A las películas de Tony Richardson les cuesta horrores moverse. Si bien al principio no molesta, cuando ya has pasado un rato mirándola, te das cuenta que comienza a hacerse pesada y que la historia apenas sí se ha movido nada. Visto con buena voluntad, se podría decir que eso se debe al amor del director por sus personajes. Y sería una opción válida de no ser porque los personajes de Richardson no tienen demasiada vida, efervescencia o encanto a pesar de sus visibles esfuerzos por dar esa impresión. El personaje de la esposa, aún siendo a todas luces una víctima, acaba resultando profundamente irritante; los chistes de Archie nunca tienen gracia y su conducta contradictoria parece aleatoria y el personaje de la hija, con sus penas y cabezonería, se parece más a un grano en el culo que a la muchacha abnegada y cariñosa que se busca representar.
Y es que pesa la sensación que no se ha sabido jugar con las proporciones. Las escenas "cálidas" no funcionan por insulsas (la del cameo de Finney... ¿no debería suponerse que se va a misión y no a comprar el pan?) y en las dramáticas Richardson se relame demasiado cargando las tintas. Los únicos momentos que encuentro acertados son el del monólogo final de Archie sobre las tablas, antes de la llegada de la policía, y ése en el que la madre de su amante le llama por teléfono y hay una chica esperándole para pedirle un autógrafo y que forma el cuadro más patético que haya visto últimamente. Pero aún y así, en esas escenas estimables, también se encuentra ese aire de forzado y deprimente pesimismo que con tanta insistencia se busca en cada minuto de la película y que, por lo menos en mi caso, queda lejos de resultar verosímil, no digamos ya emotivo. Richardson demuestra no ser un buen director, ya que ni la película tiene suficiente consistencia y honestidad para que el espectador pueda sentir que está profundizando en alguna cuestión importante ni tampoco tiene sabiduría que ofrezca algún tipo de esperanza. Y lo de la ironía del payaso triste no es algo que invente esta película. Seguro que Richardson había visto "Candilejas" antes de dirigir ésta.
Que nadie se deje engañar por su aparente sobriedad, este hombre fue todo un quejoso.
Yo no sé qué ocurre pero cine y cocina son incompatibles. La mayoría de películas centradas en cocineros son afectadas y melindrosas hasta el empacho. Debe ser como una barrera infranqueable, un escollo que ni el más pintado de los directores es capaz de sortear. Yo creo que si gente como Kubrick o Kurosawa escogieron no rodar películas culinarias fue porque sabían que en el fondo la figura del cocinero es un miura con el que no se puede lidiar. Es como si en el imaginario colectivo se hubiese hecho inseparables el rol de ñoño redomado de la figura del cocinero profesional y que por lo tanto dejara de ignorante total a cualquiera que intentara poner un delantal a un personaje sensato y maduro. O quién sabe, ¿verdad? Puede que si en medio de esos mares de tonterías redichas como “Deliciosa Martha”, "Soul Kitchen", "Fuera de carta" o "Bon Appétit" nos pintan a los cocineros como desequilibrados mentales es que tampoco deben andar tan desencaminados. Tanta gente no puede equivocarse a la vez, ¿no os parece? Porque si escuchas "Placeres mundanos", el programa de Radio 3 dónde entrevistan a cocineros y éstos hacen una selección personal de canciones, te das cuenta que los temas que escogen son principalmente nefastos y ramplones. Bajan el nivel musical de la emisora entera. Dominan el paladar pero sus oídos son como ojetes en la nuca. Si cualquier cocinero llega a leer esto fijo que me envenena.
Esta Martha en cuestión es un personaje cargado de berrinches narcisistas e infantiles. Nos es presentada como una neuras, pero (¡qué suerte!) su excentricidad es meliflua e inofensiva. Cuando le dan arranques de estrés lo que hace es detener el coche y fumarse un cigarrito mientras habla sola. Poca cosa. Nada que se pueda asociar a verdaderas patologías. Por eso va a un psicólogo bastante pánfilo con el que no hace verdadera terapia pero le sigue cobrando por ello. Es que sino su jefa le echa, se excusa Martha, pero luego cuando la lía en el restaurante de todas formas no la despide y encima luego ni le pregunta qué tal le va con el psicólogo pánfilo. O sea que mucho no le debe importar. Entonces un buen día conoce a un actor danés cuyo personaje es innecesario y después, para mediar entre sus conflictos personales, aparece un italiano tan caricaturesco que lo único que le falta para rematar el cuadro es ir vestido de gondolero o con toga de senador romano. Claro que, en medio de tal festival de humor de acelga y tristeza pueril, una parida así algo sí habría animado. Los problemas del primer mundo, ya sabéis. En algún sitio de Filipinas un niño trabaja entre residuos durante 15 horas seguidas para ganar un sueldo miserable pero a esta pobre chica le afecta que su foie gras no sea aceptado y que la niña que hasta ese momento no le había importado lo más mínimo le acepte al 100%. Un par de gotas más de fatuidad y a la pija que dirige esta basura la podrían haber condenado a sufrir torturas medievales como ser serrada viva por la mitad.
La película es una celebración de los peores clichés y por eso abraza sin compasión los tópicos más rancios y establece metáforas como la cocina como fuente vital que da sabor a la existencia y tira de canciones como el "Volare" para caracterizar a un italiano. Por favor. Más imbécil no se puede ser. Eso vendría a ser como caracterizar a un español con el "Macarena". ¿A que sería una ridiculez espantosa? Eso son ganas de colgarse por las buenas el cartel de oligofrénico y ya está. Por si esas pistas no fuesen suficientemente claras, se escogen un par de temas melifluos como el "Country" de Keith Jarrett o el de Paolo Conte y va y los repite VARIAS VECES para que en caso que no te hayas dado cuenta de la necedad congénita de la tal Nettelbeck, sepas que entonces eres narcolépsico. Sí amigos, en el fondo ha hecho una película para confesar públicamente que es una cretina sin remedio.
Una pena que al final, a pesar de tanto andar por cocinas, a la ñoña Martha ésa no le caiga aceite hirviendo en la cara o se corte con algo bien afilado.
Supongo que cada uno tendrá en su galería de gustos personales uno de esos nombres que resultan morobsamente fascinantes porque la aceptación que sus películas obtienen es inversamente proporcional a las cualidades que nosotros le encontramos. Los míos serían claramente Sam Raimi, Manoel de Oliveira y por descontado Hong Sang-soo. De este último es exasperante la indulgencia que recibe por parte de la crítica, capaces de calificar sus películas como “variaciones minimalistas entorno al mismo tema” cuando claramente quieren decir calcos descarados y repeticiones hasta lo ridículo.
¿Qué es lo que puede llevar a que semejante obtuso sea fijo en Cannes? Supongo que su éxito de alguna manera está emparentado con el de Houellebecq. Ambos son creadores que, sin llegar a provocar un desazón insoportable, dan rienda suelta a su bilis para representar cuadros plagados de pesimismo y dan la impresión que son observadores críticos de su sociedad y que por lo tanto ofrecen experiencias fuertes (pero sin manchar) dónde la insatisfacción superficial se complace al oír su propio eco.
Y no, no lo creo. Hong Sang-soo suele representar malas caricaturas de personajes idiotas, señalártelos como tales y luego putearlos sin más. Y eso es de mediocres con graves problemas de autoestima. Pero lo peor no es eso. Lo peor, lo que le hace detestable es que sus personajes siempre son los mismos torpes y egoístas cuya máximo cometido es ligar, siempre van a los mismos sitios a que les pasen las mismas cosas, siempre tiene que soltar algún ramalazo pedante y luego son mortificados de forma exagerada e infantil. Su imaginación es parca y siempre llega a sus rancias conclusiones de una manera forzada y artificial, con bruscos cambios de humor y demás trucos baratos. No son muchas las posibilidades que parece manejar. Su visión es incompleta. Esos escasos elementos no son la consecuencia de tener una mirada severa sobre una sociedad en declive, sino de un resentimiento patológico que le hace parecer un ignorante cabreado que cree que el mundo le desprecia y quiere vengarse de él demostrando lo mucho que lo desprecia él también. Se limita a dar cuenta –con zafiedad- de la mezquindad general pero sin mostrar claras señales de saber de lo que habla o de apuntar la raíz de tanta decadencia. No digamos ya que demostrara, teniendo ya bastantes películas en su haber, ser mínimamente capaz de tocar otras capas sociales, más temas y otros periodos temporales que no sean los de esa conciencia irritada y pequeño-burguesa de la realidad. Su cine es como querer derruir un edificio a escopetazos, sin saber nada de su estructura o su composición y sin pensar en utilizar herramientas más efectivas.
Este pastiche de Rohmer con zooms de video casero para mí destila insuficiencia, es bilioso, afectado, bochornosamente limitado y pretencioso porque claramente sus capacidades están muy por debajo de sus objetivos. Y, a pesar de su furia aparente, es tan inofensivo y vacuo que es imposible que despierte ninguna reacción violenta contra lo que en teoría denuncia. ¿Por qué misterioso motivo no se habrá retirado ya? ¿No ve sus películas?
No sé muy bien porqué acabé viendo esta película, pues no estaba muy convencido de su valía y la verdad es que me llevé una grata sorpresa al encontrar aquí todo lo que Guy Ritchie perdió en Snatch (incluida Revolver, por supuesto): frescura, una guión con varias capas y bien cuidado y con giros sorprendentes, buena capacidad para expresarse, buenos recursos visuales y una dirección más o menos atrayente. Aquí quizá no haya tanto sentido del humor pero no importa, si no ya seria un calco descarado. Tiene lo que busco una película de entretenimiento: que se esfuerce por resultar interesante sin caer en la obviedad, que esté bien hecha y que no se pase con los excesos. Notése también lo bien elaborados y definidos que están los personajes. Siempre que crees que el que tienes delante es el más chungo de todos siempre sale otro después que es más chungo aún... y con las fantasmadas justas.
La lástima es que la intesidad que hay en el arranque y en el desarrollo luego no perdure hasta el final pero por lo menos los giros de guión te mantienen atento y consiguen que no pierdas el interés. De haber seguido con esa intensidad y haber justificado mejor algún que otro giro, lo más seguro es que hubiesemos presenciado una película muy superior, aún y así merece la pena no perdérsela. Es un buen thriller a la inglesa para entretenerse con calidad.
¡Qué bonico es evocar la infancia! Al ver esas infectas playas atlánticas me he acordado de las playas andaluzas a las que íbamos en vacaciones. Durante el trayecto anhelaba que hubieran unas olas enormes contra las que poder zambullirme, pensaba en los kontikis del chiringo, la fiambrera con la tortilla o, en caso que mi madre no se hubiera levantado temprano, las montañas chanquetes fritos del restaurante... eso sí, el trayecto estaba lleno de curvas y, en ese Simca especialmente ideado para multiplicar la calor, resultaba tan empachoso que a veces tardábamos un buen rato en reponernos. El problema con esta película es que confunde el trayecto a la playa con la playa misma. Las obras de Demy eran un espectáculo derrochador de encanto y luminosidad y por lo tanto ésta también debería haberlo sido. Pero en vez de atrapar esas costas, Varda se concentra en las curvas que son las chiquillerías intrascendentes de una infancia perfectamente convencional (que no universal) y lo hace empleando un lirismo descafeinado porque está convencida que todo el mundo comparte su adoración hacia su difunto esposo. No contagia los fotogramas de aquella plasticidad que evocaba una enorme fuerza vital, siempre se queda corta. Menciona emociones sin llegar a registrarlas. No hay más que fijarse en la escena del bombardeo. Demy declara a cámara que ese día le hizo odiar la violencia para siempre y la escena de ficción en sí, cocida pero no enriquecida, no refleja semejante horror. Se filma sin sentido de la atmósfera, con la misma llaneza que otras escenas cotidianas. Tampoco se siente la gracia de una función de marionetas o de las películas de Marcel Carné. No por casualidad creo que, a esas edades, se le nota más cómoda en "Los espigadores y la espigadora" que recreando el estilo de "Cleo de 5 a 7". Se ha hecho anciana y ya no está dotada del empuje le hizo crear "La felicidad"... ¿o es que entonces recibía cierta ayuda?
Justo es, eso sí, concederle que ha hecho un film-persona. Para lograr esto, por ejemplo, además de mencionar sus gustos culturales, se solapan imágenes documentales del cuerpo de Demy con las de su infancia ficcionada (pelo/plantas del jardín, el jersey que él lleva puesta/la calceta de su madre) y las imágenes de Varda y Demy se conjugan tan harmónicamente que queda perfectamente claro de dónde proviene la mirada del cineasta fallecido. Se compone un retrato nostálgico pero no edulcorado y eso, aunque es una cualidad, también hace pensar que no es algo muy Demyesco, pues si algo abunda en "Los Paraguas de Cherburgo" o "Lola" son esas cucharadas de azúcar que Varda ha olvidado echar a este homenaje más próximo a lo testimonial que a lo sensual. Casi dan ganas de pedirle que se calle de una vez y que deje oír lo que Demy quiere explicarnos.