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Críticas de: Tony Montana
Tony Montana Sevilla - España 
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El curioso caso de Benjamin Button (2008)
David Fincher
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| 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
7 de Marzo de 2009 |
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Salí del cine sin saber bien qué pensar. ¿Me había encantado o me había dejado igual? ¿Realmente era para tanto o me dejó insatisfecho? Creo que la mejor forma de definirlo sería esa misma palabra, insatisfacción, quizás alcé las campanas al vuelo demasiado pronto viendo todo lo que reunía esta nueva película, tras una serie de trailers sencillamente espectaculares, y un equipo a todas luces impresionante. Pero mientras la veía no dejaba de preguntarme: Todo es sencillamente acojonante, pero... ¿Por qué me da todo absolutamente igual?. Hace un tiempo, hablando con un amigo de arte, pusimos los ejemplos de Antonio López, calcador de la realidad, y de Velázquez, como ilustrador de la realidad, y afirmé que la diferencia entre uno y otro era que el pintor madrileño recreaba la praxis con tal exactitud y minuciosidad que se había olvidado de meter la vida en el lienzo, mientras que Velázquez hacía que la vida de sus retratados se escapase por sus ojos. Saco este ejemplo a relucir porque hablamos de una película perfectamente imperfecta, de un acabado tan preciosista que resulta frío, alucinante y pictorialista, pero vacío y sin alma, como la obra de alguien que se sabe un genio y se ensimisma en su descomunal talento recreando historias fastuosas pero se olvida de insuflarles vida para ser algo más que una ilustración hiperrealista. Algo de lo que muchos acusaron a la anterior cinta del realizador, la historia del asesino del zodiaco, y que sin embargo hacía de esa desnudez formal casi artesanal su principal virtud.
a su favor, hay que decir que me gusta el retrato que realiza de Estados Unidos. Es puro Americana, y es que es donde más fácil resulta encuadrar esta epopeya romántica de aspiraciones algo grandilocuentes. Es la cara oscura de América, pues todos los protagonistas están en una situación llamémosla inféliz, al contrario que el país en los momentos en que es retratado: El señor Gateau, inventor del reloj, muere de pena por el fallecimiento de su hijo en la Gran Guerra; o el propio padre de Benjamin, representanción del capitalismo más exacerbado (destruye el método artesanal de la fábrica de botones por uno masivo e industrial acorde con el nuevo mercado) abandona a su hijo el día que se declara la victoria norteamericana en dicho conflicto en un geriátrico, y que, a pesar de su poder, cae víctima de sus enfermedades y vive atormendato por la muerte de su ex-mujer. Y los personajes son clásicos del universo fincheriano: El capitán del barco amigo de Benjamin es la figura cínica y desencantada que ya interpretaron Morgan Freeman o Robert Downey Jr. en otras cintas del realizador, y el propio Benjamin no es más que una extensión del detective Mills de Seven o del Edward Norton de El club de la lucha, sujetos a los que la situación les sobrepasa y son incapaces de cambiar las cosas, y finalmente terminan manipulados o dirigidos por alguien, o derrotados.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Sin embargo, a pesar de todos estos buenos apuntes, del buen trabajo de Fincher (sin llegar a grandioso), la película cojea demasiado, es portentosa en muchas partes y languidece en otras tantas. Es mágica durante hora y media y carece de interes durante otra hora y pico. Puede emocionar o conseguir que te rías o hacer que te desconectes cada tanto por la debilidad en determinados puntos del guión. Y es que es tramposa. La estructura de la hija leyendo el diario en el hospital, además de cortar el ritmo de una manera alarmante, ya nos da un indicio muy claro de lo que va a ser la "sorpresa final", cada vez más obvia, aunque Roth, guionista a quien estimo bastante, intente hacer creer al espectador algo que no va a suceder. Recuerda demasiado a Big Fish o una de esas películas de mujeres de toda la vida, de lagrima fácil, Tomates verdes fritos, decálogo de qué hacer para llegar al espectador en el menor tiempo posible y de la manera más tramposa a nuestro alcance.
La mejor parte es la inicial, los primeros 30 años en la vida de Benjamin, justo cuando Pitt es todavía un anciano. Es una película cercana a la aventura con toques constantes de comedia, y que permiten tenerte cercano a la historia y zambullirte dentro de ella. Sus viajes, cómo descubre el sexo (divertidísima escena) y la brutal escena del submarino (he de reconocer que me dejó boquiabierto), con una planificación soberbia y verdaderamente marcada por el estilo Fincher, hacen de la primera mitad de El curioso caso de Benjamin Button una auténtica maravilla.
Es justo cuando aparece la coprotagonista interpretada por Cate Blanchett cuando la historia deja de interesarme, quizás porque sé paso a paso lo que va a suceder, y lo iba viendo antes que el personaje de Pitt en la sala de cine, y es realmente imperdonable que suceda eso cuando sobre ese punto gira toda tu historia. También imperdonable es el hecho de obviar al padre de Benjamin durante gran parte del metraje y, como recurso fácil de guionista, también llamado Maniobra David Koepp, sacarlo cuando más convenga aunque realmente te preguntes si no queda desencuadrado dentro del puzzle. A pesar de ello, hay que reconocer que los últimos 10 minutos son de una carga emocional portentosa y que el plano en que muere Benjamin es sencillamente sobrecogedor.
Contemplaba la relación de Button con las mujeres, y ese momento final con todos los personajes paseando ante la cámara como quien contempla el anuncio de una marca telefónica de una chavala recordando todos sus ligues y lo mejor que han dejado en ella, y no dejaba de pensar: Benjamin Button funciona como vibrante película de aventuras, como comedia, como drama y desfallece en su intento de crear el amor con probeta.
Tony Montana 
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Lucía y el sexo (2001)
Julio Medem
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| 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
16 de Diciembre de 2008 |
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Resultaría altamente complicado, por no decir imposible, tratar de extraer conclusiones racionales y demostrables científicamente de una película como Lucía y el sexo, la cual se mueve constantemente entre los terrenos de lo real y lo imaginario con una facilidad absoluta. Y es que Médem plantea un cuento a todas luces, difícil de seguir si se le pretende aportar una linealidad y una coherencia del llamémoslo cine serio, creando la sensación de que estamos ante una sesión de psicoanálisis del verdadero protagonista del relato, Lorenzo. ¿Por qué? Porque, como fábula, las intenciones quedan bien claras desde el principio, llegando Lucía a la isla y viendo como una paella se hace únicamente para dos personas, sintiéndose desplazada al ver algo tan tópico, rasgo narrativo inequívoco del género. Con un aire casi desenfadado y construido a base de clichés como una heroína bastante inocente y, en cierto modo, risueña e infantil que busca a su príncipe azul, el director vasco plantea un acercamiento nada sexy o visceral al complemento directo del título, el sexo, y a la doble identidad que tenemos todos y la imposibilidad de mantenerlas. Arranca con una escena idílica y pomposa, romántica hasta el extremo, y desgrana poco a poco la relación entre las personas como uniones establecidas a través del sexo, el cual, ni más ni menos, es el origen de todo, así como el final, aludiendo a la eterna cercanía y necesaria relación entre el eros y el tanatos.
Las prácticas sexuales son mostradas casi como un juego, una diversión que sirve como comunión entre dos personas y que termina convirtiéndose en motor de todo, tanto de una nueva vida como de la propia novela de Lorenzo, el punto sobre el que parece girar toda la trama y que, como su hija Luna, surge a raíz del encuentro con una mujer. ¿Estamos ante algo real con personajes de carne y hueso o sale todo de la mente del accidentado escritor, el cual parece que vive por y para plasmar con letras un mundo nuevo? Para resaltar eso, Médem juega hábilmente con la fotografía creando mundos casi abstractos, donde la luz sobreexpuesta y la oscuridad son los que rellenan la imagen, especialmente en la isla, centro neurálgico del cuento y lugar que plantea realmente todo el debate cuando Lucía cae por el agujero al comienzo de su viaje cuasi iniciático, el agujero que, según Lorenzo, te permite regresar al punto de la historia que a ti te apetezca, estableciéndose pues un juego cercano a la metaliteratura. El hecho de que todos los personajes coincidan ahí le da a todo un aire absolutamente fantasioso, eliminando totalmente los límites entre ficción y realidad y dejando la acción en manos del azar sin más justificación que la credibilidad del propio espectador.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: En ese juego de verdad o mentira nos encontramos con la compleja relación entre Lorenzo, Lucía y Elena, madre de Luna y que puede llevar a pensar que la heroína es la hija del novelista debido a una secuencia en la que, mientras Lucía y Lorenzo mantienen una relación sexual, Elena da a luz, de ahí que la relación entre ambos entre en crisis en el momento en que el perro sesga la vida de la niña. Esta es representada como algo inalcanzable para el protagonista, la estabilidad que da tener una vida en tus manos, debido a la inestabilidad personal, la cual se le termina de ir de las manos cuando el personaje de Belén, o lo que es lo mismo, el sexo malo, visceral, pasional, se pone frente a él, ya que la película establece dos tipos diferentes de sexualidad, la romántica, que se usa para establecer un vínculo emocional, que siempre aporta algo (Lorenzo-Lucía-Elena) de la eminentemente gozosa y, a la manera de Cronenberg, casi enfermiza (Lorenzo-Belén) que descentra el alma y da como resultado un hundimiento moral y vital para ambos. También el joven escritor cuenta con una representación en su propia historia, al que sólo ven los tres personajes femeninos, Carlos/Antonio. Como si de un enfermo mental, de un esquizofrénico se tratase, a través de él saca a la luz su lado más animal y primario, ese que está reprimido y que nunca dejamos salir, este misterioso alter ego únicamente aparece para desatar las pasiones más bajas de las mujeres, quienes casi acaban peleadas entre ellas por él, y que termina por destruir al personaje de Belén y a su madre y, finalmente, decide viajar a la isla donde se encuentran todos para poner un poco de orden pero, justo cuando aparece Lorenzo acompañado por Pepe, desaparece por el agujero para ser sustituido por un faro, el símbolo de Lorenzo cuando hablaba con Alsi, la ciberidentidad de Elena, y, casualmente, nos encontramos con un final típicamente cuentista (en el buen sentido), donde Lorenzo y Lucía terminan juntos y Elena parece darse cuenta de que la chica del padre de su hija no es ni más ni menos que Luna, quien volverá a la vida mientras la heroína se abraza a su príncipe azul una vez que todo ha dejado de tener esa luz blanca tan inexistente y abstracta.
Tony Montana 
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El viento que agita la cebada (2006)
Ken Loach
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| 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
23 de Septiembre de 2008 |
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Siempre que me dispongo a ver una película de Ken Loach, me imagino un profesor, muy rojillo y simpaticote él, dando una clase de historia y su estrategia se trata de convencernos a todos de que tomemos parte en los hechos empíricos, en que juzguemos a unos personajes sin tener en cuenta el momento histórico en que ocurrieron esos actos y el estilo de vida de la época. Te machaca la cabeza, te señala con el dedo y hace que te cuestiones si realmente eres buena persona si no apoyas sus mismas causas, y poco menos que te faltará al respeto si no cumples con lo que él desea. Lo curioso es que el cineasta británico no es ni más ni menos que el mayor maniqueo del cine actual, camuflando de manera descarada sus ideas pretendidamente revolucionarias y buscando la objetividad y el verismo desde la subjetividad más extrema, y es por ello que El viento que agita la cebada termina convirtiéndose en un panfleto algo ridículo por lo plano de su entramado y por la escasa intención de humanizar a las dos partes de un conflicto armado, amén de por la frialdad con la que Loach narra unos hechos que, partiendo de una base bastante dramática, como es el conflicto político de un país y las luchas entre amigos o hermanos, como aquí sucede, y que contentará a todos aquellos incapaces de ver más allá de sus narices y de entender la complejidad de un acontecimiento que se remonta a casi 800 años en el pasado, y que el impúdico director convierte aquí en un tratado de partidismo insultante que finaliza alejándose de la cuestión nacionalista de Irlanda para centrarse en el topicazo de su rancio cine social, donde los malvados opresores son ricos terratenientes que apoyan a los ingleses y los buenazos de la película son los pobres irlandeses de clase baja quienes superarán todos los problemas para llevar a cabo su revolución y triunfar sobre el mal, y que no es ni más ni menos que la versión proletaria del Michael Collins hollywoodiense que hace unos años realizó el siempre interesante Neil Jordan.
Dentro de ese pretendido historicismo que busca Loach dentro de la historia, comete dos errores bien grandes: si quiere ser histórica y verista debería dar una visión más general de algunos hechos, ya que pasa por alto bastantes elementos importantes del conflicto, como la presencia de Michael Collins o De Valera, su firma del tratado o su virulenta lucha una vez que se escinde Irlanda en dos mitades; y la excesiva distancia que impregna en el relato, imposibilitando que se establezcan vínculos entre los dos personajes protagonistas y el espectador. El guión, de su colaborador habitual Paul Laverty, está plagado de incoherencias entre los protagonistas, contradicciones, especialmente en el caso Damian O'Donovan, un muy buen Cillian Murphy, personaje capaz de ejecutar a sangre fría a un compatriota pero luego acusar de asesinos e injustos a los protratado por hacer exactamente lo mismo.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Hay alguna escena que no aporta nada, aquella en la que Damian le cuenta a Sinead su encuentro con la madre del joven ajusticiado, y que habría conseguido un mayor resultado siendo narrada visualmente y no con las palabras del protagonista, pero imagino que a Loach no le gustaría cargar de semejante responsabilidad a su culto y refinado héroe, personaje del que realmente nunca llegamos a entender su completa evolución, ya que en apenas un par de escenas vemos cómo pasa de ser un zopenco neutral y bastante cobarde, por llamarlo de algún modo, a ser el extremo del patriotismo más idealizado, dejando a Collins, el padre de la patria irlandesa, a la altura del betún. Y es que esa es otra cuestión. Resulta estridente el hecho de que los revolucionarios verdaderos, aquellos que llevan razón, estén guiados por un personaje con estudios, ya que, en cierto modo, ningún paleto será capaz de darse cuenta de las injusticias que cometen los ingleses para con los irlandés, y no se corrompan como el malvado Teddy, mezcla entre Judas y Caín, con el que se ceba Loach para demostrar su férrea doctrina y demostrar cuánto se equivocaba con su hermano pequeño, el intelectual de la familia.
El recurso de colocar como protagonistas a dos hermanos, es bastante previsible, y su semejanza con la guerra civil irlandesa y la visión cainita de Paddy O'Donovan es muy pobre. Podría llegar a tener entereza si sus ideas y su mensaje no fueran tan diáfanos y no demonizase a británicos e irlandeses protratado hasta la extenuación, pero a la hora de dividir la historia en dos partes, la jugada le sale mal. Destrozando por completo el marco histórico, el retrato que realiza de los ingleses es, ni más ni menos, que el que se realizaba en los años 40 en Hollywood sobre los nazis, y, de hecho, esta cinta tiene mucho en común con la, por otra parte, portentosa Los verdugos también mueren. Cierto que en el clásico del director austriaco había didactismo, y un claro buenos y malos, con ese intelectualismo propio de Brecht que la hacía algo fría y difícil de asimilar por el espectador que tanto le gusta a Loach, pero carente de la fuerza de la otra, y, sobre todo, del debate moral que se le presentaba a Brian Donlevy, entre realizar lo correcto o claudicar contra los nazis, mientras que Damian es un héroe en el sentido más homérico de la palabra. Y es que el inglés delimina cualquier intentona de reflexión por parte del espectador y le hace tragar con su mensaje, resultando realmente peligroso el hecho de que justifique, de manera bastante explícita, el uso de la violencia. Había más ideas interesantes, como la deshumanización que provoca la guerra en las personas, o la imposibilidad de mezclar leyes y conflicto bélico, pero eso ya no interesa en el punto en que termina convertida la película, una parodia para gente de extrema izquierda que vea aquí el clásico canto mitificado con el que vean respaldado su ideario político.
Tony Montana 
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La joven del agua (2006)
M. Night Shyamalan
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| 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
21 de Julio de 2008 |
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Cuando somos pequeños todos nos creemos que un lobo pueda tragarse a una abuela sin masticarla y hacerse pasar por ella hasta que la descubren y la salvan de una pieza. Hoy en día, el espectador no puede ser inocente, se ha perdido esa capacidad innata de creer en la inverosimilitud que todos tenemos, y desde pequeños se nos inculca la búsqueda del raciocinio de cosas altamente improbables salidas de la cabeza de los Esopo o Grimm de turno, y se nos corrompe para impedir que los pequeños tengan una infancia que sea eso, infancia. En dichas fábulas, que contenían un fondo moral la mayor parte de las veces que solía ser bueno para el niño, incapaz de ver a esa edad la suciedad que según muchos hay en ellas, no había reglas físicas, ni naturales, ni ideológicas, eran simples vehículos que hacían que los niños adquirieran unos valores educativos sin que para ello tuvieran que ser educados en algo aburrido e impropio de esa edad, en la que uno está pensando más en fantasías y en cosas mágicas sin necesidad de buscarles porqués, ya que un adulto jamás podrá pensar como un niño, y viceversa, ya que los peques jamás verán homosexualidad en Tinky Winky o Epi y Blas, pudiendo ver a Espinete caminar desnudo sin ver nada sucio en ello del mismo modo que pueden entender que una rana esté enamorada de una cerda sin ninguna convención social que les obligue a ser cerdo+cerdo o rana +rana. Aquí, Shyamalan busca recuperar esa sensación, para muchos ya perdida, de las historias que leíamos antes de irnos a dormir en los que no nos preocupábamos en si tenían un fondo político o en si tenían unas enseñanzas poco adecuadas, ni tampoco si hay fallos de guión o si las cosas ocurren por lógica de una manera normal y a gusto de los que ya han perdido la capacidad de soñar.
Y es que Shyamalan es un niño pequeño en el cuerpo de un adulto que, haciendo suya eso de que para Orson Welles el cine era un gran tren de juguete, utiliza el cine como medio para crear fábulas, jugando con historias, texturas, sonido, hasta crear una sinfonía de elementos que provocan que sus películas, mejores o peores, sean una experiencia casi extrasensorial, convirtiéndole en un titiritero que engaña al espectador con sus marionetas, un hombre que es puro espectáculo y que logra congregar a muchas personas a su alrededor en torno al que se oyen multitud de historias que, no por no ser verdad van a dejar de ser menos reales.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Y es que en La joven del agua no hay que buscar explicaciones coherentes a lo que se ve, es una historia simple a más no poder, de un interés netamente narrativo con personajes formados de estereotipos sacados del cuento más clásico, y con un guión al que, si realmente se le quieren buscar fallos, se le encuentran, pero que, como niños, podemos acatar cualquier cosa que veamos y quitarnos el velo del prejuicio adulto hasta, en una maniobra de retroceso vital, convertirnos en niños ante las hojas de un libro de cuentos. Desde el mismo momento en que una ninfa aparece y ninguno de los personajes se cuestiona que realmente no sea más que una chiflada con un buen par de piernas y pelirroja, Shyamalan nos está avisando que cualquier intento por parte del espectador de verle lógica alguna a cosas tan aparentemente ridículas como las que suceden. Como la mujer coreana le dice a Giamatti para contarle toda la historia, este debe ser un niño inocente de nuevo, debe ser capaz de creer en un imaginario icónico que sólo se encuentra en las leyendas, para así alcanzar la mayor comprensión de todo cuanto le acontece y saber extraer las lecciones y adaptarlas a su propia vida y así completar ese ejercicio de superación moral que es lo que centra su verdadera historia, y lo que representa para él el personaje de Story para él, la lucha contra el pasado y el descubrimiento de que todos tenemos una utilidad dentro del mundo, sólo hay que saber buscarla.
A lo largo de su cine, la función principal de los niños es la de hallar soluciones a los problemas que los adultos no pueden ver, y los niños son la respuesta para las grandes dudas que plantea el director en su obra, como en El sexto sentido, donde un niño que era el único que podía ver a los muertos, así como el descuido de la pequeña hija de Mel Gibson, del mismo modo que en El Bosque era Ivy, una joven ciega, la única que, al no haber contemplado nunca el mundo, tiene el valor de recorrer ese bosque maldito. Es lo mismo que encontramos en esta obra, donde, tras muchos errores en su crítica poco encubierta al racionalismo con que analiza fríamente la situación el prepotente y amargado crítico, es el niño el que, no sin cierta rutina de aprendizaje y asumir errores, da con la tecla y es el único capaz de salvar a Story y hacer que el personaje de Paul Giamatti encuentre su sitio en la constante evolución y maduración de sus personajes para poder afrontar la toma de decisiones por duras que estas sean. Destaca también el grupo. Con un concepto bastante fordiano de la comunidad, Shyamalan nos habla del vínculo que se establece entre todos los miembros sin los que es imposible entender las acciones de un único individuo, puesto que no somos más que el resultado de todo aquello que hemos aprendido durante nuestra infancia, y haciendo obligatorio que todos remen en la misma dirección o el barco se va a quedar parado donde está.
Tony Montana 
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El divorcio de la señorita X (1938)
Tim Whelan
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| 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
18 de Junio de 2006 |
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El divorcio de Lady X me ha sorprendido gratamente. Es una película que recuerda inevitablemente a las screwball comedies americanas. La película es muy ligera. No pretende hacer otra cosa que no sea entretener. Para ello cuenta con un guión que utiliza el enredo, la confusión y diálogos ingeniosos con doble sentido para provocar la carcajada, y todo ello en un ambiente de glamour propio de la mejor comedia romántica americana. Sin ser ningún prodigio en cuanto a guión y dirección, al menos entretiene de forma constante debido a la rapidez con que se desarrolla y que no da un momento de tregua.
Seguramente sería una comedia romántica al uso si no fuera porque tiene al frente a uno de los más grandes. Olivier está inmenso. Su personaje recuerda al David de La fiera de mi niña, se ve inmerso en una situación en la que no puede controlar nada, en manos de una mujer que le controla en todo momento. Él solo ayuda a levantar la cinta, siendo clave en el buen funcionamiento de la mayoría de los gags, y que sin duda está a la altura del mejor Cary Grant, maestro de comedias. Merle Oberon, la chica blandita con nombre de leñador de Massachussets también está bien, aunque al igual que el resto del reparto, no tiene nada que hacer ante el magnetismo que irradia Olivier, que se come él solo la película. La película retrata también a la alta sociedad inglesa, esa de los lord y las ladys, a la que estamos tan acostumbrados, la nobleza con todos sus tópicos, vistos siempre desde una vertiente paródica, y cómo en cada situación diferente, siempre se las ingenian para montar un lío entre los protagonistas.
Un aspecto que me ha chocado ha sido el uso del color. Se nota mucho que en el 38 no lo controlaban aún, porque en algunos momentos parecía que Olivier tuviera los labios pintados, y la señorita Oberon parecía más pálida que de costumbre, aunque quizás a ello también ayuda que la fotografía a veces sea excesivamente luminosa...
Bastante recomendable y entretenida siempre que uno esté acostumbrado al género de la buena comedia que no utiliza chistes zafios y cutres para provocar la risa.
Tony Montana 
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