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7
14 de julio de 2018
14 de julio de 2018
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dios, el Creador o la Naturaleza nos dan un suspiro de existencia. Luego sobreviene el aniquilamiento. Para un creyente que vive en la esperanza de la resurrección no hay tantos inconvenientes siempre y cuando su fe sea de verdad una autentica fe y considere como un consuelo real la posibilidad de una perdurabilidad que la descomposición de la materia humana contradice. Peor lo tienen los que consideran que la vida se acaba y no hay nada más. Eso de que la muerte es algo natural no convence a la mayoría. ¿Si fuese algo tan natural y normal qué sentido tienen la existencia de las religiones más diversas?
Y con todo tenemos una existencia corta desde el misterio más grande que solo los destellos de una razón imperfecta contribuye a darle algún tipo de sentido. Aunque más fuerte que la razón están los sentimientos, las pasiones y las emociones, aún más incomprensibles y causantes de la desdicha democratizada y el triunfo de unos pocos elegidos cuya psicología superior o suerte les otorgan los premios.
Y con todo tenemos una existencia corta desde el misterio más grande que solo los destellos de una razón imperfecta contribuye a darle algún tipo de sentido. Aunque más fuerte que la razón están los sentimientos, las pasiones y las emociones, aún más incomprensibles y causantes de la desdicha democratizada y el triunfo de unos pocos elegidos cuya psicología superior o suerte les otorgan los premios.

En “Porto”, una película apadrinada por Jim Jarmusch, la melancolía etiqueta a sus dos protagonistas desde un amor instantáneo y febril pero que no conduce a esa felicidad sostenida en el tiempo. Vana aspiración de todos los mitos románticos. El amor apasionado es una manifestación de una insania sin control. Solo hay el Eros; una balbuciente Philia y un invisible Agape en el caso de ésta pareja de solitarios extraviados en la bucólica ciudad de Oporto en Portugal.
Que el pasado sea un ancla es algo conque la humanidad no ha sabido lidiar adecuadamente. Otro escape es hacia un futuro impreciso cuyas metas siempre son cada vez más lejanas. Y nos olvidamos que sólo hay un tiempo que es el presente y que éste o se aprovecha o se dilapida. El protagonista masculino de “Porto” fue inoculado con un veneno paralizante: el acercamiento esplendoroso de un erotismo brutal le hizo creer en un amor sin mentiras y consistente. Nunca se repuso. La protagonista femenina, fue mucho más pragmática, en eso de conseguir un paliativo o un efecto placebo a su caótica existencia arropada por la soledad y el sinsentido. Ella misma se autodefine como una loca. Quizás, todos llevamos una forma de locura que logramos disimular en una poblada donde los locos somos mayoría y los cuerdos una muy rara especie en extinción.
Que el pasado sea un ancla es algo conque la humanidad no ha sabido lidiar adecuadamente. Otro escape es hacia un futuro impreciso cuyas metas siempre son cada vez más lejanas. Y nos olvidamos que sólo hay un tiempo que es el presente y que éste o se aprovecha o se dilapida. El protagonista masculino de “Porto” fue inoculado con un veneno paralizante: el acercamiento esplendoroso de un erotismo brutal le hizo creer en un amor sin mentiras y consistente. Nunca se repuso. La protagonista femenina, fue mucho más pragmática, en eso de conseguir un paliativo o un efecto placebo a su caótica existencia arropada por la soledad y el sinsentido. Ella misma se autodefine como una loca. Quizás, todos llevamos una forma de locura que logramos disimular en una poblada donde los locos somos mayoría y los cuerdos una muy rara especie en extinción.

En fin, la película de Gabe Klinger, parsimoniosamente bella, y con unos diálogos que te hacen pensar sobre las experiencias de una vida fugaz, logra interesar al espectador iconoclasta, porque estoy seguro, que al mundano, se habrá aburrido como ninguno.
16 de septiembre de 2017
16 de septiembre de 2017
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
EL CASTILLO DE CRISTAL es una película ambigua con relación a la familia “alternativa” para ser benignos. En realidad “esa familia” no es familia como ocurre con la mayoría, que termina siendo disfuncional y caótica: una auténtica tortura para sus miembros, básicamente, los hijos. Qué se intente dorar la píldora ya es otra cosa. Se soporta por las buenas actuaciones de Woody Harrelson, Naomi Watts y Brie Larson. Lo que sí está claro es que los lazos de sangre son algo sagrado y por tanto lo feo se embellece y los trapos sucios nunca se sacan al sol. La vergüenza social nos ha enseñado a evitar la afrenta pública y por eso el disimulo es el principal comportamiento de una urbanidad desechable.
21 de marzo de 2016
21 de marzo de 2016
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ernst Lubitsch (1892-1947) es la pre-historia en el cine. Para los espectadores en siglo XXI una reminiscencia apenas intuida de un cine fantasmal desconocido y arcaico. Los prejuicios de la modernidad atentan contra el redescubrimientos de los clásicos. Y resulta que los clásicos son el punto de partida de todo lo que creemos una novedad. UN LADRON EN LA ALBOBA (1932) es una comedia inteligente y rutilante. Una sorpresa inesperada porque su propuesta no sólo es sociológica al explorar el tiempo de las entreguerras europea y estadounidense sino porque también es encantadoramente atractiva en términos de entretenimiento mundano. Ernst Lubitsch, el director germano/estadounidense, es junto a Charles Chaplin (1889-1977), el director británico/estadounidense, los dos más grandes artistas del cine mundial en sus albores. En un momento en que las radios monopolizaban el ocio social invadiendo los hogares, el cine arremetió como la ilusión encantada de las sombras en movimiento en salas cerradas con su propio ritual, invitando a las gentes a una experiencia de por sí portentosa. El cine nació como entretenimiento y fueron las comedias románticas el género preferido. Lubitsch, fue su principal y más grande maestro. UN LADRON EN LA ALCOBA convierte a los estafadores en seres románticos y entrañables, que lavan sus pecados desde la elegancia de una cortesía de etiqueta. Aquí no hay explotados ni clase obrera ultrajada, sino el mundo de los ricos y su glamour de teatro. El folletín rosa de las revistas del corazón trasladado a la pantalla con la elegancia de unos actores solventes y en permanente contraste. La rubia Miriam Hopkins (1902-1972) enfrentada a la morena Kay Francis (1905-1968) por el avispado y siempre seguro Herbert Marshall (1890-1966). Un trío que invita a los malos pensamientos pero que la censura de la época y las convenciones sociales del momento impedían por completo. Al contrario, lo que vemos es el crimen solapado por un anti-héroe de cuello blanco (Herbert Marshall) totalmente simpático y que sabemos incapaz de maldad real. Chaplin, un director mucho más atrevido y denso conceptualmente en términos de compromiso social, va a retomar la historia de UN LADRON EN LA ALCOBA y la va a redirigir, ésta vez sí, en términos de maldad absoluta en MONSIEUR VERDOUX (1947). Y es que los genios se copian entre sí, y comparten la grandeza. UN LADRON EN LA ALCOBA, es un viaje en el tiempo a la época en que nuestros abuelos y abuelas, jóvenes e ilusos, se divertían furtivamente en la oscuridad de las salas de cine sin sospechar que la guerra (1939-1945), a la que creían enterrada definitivamente, volvió a reaparecer para acabar con toda la inocencia y la esperanza de una vida feliz.
29 de noviembre de 2011
29 de noviembre de 2011
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Siempre me ha gustado Kevin Spacey, aunque no entiendo porque tiene que aceptar papeles triviales y de poca exigencia luego de actuaciones consagratorias como la que le vimos en “American Beauty. Spacey está correcto y medio salva una película que no sabemos si es comedia o tragedia, si es seria o una guachafita. No hay tensión de ningún tipo, menos drama. Todo el resto del elenco nos luce acartonado y falso, sin conectar de verdad con un argumento creíble y bien pensado. No hay duda que los guionistas en USA se están quedando sin ideas de alto vuelo.
7
22 de abril de 2010
22 de abril de 2010
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
La última película del gran Kurosawa es un canto de humanidad, sensibilidad y sencillez bajo los efectos de una edad senil. Ausentes están los rigurosos samuráis y las marciales marchas; la fuerza de las masas y los castillos inexpugnables. Es raro, encontrar dentro del hermetismo nipón fundamentado en un ceremonial estoico, rasgos basados en el buen humor, el chiste, la risa, el lamento y tantas emociones fundamentales. Increíble, el proceso de regresión infantil del “maestro” por la pérdida de su mascota el cuál lo equipara a un simple mortal desnudado en su fragilidad. La celebración festiva y el encuentro con los amigos constituyen el centro de ésta película piadosa sobre un maestro admirado por sus discípulos y convertido en héroe civil. Mérito éste dentro de un tiempo en el Japón bajo el síndrome militar y la guerra. Kurosawa, el estoico. Kurosawa, el hedonista. Kurosawa, el humanista. En realidad, el hombre de su tiempo que le habló al mundo a través de valores universales tomando en cuenta los códigos de su propio mundo.
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