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Críticas de: Luis Guillermo Cardona
1616 críticas (Ver todas por título)
Ordenadas por:
8
8 de octubre de 2014
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Después de haber tenido alguna experiencia como actor de teatro y de haber dirigido él mismo unas cuantas obras, la década de 1960 la inició, Peter Bogdanovich, escribiendo diversos libros sobre el trabajo de notables directores como Fritz Lang, Allan Dwan, Orson Welles y John Ford. A este último, lo tenía en tan alta estima que hasta le hizo posteriormente un documental titulado “Dirigido por John Ford” (1971) en el que hace alto encomio de su labor cinematográfica.

La admiración por estos y otros grandes directores, se verá ampliamente reflejada en su siguiente realización, titulada “LA ÚLTIMA PELÍCULA”, la cual se basa en la obra homónima y semiautobiográfica de Larry McMurtry, con quien Bogdanovich escribiría la adaptación final. Los homenajes empiezan incluyendo en el reparto a Ben Johnson -una vieja estrella del rodeo y doble en numerosos westerns- a quien Ford había dado roles cada vez más importantes en títulos como “”Three godfathers”, “Río Grande”… y “Wagonmaster”, cuyo cartel veremos en el Cine Royal, la sala que tiene una gran importancia dentro de la historia. Aquí, Johnson es Sam el león, un rol que interpreta con profunda entrega y que, por su calidad humana, le valdría el premio Oscar como Mejor actor de reparto.

Después, la ambientación y la fotografía nos traerán a la memoria títulos fordianos como “The sun shines bright” y “The grapes of wrath”. En las proyecciones que se hacen en la sala de cine, además de un homenaje a Vincente Minnelli en “El padre de la novia”, también se rememorará a Howard Hawks con su “Río Rojo”, y Allan Dwan será recordado con el cartel de “Las arenas de Iwo Jima”… y así, el filme desborda una marcada cinefilia en medio de una historia que muestra la vida íntima de un grupo de personas que, en los años 1950, habita en un olvidado pueblo de Texas.

Muy centrada en las necesidades sexuales y afectivas de sus protagonistas, el filme comprueba que no era precisamente el pudor lo que abundaba en aquellos años y que las cosas no han cambiado mucho de un siglo a otro en estos aspectos. Por lo demás, se logra plasmar algunos caracteres muy humanos y significativos como el de Ruth Popper (magnífica Cloris Leachman), la frustrada esposa que, con el pupilo de su marido -el entrenador de rugby-, consigue calmar sus días desolados. Muy interesante también la personalidad de Sonny Crawford (Timothy Bottoms en sus mejores momentos), el chico de buenos sentimientos que aún no logra distinguir entre la lealtad y sus deseos primarios. Y, entre otros, conmueve Jacy Farrow (debut de la linda Cybill Shepherd, quien se convertiría en compañera sentimental del director) la insensata muchacha que, sabiéndose la más linda del pueblo, también ansía demostrar su liderazgo en otros menesteres.

Son estos, reflejos humanos que se parecen a muchos de nosotros o a seres muy cercanos y que, por su liviandad, quizás terminen haciendo parte de las cosas que, a cada instante, se lleva el viento. Pero contra todo, en algún corazón habrán dejado huella… y para cada uno de ellos será, ésta, la justificación de su paso por la vida.

Peter Bogdanovich se anota con este filme uno de los momentos más sensibles de su carrera.
Luis Guillermo Cardona
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10
1 de octubre de 2014
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta podría ser la historia más convencional del mundo: Los casados que son infieles. Y su desenlace podría ser, como en la mayoría de estas historias, algo que al común de la gente le encanta: ¡El severo castigo! Podría anticipar que esta historia tampoco está exenta del castigo, pero no… esta No es una historia convencional y no está dispuesta a complacer a nadie, excepto al Amor y a la Justicia magnánima.

“La copa dorada” es una novela que escribió el estadounidense, Henry James, en 1904, y uno de sus más grandes méritos como obra literaria –inalcanzable en el cine- es que permite que, como lectores, podamos ahondar tanto en el sentir más íntimo de sus protagonistas, que llegamos a saber muchísimo más de cada uno de ellos, que lo que llegan a saber el uno de los otros. Y como regalo supremo, acude a un recurso final que rompe, rotunda y magníficamente, con los patrones convencionales.

Saltándose un poco al autor de la novela en su adaptación cinematográfica, el director James Ivory –quien por tercera vez toma como base literaria una obra de James-, nos tiende una reveladora trampa al ilustrar la manera como los antepasados del príncipe Amerigo actuaban ante la infidelidad. Después –y como el autor- nos deja conocer las grandes virtudes que posee el estadounidense Adam Verver, un multimillonario coleccionista de arte quien luce como un verdadero galantuomo (caballero), palabra en uso de su yerno el príncipe Amerigo, y como un hombre bondadoso, en el decir de su hija Maggie que le adora y quien ahora está casada con el príncipe. Por su parte, la joven, bella y delicada Maggie, es la suerte de mujer apegada pero independiente, con una capacidad muy alta de aceptar todo cuanto tiene a su alrededor y con una intención de no hacer daño a nada ni a nadie, como si entendiera a la perfección el secreto de la existencia… pero, en Inglaterra, a ambos les espera su gran reto.

Empero, ante la relación de amantes que, desde antes de casarse, sostiene Amerigo con Charlotte Stant -la ahora esposa de su padre- sutiles detalles van trazando lo que pareciera ser a futuro –y no muy lejano- una calculada y terrible venganza. El veneno va entrando en nuestras venas… comenzamos a pensar en la posible forma como Verver va a cobrarse la felonía… se nos recuerda de nuevo lo que hizo el duque con su hijo y con su esposa cuando los descubrió juntos en el lecho nupcial…Y lo que sigue, quizás llegue a avergonzarnos, y a quienes guardan pesados y muy duros sentimientos en sus corazones, de seguro conseguirá decepcionarlos, porque Henry James –y Ivory lo transmite de manera fidedigna- ha aprendido que hay una forma prístina y profundamente sabia de hacer justicia, que nada tiene que ver con lo que nos enseñan y repiten a diario los tribunales, las instituciones militares y los hombres del rebaño.

De brillante manera, “LA COPA DORADA”, símbolo ésta de comunión (común–unión) y de que una pequeña grieta (herida) puede ante los ojos de un observador tolerante pasar desapercibida –por eso es Amerigo y no Maggie quien la descubre- trastoca lo convencional y nos ofrece una alternativa de vida que, sin exageración alguna, puedo decir que es la única que podría permitirnos trasegar por la existencia como está esperando, el Padre Universal, que un día Todos lo hagamos. Porque es ese el instante en que este mundo desaparecerá como por encanto, ya que al fin habremos visto lo que, teniéndolo ante nuestros ojos, no hemos podido ver.

Porque, solo triunfan en la vida los que ejercen de manera indeclinable la virtud, y porque el amor acoge a los que tienen el valor de redimirse, “LA COPA DORADA” es un privilegio de novela y de película que tienes que concederte.

Título para latinoamérica: “NUESTROS AÑOS DORADOS”
Luis Guillermo Cardona
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6
25 de septiembre de 2014
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Durante el largo tiempo que pasó en Europa, el escritor americano, Henry James (New York, 1843), tuvo muchas ocasiones de apreciar comparativamente las costumbres y particularidades de una y otra cultura, habiendo sido éste el tema central de varios de sus cuentos y novelas, en donde un personaje americano (hombre o mujer) viaja a algún país del viejo continente y allí tiene una intensa –y por lo demás notable y/o conmovedora- aventura.

Sobre este eje narrativo, donde la inocencia, las ansias de vivir o la buena voluntad, chocan con el arribismo, los prejuicios extremos o la traición, se han desarrollado títulos tan sobresalientes como “El americano”, “Daisy Miller”, “Las alas de la paloma”… y por supuesto “Retrato de una dama” (1881), otra de las trascendentales novelas que hicieron de James, una de las figuras claves de la literatura de los últimos siglos.

Con grandes conocimientos sobre la psicología humana, de seguro influido por su hermano mayor, el renombrado psicólogo William James, en “RETRATO DE UNA DAMA” también se logra ahondar en el carácter de una muchacha americana llamada Isabel Archer, quien al recibir una jugosa herencia y convertirse en una mujer bella, rica e inteligente, la pone en la mira de Serena Merle, quien se convence de que es la suerte de mujer que debería conquistar… su amante, el inglés Gilbert Osmond. Así, se abre la puerta para el drama de una muchacha muy apetecida que esperaba encontrar por fin la felicidad… y de pronto, se ve metida en un infierno de ambiciones y malos tratos del que parece bien difícil que pueda sobrevivir.

En manos de la directora neozelandesa Jane Campion, quedó la realización de esta película que se sostiene por la brillante historia que nos ofrece James; por una atractiva fotografía que deja ver el esplendor de los paisajes europeos en verano y en invierno; por una banda sonora que refuerza con efectividad las imágenes; y por unas muy buenas actuaciones de Nicole Kidman, cuyo rostro ilumina cada plano en el que aparece; John Malkovich, el hombre dispuesto a lo que sea necesario para aumentar sus caudales; y entre otros, Barbara Hershey, con una madurez muy bien llevada y cuyo personaje es una suerte de perverso titiritero tras la cortina. Pero el excesivo metraje, alargado mediante desplazamientos innecesarios y una que otra situación de ninguneada relevancia -con el claro propósito de convertir el filme en un fuerte y extenso drama de época (oscarizable)-, más el enclaustramiento en ambientes de poca complementación narrativa y la gelidez de muchos encuentros, terminan por generar un demérito notable en un filme que lo tenía todo para ser una obra bien importante.

Un reconocimiento a la dama española (¿Quién es?) que dobló a Nicole Kidman, cuya voz ya he oído en otras películas y me resulta fascinante. Y para reflexionar, una frase de Mark Touchett dicha en el filme: “Una persona es rica cuando consigue satisfacer los deseos de su imaginación”.
Luis Guillermo Cardona
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8
2 de septiembre de 2014
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Resulta bastante satisfactorio leer a un autor como el estadounidense Henry James (1843-1916) ya que se trata de un gran conocedor del alma humana, y como otros grandes autores, también James sabe llegar a lugares muy profundos en la psicología de sus personajes. Sus historias te envuelven enseguida y sus personajes se conectan contigo irremisiblemente, porque siempre terminas comprendiéndolos y empatizando con ellos desde muy adentro.

“Washington square” (llevada al cine como “La heredera”), “Daisy Miller”, “Las alas de la paloma”… hasta su cuento “Otra vuelta de tuerca” (The turn of the screw, 1898), son solo algunos ejemplos de obras que han trascendido y que tienen ya un merecido lugar en la literatura universal.

Con varias versiones cinematográficas después del éxito logrado por Jack Clayton, quien lo ha adaptado de manera bastante fidedigna y con unos logros visuales e interpretativos de primera línea, “Otra vuelta de tuerca” ha despertado ya bastantes polémicas entre los críticos literarios, que han visto en ella una historia que hace factible una doble lectura (¿ve realmente los fantasmas la institutriz o está padeciendo una neurosis alucinatoria?) y hay quien piensa que la historia contiene implícitos (latentes) un sartal de perversiones que el escritor sobrepasa con bastante sutileza.

La institutriz -cuyo nombre nunca se menciona en el libro, pero en el filme se llama Miss Giddens-, es quien cuenta en primera persona, su experiencia como institutriz de dos niños (Miles de 10 años y Flora de 8) cuyos padres han fallecido, habiendo quedado ellos a cargo de un tío rico que mantiene un profundo afán de no saber nada de ellos, aunque siempre se asegura de que estén en buenas manos para lo cual los tiene en una "paradisíaca" finca, con una gran casona y suficientes empleados a su disposición. Pero, lo que empieza como un regalo de la vida… pronto se complicará cuando la institutriz se entere (y anuncie) de la presencia del anterior jardinero y de la institutriz a la que ella ha reemplazado, en circunstancias que quizás ericen la piel.

Tanto literaria, como cinematográficamente, el cuento está muy bien desarrollado en sus aspectos psíquicos, emocionales y paranormales, logrando despertar en nosotros extrañas sensaciones y desenvolviéndose con un suspenso bastante sugestivo. En lo que a mi respecta, me sumo a los que creen que la institutriz realmente ve lo que ve, pues en el libro hay diversos detalles que así lo confirman -incluida la propia visión de la señora Grose, el ama de llaves- y en la película se nos permite ver lo que la protagonista ve. Y al ser directas y objetivas estas imágenes, resultan incuestionables.

Deborah Kerr –aunque tiene bastante edad con relación a la joven que se describe en el cuento- logra un rol bastante satisfactorio, logrando demostrar que, con compromiso y entereza ante la labor que se lleva a cabo, es posible enfrentar cualquier escollo que se presente en el camino. Puede que no siempre se acierte, pero se queda con la seguridad de haber hecho las cosas con el mayor empeño.

También, Pamela Franklin, logra ser muy convincente como la pequeña que mantiene viva la confianza en la institutriz, y Martin Stephens, logra un sorprendente Miles, cuyo aspecto físico, malicia y refinada cultura, nos da la sensación de estar ante un adulto de pequeña estatura.

Nos queda cierta desazón con la manera como el escritor -y el director- resuelven la historia, pero sin lugar a dudas, se trata de una narración que vale la pena leer, ver y discutir.

Y si no crees en fantasmas… ¡créelo y los verás!

Título para Latinoamérica: “POSESIÓN SATÁNICA”
Luis Guillermo Cardona
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4
24 de agosto de 2014
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
El agregado militar de la embajada de Sylvania en París, el conde Alfred Renard, ha venido llevando una vida licenciosa involucrándose con mujeres casadas… y tras ser sorprendido en ¡un último y deshonroso hecho!, es obligado a volver a su país, donde deberá presentarse ante su majestad Louise I, quien, por estos días, viene siendo acosada por los miembros de su Consejo para que contraiga matrimonio, porque han visto con sorpresa como, cada pretendiente, ha sido despachado por ella sin esperanza alguna. Convenciendo a todo el mundo de que no es por falta de atractivos que no se ha casado, al conocer a Renard, quien espera ser condenado, la reina lo encuentra un don Juan bastante seductor (¿?)… y así tendrá comienzo la primera historia de amor entre una reina y un plebeyo, en la que la mujer manda y el marido… por haberse convertido en príncipe consorte con mil obligaciones y ningún derecho –y según lo ha jurado ante el altar- deberá ser dócil y obediente ante cualquier orden que dé la soberana.

“EL DESFILE DEL AMOR” es un semi-musical bastante ligero, con un guión que nunca levanta el suficiente vuelo y con unas actuaciones que no mueven ni una sola fibra, pero que, sin embargo, trajo suerte a muchos de los que intervienen en él: Fue el primer filme sonoro del director Ernst Lubitsch, tras haber realizado ya una decena de títulos silentes en su nueva etapa en los Estados Unidos de Norteamérica. Para el chansonnier, Maurice Chevalier, fue el filme que lo hizo famoso en el nuevo continente. Significó el debut cinematográfico de la atractiva y excelente cantante, Jeanette McDonald, quien, desde entonces se convertiría en pareja de Chevalier en tres títulos más. Representó el encuentro del guionista húngaro, Ernest Vajda, con el director alemán, colaborando con él, desde entonces, en cinco títulos de cada vez mayor relevancia… y nos dio ocasión de volver a ver el inolvidable rostro del comediante, Ben Turpin, aunque solo fuera en un solo plano que nos llenó de nostalgia al poder recordarlo en sus locas comedias dirigidas por Mack Sennett.

Pero, Lubitsch no ha estado aquí tan acertado como hubiéramos querido, pues el filme luce sin compromiso; su toque apenas se descubre en la abundancia de puertas y en algunas poses sexys de la protagonista; a los diálogos les falta sabor y picardía; no hay en el romance de la pareja contacto íntimo (para los mal pensados, léase verosímil empatía), ¡sus besos abajo del labio lucen requetemalucos! Las canciones… una sí… y otra no… una sí… y el resto no. Y creo que la mejor es, sin duda, la que cantan Lupino Lane (Jacques el fiel mayordomo) y Lillian Roth (Lulú la coqueta doncella).

No obstante, el filme obtuvo la mayor cantidad de nominaciones (seis) a los premios Oscar… aunque no se llevó ninguno. ¿Tan bajitas andaban las cosas en aquel año?
Luis Guillermo Cardona
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