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7
5 de abril de 2008
5 de abril de 2008
60 de 64 usuarios han encontrado esta crítica útil
El director mexicano Iñárritu saltó a la fama mundial con esta ópera prima que fue nominada a varios premios internacionales, entre los que obtuvo el de mejor película de la Semaine de la Critique en el Festival de Cannes.
Iñárritu abarca con una mirada profunda, dura, amarga y cargada de denuncia los universos de las relaciones familiares y sentimentales, los malos tratos, la pobreza, la delincuencia, los submundos de las apuestas ilegales, de las mafias de matones y asesinos a sueldo, de la imagen idealizada de la belleza que ofrece la publicidad y el mundillo de la imagen, de la caída de las estrellas que viven de dicha imagen una vez que su cuerpo deja de responder a determinadas exigencias... En todos estos temas y más ahonda el guión de Guillermo Arriaga, inseparable de Iñárritu, y lo hace de una manera que me resulta más brillante en los ambientes y los climas que en los diálogos, que para mi gusto pecan de deficiencias y carencias (que yo achacaría a la no muy buena calidad del sonido, lo que hace que sea difícil escuchar con claridad todo lo que dicen los personajes) que restan calidad al resultado.
Iñárritu abarca con una mirada profunda, dura, amarga y cargada de denuncia los universos de las relaciones familiares y sentimentales, los malos tratos, la pobreza, la delincuencia, los submundos de las apuestas ilegales, de las mafias de matones y asesinos a sueldo, de la imagen idealizada de la belleza que ofrece la publicidad y el mundillo de la imagen, de la caída de las estrellas que viven de dicha imagen una vez que su cuerpo deja de responder a determinadas exigencias... En todos estos temas y más ahonda el guión de Guillermo Arriaga, inseparable de Iñárritu, y lo hace de una manera que me resulta más brillante en los ambientes y los climas que en los diálogos, que para mi gusto pecan de deficiencias y carencias (que yo achacaría a la no muy buena calidad del sonido, lo que hace que sea difícil escuchar con claridad todo lo que dicen los personajes) que restan calidad al resultado.

Gael García Bernal & Vanessa Bauche
Nos vamos introduciendo en tres historias que se entrecruzan en el terrible punto de unión de un fatal accidente de tráfico, y en las que los perros son un exponente común y cargado de intensidad afectiva y simbólica. Perros entrenados en una extrema agresividad que aportan a sus dueños un medio de subsistencia, o mascotas mimadas tratadas a cuerpo de rey, o la única compañía en el mundo para alguien que estima más la vida de sus perros que la de las personas.
Una de las historias es la de Octavio, quien provoca el accidente, y su cuñada Susana. La sórdida realidad de una familia de los suburbios golpea como un bofetón en pleno rostro. Una madre resignada y vacía que no puede hacer nada ante el hecho de que sus dos hijos, que no se pueden ver entre ellos, han tomado por el camino de la delincuencia, de los malos trapicheos, de los robos y de las apuestas en las peleas de perros como medios para llevar dinero a casa. Una nuera, Susana, esposa de uno de los hijos, sumida en el círculo vicioso de los malos tratos por parte de su marido, y que despierta el amor de su cuñado Octavio. Un triángulo amoroso triste y trágico, sumido en la sordidez y los malos presagios. Nada bueno se augura a esta familia desangelada.
Una de las historias es la de Octavio, quien provoca el accidente, y su cuñada Susana. La sórdida realidad de una familia de los suburbios golpea como un bofetón en pleno rostro. Una madre resignada y vacía que no puede hacer nada ante el hecho de que sus dos hijos, que no se pueden ver entre ellos, han tomado por el camino de la delincuencia, de los malos trapicheos, de los robos y de las apuestas en las peleas de perros como medios para llevar dinero a casa. Una nuera, Susana, esposa de uno de los hijos, sumida en el círculo vicioso de los malos tratos por parte de su marido, y que despierta el amor de su cuñado Octavio. Un triángulo amoroso triste y trágico, sumido en la sordidez y los malos presagios. Nada bueno se augura a esta familia desangelada.

Emilio Echevarría
Otra historia, la del empresario Daniel y su amante, la modelo Valeria. Daniel ha dejado el hogar en el que vivía con su mujer y sus dos hijas para comenzar una nueva vida con Valeria. Ella tiene por delante una brillante carrera como modelo publicitaria, pero el accidente en el que se ve involucrada arranca de raíz sus sueños. La luminosa vida en común que ella y Daniel planificaban con ilusión se va haciendo pedazos, mientras contemplamos la progresiva caída en depresión de una mujer bella que de golpe y porrazo tiene que hacer frente a su nueva condición de lisiada y olvidarse de su carrera como modelo.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El detalle del gigantesco cartel en el que una antaño despampanante Valeria hace propaganda de una marca publicitaria, eliminado por unos empleados encargados de fijar y quitar carteles, posee una sutil y desgarradora puñalada que ataca a las bases de nuestra sociedad esclavizada a la imagen. Valeria ve en ese acto el final de todo...
Y, por último, la historia del Chivo, un vagabundo que se entregó a las causas de la guerrilla y actualmente asesino a sueldo, antaño profesor y hombre de familia. Descorazonado y arrepentido, añorando a la esposa y a la hija que dejó abandonadas, comienza a plantearse seriamente el pozo negro en el que se ha metido y el tremendo precio que está pagando y que hizo pagar a su familia, y sueña con borrar todos los años perdidos y recobrar lo que perdió a causa de su propia inconsciencia...
Bajo el impacto de una fotografía cruda y densa a cargo de Rodrigo Prieto, plagada de ambientes sórdidos o salpicados por una sordidez subyacente (véase el local de las peleas de perros inundado por charcos de sangre, o el piso de Daniel y Valeria y el simbolismo del agujero en el suelo en el que Richie, el perro de la chica, cae, para mostrar el subsuelo habitado por ratas), la música con amplitud de registros de Gustavo Santaolalla, el buen guión del ya mencionado habitual de Iñárritu, Guillermo Arriaga, y una buena dirección de actores por entonces en alza o ya consagrados, experimentamos durante dos intensas horas y media una buena trama de vidas cruzadas.
Y, por último, la historia del Chivo, un vagabundo que se entregó a las causas de la guerrilla y actualmente asesino a sueldo, antaño profesor y hombre de familia. Descorazonado y arrepentido, añorando a la esposa y a la hija que dejó abandonadas, comienza a plantearse seriamente el pozo negro en el que se ha metido y el tremendo precio que está pagando y que hizo pagar a su familia, y sueña con borrar todos los años perdidos y recobrar lo que perdió a causa de su propia inconsciencia...
Bajo el impacto de una fotografía cruda y densa a cargo de Rodrigo Prieto, plagada de ambientes sórdidos o salpicados por una sordidez subyacente (véase el local de las peleas de perros inundado por charcos de sangre, o el piso de Daniel y Valeria y el simbolismo del agujero en el suelo en el que Richie, el perro de la chica, cae, para mostrar el subsuelo habitado por ratas), la música con amplitud de registros de Gustavo Santaolalla, el buen guión del ya mencionado habitual de Iñárritu, Guillermo Arriaga, y una buena dirección de actores por entonces en alza o ya consagrados, experimentamos durante dos intensas horas y media una buena trama de vidas cruzadas.
9
26 de mayo de 2010
26 de mayo de 2010
59 de 62 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una joya pulida con arte es esta cinta en la que relumbra desde lejos la influencia de Hayao Miyazaki, el mago de la animación artesanal japonesa. Studio Ghibli vuelve a echar los restos con su varita de prodigios, sumergiendo al hechizado espectador en una aventura urbana adolescente conmovedora hasta la médula.
Los fondos detallados con minuciosidad milimétrica, y el estilizado dibujo, conducen por un sin fin de imágenes que atrapan la vista y la plena atención. Un Tokio de ensueño se desborda en cada fotograma, con un tratamiento tan fiel a la realidad, y a la vez tan creativo, que la mirada se queda prendida de cada mínimo detalle, de cada destello de luz y color, de los matices del cielo, del paisaje de la gran ciudad, de los objetos más ordinarios. La superpoblada capital de Japón plasmada por las manos hábiles de los dibujantes, late con gran fidelidad al original, y a la vez con una imaginación que no tiene nada de artificial. Seduce la vibración de la enorme urbe rasgada de rascacielos y de una inaudita variedad de edificios, instalaciones y zonas residenciales más tranquilas que conviven con el verdor de parques y jardines, todo resonante de actividad, de luces y sonidos, con los cargados trenes del metro atronando en las vías, las multitudes desplazándose por las vías públicas, y el velo del sol crepuscular dorando todas las superficies expuestas. Seduce la iluminación nocturna bajo el manto de estrellas difusas.
Los fondos detallados con minuciosidad milimétrica, y el estilizado dibujo, conducen por un sin fin de imágenes que atrapan la vista y la plena atención. Un Tokio de ensueño se desborda en cada fotograma, con un tratamiento tan fiel a la realidad, y a la vez tan creativo, que la mirada se queda prendida de cada mínimo detalle, de cada destello de luz y color, de los matices del cielo, del paisaje de la gran ciudad, de los objetos más ordinarios. La superpoblada capital de Japón plasmada por las manos hábiles de los dibujantes, late con gran fidelidad al original, y a la vez con una imaginación que no tiene nada de artificial. Seduce la vibración de la enorme urbe rasgada de rascacielos y de una inaudita variedad de edificios, instalaciones y zonas residenciales más tranquilas que conviven con el verdor de parques y jardines, todo resonante de actividad, de luces y sonidos, con los cargados trenes del metro atronando en las vías, las multitudes desplazándose por las vías públicas, y el velo del sol crepuscular dorando todas las superficies expuestas. Seduce la iluminación nocturna bajo el manto de estrellas difusas.

También engancha ese diseño de los interiores de los típicos apartamentos unifamiliares que suelen contagiarse de la abarrotada cualidad de la ciudad en la que se asientan, llenos de cosas y de utensilios por todos los rincones, estantes a rebosar, libros en el suelo, las pertenencias en ese pulcro desorden de los hogares en los que los miembros habitan con la aceleración de la actualidad. Otros interiores dan la sensación de haber sido sacados de una casa anacrónica, de cuento.
Y por si no nos quedáramos convencidos con tal impacto visual, ahí tenemos por añadidura la adición de una narración impecable, un argumento que se gana por goleada la complicidad de quien ya se ha quedado extasiado ante tanto atractivo.
Y por si no nos quedáramos convencidos con tal impacto visual, ahí tenemos por añadidura la adición de una narración impecable, un argumento que se gana por goleada la complicidad de quien ya se ha quedado extasiado ante tanto atractivo.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El guión de Miyazaki coge las inquietudes de la juventud y las remueve con hermosísima y lúcida precisión. Una chica amante de la lectura siente curiosidad hacia un misterioso lector cuyo nombre aparece en todas las fichas de los libros que ella pide en préstamo en la biblioteca. Shizuku es una estudiante como muchas, algo preocupada por su falta de vocaciones. En su casa pasa muchas horas ensimismada, tratando de no distraerse de sus estudios, pero sin lograrlo. El ambiente de su colegio es como el de todos los colegios: jovenzuelos que despiertan a las sensaciones de hacerse mayores. Su amiga Yuko está enamorada en secreto, sus compañeros de clase hacen el bobo cuando no hay adultos mirando… Todo normal. Pero, cuando Shizuku descubre al lector misterioso y entablan una relación especial, ella notará surgir en su interior la necesidad de definir su vocación y plantearse el futuro…
Preciosa evolución hacia la adultez de unos chicos sensibles que tocan el alma. Joyas en bruto que esperan a ser pulidas con dedicación y cariño.
Preciosa evolución hacia la adultez de unos chicos sensibles que tocan el alma. Joyas en bruto que esperan a ser pulidas con dedicación y cariño.
Otra caricia al corazón de parte del Studio Ghibli.
20 de marzo de 2008
20 de marzo de 2008
74 de 93 usuarios han encontrado esta crítica útil
Yo estoy escribiendo esta crítica, con unas manos sanas en las que apenas pienso porque siempre me han respondido perfectamente. Bueno, exceptuando aquella ocasión en que, en febrero o marzo de 1987, me caí y me rompí el hueso de la mano derecha que va desde la muñeca hasta el nudillo en el que comienza el dedo meñique. Estuve tres semanas con la mano y todo el antebrazo escayolados hasta el codo. Fue una fractura limpia y de poca importancia, y sanó rápidamente. Durante esas semanas, tuve que arreglármelas con la mano izquierda y con la ayuda de otras personas para vestirme, ducharme y para todo lo que requiriese de ambas manos. No podía escribir (soy diestra), y tuve que prescindir durante ese tiempo de mi bicicleta. Aquella fue la única ocasión en la que experimenté la incomodidad de poseer una parte del cuerpo inutilizada. Sólo fueron tres semanas, pero cuando me quitaron la escayola tenía el brazo tan débil que me pasé horas moviéndolo para que recuperara su movilidad normal. Mis dedos, algo atrofiados por el prolongado encierro, respondían con exasperante lentitud y dificultad. Los ejercité hasta que dejó de costarme trabajo moverlos.

Y ahora estoy aquí, muevo la cabeza, respiro, trago la saliva, mis dedos se mueven velozmente por el teclado, hago movimientos voluntarios e involuntarios... Todo mi cuerpo responde obedientemente. Subo y bajo la escalera de mi casa, voy y vengo como quiero...
Toda esa maquinaria increíble que es nuestro cuerpo... A fuerza de costumbre, ignoramos que estamos hechos de puro milagro hecho carne. No apreciamos lo preciosos que son esos movimientos que hacemos con las manos. Ese movimiento de nuestro pecho haciendo circular el aire entre los pulmones y la atmósfera. Nuestros ojos moviéndose para que podamos mirar lo que nos interesa. Las piernas, que amplían nuestros horizontes, y que son el motor de nuestra autonomía física. La piel, fuente de innumerables sensaciones. Y ese mecanismo que nos permite hablar...
¿Cuándo fue la última vez que nos paramos a venerar esta máquina prodigiosa que contiene nuestra alma, todo lo que somos?
Jean Dominique Bauby se vio privado de golpe de todo eso que apenas valoramos. Se vio encerrado dentro de su propio cuerpo. Lo que antes había sido su puerta al mundo, se transformó en su cárcel.
Toda esa maquinaria increíble que es nuestro cuerpo... A fuerza de costumbre, ignoramos que estamos hechos de puro milagro hecho carne. No apreciamos lo preciosos que son esos movimientos que hacemos con las manos. Ese movimiento de nuestro pecho haciendo circular el aire entre los pulmones y la atmósfera. Nuestros ojos moviéndose para que podamos mirar lo que nos interesa. Las piernas, que amplían nuestros horizontes, y que son el motor de nuestra autonomía física. La piel, fuente de innumerables sensaciones. Y ese mecanismo que nos permite hablar...
¿Cuándo fue la última vez que nos paramos a venerar esta máquina prodigiosa que contiene nuestra alma, todo lo que somos?
Jean Dominique Bauby se vio privado de golpe de todo eso que apenas valoramos. Se vio encerrado dentro de su propio cuerpo. Lo que antes había sido su puerta al mundo, se transformó en su cárcel.

La cárcel de su alma. La cárcel de sus pensamientos. La escafandra que le aislaba de lo que le rodeaba.
Tan sólo podía mover el ojo izquierdo. Ese ojo tenaz se erigió en su ventana de comunicación, su único medio para que el contacto entre su mente y el exterior no se rompiera definitivamente.
Por dentro seguía siendo el mismo. Un hombre de cuarenta y dos años lleno de vida, en plenitud de facultades intelectuales. El poder de su imaginación le permitía escapar a su encierro para volar donde quisiera. Como una mariposa caprichosa que revolotea impulsada por el viento.
Tan sólo podía mover el ojo izquierdo. Ese ojo tenaz se erigió en su ventana de comunicación, su único medio para que el contacto entre su mente y el exterior no se rompiera definitivamente.
Por dentro seguía siendo el mismo. Un hombre de cuarenta y dos años lleno de vida, en plenitud de facultades intelectuales. El poder de su imaginación le permitía escapar a su encierro para volar donde quisiera. Como una mariposa caprichosa que revolotea impulsada por el viento.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Subyugante fotografía que juega con distintos puntos de vista. Que muestra lo real y lo subjetivo logrando efectos visuales asombrosos. Banda sonora preciosa, con su tema principal al piano y canciones pop francesas y alguna otra con letra en inglés. Y un Mathieu Amalric que causa verdadera conmoción.
Aquí tenemos una arrebatadora y dolorosa historia sobre la importancia de valorar cada brizna de vida. Cada recuerdo atesorado, cada momento.
Jean Dominique Bauby demostró que, con el poder de la mente y de la imaginación, y con la ayuda de la esperanza, siempre se pueden hallar formas de seguir adelante y vivir plenamente todos los pequeños momentos, buscando caminos alternativos para la felicidad.
Hoy estamos aquí, hoy estamos sanos. Mañana, quién sabe.
Aquí tenemos una arrebatadora y dolorosa historia sobre la importancia de valorar cada brizna de vida. Cada recuerdo atesorado, cada momento.
Jean Dominique Bauby demostró que, con el poder de la mente y de la imaginación, y con la ayuda de la esperanza, siempre se pueden hallar formas de seguir adelante y vivir plenamente todos los pequeños momentos, buscando caminos alternativos para la felicidad.
Hoy estamos aquí, hoy estamos sanos. Mañana, quién sabe.
30 de abril de 2009
30 de abril de 2009
63 de 71 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando yo tenía quince años y llegaba el viernes por la noche (noche que había estado esperando durante toda la semana), me arreglaba con la excitación de mi adolescencia apenas estrenada, y me dirigía a mi encuentro semanal con la discoteca. En aquella época, los chavales del último curso del Bachillerato y de la Formación Profesional del instituto de mi pueblo organizaban fiestas todos los viernes en una disco del pueblo. Con el dinero que obtenían por las entradas, pagaban un porcentaje al dueño del local, y ellos se quedaban con el resto, y así iban ahorrando para el viaje de graduación. En aquellos tiempos, la edad mínima de admisión en esos locales era de dieciséis años y, además, tratándose de la fiesta del instituto, la cosa estaba bastante bien controlada por parte de los organizadores, puesto que la gran mayoría de los que acudían eran menores. Y por otro lado, estábamos en un ambiente de gran camaradería, ya que todos nos conocíamos.
De ese modo empezó mi afición a encontrarme envuelta en la penumbra de luces multicolores móviles y sincopadas, con una música que no sonaba desde un simple equipo de audio, sino desde alguna parte del cielo. Yo no necesitaba más estimulante que ese ambiente semioscuro de iluminación cambiante, repleto de siluetas, esa pista de baile sobre la cual yo no veía la suciedad, las bebidas derramadas, los trozos de cristal de los vasos rotos ni las colillas de los cigarrillos, sino una invitación a volar con alas que brotaban con cada vibración de los altavoces, con cada movimiento del cuerpo que se movía instintivamente, siguiendo el ritmo hinótico de la música. A menudo yo cerraba los ojos mientras bailaba como si fuese la última vez que lo hiciera, como si me fuese la vida en ello, y me dejaba llevar hacia unas alturas en las que me olvidaba del resto de la semana, de lo que estaba fuera de la pista, del mundo entero, y sólo estaba yo con mis sensaciones más profundas. Yo no era una bailarina consumada como Tony Manero, nunca fui la reina de la disco, pero no me importaba, porque lo único que quería hacer era bailar y sentirme ligera. Quemar aquellas losas sobadas y gastadas durante horas al límite.
De ese modo empezó mi afición a encontrarme envuelta en la penumbra de luces multicolores móviles y sincopadas, con una música que no sonaba desde un simple equipo de audio, sino desde alguna parte del cielo. Yo no necesitaba más estimulante que ese ambiente semioscuro de iluminación cambiante, repleto de siluetas, esa pista de baile sobre la cual yo no veía la suciedad, las bebidas derramadas, los trozos de cristal de los vasos rotos ni las colillas de los cigarrillos, sino una invitación a volar con alas que brotaban con cada vibración de los altavoces, con cada movimiento del cuerpo que se movía instintivamente, siguiendo el ritmo hinótico de la música. A menudo yo cerraba los ojos mientras bailaba como si fuese la última vez que lo hiciera, como si me fuese la vida en ello, y me dejaba llevar hacia unas alturas en las que me olvidaba del resto de la semana, de lo que estaba fuera de la pista, del mundo entero, y sólo estaba yo con mis sensaciones más profundas. Yo no era una bailarina consumada como Tony Manero, nunca fui la reina de la disco, pero no me importaba, porque lo único que quería hacer era bailar y sentirme ligera. Quemar aquellas losas sobadas y gastadas durante horas al límite.

John Travolta
Y todo sin consumir más que alguna copa, cuando lo hacía, porque generalmente no pasaba de alguna Coca-Cola. Al igual que Tony, yo había aprendido pronto que no necesitaba drogas ni alcohol para divertirme.
Entiendo esas ansias de Tony mientras espera el sábado tras haber estado currando y aguantando las broncas familiares. Entiendo su juventud inquieta, ruda y rebelde, su coraza de seguridad en sí mismo, su preocupación por su imagen, su contundente y a menudo hiriente franqueza, sus ganas de divertirse y de huir de la asquerosa realidad y sentirse admirado por una vez en la vida mientras hace lo que mejor sabe hacer.
Entiendo esas ansias de Tony mientras espera el sábado tras haber estado currando y aguantando las broncas familiares. Entiendo su juventud inquieta, ruda y rebelde, su coraza de seguridad en sí mismo, su preocupación por su imagen, su contundente y a menudo hiriente franqueza, sus ganas de divertirse y de huir de la asquerosa realidad y sentirse admirado por una vez en la vida mientras hace lo que mejor sabe hacer.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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Porque, cuando suenan los sones de los Bee Gees y él se encuentra sobre ese suelo de metacrilato transparente, bajo esa bola de espejos que multiplican los reflejos policromados, en esa atmósfera adictiva que expulsa los sinsabores, Tony Manero es el rey. Más allá de esos dominios indiscutibles, más allá de su ropa fashion, de su peinado y de su habilidad para el baile, él es un pobre diablo listo e íntegro que no tiene claro qué hacer.
Un joven como tantos, pensando en apurar la noche del sábado, gastándose lo poco que haya podido ganar en el trabajo o lo que haya sacado a sus padres. Noches de juerga, compadreo con los amigos, sexo... Pero Tony, pese a toda su fachada, tiene algo más en la cabeza y en el corazón, tiene alguna cualidad que hace que sus amigos confíen en él ciegamente y lo admiren, que provoca que muchas chicas de pocas luces lo persigan, y que le ayuda a conservar la lucidez.
Tiene integridad. Es presumido, es chulo, es brutalmente directo, a veces dan ganas de darle un par de bofetones para bajarle los humos y la mala leche. Pero también es encantador y honesto.
Un joven como tantos, pensando en apurar la noche del sábado, gastándose lo poco que haya podido ganar en el trabajo o lo que haya sacado a sus padres. Noches de juerga, compadreo con los amigos, sexo... Pero Tony, pese a toda su fachada, tiene algo más en la cabeza y en el corazón, tiene alguna cualidad que hace que sus amigos confíen en él ciegamente y lo admiren, que provoca que muchas chicas de pocas luces lo persigan, y que le ayuda a conservar la lucidez.
Tiene integridad. Es presumido, es chulo, es brutalmente directo, a veces dan ganas de darle un par de bofetones para bajarle los humos y la mala leche. Pero también es encantador y honesto.

Los Bee Gees han sido la banda sonora vital de muchos de los que vivieron en sus carnes aquellos setenta de camisas ceñidas de cuello largo, aquellos pantalones ajustados y acampanados, aquellos cabellos ahuecados, aquellos zapatos de tacón alto.
Y aquellas ganas de comerse el sábado como si fuese la última vez que iban a bailar hasta desfallecer bajo una bola iridiscente que giraba sin cesar, con el enloquecido ritmo de un mundo que se desvanecía bajo los pies.
Y aquellas ganas de comerse el sábado como si fuese la última vez que iban a bailar hasta desfallecer bajo una bola iridiscente que giraba sin cesar, con el enloquecido ritmo de un mundo que se desvanecía bajo los pies.
22 de diciembre de 2008
22 de diciembre de 2008
62 de 69 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ella está muerta por dentro. Camina por el borde del abismo, como una autómata que se limita a respirar y poco más, que mueve un pie por delante del otro cargando a la espalda con un niño que es su condena, su vergüenza y el recuerdo vivo de su tragedia. Con el único consuelo de un hermano manco que tiene visiones de acontecimientos que van a ocurrir.
Sus ojos son infinitamente tristes. Su pena sombría golpea en pleno estómago con toda la carga de horror que ella lleva a cuestas.
De un campo de refugiados a otro, trasladando su miseria en un sobrehumano esfuerzo por sobrevivir en un territorio abatido por el caos.
Pero su callada belleza atraerá la mirada de un muchacho del pueblo en el que ella está refugiada temporalmente. “Satélite” es un chico listo que se abre paso en la vida instalando antenas, haciendo apaños y vendiendo minas antipersona que se encuentran desperdigadas por los campos. Pero también es un joven que hace lo que puede por sacar adelante a un montón de niños de la aldea, organizándolos y distribuyendo tareas. Todos los niños lo idolatran.
Sus ojos son infinitamente tristes. Su pena sombría golpea en pleno estómago con toda la carga de horror que ella lleva a cuestas.
De un campo de refugiados a otro, trasladando su miseria en un sobrehumano esfuerzo por sobrevivir en un territorio abatido por el caos.
Pero su callada belleza atraerá la mirada de un muchacho del pueblo en el que ella está refugiada temporalmente. “Satélite” es un chico listo que se abre paso en la vida instalando antenas, haciendo apaños y vendiendo minas antipersona que se encuentran desperdigadas por los campos. Pero también es un joven que hace lo que puede por sacar adelante a un montón de niños de la aldea, organizándolos y distribuyendo tareas. Todos los niños lo idolatran.

Siempre ajetreado y preocupado por los pequeños, ha aprendido desde muy pronto que la vida se valora tan poco en esas tierras dejadas de la mano de Dios, que una de las escasas formas de ganar algunos dinares para poder comer consiste en arriesgar el pellejo recogiendo minas que a menudo explotan, destrozando brazos y piernas infantiles.
Ha aprendido que, cuando la guerra amenaza, hay que aprender a defenderse y a disparar.
Siempre ocupado y solicitado, un día se queda cautivado por la triste chica que lleva un niño ciego a sus espaldas. Algo se agita en su corazón. Y desea ayudarla, aliviarle la carga, alegrarla un poco con algún detalle bonito.
Pero ella está lejos, muy lejos de allí. Su alma lacerada quiere volar, liberarse…
Se acerca al abismo. Ese abismo que la tienta con esa voz que promete una paz sobrenatural…
La más cruda realidad de la guerra, del abandono y de la brutalidad filmados en esta película que accede más allá de las simples emociones.
Ha aprendido que, cuando la guerra amenaza, hay que aprender a defenderse y a disparar.
Siempre ocupado y solicitado, un día se queda cautivado por la triste chica que lleva un niño ciego a sus espaldas. Algo se agita en su corazón. Y desea ayudarla, aliviarle la carga, alegrarla un poco con algún detalle bonito.
Pero ella está lejos, muy lejos de allí. Su alma lacerada quiere volar, liberarse…
Se acerca al abismo. Ese abismo que la tienta con esa voz que promete una paz sobrenatural…
La más cruda realidad de la guerra, del abandono y de la brutalidad filmados en esta película que accede más allá de las simples emociones.
La misma cara del horror experimentado cada día por tantos niños que viven bajo las zarpas mortíferas de la guerra.
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