arrow
You must be a loged user to know your affinity with Vivoleyendo
/
Críticas 1.747
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
7
1 de agosto de 2010
60 de 72 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los teóricos de la música tienden a relacionar los sonidos de la escala con la lógica armónica de las matemáticas y con el movimiento cíclico del cosmos. Pitágoras hablaba de la “música de las esferas”, y para él existía una perfección inmaculada en el equilibrio de los números y de las notas musicales. Todo ello nos habla en el fondo de un gran ciclo ideal, de un devenir reiterativo y armonioso en el que las notas, representativas también de la materia que deambula por el universo, se suceden completando una etapa en la que todo empieza para terminar y empezar otra vez, en una melodía eterna en la que los silencios son final y preludio.
Pero la perfección sólo puede quedarse en la teoría. Aquellos utópicos formularon unas hipótesis que, aplicadas a la dimensión real, no alcanzaban a cubrir los desafinamientos. La música ideal es perfecta, no así la ejecutada por instrumentos imperfectos, por seres imperfectos y en condiciones imperfectas.
Continuamente, los ciclos naturales sufren alteraciones, y no responden a lo esperado. Ni siquiera los planetas ni las estrellas se mueven con la perfección que siempre se les había atribuido. Los antiguos creían que la Tierra era el centro, que los astros se movían en círculos perfectos, que el universo era inmutable. Poco a poco hubieron de aceptar la decepcionante, o por el contrario fascinante, verdad: que lo inmaculado sólo existe en nuestras mentes. Que nada está dispuesto como nos gustaría. Que no somos el centro de nada. Y que es muy probable que hasta Dios sea un invento para satisfacer nuestra hambre de perfección.
János, el observador y testigo que va de casa en casa como un mensajero solícito y neutral, recrea en un bar, cogiendo como voluntarios a un grupo de borrachos, los movimientos del Sol, la Tierra y la Luna, y el modo en que se produce un eclipse total de Sol y cómo éste repercute en la vida. A una hora inusual, una porción de la superficie terrestre, con la sombra en constante desplazamiento, se oscurece como si cayera la noche de repente. La naturaleza queda suspendida, extrañada, preocupada. Los animales, confundidos, se asustan, y pese a su miedo se preparan para pasar la noche, desconfiados, pero dispuestos a seguir los preceptos de su instinto. Los pájaros se acomodan en las ramas, los insectos diurnos callan, las criaturas acuden a sus refugios. La atmósfera parece detenerse en esa noche falsa, imprevista, que la ha pillado por sorpresa, sacándola de su rutina. Mientras dura la oscuridad, la noche cae en pleno día. Temor. Mal presagio. Cuando los pueblos primitivos no sabían que los eclipses eran simplemente fenómenos celestes sin más trascendencia, auguraban desgracias. Los eclipses eran malos signos. Se efectuaban sacrificios, rituales. Distintos tipos de violencia y derramamientos de sangre eran consecuencia del simple desplazamiento de nuestros astros. Consecuencia de la ignorancia, que engendra miedo. Siempre lo ignorado provoca inquietud ante la amenaza de lo desconocido.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
¿Han cambiado mucho las cosas, aunque muchos sepamos que un eclipse no es un indicio de la ira de los dioses? ¿Acaso no está el miedo arraigado en nosotros? Nos agarramos a la rutina, a los ciclos repetitivos, porque otorgan seguridad. Creamos un entorno estable. Casas, poblaciones, en las que las cosas suelen estar en el mismo sitio, y esperamos encontrarlas así cuando comenzamos una nueva jornada, y dejarlas así cuando nos sumimos en la indefensión del sueño. Esperamos hallar a las mismas personas, hacer las mismas cosas. Somos como instrumentos desafinados que cada día tocan la misma canción, con ligeras variantes, no siempre igual, y unos días suenan mejor, y otros suenan peor. Pero necesitamos que esa canción esté ahí, aunque a veces incluso nos atrevamos a probar con otra, torpemente, pero a la vuelta la canción de siempre ha de estar en su sitio.
¿Qué ocurre cuando llega algo que rompe la cotidianeidad, una amenaza indefinible que estropea los instrumentos, que hace imposible que toquemos nuestra canción, y ya los parámetros familiares se hacen añicos? Pues que el fragilísimo equilibrio se desintegra. Se desata el caos, un ruido indeterminado que destroza los tímpanos y deja suelta la locura que a duras penas estaba retenida. La monstruosidad se libera. Como si se tratase de un eclipse gigantesco que cubriese la Tierra entera, la confusión y el terror reinan por doquier, ya nadie actúa con prudencia. La violencia, esa gran lacra humana tan inherente a su esencia, se convierte en reina y déspota, exigiendo un sacrificio supremo. Los débiles deben pagar, deben derramar su sangre y sufrir para aplacar la ira humana, oculta hipócritamente bajo la fachada de unos dioses inventados para justificar los propios actos crueles. Si todo lo malo procede del Hacedor, de Dios, el hombre queda libre de culpas, ¿verdad? Qué falsedad… Es tan terriblemente difícil aceptar que todo lo peor procede nada más y nada menos que de nosotros solos…
Y de esa manera… ¿Las criaturas vivas estamos aquí abandonadas, como esa ballena, el ser vivo más grande del planeta actualmente, esa ballena que yace yerta en medio de una plaza neblinosa y saqueada? ¿Qué sentido tiene crear un ser tan grande, tan asombroso, para que acabe así?
Y, ¿quién es el Príncipe, cuyo rostro no se ve, y cuya voz de ultratumba anuncia un Apocalipsis que ya existe en todos nosotros, que siempre ha existido, que no va a llegar porque ya llegó, porque está aquí sin que quisiéramos admitirlo?
Por ello luchamos con tantas fuerzas por preservar la ceguera cotidiana, por quedarnos en la fachada frágil. Porque saber que el sinsentido está ahí al lado sólo conduce a la locura.
6 de febrero de 2009
58 de 68 usuarios han encontrado esta crítica útil
Muchas veces he admirado a mi padre, y me he sentido orgullosa de ser su hija. Porque es un buen hombre, un hombre honesto que se cuenta entre esas personas constructivas y que logran que la sociedad sea un poco mejor.
Por eso entiendo cómo se sentirían Jem y Scout Finch al ser testigos de cómo su padre se encaraba con el pétreo muro de los prejuicios, cómo andaba con la cabeza bien alta entre gentes de escasas luces que alimentaban absurdos e irracionales odios, para defender a los agraviados y clamar justicia en un país donde la justicia se medía por el rasero del color de la piel, de los orígenes, del dinero, del poder y, en resumen, de los que tenían la sartén por el mango.
Atticus Finch debía de ser, a los ojos de sus hijos, un pequeño David que hacía frente, con su escueta honda, a un Goliat del tamaño de una montaña. Luchando bravamente, pese al gigantesco obstáculo que el Sur le imponía, portando simplemente con el arma de sus principios.
“Hay hombres en este mundo que han nacido para cargar con las tareas desagradables de los demás.” Atticus Finch asumió esa carga sobre sus hombros, y la soportaría hasta el final. Porque él era una de esas personas que, como se suele decir, tienen agallas, riñones, coraje. Que los tienen bien puestos.
Gregory Peck
Para unos niños, no debe de haber muchas cosas más dignas de admiración que ver cómo su padre mantiene a raya a las fieras sin perder jamás la compostura y espetándoles a la cara toda la dignidad con la que deja al descubierto la vileza de quienes envenenan el mundo con sus actos mezquinos.
En un estado sureño, en plena Gran Depresión, dos hermanos, que cuentan con el impagable ejemplo de ese gran hombre que es su padre, aprenden a quitarse el velo de los dañinos prejuicios.
Muchas veces juzgamos por las apariencias, antes de conocer. Y hay quienes llegan mucho más lejos que eso. Hay quienes no vacilarían en eliminar a otros semejantes por el simple hecho de que tengan la piel de un color diferente. Y que no dudarían en ampararse en el poder que les concede un Estado y una “Justicia” igualmente lastrados.
La justicia no es ciega ni sorda. Casi siempre se inclina hacia el lado que más le interesa y le conviene.
Atticus es de los pocos que tiene como objetivo impedir que ese sistema corrompido se perpetúe.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Sobradamente merecedora del premio Pulitzer, la novela “Matar a un ruiseñor” dio lugar a uno de los más extraordinarios dramas que se han filmado sobre el peliagudo y vergonzoso tema del racismo y los prejuicios y, por extensión, sobre las aberrantes injusticias humanas.
Y sobre esos héroes desconocidos que nadan a contracorriente sin portar más que su valor y su palabra.
Para que los ruiseñores sigan cantando.
8 de agosto de 2008
53 de 58 usuarios han encontrado esta crítica útil
Roberto Rossellini dio el pistoletazo de salida al movimiento neorrealista italiano con este drama bélico rodado apenas finalizada la ocupación nazi en Italia, y cuando la guerra más devastadora de la historia aún aniquilaba Europa y otras zonas del planeta. Este filme se encuadra entre esos valientes testimonios del horror fascista que algunos directores cinematográficos se atrevieron a lanzar al mundo en aquellos años de terror. Entre ellos, mi admirado Chaplin (“El gran dictador”) y Rossellini. Comprometidos con la apocalíptica desgracia que azotaba a millones de personas, quisieron arrojar su protesta del modo en que mejor sabían hacerlo, y lo hicieron con brillantez
Rossellini se pateó las calles de Roma recopilando estremecedores relatos de sufrimiento popular. Escribió el guión en colaboración con Federico Fellini, Sergio Amidei y Alberto Consiglio. Contrató a aficionados que no habían actuado nunca, con la excepción de grandes actores profesionales como Anna Magnani y Aldo Fabrizi. Empleando un reducido presupuesto debido a la precariedad económica que castigaba el país, Rossellini se apañó perfectamente filmando la mayor parte de las escenas en las calles y espacios abiertos, y en casas romanas, completando con escenas de estudio.
Anna Magnani & Aldo Fabrizi
El guión se basa en un hecho real: la labor de un sacerdote católico que ayudaba a la resistencia italiana.
El punto fuerte de este drama social es su denuncia sin tapujos a un régimen opresivo y destructor sumido en el delirio de una ideología monstruosamente descabellada basada en la “superioridad” de la raza “aria”. La denuncia se palpa en esa fotografía en blanco y negro que tiene ese matiz de película antigua y desgastada. Se palpa en la tensión del rostro de Anna Magnani, aquella volcánica actriz que era un icono cinematográfico de la gente sencilla. En la madurez de unos niños que han aprendido a odiar. En la determinación de un sacerdote que no permite dejar pasar la barbarie nazi sin actuar. En el riesgo de unos hombres comprometidos que saben que seguramente no vivirán para ver la liberación. En la traición. En la inmoralidad y la apagada o inexistente conciencia (salvo alguna excepción) de unos opresores que no vacilan en destrozar y aniquilar a sus congéneres.
Cuando el curso de los acontecimientos está en jaque, cuando a millones de seres humanos se les roba cualquier posibilidad de paz y de felicidad, quedan muy pocas cosas hermosas que sean capaces de dar fuerzas para resistir: la esperanza, y el amor. Las únicas cosas que ofrecen un asidero y una luz para alumbrar el devastado trayecto hacia un mañana tambaleante.
29 de febrero de 2012
52 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
Este director (que en principio me llamó la atención por tener el mismo nombre que el mítico protagonista de "Papillon"), nos presenta la espantosa esencia de la soledad más descarnada mediante un tío depresivo y deprimente, un don nadie tan averiado y atascado que es literalmente incapaz de compartir su vida. Tiene un trabajo, un apartamento con bellas vistas de Nueva York. Hasta ahí llega la normalidad. Nada de amigos; su jefe es un simple colega con el que salir de copas y ligoteo. No mantiene relaciones continuadas con nadie. La única forma de sexo que le atrae es la furtiva y absolutamente casual, se gasta un dineral en revistas porno, páginas web de sexo en vivo, se acuesta con mujeres a las que conoce yendo de bares y a las que no vuelve a ver, contrata a prostitutas. Pero cuando intenta intimar con una compañera del trabajo o una mujer con la que tenga tratos fraternales de antemano, por muy atractiva que sea, todo se le va para abajo, la excitación se le esfuma. Está ya tan acostumbrado a ser un zombie de la noche, a sentirse tan sucio, tan ajeno a cualquier tipo de conexión más allá de la exclusivamente física con completos desconocidos, está tan asqueado de sí mismo, experimenta tanto terror a algo tan limpio como amar y ser amado, que no puede dejar entrar a quien amenace con permanecer, con necesitarlo, con quien establecer dependencia. Incluso con su única hermana Sissy marca un límite y es rudo y distante con ella. Sissy, muy vulnerable, cansada de dar tumbos, acude a Brandon por unas migajas de compañía y afecto que él no quiere darle. Se atisba un muy tenebroso pasado familiar, insinuado en el no menos oscuro presente.
Lucy Walters & Michael Fassbender
Un Nueva York tan desangelado como ese metro pintarrajeado y viciado, cargado de extraños silenciosos y aletargados que vienen y van en un desfile de sombras, como esas calles hostiles que McQueen registra en su objetivo sin pizca de cordialidad, sólo frío y aspereza.
Caza compulsiva de cuerpos, vacíos encuentros sexuales que sugieren bastante más hastío y desesperación vital que sensación de aventura y plenitud, hielo en el corazón de un hombre hundido en las garras del patetismo, un tipo gris que aparta todo vínculo y que rechaza a su propia hermana porque le aterroriza quererla como en el fondo sabe que la quiere.
“Shame” llega a ser terrible por momentos. Es un espejo de la sociedad: el culto desorbitado al ego, a la soledad, a la incomunicación, el bombardeo mediático que vende toda clase de adicciones y evasiones en las que se pica por esa falsa promesa de placer y huida que ofertan.
Si habéis oído hablar de ese Nueva York de almas perdidas y solitarias, aquí está su viva imagen.
El ilusionista
Francia2010
7,3
10.978
Animación
10
2 de marzo de 2011
59 de 71 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sylvain Chomet es un dibujante, animador y director joven, pero de la vieja escuela. De los que sienten apego hacia las cosas antiguas, empolvadas, abandonadas en rincones de los que pocos se acuerdan.
Es de la escuela de la nostalgia, de la añoranza, de la habilidad para romper el corazón de quienes todavía sonríen embobados ante los trucos de un prestidigitador de los de varita, chistera, conejo blanco y mangas y bolsillos de los que salen toda clase de pequeños prodigios. Puede deslumbrar a quienes hace llorar la decadencia de los ilusionistas en unos tiempos que ya no son para ellos, en los que la magia ya no existe y los trucos son sólo trucos que no interesan a nadie.
Fabricantes de bellos espejismos eclipsados por la modernidad.
Chomet ha captado con sutil sensibilidad el espíritu que insuflaba Jacques Tati a sus obras. El del milagro de lo pequeño, de la sencillez, de expresar con ausencia de palabras o con las justas, interpretando la tragicomedia agridulce del descarrilado social, todo corazón y nada de sentido práctico, que intenta sobrevivir en un ambiente carente de romanticismo, mientras él lo derrocha como un lindo ramo de flores que languidece en una impersonal oficina, como un poeta que recita en una plaza donde nadie lo escucha, como los músicos callejeros que intercambian su delicado arte por unas monedas con las que poder comer.
El mago va con su maleta, con su conejo blanco y con lo puesto de puerta en puerta, de un teatro de variedades a una taberna con espectáculos con los que entretener a los clientes, de empleo en empleo mal pagado y peor recompensado por un público escaso, cada vez más indiferente.
Ya no interesa ver a un señor mayor vestido con traje añejo, sacando objetos de la chistera o de las mangas, o transformando cartas en copas, o haciendo desaparecer o aparecer monedas.
Su habilidad es inútil, es una profesión en extinción. Tatischeff (apellido real del cómico que inspira este largometraje de animación) es un artículo anticuado. Las ciudades se le quedan grandes, como Londres.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El artista ambulante acaba pasando por Escocia, recibiendo un cálido recibimiento por los lugareños de una entre muchas aldeas. Ellos todavía ríen y aplauden sus números de ilusionismo, entre los vapores del whisky y de la cerveza en sus modestas tabernas.
Ahí encuentra a Alice, una muchachita que trabaja de fregona y que no tiene familia. Ella percibe en seguida la bondad del solitario mago y se marcha con él.
Es como el padre que ella soñaba.
Él camina por su propio fracaso con resignación, dando bandazos y aceptando cualquier trabajo para regalar a Alice lo que nunca ha tenido.
La chica sabe, sin que se lo digan, que la magia sí existe.
Ella creerá en ese hombre modesto y desgarbado, en las humildes maravillas que salen de su sombrero de copa, y aún más en las que es capaz de lograr la ternura.
Hay magos de verdad. Sepan o no sacarte un caramelo de la oreja, obran el más bonito truco: regalarte ilusión.
Una película tan tierna y melancólica que algunos no podemos evitar llorar.
Esa lluvia casi perpetua sobre paisajes de siempre delineados en un dibujo reverente, un Londres hechicero, un Edimburgo venerable, los sonidos ambientales, los diálogos breves, la expresividad de las figuras, la música encantada que invita al vodevil pasado de moda, al sentimiento que acaricia suavemente los oídos.
Las luces del Music Hall ya no brillan como antes, los artistas tradicionales del escenario malviven y venden sus últimos resquicios, y toda su integridad, a un mundo que los ignora.
Pero la magia sigue existiendo.
Sí, yo la vi. Viajaba en tren y fumaba, cargando con su maleta, con su conejo blanco y con lo puesto.
Cancelar
Limpiar
Aplicar
  • Filters & Sorts
    You can change filter options and sorts from here
    arrow