A veces no llega con crear una película lo más realista posible, que te golpea sin artificios ni patadas voladoras, con unos actores que no lo parecen por lo creíbles que son, y con un tema actual que afecta en mayor o menor medida a la sociedad occidental actual. A veces no llega si la película se hace lenta, muy lenta. Aburrida incluso. Y no deja en ti ni un mínimo poso de culpabilidad.
Abres un cajón de un mueble antiguo en casa de tus abuelos. En el cajón, una fotografía en blanco y negro, raída y con mucha más alma que cualquiera de las 2000 fotos que sacas a diario con tu cámara digital de última generación. A grandes rasgos, eso es The Artist.
Entras en el cine con curiosidad por ver un formato diferente al habitual: blanco y negro, película muda. Y poco a poco vas saboreando un caramelito envuelto en buen gusto (eficaz fotografía, impecable vestuario, interesante banda sonora). A pesar de las luces led azules que iluminan las escaleras de la sala, te dejas llevar al siglo pasado, y te vienen a la cabeza aquellas pelis de Marlon Brando mirando a cámara con la ceja arqueada y sensual pose; o el desparpajo de Audrey Hepburn...
Y las 2 horas se te hacen cortas (exceptuando quizá 15 minutos algo lentos), para acabar con un meritorio final un perfecto álbum de más que buenas fotos. The Artist demuestra que en el cine, aunque en general lo parezca, no está todo dicho.
Coger una historia simplona y disfrazarla de bonito cuento (con humor, toques mágicos, música, amor y final feliz) no vale siempre. Puedes hacerlo si de la historia simplona sacas algo interesante, si tus personajes aportan un mínimo, o si te lo curras un poquito para hacer la historia perfecta. En este caso es un querer y no poder. La historia se queda en simplona sin más. El humor no hace gracia, solo entretiene. Los toques mágicos... en fin. La música es pasable. Y lo demás ya nos lo imaginamos.
No alcanza para nada ni es comparable a las películas de Jeunet, aunque se huele el estilo del director francés. Una peli que te entretiene un rato si no tienes algo mejor que hacer o ver.
Esta es de esas películas que te enganchan, te mantienen en tensión desde el primer momento y dejan en uno un poso de sensaciones y sentimientos.
La historia es simple: una separación. Y a su vez es tan sumamente compleja que la convierten en una joya cinematográfica.
El director logra desenmarañar el argumento con maestría, transmitiendo emociones en cada plano, en cada perfecto diálogo, sin caer en lo evidente. El espectador se convierte en un actor más de la propia historia, haciéndose partícipe de las dificultades de los protagonistas para poner fin a una separación que se complica cada vez más.
"Nader y Simin, una separación" refleja el absoluto poder religioso en Irán, una teocracia aferrada en el día a día y que cubre cualquier estrato de la sociedad: desde la escuela a la justicia, y marcando tremendamente las relaciones sociales.
Pone de manifiesto también el papel de la mujer en tal sistema, dejando entrever la salida del país como opción de futuro.
Las interpretaciones son sobresalientes. Sin nada más que decir que el absoluto elogio.
Una sucesión de perfectos planos, de perfectos diálogos y perfectas interpretaciones que conjugan para regalarnos una de las mejores películas del 2011.
Süt es el eslabón entre Yumurta y Bal. La adolescencia de Yüsuf y las claves para conocer al protagonista de Yumurta. El poeta en ciernes, el chaval solitario obnubilado por los bellos paisajes, los pequeños detalles y su máquina de escribir.
La fotografía de Kaplanoğlu continúa, mostrando la Turquía que a este lado no conocemos.