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Críticas de: Tony Montana
Tony Montana Sevilla - España 
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30 días de oscuridad (2007)
David Slade
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| 14 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
29 de Febrero de 2008 |
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La principal, y más bien única, novedad que aporta al género 30 días de oscuridad es la de sacarse de la manga unos vampiros zombies que rompen con la estética habitual y que ya vimos en la entretenida Blade II. Pero no hay nada más en ella que destaque dentro de un género tan sobrecargado y, en ocasiones, melifluo estilo. Esperaba encontrar en ella una película sorpresa, puesto que cuenta con una historia inquietante y un arranque prometedor, pero que, por la nulidad de ideas y su previsible y flojo desarrollo, se acaba de convertir en una película de terror que pretende ser revisionista pero que acaba en el montón de los quiero y no puedo.
La película es consciente de su aire de serie b, mezclando elementos propios del género vampírico, especialmente el barco y el siervo de los vampiros, y la mayoría de elementos del género zombie, es decir, protagonistas encerrados de manera pretendidamente claustrofóbica a merced de un grupo de seres que se mueren por hincarles el diente. La principal novedad es que todo transcurre de noche, puesto que la película hace aguas por la escasa capacidad del guión de sorprender al espectador con algo que no sea ultraviolencia de diseño y vampiros bestiales vestidos de Armani. No va más allá el director en su intento épico-lírico de contar la historia definitiva de vampiros, y justo cuando se sale de la serie b y pretende ir a más, es donde fracasa todo. Los momentos romerianos de los protagonistas refugiándose son lo único destacable del torpe desarrollo, ya que una vez que comienza la acción frenética todo se echa a perder, pues se limita a un correquetepillo hasta llegar a un forzadísimo y bochornoso final, culminado con uno de los momentos poéticos más risibles que el cine ha visto en años.
Un guión escrito, en apariencia, por principiantes, puesto que el espectador nunca es consciente de por qué suceden la mayoría de las cosas más que porque tienen que suceder, qué papel tienen algunos personajes que aparecen a mitad de la cinta sin que supiéramos nada de ellos, y nunca se le sitúa temporalmente, y quizás se deba a que ha metido mano el productor. El único indicativo que puede tener el espectador para intuir el paso del tiempo es la barbita adolescente de un inoperante y soso a más no poder Josh Hartnett, puesto que la película carece de elipsis que permitan conocer si realmente han pasado 30 días o si todo ha sido una nochecita algo larga. Los vampiros son poco más que simpáticos zombis vestidos de alta costura, con ese mayestático líder interpretado por un ridículo Danny Huston que se pasa hablando en una especie de lenguaje gutural que da risa la mayor parte de la película, y deambulando la mayor parte del tiempo. El resto lo hace el maquillaje. Pero, lo realmente curioso de todo esto es pensar qué habría sido capaz de hacer con este proyecto un John Carpenter en buena forma.
Tony Montana 
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Los Simpson (Serie de TV) (1989)
Matt Groening (Creator), Mark Kirkland, Steven Dean Moore, Jim Reardon, Bob Anderson, David Silverman, Mike B. Anderson, Wesley Archer, Matthew Nastuk, Nancy Kruse, Michael Polcino, Rich Moore, Lance Kramer, Chuck Sheetz, Jeffrey Lynch, Susie Dietter, Pete Michels, Raymond S. Persi
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| 14 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
24 de Enero de 2006 |
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Solo hay una forma de expresar lo que me parece: LA SERIE POR EXCELENCIA
Tony Montana 
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El viento y el león (1975)
John Milius
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| 8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
5 de Mayo de 2008 |
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Beau Geste arrancaba con una de las secuencias más mágicas de la historia del cine, un fuerte vigilado por soldados muertos. Siempre he pensado que el buen cine de aventuras debe comenzar de la forma más espectacular posible, puesto que el cineasta nos narra algo inverosímil que pega al espectador a su butaca y al final acaba convirtiéndolo en un niño más impresionado por los avatares acaecidos en tierras lejanas con personajes de leyenda a los que la pericia del cuentacuentos nos hará más reales que el vecino de asiento. Es, quizás, el género que más debe cumplir aquello que decía Wilder de que enganchar al espectador en los 10 primeros minutos era lo mejor para realizar una buena película, y de la misma manera arranca uno de los últimos clásicos del género aventurero, El viento y el león, brillante muestra genérica cortada por el patrón más clásico realizada por John Milius, brillante guionista e irregular cineasta que alcanzó aquí su cima, bordando una poco sutil crítica a los Estados Unidos que al final no termina siendo tan extremista como parece por el excesivo apego del director a las barras y las estrellas que le hacen sacar la vena más reaccionaria y patriótica y hacen del film un total un tanto contradictorio que, al final, termina barriendo para casa y entregando un heroísmo Born in the USA que empaña un tanto la maravillosa fábula que hasta ese momento nos había contado con gran tino Milius, que aquí realiza una obra romántica y deudora de los grandes clásicos a los que homenajea constantemente.
Detalle interesante la decisión de Milius de narrar la historia desde los ojos del pequeño William desde su particular visión idealizada de ese enigmático y carismático rebelde interpretado por un enorme Sean Connery, al que contempla casi como un personaje de cuento. Y es que es vital esa visión del líder bereber, ya que la cinta gravita en torno al duelo que mantienen él y el populista y algo prepotente Roosevelt. En ese choque encontramos un mar de tensiones políticas que nos sitúa en medio del polvorín que luego supuso la primera guerra mundial, contexto que Milius aprovecha para narrar el auge de los nacionalismos dentro de las colonias y el choque de las grandes potencias y sus diferentes intereses, y, especialmente, el lugar que ocupaba la incipiente nación de los Estados Unidos y la búsqueda de una historia futura con la que rellenar la carencia histórica del pasado norteamericano. Dentro de lo fascinante que encuentra el reaccionario director la violencia y el uso que se hace de ella por parte de Estados Unidos con medios como la ANR, excelsa muestra del pensamiento norteamericano, aquí carga las tintas contra la política internacional intervencionista estadounidense haciendo que al final todo quede un tanto desubicado al no poder rematar el resultado final.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: El propio Roosevelt lo define bien en una secuencia hablando del oso que acaba de cazar, y es que Estados Unidos es una nación que no teme a nada y a la que todos temen, pero a la que nadie ama, un país honrado pero cabezón en ocasiones, y basándose en ello, el director consigue dotar de una verosimilitud notable a su propuesta de atacar a su patria, siendo el resultado no muy diferente de lo que tenemos actualmente en la maravillosa guerra de Irak. Sin embargo, siempre sale a relucir el tan manido orgullo y honradez estadounidense, esa pretendida virtud por la que cualquier americano puede invadir un país encontrando justificación si se equivoca. Por tanto, se puede afirmar sin pudor alguno que, a la hora de culminar la obra con un mazazo contra la nación más poderosa de la tierra, Milius fue un cobarde.
No menos cierto es que la figura de Roosevelt no sale bien parada en exceso. Montando alternativamente las escenas de Raisuli y el presidente americano, el primero es presentado bajo un halo de fantasía que le hacen ser atrayente, mientras que Roosevelt es presentado como alguien campechano y popular, cierto es, pero también como alguien incapaz de diferenciar árabe de bereber, un megalómano egocéntrico que va seguido de un séquito versallesco, más pendiente de mirar su nuevo oso disecado que de controlar un conflicto que puede originar una guerra a nivel mundial. Es el primer eslabón de esa cadena de negligentes al mando del ejército norteamericano que, de manera puramente irracional, borran la diplomacia del asunto y entregan la resolución de los problemas al ejército, pensamiento propio de un país que vende armas de fuego en el supermercado. También es notable el acercamiento de la historia hacia otras culturas, dando una visión más cuidadosa de las cuestiones que inquietan al Islam, aunque no es tan rico y profundo como el que hacía Lean en Lawrence de Arabia. La visión que da Milius es la de una nación apegada al pasado y a las costumbres de manera casi exagerada, rota, con sus tribus y sus supersticiones a la orden del día y donde la ausencia de un líder legal permite a los europeos, codiciosos terratenientes, apropiarse de algo que no es suyo. Pero, interesante es, también, la comparación que puede realizarse entre ambos líderes y la historia de sus respectivas naciones, puesto que el propio nombre del país lo indica, Estados Unidos, y de cómo Raisuli busca llegar a ser algo parecido a Roosevelt, el líder de un país unificado donde todos los pequeños grupos o tribus sean una sola nación capaz de luchar contra el enemigo, y ambos actúan igual, usando la violencia para conseguir sus objetivos, pero, en la película, la diferencia radica en que los marroquíes luchan para defenderse y siempre dicen la verdad, hasta que a Milius le entró el ataque de patriotismo exacerbado y le dio por dar la vuelta a la historia y cambiar de forma notable el mensaje que hasta ese momento había transmitido de una manera simplemente impecable.
Tony Montana 
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Los duelistas (1977)
Ridley Scott
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| 8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
19 de Enero de 2008 |
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Tenía una cita pendiente hace tiempo con la ópera prima de Ridley Scott, puesto que la primera vez que la vi me dejó un tanto frío. No vi en ella esa grandísima obra que todos aclaman, y sí me encontré con una cinta fría, pretendidamente grandilocuente y que derrochaba épica a borbotones en sus interminables charlas sobre el honor, la hombría y el propio destino. Contiene todas las virtudes habituales de este director más publicista que creador, como son su abrumador sentido de la estética, una puesta en escena sensacional, puesto que la escenografía es lo que dota de espíritu a sus películas, y algunos momentos memorables, pero un conjunto que flojea por un guión descompensado, y un hilo conductor de la historia inexistente, apareciendo y desapareciendo de manera azarosa para acabar con un buen final que no equilibra los anteriores errores.
Se inicia con una muestra de lo que va a ser el resto: D’Hubert, sin saber cómo ni por qué, debe entablar duelo con Feraud, duelista de profesión y soldado al servicio de Napoleón en su tiempo libre. Ambos son el ying y el yang, esa dualidad necesaria por la que uno no puede existir sin el otro, la razón contra la pasión, y, por qué no, el bien contra el mal. A partir de aquí, a modo de encuentros episódicos, narra la vida del primero en constante confrontación con el segundo, centrando únicamente la historia en ello y dejando aparte los demás aspectos de la trama, de forma bressoniana dirán algunos, sí, pero a mí el cine de Bresson me parece demasiado plano. Personajes y situaciones deambulan por la pantalla sin que entendamos nunca la causa por la que están ahí, momentos de una impagable belleza visual que ralentizan una narración que nunca termina de arrancar, porque cuando se comienza a desarollar, es cercenada por el guión como si de un elemento molesto se tratara.
Si es notable, por contra, el modo en que aparece y desaparece Feraud de la vida del protagonista. Personificando el destino, sabe desaparecer para atacar cuando menos se le espera. Harvey Keitel está soberbio interpretando a ese ser vacío de sentimientos que parece vivir por y para los duelos. Por contra, Keith Carradine, un actor más limitado que Keitel, está correcto aunque demuestre vulnerabilidad en algún que otro momento. Ridley Scott se preocupa de crear imágenes directamente sacadas de cuadros del clasicismo y el romanticismo más destacado, sacando imágenes de Friedrich, Delacroix o David en un ambiente frío y lúgubre, una cinta que entronca, en ocasiones demasiado, con la soberbia Barry Lyndon, de la que coge su fuerza visual pero de la que se olvida de extraer su excelente retrato de la miseria y el destino. El estilo del director brinda secuencias difíciles de olvidar, pero se le va la mano con una narración demasiado atropellada que abarca demasiado tiempo con demasiadas interrupciones en el flujo natural en una historia que le pedía, como mínimo, media hora más.
Tony Montana 
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[•REC] (2007)
Jaume Balagueró, Paco Plaza
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| 7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
24 de Septiembre de 2010 |
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De pequeño solía ir con mi familia cada fin de semana a una casa de campo de la que son dueños mis abuelos. La clásica casa de campo vieja, con cierto aspecto tétrico y realmente inquietante si tienes una edad propensa a soñar con monstruos bajo la cama y fantasmas de esos que hacen ruidos que te hielan la sangre mientras te tapas con las sábanas hasta la cabeza, independientemente de la época del año. Entre los juegos inocentes que tenía con mis primos estaba el subir a la segunda planta, donde no dormía nadie y cuyos dormitorios se usaban como almacén para ropa vieja y utensilios varios, y que, vista desde fuera, asustaba, pues, de vez en cuando aparecía alguna luz encendida o las ventanas estaban abiertas sin que, aparentemente, nadie lo hubiera hecho. Íbamos tres o cuatro niños de no más de ocho o nueve años subiendo las escaleras que se bifurcaban en dos partes que conducían a sendas puertas. Ese breve momento en las escaleras era la idea básica del pánico, mirando hacia arriba y viendo que las puertas parecían abrirse para, una vez dentro, no volver a salir. Es decir, cinematográficamente, la subida de escaleras del detective Arbogast en Psicosis, lenta y cargada de tensión.
Una vez allí, intentábamos pasar el mayor tiempo posible mientras nuestro corazón iba a mil por hora y la casa parecía gemir, más producto de nuestra sugestión que del posible interés del mobiliario en asustarnos. En medio de la oscuridad, sin saber si eso con lo que te topabas era una cama, o el brazo de algún monstruo que anduviese por allí, sin saber si el ruido que escuchábamos era el de una cañería o algún fantasma que se movía lentamente hacia nosotros, la tensión y el miedo que experimentábamos iba increscendo conforme nos adentrábamos en la oscuridad, hasta que de repente uno salía corriendo y los demás le seguíamos gritando despavoridos entre las viejas estancias hasta que veíamos un rayo de luz a través de la puerta entreabierta y volvíamos seguros al salón familiar. Lo que se sentía en esos momentos era el puro terror, el horror, el asfixiante miedo en su más pura concepción, ese que te atenaza y que no puedes sacudirte de encima, ese miedo que casi exclusivamente pueden experimentar los niños, aquellos con capacidad para soñar tanto para lo bueno como para lo malo. En el cine, esa sensación sólo la había tenido mientras una pelota que bajaba de la inhabitada segunda planta golpeaba la escalera como si fuera un martillo y un acongojado e incrédulo George C. Scott se acercaba a comprobarla en Al final de la escalera. Ni obras maestras del género como El Resplandor o La semilla del diablo me hicieron experimentar la sensación del miedo, un miedo que te domina y te deja inmóvil. Con [REC] volví a aquella segunda planta, a aquella oscuridad impenetrable, volví a tener nueve años y a pensar que debajo de mi cama podría haber algo que me agarrase el pie en mitad de la noche y me arrastrase con él.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: La cinta no pretende ser ninguna tesis, por mucho que esté vestida de documental televisivo de esos que podríamos encontrarnos en rancios programas para ancianos como España Directo, no pretende ser una ácida crítica a la televisión y su tirón por el morbo y lo malsano, a pesar del célebre No pares de grabar con el que Ángela le dice al cámara. Una película que busca el puro entretenimiento del espectador, basado en hacérselo pasar mal en ochenta frenéticos y terribles minutos en los que cada acción parece estar improvisada por la capacidad de dos directores que demuestran un dominio del lenguaje cinematográfico superlativo, llevando el terror a unas cotas a las que hasta ahora casi no se había acercado, siendo real como la vida misma, y pudiendo ser el germen de un género híbrido entre el terror más asfixiante y el neorrealismo más puro, un género donde cada gota de sudor y de sangre fueran hiperreales, donde cada jadeo hubiera sido provocado por un terror tangible. La experimentación en un género dedicado a repetirse en los mismos clichés es algo que no se ve nunca.
Plaza y Balagueró han hecho de la libertad y lo imprevisible su gran arma, colocando a sus personajes en un entorno aparentemente controlado pero el más inseguro a la vez, puesto que todos tememos aquello desconocido, y esto suele ser siempre aquello que más cerca tenemos y que, por tanto, menos esperamos que cambie. Un guión sencillo, con trampas que no incordian para colocar a los personajes en situaciones insalvables, y con personajes perfilados de forma brillante y coherente, y con algunos toques sorprendentes de humor, que ayudan a que todo se haga más llevadero, y el ejercicio de dirección más virtuoso y sorprendente del año 2007 junto al de Zack Snyder en 300. Todo lleva la película a un grado superior del género del terror, convirtiéndola en un rara avis que mezcla como pocas la violencia, el suspense y la acción, y que conducen al espectador a un final de infarto, dando muestras del control de la propia película de sus competentes directores, y donde hacen de la visión nocturna el mejor modo de crear la sensación de desconcierto y miedo con sólo intuir las formas. Balagueró y Plaza firman la mejor película de sus respectivas filmografías y del género en bastantes años, y demostrando al resto de mediocres y llorones cineastas españoles que para que una película sea buena no hace falta un gran presupuesto. De pequeño jugaba de forma voluntaria para pasar miedo. Ahora pago en un cine para que me asusten… sí, la diferencia es que ahora lo consiguen con alguien que no tiene nueve años.
Tony Montana 
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