Viendo Los Abrazos Rotos no puedo despegarme de la molesta sensación de que el magnífico cineasta Pedro Almodóvar está enamorado de su historia, quizá demasiado enamorado. Demasiado enamorado para ver las grietas que su propio guión tiene, y demasiado enamorado para tratar con humildad una historia demasiado grande y demasiado lejana para un director que siempre se ha caracterizado por los pequeños detalles y los conflictos cercanos.
Porque haciendo un malvado juego de espejos, uno ve al director manchego como el propio protagonista de su historia, un director obsesionado por acabar su obra, sea como sea, por encima de quien sea, y tomando cualquier decisión incasable con su propio argumento para satisfacer su deseo. Quizá en eso si pueda verse Los Abrazos Rotos como una obra muy personal de Almodóvar, pero si es así, prefiero que nos mienta un poco y se inmiscuya menos su persona en su faceta de contador de historias.
Y también como el director ficticio, el director real tiene a su musa. Penélope Cruz. Pese a no ser la protagonista absoluta de Los Abrazos Rotos, si es su pulso y su centro, y aunque la labor emocional y la belleza de la actriz son incuestionables, si echo de menos una construcción de personaje más completa, como las de, sin ir más lejos, Volver o Vicky Cristina Barcelona.
Por otra parte, lo mejor de la cinta es también y curiosamente la labor de Almodóvar, como cineasta, pero en el apartado técnico. Su uso de la fotografía, el color, el montaje y la música, siguen siendo apasionantes, aunque aquí la propia historia haya sido su talón de Aquiles. Y desde luego sus interpretaciones, para mí, las de Lola Dueñas, Ángela Molina y Cármen Machi, sin olvidar a Blanca Portillo, probablemente la mejor actriz actual del panorama español, por su entrega, verdad, profesionalidad, carisma, como lo demuestran sus incursiones en televisión (7 vidas), cine (Volver, Siete mesas de billar francés, esta misma), o teatro (Afterplay, Hamlet, y Barroco – uno de los espectáculos más sobrecogedores que he visto).
En definitiva, una interesante y poderosa historia de amor fou, de locuras transitorias y de grandes y trágicos destinos, quizá demasiado absolutos como para que nos resulten creíbles y emocionantes.
Gregg Araki es uno de los abanderados del New Queer Cinema realmente independiente. Sus películas y sus guiones están totalmente al margen de un sistema más conservador de lo que quiere aparentar. No tiene pudor con la cámara pese a ser más estético (y mejor director, creo yo) que, por ejemplo, Larry Clark. Sus historias hablan de personajes al límite de la cordura la felicidad y la vida, casi siempre relacionados con conflictos sexuales y de marginación.
En esta, la que puede ser su obra cumbre en cuanto a intenciones y resultados adapta una espinosa novela muy propia de su estilo, en la que un entrenador de fútbol del típico pequeño pueblo norteamericano abusaba de sus alumnos, de uno en especial, que lejos de no consentirlo casi se enamoró de él y disfrutaban de sus experiencias solos y con más niños. Años después este conoce a otro joven que sufrió los abusos pero sus destinos han seguido caminos muy diferentes: mientras “el que consentía” es ahora homosexual declarado, que mantiene relaciones por dinero y vive en Nueva York bajo todo tipo de riesgos físicos y emocionales; el otro ha olvidado o querido olvidar su pasado recordando algo falso, que fue abducido por unos alienigenas y no lo recuerda. Sus dos modos de negación de un pasado traumático provocarán su catarsis emocional a la hora de reconocerse en ellos mismos la dolorosa verdad y poder, sencillamente, vivir.
Araki se aleja del morbo en una historia propensa a ello. Suscita polémica pero no insulta. Parece tener referencias a Lynch que si bien en un principio chirrían, en la concepción total de la historia funcionan. Y se apoya en unos fantásticos actores valientes y honestos con la verdad de sus personajes, en especial una breve Elizabeth Shue (nunca entenderé lo que fue de ella, siendo la magnífica actriz que es) y Gordon – Lewitt, un joven actor diferente a la mayoría, arriesgado y valiente, profesional y emotivo, que defiende como un gato salvaje su dificilísimo personaje y consigue emocionar con una historia dura y desgarradora, pero posible, al fin y al cabo.
El último show supone un elegíaco testamento cinematográfico de Robert Altman que consigue despedirse del cine de forma mucho más humilde de lo que pasó por este arte. Tras dirigir en los últimos años su obra cumbre (Gosford Park) y dos insoportables despropósitos (Cookie’s Fortune y El doctor T. y las mujeres), consigue con El último show algo mucho más neutral y entretenido.
Hay que destacar sin embargo que las virtudes de la cinta son en su mayor parte por valores extracinematográficos, ya que El último show parece hecha con tanto sentimiento que se olvida de ciertos detalles de lo que ha de tener una película, como un desarrollo en la historia, una mínima presentación de personajes o un fin argumental, algo de lo que El último show carece y que provoca una inevitable dispersión narrativa que afecta a su ritmo.
Pero por otro lado, su sentido del humor (tremendamente americano) y esos comentados valores extracinematográficos hacen de El último show una agradable experiencia, en la que podemos disfrutar de la interpretación de un excelente reparto, en el que, como es habitual destaca la presencia arrolladora de Meryl Streep (siempre de lo mejor de los films en los que trabaja) que compone el más minucioso y rico personaje; y de ese tono de despedida, como si antes de morir Altman hubiese querido despedirse de sus pasiones (el cine, la música, los intérpretes, la vida) sabedor del tiempo que le quedaba.
El último Show no pasará a la historia por su indudable calidad como película, pero supone el film más sincero y emocionante de la carrera de su autor.
Vendida como la estupidez de turno del 2005 de Cameron Diaz, En Sus Zapatos se aleja de otros insultos a la inteligencia de su protagonista, porque aunque se trate de una bienintencionada obra de cambio vital con gotas de comedia, está contada con emoción y con amor al detalle.
La relación entre dos hermanas muy distintas es, en lineas generales, el meollo de En Sus Zapatos. Maggie (Cameron Diaz) es una fiestera ya entradita en años, a la que le gusta beber, follar, y cuya vida carece del más mínimo orden o seriedad. Rose (Toni Collete), es una abogada responsable, con un piso ordenado, y que no tiene demasiadas relaciones con el sexo opuesto. Ambas no solo se soportan, sino que se quieren, son amigas de la manera en que solo los hermanos pueden serlo. Pero el carácter de ambas las separa irremediablemente.
Este es el punto de partida de En Sus Zapatos, una película trufada de tópicos pero honesta, sincera y emotiva, que sabe plasmar de manera excepcional las relaciones entre los personajes, donde reside su mayor acierto, tanto entre las dos hermanas, unas inmensas Diaz (que cuando no se hace la graciosa hasta es buena actriz) y Collete (que haga lo que haga está perfecta), como la primera con su abuela (Shirley McLaine, un estrellón en toda regla, con un carisma que crece con los años), o la segunda con "su nueva vida".
En Sus Zapatos no es desde luego una obra maestra, pero cuenta de modo adulto y emocionante, el maravilloso y hermoso mundo de las relaciones entre hermanos.
Vacaciones en Roma confirmó a William Wyler como alguien especialmente sensible para la comedia clásica. Si grandes dramas pasionales le quedaban grandes (siempre aborrecí su versión de Cumbres Borrascosas, pese a Laurence Olivier); o épicas aventuras le eclipsaban su personalidad como cineasta (Ben – Hur), con humildes propuestas como esta creaba grandes espectáculos. No sólo por como filma la Ciudad Eterna (estás dentro de la típica postal Italiana, pero su cámara no es la mirada del turista - ¿eh, Sofía Coppola?), sino por cómo consigue que una aparentemente trivial e inofensiva aventura consiga hablar del amor, el encierro y la resignación.
Además, le debemos mucho a Vacaciones en Roma. Y tiene nombre y apellido. Audrey Hepburn. Su presencia en esta película explica por si sola todo su mito posterior, pues su interpretación, viva, emotiva y atemporal, perdura en nuestra memoria mucho después de haberla disfrutado.
Con estos ingredientes Wyler pasea por Roma con delicadeza, romanticismo y diversión, y además nos regala uno de los finales más emotivos de la comedia clásica norteamericana.