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Críticas de Luis Guillermo Cardona
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1939 críticas
8
4 de septiembre de 2012
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Enfermera y pianista, pero sin experiencia alguna en la educación de niños y menos aún de niños especiales, Jean Hansen se arriesga a solicitar empleo en el instituto Crawthorne… y para su suerte, el Dr. Clark decide contratarla. En silencio, pero con clara inconformidad, la mujer ya madura comienza a darse cuenta de que la base formativa del director-psiquiatra se centra en la norma y en la disciplina, entendida ésta como el ejercicio riguroso de la norma. Por su parte, el Dr. Clark comienza a notar que, entre Jean y un chico recién llegado llamado Reuben, se está dando una relación demasiado estrecha, marcada por el paternalismo y la sobreprotección, claramente diferenciable de su relación con los demás muchachos.

Estas actitudes producirán un necesario choque, pero abrirán un espacio de discusión en los métodos formativos de la institución. ¿Cómo se debe tratar a un niño especial? Es la pregunta que comienza a surgir en la cabeza de los empleados, más, cuando aquel espacio es de los primeros que se ocupan profesionalmente de aquellas insuficiencias por mucho tiempo ignoradas y peor tratadas. Y a esto se suma que el pequeño Reuben, en palabras del Dr. Clark: “Es uno de nuestros más espectaculares fracasos”.

El productor Stanley Kramer, parecía interesado en dirigir él mismo este significativo guión de Abby Mann que, tras su efectivo trabajo juntos en “El juicio de Nuremberg”, el escritor acababa de ofrecerle. Pero, al final optó por entregarlo al director de la renombrada “Sombras“, John Cassavetes, para que tomara el timón. Como era de esperarse por su trayectoria como realizador, Kramer se permitió ciertas injerencias al serle entregada la película e hizo algunos cortes buscando que primara su tesis de que, lo correcto con los niños especiales, es tenerlos en una institución donde se socialicen con sus iguales y la cual se dedique particularmente a sus problemáticas. Mientras que, Cassavetes, defendía la idea de que “los niños deben ser aceptados tal como son, pues su vida tiene un sentido y un significado. La tragedia la creamos nosotros con la manera como interpretamos sus diferencias”. Por lo tanto, se entiende, se trata de acogerlos en sociedad sin aislarlos de manera alguna. Al final, la película logra contener las ideas de ambos, y desde mi punto de vista, creo que las dos proposiciones tienen sus pros y sus contras, y creo que debe ser el niño especial quien determine donde se siente más cómodo.

Como rara vez ocurre en este cine-escuela, se crea en “ÁNGELES SIN PARAÍSO” un punto de equilibrio entre los caracteres del director y la instructora, pues al final, quizás comprenderemos que lo justo es tratar a los niños especiales con ciertas normas, pero con amorosa autoridad.

Nos conmueve la frágil condición conque, después de tantas vicisitudes en su vida privada, Judy Garland asume este rol que nos la devuelve satisfactoriamente en su penúltima película. Su rol, como el de Burt Lancaster, resulta con bastante calidez como para que podamos sentir por ellos un especial afecto.

Título para Latinoamérica: “UN NIÑO ESPERA”
Luis Guillermo Cardona
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8
1 de septiembre de 2012
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
A la edad de 12 años, el director francés, Louis Malle, era un chiquillo que estudiaba en un colegio católico de Fontainebleau. Por entonces (1944), el ejército alemán se hallaba posicionado en Francia, trayendo cada día, dolor, infamia y tragedia a una aterrorizada Europa que parecía no aguantar más. Sin embargo, en aquella campestre institución educativa nadie imaginaba que, los efectos de la guerra, podrían llegar hasta ese grupo de sacerdotes y niños que no tenían otro objetivo que el de cumplir con los planes formativos de la sociedad… pero llegaron.

Un grato y a la vez doloroso recuerdo, quedó grabado en la mente del pequeño Louis quien, años después, se convertiría en uno de los más representativos realizadores cinematográficos de la Francia libre. Había ya pasado por su mejor período, tanto en Francia como en los EEUU, cuando aquel viejo recuerdo vuelve a salir a flote, y entonces, se convierte en un nuevo filme realizado en su tierra natal con el título, “ADIÓS, MUCHACHOS”, que recibió varios importantes premios y fue muy bien acogido por la crítica especializada.

El lugar de los hechos, es ahora un convento carmelita donde funciona el colegio de niños St. Jean de la Croix y Louis Malle se llama Julien Quentin, un chico al que sabrá mostrarnos en sus aspectos más humanos, pero también en sus salidas en falso, sus impertinencias, y su difícil acomodo en la importante relación que sostiene con su compañero Jean Bonnet, quien, por diversas razones, marcará su vida para siempre.

Al filme lo favorece, sensiblemente, la manera sutil como Louis Malle va introduciendo, con pequeñísimos detalles, el ambiente de guerra en un clima que, en principio, no ofrece más conflicto que los leves roces que suelen darse entre los muchachos. Pero, cuando sabemos que el buen padre Jean es un hombre consecuente y comprometido, dispuesto a salvar la vida de unos cuantos niños, un clima de fuerte tensión comienza a sentirse en aquel espacio de la institución.

A mi manera de ver, el más relevante aporte que hace esta importante película, es que queda perfectamente plasmado el terrible absurdo de condenar, torturar y asesinar a un hombre, y sobre todo ¡a un niño!, por la incidental razón de haber nacido judío (o negro o indio o…). Porque surgen entonces un par de sencillas pero lógicas preguntas: ¿Es así como puede llegar a formarse una raza Superior?, ¿Habrá alguien cuerdo que así lo crea?

Jean Bonnet es un chico amable, un promisorio pianista y un sobresaliente estudiante. Su compromiso es con la vida, con la amistad y con un futuro de paz… pero por sus venas corre sangre judía ¿hay derecho alguno de que alguien piense en hacerle daño por esta “razón”?

En lo que puede lucir como un fuerte drama, Malle logra insertar momentos de alegría y de picardía juvenil, y hasta se toma tiempo para rendir homenaje a Charles Chaplin con una proyección de “El inmigrante”. De esta manera, se logra una historia de variopintas tonalidades, mientras se va tejiendo el sombrío manto que cubrirá el cielo con una de las mayores vergüenzas que se le ha causado a la humanidad.

Título para Latinoamérica:”ADIÓS A LOS NIÑOS”
Luis Guillermo Cardona
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6
31 de agosto de 2012
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando uno pregunta ¿por qué algunas personas nacen con discapacidades? Encuentra muchos tipos de respuesta. Si le preguntas a un médico, quizás te diga que la causal son ciertas deficiencias en el proceso de gestación. Si indagas con personas de ciertas sectas seudoreligiosas, de seguro te dirán que es un castigo que la persona recibe a consecuencia de la ley de karma. Y si le preguntas a un escéptico, es muy posible que afirme que eso se debe a que la vida es injusta. Lo que yo creo, es que los seres humanos –hijos Todos de un Dios Grande y Único- nacemos diferentes porque, para cada uno, el universo tiene planes diferentes. Y estoy seguro de que todos, absolutamente todos, son planes de la más alta relevancia. El hecho de que ciertas diferencias o carencias las asumamos como una desgracia, obedece tan solo a los modelos conceptuales que ordinariamente maneja una u otra sociedad, y por supuesto, a los patrones de personalidad que haya aprendido cada individuo.

En mi ocasional trabajo con discapacitados, he podido escuchar de labios de algunos frases muy acertadas: “No es el mundo el que tiene que adaptarse a mi –me decía un joven parapléjico-, sé que soy yo el que tengo que adaptarme al mundo, pues no son los demás sino yo el que luzco extraño”. Y una encantadora chica invidente confesaba: “La discapacidad te vuelve el primero en todo, te prestan más atención y siempre hay alguien dispuesto a ayudarte. De esta manera he aprendido a querer muchísimo a la gente”. Y puedo asegurarlo, la discapacidad es la escuela que la vida les brinda a ciertas personas, para que se preparen mediante la superación, a un maravilloso servicio que se les tiene asignado. De ellas mismas y de su entorno, dependerá que consigan llevarlo a cabo.

Marlee Matlin, la joven americana con hipoacusia severa desde los 18 meses, lo ha logrado: Ahora es una estrella, se ganó un premio Tony por su representación en la versión teatral de la obra adaptada luego al cine, y también como protagonista del filme de Randa Haines, se ha llevado el premio Oscar a la mejor actriz. Pero, infortunadamente, “HIJOS DE UN DIOS MENOR” no alcanza para mostrar sus logros como consagrada servidora en importantes instituciones de ayuda a los niños, y centrado en la obra de Mark Medoff, se dedica a enseñarnos a una preciosa joven de 21 años, con demasiada repulsa ante la vida por algunos hechos del pasado. Después, el filme se convierte en un romance entre el instructor y la alumna, donde escasos momentos logran poseer algún brillo, mientras el resto resulta como una nube a escasos minutos de la fuerte lluvia. Y para ser una historia donde se habla en LS (lengua de señas) hay excesivos diálogos, demasiado manoteo y tediosas “traducciones” cuando, en su comportamiento natural, esta clase de personas suele conseguir magníficos y expresivos silencios.

Una exigente actuación de William Hurt –quien también se merecía el Oscar, pero su premio fue quedarse con la actriz-, sus logros en el habla de algunos de sus alumnos y una notable banda sonora es, junto a la grata presencia de Marlee Matlin, lo mejor que puedo rescatar de un filme al que le faltó una dirección más fuerte y una historia con matices más iluminados.

Título para Latinoamérica: “TE AMARÉ EN SILENCIO”
Luis Guillermo Cardona
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10
27 de mayo de 2012
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Definitivamente, carácter es lo que un hombre necesita para poder trasegar con firmeza por la vida. Un hombre debe saber lo que quiere, creer con firmeza en lo que ha experimentado y defender contra todos lo que tenga por verdad. Probablemente, esto no le signifique muchos amigos, ni aplausos, ni prebendas… pero conservará algo que vale más que todo esto y mucho más: el honor y la integridad. Se puede alcanzar cualquier éxito en la vida, se puede llegar a poseer el mundo entero, y se puede tener en el bolsillo dinero por montones… pero si no se ha logrado con transparencia y dignidad, jamás serás feliz aunque logres que los demás así lo crean. Y esto por una sola y simple razón: porque tú lo sabes y sabes que Dios lo sabe.

Henrik Bergman es un modesto ser humano que ha sufrido ya bastante. Huérfano de padre, junto a su madre pasó por todo tipo de necesidades, y ahora vive en un frío y pobre apartamento donde se esfuerza por adelantar sus estudios de teología. La presencia de su adinerado abuelo, rogándole que vaya a ver a su abuela moribunda, sólo despierta en Henrik viejos resquemores y deja ver con claridad la posición que asume -y asumirá en adelante- frente a cierta clase social. Su prometida, la camarera Frida Strandberg, es el único solaz de Henrik en algunas noches, pero la vida pronto le llevará a conocer a Anna Akerblom… y una vida intensa, tampoco exenta de conflictos, pero con más brio y verdadero afecto, comienza a tener lugar en aquella Suecia de comienzos de siglo, donde la lucha de clases pesará más en su vida que el ejercicio religioso.

“LAS MEJORES INTENCIONES” es un filme para escudriñar interiores, para ver al ser humano desde sus emociones más íntimas, para sentirle con objetividad desde sus contradicciones, y para entender el brillante juego que nos propone la vida con los polos de luz y de sombra que indefectiblemente nos animan a unos y a otros. Lo grande y ejemplar en Henrik y Anna (finísima semblanza de los padres del renombrado cineasta Ingmar Bergman, autor del magnífico guión) es su infinita capacidad para trascender sus errores, para aceptarse el uno al otro con sus altas y bajas, y para seguirse amando por una razón bien relevante: ambos anhelan con fervor el bien común y el uno con el otro hacen un perfecto complemento.

El director, Bille August, resulta más que digno de la tarea encomendada, pues “LAS MEJORES INTENCIONES” resulta admirable por donde se le mire. A un guión inobjetable, se suma una efectiva puesta en escena (véase la precisa conjunción entre relieves vivenciales y clima), una fotografía enmarcable, una banda sonora fulgurante (Stefan Nilsson tan magistral como en “Pelle el conquistador”)… y un conjunto actoral sobresaliente. Para Pernilla August, Ghita Norby y Samuel Fröler mis mayores aprecios.
Luis Guillermo Cardona
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10
26 de mayo de 2012
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lasse Carlson ha quedado viudo, y ahora que siente que su juventud se ha marchado para siempre, le ha quedado un hijo tardío y unas condiciones económicas bastante difíciles. Pero él todavía se siente con fuerzas y su hijo Pelle es un pequeño de una vitalidad admirable, así que deciden salir de su tierra natal Suecia, para irse a Dinamarca donde creen que encontrarán mejores oportunidades. Al llegar a la isla de Bornholm, pronto consiguen trabajo en una granja donde reciben vivienda, alimentación y un modesto salario… y entonces, la realidad social con su eterna lucha de clases cargada de explotación, prepotencia, castigos infames, humillaciones y abusos, entran en escena para dejar bien clara la situación de enorme desventaja en que vivían los campesinos de finales del siglo XIX.

Basado en unos pocos capítulos de la inmensa novela “Pelle erobreren” del escritor danés Martin Andersen Nexos (1869-1954), el director Billie August nos brinda un verdadero fresco cinematográfico que resplandece con sus magníficas imágenes, su esplendorosa puesta en escena, su emotiva banda sonora con un bellísimo tema en los títulos de crédito y su excelente dirección de actores. Pero sobre todo, August se luce con su equilibrada adaptación, donde logra entender a plenitud los motivos de unos y otros, los matiza muy sabiamente… y así, consigue que veamos una serie de hechos sin que se nos anime a sentir odio por ningún ser en particular. Su mayor alegato apunta contra una sociedad plena, en la que aún hay lugar para toda suerte de agudas contradicciones y donde se truncan hasta las más pequeñas esperanzas de los seres más modestos.

Todavía resuenan en mis oídos aquellas esperanzadoras palabras del viejo Lasse a su hijo durante el viaje en barco: “Allí el brandy es casi tan barato como el agua, y los salarios son tan altos, que los niños no tienen que trabajar y pueden jugar todo el día con sus amigos”. Es triste, muy triste, cuando se comprueba luego que, en los países ricos, la miseria es mucho más grande porque hay dinero en abundancia, pero solo para unos pocos, y el calor humano parece perdido para siempre porque la ley que rige es la explotación infame del hombre por el hombre.

Magistral la interpretación de Max von Sydow. De antología la relación que sostiene con su hijo, estupendamente representado por Pelle Hvenegaard (el nombre fue pura coincidencia). Y hago reconocimiento de Björn Granath, muy efectivo en su papel de Erik, el acordeonista rebelde.

Este es el cine que permanecerá para siempre.
Luis Guillermo Cardona
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