos defectos, se tornan bondades ante el virtuosismo y fortaleza de los dos pilares sobre los que se sostiene: el guión y el excelente reparto. Por ejemplo, en “Claudio, el dios”, que recoge todo su mandato, hay un exhaustivo relato de la campaña que Claudio llevo en Britania, que de ser llevada a pantalla requeriría el presupuesto de una gran superproducción; en la serie, toda esta narración está resumida en la llegada del rebelde principal al Senado y una voz en off que acompaña; también son numerosos los planos en los que la imagen es sustituida por efectos sonoros (casi no hay figuración en la serie). Sin embargo, esto no aparece como un defecto. “Yo, Claudio” no dirige su mirada hacia fuera, sino hacia dentro, hacia los corredores del palacio, hacia las entrañas del poder, hacia ese nido de víboras que no nos abandonará en 13 capítulos. Ahí, en esa visión, radica la actualidad y el poder de fascinación que sigue ejerciendo esta serie 30 años después de su realización. El horror y la corrupción nos es narrada desde la finísima ironía (la serie está llena de “respiros” sutilmente cómicos) y por uno de los personajes más fascinantes de toda esta ralea: Cla-Cla-Clau-Claudio, el tonto; y a la vez, también desde la ética, pues el propósito que tiene de contar la verdad es su modo de sacar a la luz el mal (advertirnos) con el que ha estado conviviendo siempre y al que ha sobrevivido. (continúa la crítica en el “spoiler”).
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: El viejo emperador Claudio se dispone a las puertas de la muerte a contar “toda la verdad” de su sorprendente vida, desde su infancia en la época de su abuelo César Augusto, hasta el final de sus días. Con esta premisa asistimos a la carnicería que existe en las entrañas del poder, con paradas obligadas en personajes como Livia, Tiberio, Calígula y toda la grey, de igual naturaleza, que acompaña a estos personajes. Como decía, gran parte del mérito corresponde al magistral reparto. De todos ellos es necesario destacar al quinteto protagonista. Empecemos por la más fascinante: Livia. Siân Philips da vida a esta mujer envenenada (y envenenadora) de poder. Su actuación es magistral. La frialdad de su mirada, la serenidad de sus diálogos y movimientos (piensa en la maldad como un ejercicio de paciencia, por lo que nunca se precipita), componen una “mala” fascinante. Ella es el "Estado"; o mejor dicho: la razón de Estado. Por continuar con el matrimonio, B. Blessed, como Augusto, caracteriza a un emperador benévolo, preso de cambios de humor, que es capaz de llevar el peso de un imperio pero no el de una familia (la serie no deja de ser un "retrato de familia"); G. Baker es el herido Tiberio, no hay un momento en su actuación que abandone su brutalidad y resentimiento. J. Hurt, ¿qué decir?, ¿cuándo estuvo mal este magnífico actor? Pues aquí estamos ante otro de sus finos recitales, asombrándonos de todo lo que da al cruel Calígula. Por último, Derek Jacobi. Realiza el papel “bombón” y lo ejecuta con tanta maestría que para todos nosotros, pese a su dilatada carrera, quedará siempre como el bueno de Claudio con esa cojera arrastrada y la tartamudez, que componen ante los demás la naturaleza de la estupidez, pero ante nosotros la inteligencia del superviviente.
“Yo, Claudio” es uno de los mejores productos de la era en que la televisión creía aún en la inteligencia del espectador/a. ¡A saborear como los buenos clásicos!
Strhoeimniano 
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Uno, dos, tres (1961)
Billy Wilder
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| 26 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
25 de Mayo de 2005 |
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Billy Wilder decía que sólo había dos clases de personas: las que hacían TODO por dinero y las que hacían CASI todo por dinero... “Uno, dos, tres” es la mejor reunión de estos especimenes en toda la filmografía del cáustico director. Sincopada, impetuosa, y descocada sátira política, que no deja títere con cabeza en esa “guerra fría” que caldeaba el mundo. Para eso se sirve de la memorable interpretación de James Cagney, enérgico y chillón, representante de ese capitalismo (es directivo de la Coca Cola) maquiavélico que escoltado por un catálogo de personajes inolvidables: desde una exuberante y explosiva secretaría llena de curvas y ritmo hasta un militarizado chofer de “dudoso” pasado nazi, a una esposa tan consentidora como irónica, va a cruzar hacia el Oeste en esa ciudad dividida que es Berlín. Este y Oeste se ven las caras, no de un modo dramático, sino a ritmo de unos diálogos endiabladamente rápidos y, quizás, más inspirados que nunca. Capitalistas y comunistas en un farsa punzante que se cose sin suturas a una historia de amor entre la hija del presidente de la Coca Cola, una encantadora y descerebrada Pamela Tiffin, y Otto, un comunista lleno de retórica y libros en permanente pulso con ese capitalismo que derrumbará todos los muros y terminará incluso por “ennoblecerlo”. La visión que ofrece Wilder no puede ser más vitriólica. En una de las sencuencias el camarada Otto se pregunta si no queda gente buena en todo el mundo; la respuesta del comisario comunista no puede ser más breve y feroz: “No sé. No conozco a todo el mundo”. Una delicia a disfrutar que va ganando con el paso de los años.
Strhoeimniano 
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