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Críticas de: Cocalisa
Cocalisa |
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(Miranda de Ebro, España)
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| 1708 | Películas valoradas |
| 14 | Críticas |
| 8 | Listas |
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| Media de sus votaciones:
6,0
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Un plan sencillo (1998)
Sam Raimi
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| 6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
20 de Julio de 2007 |
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La vida nos viene grande... Esta es, al menos, la certidumbre que insidiosamente va minando los días de la familia Mitchell y de su reducidísimo círculo de amistades una vez que, en una bobalicona resolución, optan por abrir la “caja de los truenos”. A partir de ese instante, personajes movidos por una progresivamente explícita codicia intentan conducir un destino ingobernable. Peor aún, un destino que parece seguir milimétricamente el plan trazado por una mente maliciosa, cruel, alentada por una perversa variedad del humor negro.
Recuerdan estos definitivos antihéroes a los que protagonizaban el “Fargo” de los hermanos Coen. Unos y otros actúan en un universo cubierto de nieve, útil metáfora de su desamparo. Unos y otros exudan un aura de indefensión, de arbitrariedad, del más profundo desconcierto. Unos y otros toman, por una vez, una decisión importante en sus vidas... y no tardan en intuir el desastre que traerá aparejado ese gesto.
“A simple plan”, la magnífica traslación al cine de la novela homónima de Scott B. Smith, supone una incontestable reivindicación del talento de Sam Raimi, un director al que muchos daban por definitivamente echado a perder tras una serie de fiascos. Aclamado a los veintidós años por su primer film, ”Posesión infernal”, proyectado a la popularidad por su divertido “El ejército de las tinieblas”, criticado por “Rápida y mortal” o “Entre el amor y el juego”, Raimi demuestra en “Un plan sencillo” una madurez y maestría narrativa excepcionales.
Nada es superfluo en estos 123 intensos minutos de buen cine, de cine sólido. Sobran en la obra motivos para el disfrute del espectador. Por ejemplo, la perfecta estructura de su argumento, también escrito por S.B. Smith, que vería recompensado su trabajo con la candidatura al Oscar al mejor guión adaptado. O el espléndido trabajo de los actores, entre los que cabe destacar un inconmensurable Billy Bob Thornton en puro estado de gracia. Su construcción de Jacob Mitchell -también nominada al Oscar- es tan emocionante como prodigiosa, en línea con sus magistrales interpretaciones de Ed Crane, en “El hombre que nunca estuvo allí”, o de Hank Grotowski, en “Monster´s Ball”.
Si a usted -que se sienta a oscuras, frente a la pantalla- le resulta difícil alejar una leve sombra de mala conciencia por asistir tan lleno de gozo a las crecientes complicaciones de los protagonistas... concédase a sí mismo una indulgente coartada : después de todo, ellos eligieron una talla excesiva.
Cocalisa 
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Grizzly Man (2005)
Werner Herzog
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| 6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
20 de Julio de 2007 |
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Grizzly Man, la alucinante aproximación a una existencia -la del aventurero autodidacta Timothy Treadwell- paralelamente alucinada, obtuvo a lo largo de 2005, entre otros muchos reconocimientos, el Premio Alfred Sloan en el Festival de Sundance y el Premio al Mejor Documental de la Asociación Nacional de Críticos de USA. Su narrador y director, el alemán Werner Herzog, encontró en el experto en osos grizzly Treadwell un ejemplo perfecto del ser poseido, devorado por una pasión desorbitada, profundamente conmovedor y terrible a un tiempo en su desequilibrio. Como otros grandes protagonistas de su filmografía -Lope, en Aguirre, la cólera de Dios (1972), Fitzcarraldo (1982) o Francisco Manoel da Silva en Cobra Verde (1987)- Treadwell sostiene un pulso cósmico con la naturaleza, establece su propia medida oponiéndola a dificultades que al resto de mortales se antojan insalvables. Su temeridad parece responder a ratos a una suerte de heroísmo inmune al temor y a ratos a algún tipo de alteración mental de primer orden. ¿No es esa, después de todo, la esencia de algunas de las grandes aventuras equinocciales, como las retratadas por Sender o Chatwin en los relatos que alimentaron dos de las ficciones del animador del Joven Cine Alemán y responsable a su vez de algunos de los rodajes más intensos de la filmografía de las últimas tres décadas?.
Tal vez aquello que viene a diferenciar a las criaturas de Herzog de algunas de las figuras aupadas por la historia es su incapacidad final para vencer esa atracción que sobre sus días y obras ejerce el abismo. Unas y otras -y la de Timothy Treadwell no es una excepción- parecen huir de sus fantasmas personales galopando sin freno hacia una meta tan grandiosa como inalcanzable : levantarse contra el rey construyendo un Imperio particular, edificar un inmenso teatro de la ópera en plena selva para que el mítico Caruso acerque a Verdi a los nativos, establecer un pacto de igual a igual con el instinto bruto de los enormes plantígrados de Alaska... Poco importa, en fin, la variante del fracaso; lo esencial es que éste venga a aliviar el dolor anidado en almas bipolares, aunque la avalancha final arrastre a los seres más próximos a nuestros extenuados y extenuantes héroes.
¿Cabía esperar, con tales apetencias, que fuera otro que Klaus Kinski el protagonista casi omnipresente de su cine y, como viene a documentarse en Mi enemigo íntimo (1999), de su propia existencia, que inspiró y atormentó a partes iguales desde que se conocieron, apenas adolescente Werner, en los años 50?, ¿cabía esperar que fuera Herzog a desatender una biografía, la del contumaz naturalista, tan desaforada como la del también desaparecido Klaus?.
Cocalisa 
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Garden State (Algo en común) (2004)
Zach Braff
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| 6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
20 de Julio de 2007 |
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Con el gesto imperturbable de un joven en pleno descalabro del avión en que vuela arranca el relato de un fin de semana iniciático: el de Andrew Largeman, de regreso a su ciudad natal, en New Jersey, tras nueve años de ausencia anclada en una dieta de ansiolíticos. Los motivos de ese retorno, los reencuentros con lugares y personas a quienes ha evitado durante casi una década, el contacto con aquellos otros con quienes compartió una ya lejana amistad, el descubrimiento de modos distintos de sentir y vivir, el regalo espléndido de un alma situada en sus antípodas Al idear esta historia, su coprotagonista, guionista y casi primerizo director, Zach Braff, perseguía un objetivo nítido: “crear una historia de amor inteligente para gente joven, y también bucear en lo que se siente al volver a casa”. Una casa que -como viene a suceder en algún momento de la vida- se ha dejado de sentir como propia, “empujándonos a sentir nostalgia de un sitio que ya no existe, y que no volverás a recuperar hasta que crees tu propio hogar, para ti y para tus hijos, para la familia que formes. A lo mejor -reflexiona Braff- eso es una familia: unas personas que echan de menos el mismo lugar imaginario”.
Lejos de la miríada de filmes dirigidos a un público adolescente y caracterizados demasiado a menudo por una estupidez rayana en el insulto, Algo en común (Garden State, 2004) reflexiona sobre el difícil camino hacia la madurez, un itinerario que supone, entre otros ineludibles condicionantes, aceptar que la vida acarrea, junto a momentos felices, dosis en ocasiones brutales de dolor. Y lo hace con un sentido del humor lleno de efectividad, con situaciones y diálogos inspirados, y con una acertadísima elección de actores. Disfrutaremos así de una Natalie Portman luminosa, próxima al personaje que bordó en el Beautiful girls de Ted Demme, de la sobria potencia del veterano Ian Holm (motor de uno de los títulos incluidos en la programación de Otrosojos, Mi Napoleón), de la presencia inquietante de Peter Sarsgaard (el brutal John Lotter de Boys don´t cry), y de las chispeantes intervenciones de algunos secundarios impagables (“creía que te habías suicidado, ¿no fuiste tú?”).
Todos esos elementos -sumados a una banda musical que viene a contextualizar la acción y a subrayar con delicadeza estados de ánimo de sus personajes, a diferencia de la arbitrariedad con la que se anega con temas de éxito tantas de las producciones más recientes- hacen de Algo en común (disculpen esta figura facilona) algo definitivamente inusual.
En su tratamiento, el prometedor Zach Braff, combina la extravagancia de personajes y anécdotas -tan característica, de otro lado, de nuestra especie: ¿quién no es incurablemente raro?- con una intensa proposición: el caos como base para el renacimiento y liberación individual. El título inicialmente previsto para el film era -¿lo adivinan?- Large´s Ark. El Arca de Large, bastante más acertado, por otra parte, que este gratuito Algo en común.
Cocalisa 
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La cosecha de hielo (2005)
Harold Ramis
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| 5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
20 de Julio de 2007 |
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“La gente siempre dice que el crimen perfecto no existe, pero yo no estoy de acuerdo...” reflexiona Charlie Arglist en la secuencia inicial de La cosecha de hielo, en tanto una versión -almibarada, como corresponde- de “El tamborilero” nos proporciona un guiño clarificador sobre las intenciones de este cínico homenaje al cine negro.
Harold Ramis -un director caracterizado por introducir en buena parte de su obra dosis notables de humor corrosivo- sitúa las peripecias del abogado Charlie, su violento compinche Vic Cavanaugh y su impresentable colega de copichuelas Pete Van Heuten en la glacial Nochebuena de un Wichita poblado por clubs de alterne, gansters escasamente complacientes, bailarinas patéticas, policías idiotizados y, cómo no, una “femme fatale” capaz de iluminar, a ratos, las horas de nuestro protagonista.
Estupendo, una vez más, John Cusack, bordando el papel de un hombre embarcado en una aventura que parece desbordarle por los cuatro costados, marcado por la fatalidad que caracteriza el destino de los héroes del thriller clásico. Estupendo también el eficaz Billy Bob Thornton en su diseño del truculento Vic. Y estupendo, desde luego, Oliver Platt como insuperable rompepelotas empapado de alcohol.
Todos ellos, junto al atractivo equívoco de Connie Nielsen o la breve, pero intensa, aparición de Randy Quaid dando cuerpo al capo estafado Bill Guerrard, navegan con soltura en esta patada a los bajos del “espíritu navideño” que representa La cosecha...
Les ayuda, desde luego, la solvencia del guión elaborado por Richard Russo y Robert Benton (responsable también de las historias narradas en Bonnie and Clyde, Kramer vs. Kramer o En un lugar del corazón) sobre la novela original de Scott Phillips. Les apoyan diálogos chispeantes, que recuerdan a algunos filmes totémicos del cine policíaco de los 50, salpicados en esta ocasión con una generosa ración de palabrotas. Y, sobre todo, facilita su labor el acierto y solidez con que Harold Ramis construye el film: un título desbordante de humor malévolo, como algunos de sus anteriores trabajos -Atrapado en el tiempo o Mis dobles, mi mujer y yo-, más matizados que otros -El club de los chalados, Una terapia peligrosa, o Al diablo con el diablo-.
Violencia, traición, desamparo, cinismo... todos los ingredientes de un villancico enfermizo. Pero, ya se sabe: “Es Navidad. El cumpleaños de Dios”.
Cocalisa 
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El camino de San Diego (2006)
Carlos Sorin
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| 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
14 de Enero de 2008 |
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“El camino de San Diego” (2006), merecidísimo Gran Premio del Jurado en el Festival de San Sebastián, es el quinto largometraje del argentino Carlos Sorin. Como en la mayor parte de sus trabajos anteriores -”Eterna sonrisa en New Jersey” (1989), “Historias mínimas” (2002), “Bombón, el perro” (2004)...-, en “El camino...” el espectador se asoma a una película de carretera, al itinerario de personajes que cruzan regiones casi inabarcables empujados en todos los casos por sueños de engañosa fragilidad.
Hay algo profundamente tierno en el cine de Sorin, algo extraordinariamente veraz que justifica el que, pese a lo exiguo de su producción, haya sido reconocido con una veintena larga de premios nacionales e internacionales. Sus imágenes, sus argumentos, su propia puesta en escena derrochan respeto hacia la población más humilde de la inmensa Argentina. Situados en la Patagonia o en la norteña provincia de Misiones, son retratos de hombres y mujeres radicalmente dignos, a quienes las dificultades económicas no han robado un ápice de integridad. Acercándonos a rostros castigados, a tenderetes precarios, a viviendas elementales, el director realiza una pedagogía de primer orden: condicionado por un cine poblado a menudo por personajes carentes de moral, gratuitamente violento, el espectador sigue las tramas de Sorin con cierto desasosiego, esperando que en cualquier instante la ingenuidad inerme de sus protagonistas desemboque en drama. Pero no: la visión del realizador parece nacer del espíritu bonancible de Rousseau, aquel que considera al hombre naturalmente bueno.
No se trata, sin embargo, de un ejercicio candoroso: llevando a las pantallas a esos seres al límite de sus fuerzas, Carlos Sorin reivindica la necesidad de que los poderosos reparen en su existencia, de que se tracen y apliquen políticas más igualitarias en un país, cuarto exportador mundial de alimentos, en el que la riqueza de sus recursos no impide hambrunas vergonzosas como las que en los últimos años mataron por desnutrición a un número desconcertante de niños.
Pero “El camino de San Diego” es, desde luego, algo infinitamente más rico y complejo que un estricto ejercicio de denuncia social. Hay esperanza y paz en esos personajes representados casi siempre por individuos sacados provisionalmente de sus oficios cotidianos, que nada tienen que ver con el cine. Sus interpretaciones transmiten credibilidad, espontaneidad, basadas muy probablemente en la explicación que aventuraba Sorin en una reciente entrevista : “el personaje y la persona deben ser muy parecidos”. Así, “Tati” Benítez -el entusiasta protagonista de “El camino...”, admirador confeso, como tantos otros argentinos, de Diego Armando Maradona- fue encarnado por Ignacio Benítez, empleado de un vivero de de El Dorado, localidad de Misiones. Y Paola, su mujer en pantalla, es Paola Rotela, su esposa en la realidad. Ellos, como la práctica totalidad del elenco, se estrenan ante una cámara. Una joya...
Cocalisa
Cocalisa 
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