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1 de septiembre de 2011
1 de septiembre de 2011
11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pese a que este film está ambientado en la llamada Edad Media, no acaba de encajar dentro de la denominación "cine de aventuras". Efectivamente, la historia del caballero Crisagón (Chartlon Heston), un leal servidor de un duque, quien en pago a sus esforzados servicios recibe un trozo de tierra en un lugar alejado y fronterizo donde ni siquiera el cristianismo ha conseguido arraigar, tiene de por sí un aire de extraño desde los momentos iniciales. Shaffner se aleja de los tópicos del cine de aventuras situando la acción en un tiempo y un lugar, indefinidos y fronterizos al mismo tiempo.
Y es que podríamos considerar que Shaffner articula el film en base a diversos conflictos pero sin grandes batallas en realidad. Por un lado tenemos el más evidente, que es el de los caballeros llegados de quien sabe dónde, a tomar posesión de un territorio hostil, además amenazado permanentemente por la cercanía de los bárbaros. Pero en medio de este conflicto podemos encontrar muchos otros larvados y que van estallando a medida que avanza el film, tenemos la cuestión religiosa, representada por la atracción que siente Crisagón por una bella joven pagana. Por otro lado tenemos el conflicto fraterno, con su hermano menor, resentido eternamente por ser el segundón y siempre a la sombra.
El film es una muestra más del cambio de modelo en el cine, cuya forma de producción a través de grandes estudios estaba ya agotado en los años 60. El glamour y las deslumbrantes producciones, son sustituidas aquí por una historia ambientada en un recóndito lugar, dejado por la mano de Dios, al que hay que civilizar, y que Shaffner representa como una especie de "realismo histórico" sucio. No sólo las localizaciones exteriores son más bien desoladoras, que incluso tienen un punto amenazante, sino que los interiores son más bien mínimos y rudimentarios consiguiendo reforzar la impresión que estamos en unos territorios remotos, alejados de las esferas de poder.
De hecho, la presencia del "duque", señor de Crisagón, es meramente verbal, nunca llegamos a verle, pese a que su sola mención es motivo de temor y respeto casi reverencial. Aquí no hay "corte", ni príncipes, ni princesas y la convivencia entre los diversos grupos se debe a frágiles equilibrios que pueden alterarse con facilidad. Seguramente, la falta de medios jugó en favor del conjunto del film, consiguiendo que la escasez de decorados, e incluso de excesivos protagonistas jugaran en favor de representar unas tierras salvajes, aún por civilizar, en las que la llegada de la "civilización" provoca tensiones y conflictos que acabarán por estallar en uno y otro bando. Sin duda Shaffner realiza un film de difícil digestión, sobretodo para los estómagos acostumbrados a los estándares del clasicismo del género de aventuras, pero no por ello se debería infravalorar una propuesta interesante, diferente, y elaborada de una forma casi "artesanal".
Y es que podríamos considerar que Shaffner articula el film en base a diversos conflictos pero sin grandes batallas en realidad. Por un lado tenemos el más evidente, que es el de los caballeros llegados de quien sabe dónde, a tomar posesión de un territorio hostil, además amenazado permanentemente por la cercanía de los bárbaros. Pero en medio de este conflicto podemos encontrar muchos otros larvados y que van estallando a medida que avanza el film, tenemos la cuestión religiosa, representada por la atracción que siente Crisagón por una bella joven pagana. Por otro lado tenemos el conflicto fraterno, con su hermano menor, resentido eternamente por ser el segundón y siempre a la sombra.
El film es una muestra más del cambio de modelo en el cine, cuya forma de producción a través de grandes estudios estaba ya agotado en los años 60. El glamour y las deslumbrantes producciones, son sustituidas aquí por una historia ambientada en un recóndito lugar, dejado por la mano de Dios, al que hay que civilizar, y que Shaffner representa como una especie de "realismo histórico" sucio. No sólo las localizaciones exteriores son más bien desoladoras, que incluso tienen un punto amenazante, sino que los interiores son más bien mínimos y rudimentarios consiguiendo reforzar la impresión que estamos en unos territorios remotos, alejados de las esferas de poder.
De hecho, la presencia del "duque", señor de Crisagón, es meramente verbal, nunca llegamos a verle, pese a que su sola mención es motivo de temor y respeto casi reverencial. Aquí no hay "corte", ni príncipes, ni princesas y la convivencia entre los diversos grupos se debe a frágiles equilibrios que pueden alterarse con facilidad. Seguramente, la falta de medios jugó en favor del conjunto del film, consiguiendo que la escasez de decorados, e incluso de excesivos protagonistas jugaran en favor de representar unas tierras salvajes, aún por civilizar, en las que la llegada de la "civilización" provoca tensiones y conflictos que acabarán por estallar en uno y otro bando. Sin duda Shaffner realiza un film de difícil digestión, sobretodo para los estómagos acostumbrados a los estándares del clasicismo del género de aventuras, pero no por ello se debería infravalorar una propuesta interesante, diferente, y elaborada de una forma casi "artesanal".
8 de agosto de 2008
8 de agosto de 2008
11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
El conocido realizador James Ivory nos ofrece un film sobre uno de los artistas españoles más conocidos fuera de nuetras fronteras: Picasso. Sin embargo, el director no plantea la película como una mera biografía,sino que al mostrarnos al personaje a través de una de las mujeres con las que compatió su vida, Françoise (Natasha McElhone), por lo que lejos de un típico film que ensalza la figura de una personalidad conocida, de esta forma vemos a un Picasso (interpretado por Anthony Hopkins) egocéntrico, dominante, posesivo.
Ivory intenta humanizar al personaje, dotádole de humanidad y por ello de defectos (tal vez algo exagerados). También se sobreentiende que la mirada de Françoise es subjetiva ya que el film no se limita únicamente a su relación con Picasso, sino que también incluye algunas mujeres más, por lo que es obvio que haya resentimiento por parte de ella a la hora de hablar del artista.
El film cuenta como principal baza la presencia de Anthony Hopkins, cuya actuación es bastante meritoria, de hecho todo el film gira alrededor de él y aguanta perfectamente durante las dos horas largas de duración del film.
No es un film totalmente redondo aunque cuenta con una puesta en escena elegante y fría, típica de James Ivory, pero por lo menos es una forma diferente de acercarse a un personaje famoso.
Ivory intenta humanizar al personaje, dotádole de humanidad y por ello de defectos (tal vez algo exagerados). También se sobreentiende que la mirada de Françoise es subjetiva ya que el film no se limita únicamente a su relación con Picasso, sino que también incluye algunas mujeres más, por lo que es obvio que haya resentimiento por parte de ella a la hora de hablar del artista.
El film cuenta como principal baza la presencia de Anthony Hopkins, cuya actuación es bastante meritoria, de hecho todo el film gira alrededor de él y aguanta perfectamente durante las dos horas largas de duración del film.
No es un film totalmente redondo aunque cuenta con una puesta en escena elegante y fría, típica de James Ivory, pero por lo menos es una forma diferente de acercarse a un personaje famoso.
1 de marzo de 2008
1 de marzo de 2008
11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Rouben Mamoulian adaptó la novela homónima de Vicente Blasco Ibañez, ambientado en el mundo del toreo, algo que en los años 50 empezaba a ser bastante popular para los norteamericanos (que le pregunten a Hemingway o a Welles).
La historia se adecuaba bien a las temáticas típicas: un joven de condición humilde consigue gracias a su persistencia y a su ambición llegar a lo más alto, para allí olvidarse de los suyos e iniciar la posterior caída. En este sentido, lo único original es que estamos hablando de un torero (interpretado por Tyronne Power).
Sin embargo, el realizador, más que incidir en los momentos excesivamente dramáticos, típicos de este tipo de películas, buscó realizar un film más visual, más pictorico, con un uso del color cercano incluso a ideas pictóricas. De hecho hay escenas que recuerdan a conocidas obras de pintores españoles.
A pesar de ello, el film no desaprovecha buenos momentos de la relación del torero con las mujeres (en un triangulo que completan Linda Darnell y Rita Hayworth), ni las escenas de toreo (naturalmente rodadas por un especialista), que intercalan planos de la acción con planos de la mujer del torero y su madre rezando ante un crucifijo, escuchando a través de las paredes los vítores de los espectadores y mostrando su sufrimiento en primer plano.
El texto de Blasco Ibañez es lo sufientemente sólido para mostrar una historia muy del gusto de Hollywood de la época al que Mamulian supo imprimir vida, y sobretodo color, sin necesidad de derivar el film hacia el melodrama.
La historia se adecuaba bien a las temáticas típicas: un joven de condición humilde consigue gracias a su persistencia y a su ambición llegar a lo más alto, para allí olvidarse de los suyos e iniciar la posterior caída. En este sentido, lo único original es que estamos hablando de un torero (interpretado por Tyronne Power).
Sin embargo, el realizador, más que incidir en los momentos excesivamente dramáticos, típicos de este tipo de películas, buscó realizar un film más visual, más pictorico, con un uso del color cercano incluso a ideas pictóricas. De hecho hay escenas que recuerdan a conocidas obras de pintores españoles.
A pesar de ello, el film no desaprovecha buenos momentos de la relación del torero con las mujeres (en un triangulo que completan Linda Darnell y Rita Hayworth), ni las escenas de toreo (naturalmente rodadas por un especialista), que intercalan planos de la acción con planos de la mujer del torero y su madre rezando ante un crucifijo, escuchando a través de las paredes los vítores de los espectadores y mostrando su sufrimiento en primer plano.
El texto de Blasco Ibañez es lo sufientemente sólido para mostrar una historia muy del gusto de Hollywood de la época al que Mamulian supo imprimir vida, y sobretodo color, sin necesidad de derivar el film hacia el melodrama.
28 de julio de 2008
28 de julio de 2008
13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
El británico Martin McDonagh nos ofrece un curioso film en el que nos cuenta la historia de dos personajes, Ray (Collin Farell) y Ken (Brendan Gleeson) que se ven obligados a refugiarse en Brujas por orden de su jefe, Harry (Ralph Fiennes) después que hubieran metido la pata en un “trabajo”:
Lo que más llama la atención del film es su contraste entre diálogos que nos fuerzan la sonrisa mientras que el tono general del film (su banda sonora y su tratamiento del color) apuntan hacia un tono más triste y oscuro. Aprovechando los exteriores de la magnífica ciudad de Brujas, McDonagh compone un film que fluctúa entre la comedia, el drama o incluso la tragedia, con tres personajes principales, quienes a pesar de saber que su oficio es matar a personas no podemos dejar de sentir simpatía por ellos. Y eso grácias al tratamiento de los personajes que son humanizados por director, compartiendo con el espectador sus pensamientos, dejando ver que detrás de esa fachada de tipos duros, hay personas que, en un momento en que se ven inactivos se acaban cuestionando el sentido de las acciones que cometen, mostrándonos una crisis de identidad igual que la que puede tener un oficinista cualquiera, esquivando además con habilidad el recursos a los estereotipos que se pueden suponer a este tipo de personajes.
Lo que más llama la atención del film es su contraste entre diálogos que nos fuerzan la sonrisa mientras que el tono general del film (su banda sonora y su tratamiento del color) apuntan hacia un tono más triste y oscuro. Aprovechando los exteriores de la magnífica ciudad de Brujas, McDonagh compone un film que fluctúa entre la comedia, el drama o incluso la tragedia, con tres personajes principales, quienes a pesar de saber que su oficio es matar a personas no podemos dejar de sentir simpatía por ellos. Y eso grácias al tratamiento de los personajes que son humanizados por director, compartiendo con el espectador sus pensamientos, dejando ver que detrás de esa fachada de tipos duros, hay personas que, en un momento en que se ven inactivos se acaban cuestionando el sentido de las acciones que cometen, mostrándonos una crisis de identidad igual que la que puede tener un oficinista cualquiera, esquivando además con habilidad el recursos a los estereotipos que se pueden suponer a este tipo de personajes.

Colin Farrell
El director además enriquece la historia con la aparición de diversos personajes secundarios entre los que se mueven los protagonistas que de alguna forma les obligan a reflexionar sobre a donde van sus vidas, y ello sin escatimar los bonitos parajes de Brujas, capturando por el camino al espectador, quien poco a poco se va metiendo en la película sin apenas darse cuenta que al final no está viendo una comedia facilona o un “thriller” lleno de tópicos. El peso del film, queda lejos de artificios espectaculares como persecuciones, tiroteos y acción, dejando toda la “acción” a las interpretaciones del trío protagonista, del que sobresale un excelente Collin Farell pero sin desmerecer los registros de Gleeson o Fiennes.
McDonagh maneja el material del film con sumo cuidado, moviéndose entre varias aguas pero sin quedarse con ninguna en concreto, sin buscar el camino fácil y dejando al final un poso que obliga a reflexionar tras ese aire aparentemente desenfadado pero que esconde una película seria detrás.
McDonagh maneja el material del film con sumo cuidado, moviéndose entre varias aguas pero sin quedarse con ninguna en concreto, sin buscar el camino fácil y dejando al final un poso que obliga a reflexionar tras ese aire aparentemente desenfadado pero que esconde una película seria detrás.
10
2 de mayo de 2008
2 de mayo de 2008
13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si hablamos de cine oriental “clásico”, uno de los primeros nombres que saldrían sería seguramente el de Kurosawa.
Sin embargo, el genial director japonés no fue el único de los cineastas de su país. Bajo su deslumbrante brillo se encuentran otros directores que demostraron saber realizar autenticas obras maestras. Uno de estos directores es Masaki Kobayashi, y una de sus mejores obras es la que nos ocupa. El film se sitúa en un momento clave en la historia de Japón, son los últimos años de la era Tokugawa, los tiempos de los gloriosos samuráis están llegando a su fin.
Lo único que les queda a muchos samuráis es su honor, pero del honor no se puede comer. A las puertas del clan Iyi aparece un viejo ronin (samurai sin señor) el cual, ante la paupérrima situación en que se encuentra, pidiendo ejecutar la ceremonia del “seppuku” (también conocido como “harakiri”. El señor del clan Iyi se escandaliza, ya que hace pocas semanas pasó exactamente lo mismo con otro samurai. Mientras espera que llegue su “maestro de ceremonias” (por llamarlo de algún modo) el viejo samurai explicará una historia sobrecogedora a los presentes. Kobayashi nos ofrece una visión totalmente desmitificadora del samurai, alejado de la gloria y del mito. En su lugar encontramos a honorables hombres hambrientos que ven como para mantener su honor intacto, los suyos tienen que literalmente morirse de hambre.
Sin embargo, el genial director japonés no fue el único de los cineastas de su país. Bajo su deslumbrante brillo se encuentran otros directores que demostraron saber realizar autenticas obras maestras. Uno de estos directores es Masaki Kobayashi, y una de sus mejores obras es la que nos ocupa. El film se sitúa en un momento clave en la historia de Japón, son los últimos años de la era Tokugawa, los tiempos de los gloriosos samuráis están llegando a su fin.
Lo único que les queda a muchos samuráis es su honor, pero del honor no se puede comer. A las puertas del clan Iyi aparece un viejo ronin (samurai sin señor) el cual, ante la paupérrima situación en que se encuentra, pidiendo ejecutar la ceremonia del “seppuku” (también conocido como “harakiri”. El señor del clan Iyi se escandaliza, ya que hace pocas semanas pasó exactamente lo mismo con otro samurai. Mientras espera que llegue su “maestro de ceremonias” (por llamarlo de algún modo) el viejo samurai explicará una historia sobrecogedora a los presentes. Kobayashi nos ofrece una visión totalmente desmitificadora del samurai, alejado de la gloria y del mito. En su lugar encontramos a honorables hombres hambrientos que ven como para mantener su honor intacto, los suyos tienen que literalmente morirse de hambre.

Tatsuya Nakadai
El film tiene escenas realmente brutales, y no precisamente de acción. En este film apenas hay lucha de espadas, y lo que planea por todo el film es un tono lúgrube y siniestro que prefigura lo que vendrá al final. Además habría que verlo como metáfora de los nuevos tiempos que se avecinaban en el Japón de la era Meiji, donde los nuevos samuráis son sólo fachada y apariencia. No hay tampoco en este film actores conocidos para un espectador europeo, al que normalmente sólo le suena Toshiro Mifune. Sin embargo, en el papel del viejo samurai Hanshiro Tsugumo, el actor Tatsuya Nakadai transmite como pocos la amargura y el desencanto del fin de una época que lamentablemente le ha tocado vivir.
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