Críticas De: Normelvis Bates

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Normelvis Bates Suena Wagner y tengo ganas de invadir - Polonia

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174 críticas (Ver todas por título) Página: 12
Su valoración: Muy buena
22 de Septiembre de 2009
14 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Antes de que las pelis de atracos perfectos fueran poco menos que elegantes y asépticos desfiles de modelos de exquisitos modales y cuya idea de drama parece ser quedarse sin muesli para desayunar, había quien intentaba recordarnos que tras aquellos hombres que trataban de reventar joyerías, hipódromos o bancos había, tal vez, alguna cosa que los asemejaba al resto de los mortales, una historia personal que permitía entender sus motivaciones, un código de honor, un atisbo de humanidad entre la podredumbre, moral y social, que les rodeaba: sentimientos que no nos eran extraños, deseos sencillos y entendibles, una familia tal vez. Vale, de acuerdo, aceptemos que “Heat” intentaba algo parecido y que no pocas pelis han intentado mostrar a los ladrones profesionales como algo más que simples canallas incapaces de sentir afecto por nada o nadie, pero no nos engañemos, la Santísima Trinidad la siguen conformando “Atraco perfecto”, “La jungla de asfalto” y “Rififí”.
Se hace difícil hablar de esta peli sin recurrir al spoiler, porque todo en ella parece pensado desde su desenlace, que supera la concepción fatalista de la vida criminal propia del “thriller” americano y que, tras una catarata de muertes a cual más dramática e imaginativa (alguna de ellas explícita y brutal, otras elípticas e incluso ribeteadas de poesía) llega, finalmente, bordeando el puro nihilismo vital, un nihilismo que se adivina ya, desde los primeros minutos del metraje, en el rostro adusto y desesperanzado de Jean Servais, tan inseparable de esta película como ese París bellamente fotografiado en un áspero y desabrido blanco y negro en que tiene lugar el grueso de la acción.
Intentaré no reventarle nada a nadie que no la haya visto, pero tampoco voy a ser nada original: las escenas de las idas y venidas de la casa de campo y del regreso final a París me parecen extraordinarias, el modo que tiene Dassin de modular de manera creciente la tensión, de dar vueltas y vueltas de tuerca hasta crear un clima cada vez más angustioso y casi irrespirable es propio solo de los grandes maestros del género. Y qué decir de la antológica escena del robo, un prodigio de concisión narrativa y de pureza cinematográfica, esa media hora en completo silencio en la que Dassin logra convertirnos en atracadores y consigue que sudemos y suframos con ellos como si nos fuera la vida en que no hubiera ruido alguno.
Esta escena, además, no es solo ejemplar desde el punto de vista cinematográfico, sino que funciona, en mi opinión, como metáfora o ilustración de la idea que subyace en el fondo de la peli. Tras toda la meticulosa preparación que exige el robo, tras la angustia y el padecimiento y los sudores de su ejecución, un simple gesto, humano y, por tanto, gratuito, inútil e inevitable, echa abajo la frágil arquitectura teórica del plan y pone en marcha la maquinaria del destino que, como llevábamos rato sospechando, les espera ineluctiblemente a los protagonistas. Y es que no somos nada, amigos.
Normelvis Bates
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9 de Enero de 2011
18 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Cuando yo tenía ocho o nueve años, a las chicas españolas se les planteó un serio dilema. Yo, la verdad sea dicha, era entonces demasiado joven para entender todas las ramificaciones de una cuestión cuya magnitud me superaba. Estaba demasiado ocupado con mi barco pirata, mi geyperman paracaidista y mi carrera como futuro sucesor de Kevin Keegan para entretenerme con nimiedades como las fantasías sexuales de las mujeres de mi generación, por llamarlas de algún modo. No sé vosotros, pero a las que yo trataba por aquel entonces siempre les colgaban los mocos, eran incapaces de distinguir a Bud Spencer de Terence Hill y solo le buscaban a uno para bailar alguna ranchera de Rocío Dúrcal. Menudas burras estaban hechas. Qué me importaban a mí los sentimientos íntimos de aquellas incomprensibles criaturas, era incapaz de entenderlos. Lo único real eran los terroríficos fenómenos externos, aquello que se podía percibir con los sentidos en aquellos días extraños y lejanos en los que, inesperadamente, estalló la tragedia: sus berridos infrahumanos, sus lloriqueos histéricos, sus espasmódicas contorsiones, los cánticos demenciales con que saludaban a sus nuevos ídolos. “¡El rubio, el moreno, los dos están muy buenos!” Niñas o mujeres, qué más daba. Todas se habían vuelto locas. Aquello era un infierno.

“Two lovers” me ha traído a la memoria aquellos días. Joaquim Phoenix es un adolescente tardío y algo talludo que, pobrecito, fantasea con el suicidio a causa de un amor frustrado por motivos sociológicos, mientras se debate entre dos mujeres (una rubia y otra morena, para que no nos liemos), que representan para él dos posibles futuros, uno gris y reglado familiar y socialmente y otro tan inestable y conflictivo como liberador (o “Sonrisas y lágrimas” o locas sesiones de discoteca y paraísos artificiales, gracias de nuevo, amigo Gray). Eso creo que lo he pillado. Lo que no acaba de quedarme claro es que ante una historia tan antigua como el mundo, que puede rastrearse en libros y películas de todas las épocas (1), haya que reaccionar como aquellas quinceañeras trastornadas que sepultaban bajo bragas y sostenes a Pedro y Javier Herrero Pozo, más conocidos como Los Pecos.

Aquella locura y el dilema de aquellas chicas, al fin y al cabo, tenían su explicación. Qué guapos eran Pedro y Javier, y qué bien conectaban sus melodías melosas, sus letras cursis y sus aflautados trinos con las efusiones sentimentales de la gente de su edad. Cómo elegir solo a uno. Que un dramita infatuado y autocomplaciente, que se emboba en fruslerías y recurre al viejo truco de la ralentización solemne para crear una falsa ilusión de trascendencia y que, si bien se mira, cuenta en cien minutos lo que los propios Pecos contaban en apenas tres (2), suscite tanto entusiasmo entre el público y deje a críticos como Rodríguez Marchante con las tetas al aire, en cambio, me deja bastante más intranquilo y me devuelve a un infierno del que creí haber salido muchos, muchos años atrás.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película) Ver todo
Normelvis Bates
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Su valoración: Buena
24 de Abril de 2010
16 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Lo decía Taylor a propósito de Tarzán y somos muchos quienes podemos corroborarlo. Hay toda una generación de cinéfilos que apenas ha pisado un cine-club, que no ha frecuentado espesas y solemnes tertulias presididas por santones sentenciosos y enciclopédicos, que no ha necesitado libros, revistas francesas o sitios web para conocer nombres, tendencias o filmografías. Nos bastó con un sofá, un par de canales de tele y algo de ese tiempo de la infancia que no sé si llamar tiempo, porque por aquel entonces ni sospechábamos siquiera que corría y transcurría y se iba para no volver.

Aquellas pelis que veíamos una y otra vez hasta sabérnoslas de memoria son, de hecho, uno de los pocos relojes que tuve en mi infancia. “Río de plata”, por ejemplo, es una peli que no he visto en más de treinta años, pero sé que era sábado y que llovía y que después salí a jugar, porque los únicos recuerdos que guardo de ella son un reproche de Thomas Mitchell al judas Flynn, el aire frío de la calle y el olor a tierra mojada. Errol Flynn significa sábado por la tarde en mi memoria, como Tarzán, los hermanos Marx, Gary Cooper, Spencer Tracy y Freddie Bartholomew, Alan Ladd, Elvis Presley, Martin y Lewis, John Wayne, Stewart Granger, James Stewart y tantos y tantos otros. Marilyn Monroe es también sábado, pero había que esperar a las ocho. Bogart, Cagney, Mitchum, Widmark o Edward G. Robinson suelen ser noche cerrada de miércoles. Burt Lancaster y Nick Cravat son un sábado de Navidad y un Scalextric nuevo y carreras del comedor a mi habitación, de las jarcias a los boxes. Hitchcock es casi siempre viernes, pero a veces es lunes e incluso algún sábado por la noche robado a la indulgencia de mis padres, como Peter Sellers, Steve McQueen o Ingrid Bergman: había que grabar “Casablanca” y el mocoso de la casa era el único que sabía cómo funcionaba el vídeo.

No sé cuántas pelis de Fernando Fernán-Gómez llegué a ver en aquellos años, casi siempre en miércoles y jueves. Le vi de cura y de futbolista, de bandolero y de militar, de diablo y de caballero del siglo XVII, de científico y de vendedor de cirios y enfundado en leotardos y recitando y redimiendo las astracanadas de don Pedro Muñoz Seca, pero hiciera lo que hiciera y por mala que fuera la peli en que saliera, uno no podía sino encariñarse con aquel tipo con cara de estropajo arrugado y voz de trabuco de cuya nobleza y honestidad todo el mundo parecía dispuesto a aprovecharse. No sé muy bien por qué, pero “El malvado Carabel” no es miércoles ni jueves, sino lunes por la noche, y aunque no es una gran película le guardo un enorme afecto. Ahí están Fernán-Gómez y un puñado de grandes secundarios y una buena y divertida historia de Wenceslao Fernández Flórez. Bien pensado, no habrá sido casualidad que la haya recuperado precisamente un sábado por la tarde, el día y la hora de la felicidad de aquellos días, cuando no existía el tiempo y aprendíamos a descubrir el mundo y el cine era la medida de todas las cosas.
Normelvis Bates
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Su valoración: Notable
23 de Mayo de 2010
14 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Amigos, siento mucho romperos el corazón, pero alguien tiene que abriros los ojos: la abeja Maya no existe. No sólo es falso que las abejas hablen, tengan pelo (y no digamos escarolados ricitos amarillos), vayan a la escuela y jueguen con saltamontes o moscas con antiparras, sino que el país multicolor de Maya, sus flores, sus colmenas, sus hermosas y bucólicas charcas, lejos de representar fielmente la realidad, no es más que un decorado torpemente pintarrajeado sobre un papel. Más todavía: las arañas, por si no lo sabíais, ni se cubren la cabeza con un pañuelo ni tocan el violín. Sé que es duro admitirlo, pero pensé que teníais que saberlo.

Siento que debo unirme a esas almas nobles y desinteresadas que abundan por aquí, siempre dispuestas a denunciar tergiversaciones, héroes de la fidelidad al rigor histórico, que viven convencidos de que el cine debe ser un espejo de la vida y no un artificio artístico más o menos logrado. Me uno a los lúcidos y los idealistas, a los que guían a la masa ciega y aborregada hacia la verdad. Sabedlo, hermanos: los piratas no eran como Errol Flynn, El Cid era un fascista y un intolerante, Marco Antonio (según las últimas investigaciones) nunca tuvo la cara de Marlon Brando. Todo eso es falso.

Fijaos en el western, ese vehículo del imperialismo que justifica la expulsión de los indígenas americanos de las tierras que tanto les había costado a sus antepasados arrebatar a los pueblos rivales. Qué asco nos da este género a los dueños del secreto. Como todo el mundo sabe, la vida entre los nativos, hasta la llegada del invasor blanco, era dulce y descansada, tanto en el norte como en el sur de América, donde los desconsiderados españoles acabaron salvajemente con culturas como la maya, la azteca o la caribe, con el amor con que habían conquistado y esclavizado a sus vecinos, con lo entretenidos y pintorescos que eran sus sacrificios humanos, con lo ricas que estaban las carnes de sus enemigos. Es cierto que no fueron los españoles quienes en pleno siglo XX les mantuvieron esclavizados en minas, fincas o caucherías, pero no nos desviemos del tema: de lo que estábamos hablando era de disparar a los ojos del cadáver de John Ford.

(¡Ah, por cierto! “La legión invencible” no es una de las mejores pelis de Ford. Es cierto que su fotografía es maravillosa, que John Wayne ofrece una de sus mejores y más conmovedoras interpretaciones, que reflexiona acerca del paso del tiempo, la vejez o la muerte, que destila tristeza y melancolía, que su ritmo pausado encaja como un guante con su aire crepuscular, con su olor a cenizas y derrota, que bastaría para justificar la carrera de cualquier pelacañas más fiel que él a los hechos históricos. Pero hablamos de John Ford, poco menos que el inventor del cine tal y como lo conocemos, aunque esa es una opinión acerca de su grandeza artística que a los puros de corazón, los justicieros, los que empuñamos pedruscos por estar libres de culpa nos importa un par de rábanos. Como mucho.)
(El resto de la crítica puede contar partes de la película) Ver todo
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20 de Febrero de 2010
14 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Pero, ¿qué broma es ésta? La fulgurante subida al estrellato de Karen Carpenter y su trágica caída en la anorexia nerviosa y la muerte contadas... ¿¿¿con muñecas Barbie??? A primera vista, sabiendo tan sólo esto, está claro que la opción más sensata sería alejarse de semejante artefacto o, como mucho, buscarlo y contemplarlo como una morbosa curiosidad, destinada únicamente a los fans más recalcitrantres de Todd Haynes con ganas de bucear en los rincones menos conocidos de los primeros años de su filmografía.

Así lo hice yo, lo confieso. En cuanto supe de su existencia empecé a buscarla y, aprovechando que Teddy Bautista estaba de redada en una sediciosa peluquería de Cornellà, me hice disimuladamente con ella. Esperaba encontrar, lo admito, alguna simpática gamberrada del director de “Safe” que me hiciera reír durante sus escasos tres cuartos de hora de duración. Ni más ni menos que eso. No sospechaba, ni de lejos, que tras su apariencia de experimento friki y amateur había un digno y sensible intento de aproximación a un personaje frágil y manipulable, trastornado por la fama y que vivía como un drama su relación con su propio cuerpo.

Habrá quien crea que bromeo, es natural, pero lo digo completamente en serio: esta peli me parece uno de los mejores biopics que he visto en mucho tiempo. Está muy hábilmente montada, combina animación, cámaras subjetivas e imágenes reales de la América de finales de los 60 e inicios de los 70 agudamente elegidas y muy bien insertadas en la trama y ofrece, pese a sus obvias limitaciones, las primeras muestras del talento para parodiar y recrear al pie de la letra géneros cinematográficos (aquí el documental) del que Haynes haría gala en pelis como “Veneno” o “Lejos del cielo”. Y lo que en un principio no parece sino una ridícula excentricidad acaba demostrándose una decisión acertada y coherente, porque ninguna estrellita de tres al cuarto podría mostrar mejor la caída de Karen Carpenter de superestrella del pop a muñeca rota que la sajada y desvencijada Barbie que aquí le da vida.

Porque el gran mérito de esta película es que a pesar de que los protagonistas sean simples muñecos de plástico, Haynes logra que sintamos auténtica compasión por una mujer de voz angelical atrapada entre unos padres dominantes y un hermano egocéntrico y ambicioso que ni le permiten vivir su propia vida ni prestan atención a sus problemas de salud porque están demasiado ocupados exprimiendo su talento en beneficio propio. Richard Carpenter, de hecho, montó en cólera al ver la peli (que insinúa además que era homosexual) y trató por todos los medios de retirarla de la circulación, cosa que logró con la excusa de que Haynes no había pedido permiso para reproducir en ella la música de los Carpenters. Tras un juicio, todas las copias de la película fueron destruidas, pero (Dios salve Internet) aún puede ser localizada con relativa facilidad, aun en cochambrosas condiciones. Pese a Richard Carpenter y a Teddy Bautista.
Normelvis Bates
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