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Críticas de Luis Guillermo Cardona
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2139 críticas
6
1 de agosto de 2010
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pocas cosas dejaron tan mancillada la dignidad del Sur de los EEUU, como la perdida Guerra de Secesión. El afán de preservar la esclavitud con argumentos tan necios como que los esclavos querían ser esclavos o que la vida que llevaban sirviendo a los blancos no podía ser para ellos más encantadora, sólo tenía un asidero en el absurdo y en el decir de algunos humildes negros que se sentían agradecidos por tener una vivienda y algo parecido a un hogar.

Es cierto que no todo el mundo los trataba mal, pero también es cierto que la gran mayoría fueron explotados, abusados y tratados como animales. Y, el sólo hecho de no poder decidir que hacer con la propia vida, es una violación a la dignidad y a la integridad humana.

La película de John Ford, parte de hechos semibiográficos contados por Irvin S. Cobb, un sudista decidido a exaltar los gestos humanitarios y el compromiso contra la intolerancia de un político de su pueblo al que él ha llamado el Juez William Priest. Se trata de un hombre justo y compasivo, pero que ve con naturalidad el tener a dos esclavos en su casa a quienes trata, eso sí, en muy buenos términos. Ford, por su parte, deja sentado su aire sumiso y decididamente tonto, características que, en nada favorecen a la raza negra, y que se suman al sentir del muy querido presidente Lincoln, el cual era justo… pero limitado.

Estas fueron palabras del antiesclavista mandatario dirigiéndose a los negros en 1862:”Vosotros y nosotros somos razas diferentes. Aún cuando dejéis de ser esclavos, estáis muy lejos de poder estar en igualdad con la raza blanca. No obstante, no hay ninguna razón en el mundo que deniegue a los negros todos los derechos naturales incluídos en la Declaración de Independencia (el derecho a la vida, a la libertad y a la felicidad)”. En buen español, esto significa: Ustedes merecen ser libres, pero recuerden que son inferiores. Así, a la lucha contra la esclavitud, le quedaba faltando el entendimiento de que todos los hombres somos iguales en capacidades para el desarrollo, para la socialización y el afecto. Pero, siglos de exclusión, de subestimación y maltrato contra una raza, es obvio que la hagan aparecer como si fuese tonta… Lo mismo le sucedió por mucho tiempo a las mujeres.

“EL JUEZ PRIEST” es otro esfuerzo por resarcir la perdida dignidad sureña. Hace eco de la tolerancia, confronta las actitudes clasistas, reivindica la justicia en igualdad para todos y ve con "simpatía" a los afrodescendientes. Esto se le reconoce y resulta plausible, pero, cuando exulta la “grandeza del sur” en su lucha contra quienes querían abolir la esclavitud, huele a mentecato sentimiento con puros afanes de distorsionar la objetividad y de mantener anclado el progreso de la humanidad en su avance hacia la unión y la igualdad de todos los hombres.

Su remake, “El sol siempre brilla en Kentucky”, pondría las cosas mucho más en su lugar, y sin duda, con mayor acierto.
Luis Guillermo Cardona
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10
15 de mayo de 2010
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un hombre íntegro, con principios, y predispuesto siempre a la búsqueda de la lucidez existencial, sólo le debe lealtad a Dios, al amor y a la verdad. Pero, un rey, aferrado a los privilegios del poder y del vasallaje, sólo le deberá lealtad al sostenimiento de su trono a como dé lugar, pues cuando se cae en la trampa de la “superioridad”, es más fácil traicionarlo todo que renunciar a la “grandeza”.

Lo extraño, y a la vez admirable, en este maravilloso filme dirigido por Peter Glenville, es que vemos al rey, Enrique II, como un hombre que reconoce la amistad donde ésta se da y la valora casi hasta el límite de sus propios intereses.

La relación que se da entre él y su amigo, canciller, y luego su arzobispo de Canterbury, Thomas Becket, contiene el más notable, conmovedor y entreverado conflicto de emociones que hayamos visto por mucho tiempo en una obra cinematográfica. Diálogos agudos, profundos, capaces de sustraer la dualidad que se agita en el hombre conteniendo su grandeza y su fragilidad. Unas actuaciones vividas hasta rozar las entrañas de sus personajes (magníficos Peter O´Toole y Richard Burton); una recreación histórica de gran rigor, y el más impecable registro fotográfico por parte de Geofrey Unsworth.

Lo que resplandece en el filme son dos seres humanos con todas sus contradicciones, sus matices y su capacidad de enfrentar al mundo para defender una amistad que, en el ejercicio de lo que es justo, quizás encuentre sus propios límites. La obra da para trascender la epidermis de sus gloriosos personajes, y permea el alma, presiente el corazón y teje un hecho “histórico” que merece recordarse para siempre.

Estamos en el siglo XI. Se vive una época de confrontación entre los Normandos quienes detentan el poder con un régimen de opresión harto excluyente, y los Sajones (pueblo de origen germánico que se estableció en Inglaterra desde el siglo V), que repelen, sin mayores recursos, a un rey que es “un eterno adolescente atento sólo a sus placeres”. Pero, cuando el poder pretende jugar con la voluntad de los seres humanos, llegará el momento indefectible, en que se llevará las más extrañas e inesperadas sorpresas.

“BECKET” es cine esplendoroso que renueva el sello de la perennidad al arte cinematográfico.
Luis Guillermo Cardona
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9
22 de marzo de 2010
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un guión lleno de sutilezas escrito a cuatro manos entre David Newman y, el luego calificado director, Robert Benton, en el cual la frase mordaz, sutil, manipuladora o hipócrita, tienen una alta resonancia. Una puesta en escena de contundente precisión para dar cuenta de las particulares, y a ratos difíciles, condiciones carcelarias del siglo XIX. Un conjunto de actores elegidos con la precisión de un viejo relojero, para que cada personaje tenga vida propia y represente a especímenes muy concretos de nuestra sociedad. Y una historia que, por más ambientada que pueda estar en 1883, en el Penal Federal de Yuma, no es otra cosa que la fidedigna recreación de la ambición, la corrupción y el egoísmo a ultranza que prevalecen siglo tras siglo y año tras año, con gran asiento en las instituciones oficiales. Todo esto, hace de “EL DÍA DE LOS TRAMPOSOS” un filme digno de los mayores reconocimientos.

Se trata aquí de un duelo de inteligencias (ejercicio previo para ese brillante derroche de lucidez que luego fuera “La Huella”) entre dos hombres que ven la vida desde dos polos opuestos: Paris Pitman desde la delincuencia: es atrapado luego de robar ¡quinientos mil dólares! a un soterrado voyeurista. Y Woodward Loperman, el nuevo alcaide de la prisión, quien llega con los mejores deseos de mejorar las condiciones de los presos. Ambos tienen liderazgo, un genio agudo, se respetan mutuamente y crean una suerte de alianza para que la prisión funcione con la mayor altura. Como detalle curioso y digno de reflexión, observamos que a Pitman le atraen las serpientes y Loperman cojea con su pierna derecha.

Entre ellos, un cúmulo de significativas situaciones se va presentando, y la historia adquiere un tinte de humor cáustico y de sorpresa en ciernes, que hace de esta obra una grata experiencia y una perfecta demostración del enorme talento que demostró siempre Joseph L. Mankiewicz.

Kirk Douglas y Henry Fonda recrean poderosamente a esos dos símbolos de la metamorfosis humana. Y el resto del reparto, en especial Meredith y Cronyn, imponen una vigorosa facilidad interpretativa que se conserva a la altura de aquellos dos grandes protagonistas.
¿Qué habría sido del Western, me pregunto ahora, sin actores como Cooper, Stewart, Peck… o Douglas y Fonda que irradiaban un magnetismo absolutamente envolvente?

Creo que, con “EL DÍA DE LOS TRAMPOSOS” el western que, por entonces (años 70), había iniciado ya su lento ocaso, tuvo otro grato respiro y una obra de merecida permanencia.

La diferencia esencial entre un político y un condenado es sólo cuestión de tiempo, y radica en que aquel todavía sigue afuera, mientras que éste ya se encuentra preso.

Título para Latinoamérica: “EL FINAL DE UN CANALLA”
Luis Guillermo Cardona
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9
30 de octubre de 2009
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
La familia es el corazón de la sociedad, pues es dentro de ella donde comienza a palpitar el amor, donde fluye la sensibilidad y donde se manifiestan los demás valores que nos permiten establecernos como seres integrales e íntegros. Es la familia la que nos permite superar la incompetencia de los primeros años y es la que nos da las principales herramientas con las que enfrentaremos al mundo en los años subsiguientes. La familia es sostén, complemento, cooperación, participación y es la base desde la que podemos visionar, en micro, la sociedad de la que luego haremos parte. De aquí, la importancia enorme que tiene el poder existir en una familia sólida, respetable, amorosa.

La gran virtud de esta película – y del libro “Mujercitas” de Louisa May Alcott en que ésta se basa – es, precisamente, que recrea con honda sensibilidad y con una lírica sutil y entrañable, los pormenores de una familia de mujeres (cuatro hermanas adolescentes, su madre y su abuela), cuyo padre se haya, por entonces, participando en la Guerra Civil. Entre ellas, presenciaremos un magnífico ejercicio de convivencia, respeto, compañerismo, solidaridad… en un ambiente donde también llega el dolor, el conflicto… y la pérdida. Pero ellas, con su fortaleza espiritual y su profundo amor, consiguen aceptarlo todo y trascenderlo todo, que, al fin y al cabo, todo pasa, la vida siempre recupera su cauce y nos devuelve luego la armonía cuando nos preservamos firmes ante las crisis que llegan.

George Cukor logra la trascendencia con un filme de gran belleza visual, excelentemente fotografiado y con una ambientación impecable que preserva la totalidad de la historia en un tono romántico y cálido que nos toca muy adentro. Las actuaciones son, en general, muy ajustadas, y sobre todo, los personajes de las hermanas resultan plenamente encantadores. Katharine Hepburn da la impresión de que se estuviese representando a sí misma pues, el personaje le calza a la medida. Como ella, Josephine March es impetuosa, definida, anticonvencional, libre, “un espíritu inquieto” como la define el políglota profesor Bhaer, en quien hallará la fuerza trasparente que necesita para sentirse ella.

Otras versiones cinematográficas – anterior muda, en 1918, bajo la dirección de Harley Knoles y posterior, en 1949, dirigida por Mervyn LeRoy - se han hecho de “Mujercitas”, pero, creo que “CUATRO HERMANITAS”, permanecerá como la más eficiente, edificante y emotiva versión del libro de Miss Alcott.

Como dice Gary Zukav en su bello libro “El Lugar del Alma”:

“Tenemos muchas cosas que hacer juntos. Hagámoslas en sabiduría, amor y alegría. Hagamos de ello la experiencia humana”
Luis Guillermo Cardona
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10
9 de marzo de 2009
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tres pesos pesados son los responsables de esta obra maestra del cine negro: James M. Cain autor de la novela “Doble Indemnización”, el especialista en tramas policíacas Raymond Chandler y el genial director austríaco Billy Wilder. Y lo que tenemos es una telaraña, tan fina y cuidadosamente construída, como la mejor red que pueda tejer una viuda negra.

Walter Neff es un exitoso vendedor de seguros quien, buscando renovar unas pólizas de autos, conoce a Phillys Dietrichson, la esposa de uno de sus clientes. Su tobillo lo deja fascinado (bueno, pudo ser cualquier otra parte de su cuerpo, pero en aquella época había que acudir a cualquier sutileza para eludir a la absurda censura) y el hombre pronto cae en la trampa que le tiende la señora, valiéndose de su tobillo y de otros rubios encantos.

Juntos, se disponen entonces a deshacerse del, según ella, descuidado, maltratador y borrachín marido, y el amigo Neff planea una estrategia donde calcula de tal manera cada paso que ha de seguirse, que todo hace presumir que de aquí resultará el crimen perfecto.

Los hilos del destino intervendrán previamente con el ánimo de sacarlo de aquel oscuro sendero que ha tomado, y Barton Keyes, técnico de reclamaciones de la compañía, quien siente por Neff un especial aprecio, le ofrece un puesto de oficina que Walter ni siquiera analiza y lo rechaza de inmediato.

Wilder, con su particular maestría narrativa, nos da cuenta luego de la indefectible crisis de nervios que produce el transgredir la conciencia, el delirio de persecución que pone a sudar ante cada persona que llega y la sensación, poco creíble pero absolutamente cierta, de que nada se encuentra oculto bajo el cielo.

Pronto, los hilos de la fina telaraña comienzan a ceder y el cardona Heyes hace acopio de toda la sagacidad, la pericia y la malica indígena que le proporciona el enanito que lleva por dentro y nos sorprende a cada instante con nuevas argmentaciones que lo ponen cada vez más cerca de la meta.

Billy Wilder nos brinda un entramado con diálogos elegantes, sutiles y precisos en cada una de las frases que brota de sus protagonistas, y la puesta en escena no descuida detalle alguno para generar suspenso, lecturas de segunda vista y un clima de intriga que nos mantiene pegados a cada plano que se va sucediendo.

Este es el cine que permanece, que recordaremos siempre y que no nos cansaremos de recomendar, porque cultiva una buena formación, nos permite acceder al entendimiento de la existencia y nos produce un disfrute incomparable al aguzar la inteligencia.

Billy Wilder es otro de los grandes… síguele la huella.

Título para Latinoamérica: “PACTO DE SANGRE”.
Luis Guillermo Cardona
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