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Críticas de Luis Guillermo Cardona
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2166 críticas
8
15 de septiembre de 2011
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta es la historia de un hombre con talento que pudo servir a grandes cosas porque era astuto, atractivo, bien hablado, con grandes dotes de seductor, ingenioso e intrigante, y quien, pese a su afán de prestigio y a su falta de escrúpulos para servirse de las damas, también tenía su aire de aprecio cierto con aquellos que le amaron sin condiciones.

Georges Duroy, es un francés que había estado en el 6° de húsares, lo que no significa absolutamente nada… o quizás sí, sobre todo si nos atenemos al origen húngaro de la palabra húsar (huszár: bandido de los caminos). Un día, en París, se encuentra por “azar” con su antiguo compañero de regimiento, Charles Forestier, y éste lo convida a que trabaje en el periódico donde él labora. Con la ayuda de Madeleine, la atractiva y muy bien puesta esposa de su amigo, Duroy aprende a desenvolverse pronto en la redacción… y de paso, sirviéndose por supuesto de su astucia periodística, inicia un incanzable ejercicio de seducción -Madeleine incluida- de cuanta dama distinguida pueda servir a su ambicioso deseo de ascender a la cima del poder.

Guy de Maupassant, ha escrito un libro que me gustaría volver a leer. Títulado “Bel Ami”, apenas recuerdo ahora su magnífica descripción de la sociedad francesa de finales del siglo XIX y el perfecto retrato que hacía del insaciable periodismo que, con excesos, se estaba convirtiendo en un temible cuarto poder. También recuerdo que, el personaje de Duroy, me resultaba digno de consideración y, como vemos en este calificado filme de Albert Lewin, consigue un puntual y oportuno gesto de redención que le devuelve su esencia humana.

Impecables diálogos cargados de cinismo y de fuerte carácter, una cuidada fotografía con efectivos contrastes de iluminación, y un complementario uso de objetos (la marioneta Cachiporra como símbolo de lo que hace Duroy en su camino. O la pintura “Las tentaciones de San Antonio” de Max Ernst que, aunque anacrónica, pues la historia transcurre entre 1880-1883 y Ernst pintó el cuadro en 1945, sirve para dar a madame Walter una luz sobre el verdadero carácter del ahora marido de su hija Suzanne), consolidan un filme en el que, quizás lo que más me gusta, es el efectivo contraste que hace Lewin entre la mujer de carácter (Madeleine) y la mujer sumisa (Clotilde). ¿Adivinen a quién preferirá finalmente Georges y por qué?

Aplaudo también que, por fin, Lewin haya entendido que debía prescindir de la narración que es un recurso literario con muy poco espacio en un arte fundamentado en la imagen. Pero sigue fuera de lugar que califique y condene de antemano a sus protagonistas, negando al espectador el derecho a determinar sus sentimientos frente a ellos y más cuando, una fundamental posición en Maupassant, era la de abstenerse de toda condena.

Título para Latinoamérica: “HOMBRE DE MUNDO”
Luis Guillermo Cardona
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8
10 de julio de 2011
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
He aquí uno de más los brillantes momentos que haya podido tener Jerry Lewis en toda su carrera. Funciona de maravilla como comedia, posee una preciosa puesta en escena, y su personaje principal es explicado psicológicamente con signos y detalles efectivamente elaborados.

El guión escrito para este filme, entre Jerry Lewis y Bill Richmond, es de una significación harto apreciable. Aunque la historia podría parecer bastante ligera, en realidad contiene un cúmulo de mensajes que sólo podrían surgir de alguien calificado y tan conocedor de los intríngulis humanos, como del juego de analogías.

Herbert H. Heebert acaba de graduarse con honores, y después de saludar a sus padres (un hombre apreciable y una madre horrorosamente maquillada, representada por él mismo = rechazo a lo que de ella hay en él), corre feliz a encontrarse con su prometida, pero la descubre besándose con otro hombre. Terrible decepción que lleva a Herbert a sentir odio por las mujeres y a jurar que jamás se casará. No obstante, veremos luego, en un excelente juego de imágenes, que nuestro hombre se cruza en diversos espacios, con varias preciosas y disponibles chicas, a las cuales rechaza de inmediato. Sin embargo, él sigue en el mismo lugar, lo que indica que está imaginando (impulsos reprimidos) lo que podría suceder. Y su ansia se complace (ley de atracción) cuando, al frente de donde se encuentra, descubre un anuncio donde se solicita a un joven soltero. Enseguida empatiza con la dama que lo atiende y el empleo es suyo. Katie es lo opuesto de su madre: cara amable y limpia de maquillaje que, de inmediato, le inspira confianza, y de hecho, en ella encontrará a una aliada incondicional hasta cuando arruina las invaluables colecciones de la anfitriona, la señora Wellenmellon (desprecio de la acumulación material).

Accederemos entonces a un majestuoso set de llamativos colores y en forma de vivienda con numerosas habitaciones, el cual deja al descubierto la forma como se estructura el rodaje de una película. De esta particular manera, Lewis pareciera decirnos que su filme no pretende servir a la alienación, anticipando así su siguiente trabajo, “Un espía en Hollywood”, donde dejará al descubierto la fantasía de la Meca del cine. En aquel lugar, tres H se llevará la sorpresa de su vida, porque, creyendo que sólo dos damas son las habitantes de esa mansión, cuando el todavía niño se levanta (después de dormir con la nalga erguida como bebé que quiere botar los gases)… descubre que son decenas de atractivas mujeres las que habitan el enorme espacio.

Vendrá entonces un largo proceso de compartir, hacer daños, dominar a los intrusos, dejar por el piso a la tv, provocar carcajadas… y descubrir los valores y los irresistibles encantos femeninos, hasta que entra en escena la fiera reprimida que permitirá presagiar un verdadero torrente.

No me cabe duda, esta es una comedia hecha para trascender.
Luis Guillermo Cardona
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7
20 de abril de 2011
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Philip Moeller es un nombre de escasa recordación como director de cine, pues sólo dirigió dos películas de modesta acogida en las taquillas: “La edad de la inocencia” (1934) basada en la famosa novela de Edith Wharton, llevada ya por tercera vez al cine y, “CORAZONES ROTOS”, adaptación de una historia de Lester Cohen en la que dirige a la inolvidable pareja Charles Boyer y Katharine Hepburn.

La labor creativa de Moeller tuvo sus más altas cuotas en el teatro. Fue fundador, junto a Lawrence Langner y Helen Westley, del famosísimo Theatre Guild de New York, y como director, dramaturgo y/o productor, estuvo en unas 70 obras de frecuente éxito en los mejores escenarios.

Cuando uno visiona “CORAZONES ROTOS” siente, muy pronto, que se encuentra frente a una historia de ligero trazado, apegada sin pudor alguno a la fácil fórmula: “Chico encuentra chica-Chico pierde chica-Chico recupera chica”. En términos argumentales, no hay novedad de tipo alguno y los hechos se adhieren, sin la más mínima objeción, a los cánones convencionales de la sociedad de entonces.

Podría bastar con esto, para sentir que estamos ante otra película digna del gigantesco promontorio del olvido. Pero, yo no lo siento así, y conste que abomino del hecho de que una mujer como Constance Dane – o cualquiera otra-, que se sentía amada y respetada como ninguna por un hombre emprendedor y brillante, un simple desliz, la lleve a manifestar tal exceso de orgullo y tan extrema valoración de la fidelidad, que sea capaz de permitir que suceda lo que sucede con aquel apreciado director de orquesta, conocido como Franz Roberti.

El principal valor que encuentro en el filme (adicional a su excelente música con exquisita partitura del memorable Max Steiner), se asienta en la dirección actoral, mérito sin duda de Moeller -quien se luce con la totalidad de los intérpretes- y de la enorme capacidad histriónica de ese par de grandes que fueron Katharine Hepburn y Charles Boyer. El romanticismo, la ternura, la profunda atracción, la decepción, la frustración y cualquier otro sentimiento, podemos respirarlos con ellos porque los hacen fluir desde lo más hondo de sus seres. Así, uno termina sintiendo lo que ellos sienten, y sus personajes se hacen tan vívidos que pareciera que fueras tú mismo quien está viviendo lo que allí sucede. Por enésima vez, me sentí enamorado de la adorable Kate, y cuando veía sus ojos inundados de lágrimas, sentí una vez más ese algo tan intenso y conmovedor que, en los últimos tiempos, sólo me lo han causado Charlize Theron y mi entrañable hija.

Para mí, esto es arte. Cuando entre la obra y el espectador logran desvanecerse todas las barreras hasta conseguir que se fundan en uno sólo, ahí está a plenitud la esencia artística y su más grande propósito.

Titulo para Latinoamérica: “CORAZONES EN RUINAS”
Luis Guillermo Cardona
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7
23 de enero de 2011
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dos años después de que, con aquella grata película titulada “El cantor de jazz” naciera el cine sonoro, Harold Lloyd se animó a incursionar en los parlantes y su debut lo tuvo con “¡QUÉ FENÓMENO!”. Para esto llamó al director Clyde Bruckman, quien hizo lo que pudo para preservar el arte visual del gran comediante, al tiempo que trataba de sacarle partido a la palabra hablada. Harold se acomodó fácilmente y el resultado es un filme muy divertido y con una historia bastante simpática.

El cuento empieza con un decidido homenaje a los hermanos Lumiére, haciendo una toma exacta de “La llegada de un tren”. Entre los pasajeros está Harold Bledsoe, un muchacho con un gran espíritu de servicio, lo cual comprobamos en el momento en que el tren llega a Newbury pues, antes de apearse, él hará unos cuantos favores sin que se lo pidan.

El destino lo pondrá luego camino del amor cuando, de insólita manera, conoce a la mujer de sus sueños, la adorable Billie Lee (representada por Barbara Kent, una encantadora actriz con quien volvería a aparecer en su siguiente película “¡Ay, que me caigo!” y quien es hoy la mujer más longeva del mundo del cine, pues nació el 16 de diciembre de 1906… y a esta fecha continúa viva). Con ella vivirá, en principio, una deliciosa aventura a lo Buster Keaton, donde los modales se dejan a un lado para dar paso a los equívocos.

Hijo de un renombrado policía, Harold se convierte luego en el hazmerreír de la Estación -a donde llega para seguir los pasos de su padre-, cuando propone su nueva táctica de basarse en las huellas dactilares para identificar a los delincuentes. Así termina asignado al sonado caso de El Dragón, un traficante de opio que tiene invadido a Chinatown y quien acaba de secuestrar al médico que está atendiendo al hermanito de su enamorada.

El filme resulta muy movido, el humor se presenta en numerosas situaciones y Harold se desenvuelve con suma propiedad en los diálogos, y más aún, cuando se le pone en lo suyo: las acrobacias y las persecuciones. Su personaje es decidido, resuelto a cualquier riesgo, y dispuesto a probar la torpeza de aquellos policías que lo desconocen.

… Ah! Y quien no sepa para qué otras cosas sirve una vaca, no se pierda esta película, porque Harold Lloyd tiene algunas ideas para enseñarnos.

Título para Latinoamérica:"¡VIVA EL PELIGRO!"
Luis Guillermo Cardona
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10
30 de diciembre de 2010
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
A muchos les parecerá increíble que -sin haber sido violada-, una chica pueda quedar embarazada… y ni siquiera sepa quien es el padre; o si acaso recuerda su imagen, no tiene idea de cual es su nombre. No es insólito, ocurre con más frecuencia de la que podría pensarse y es una de las causas más comunes que motivan el aborto. La explicación a este tipo de insucesos, con alguna excepción, puede reducirse a dos palabras: Exceso y descuido. Se sobrepasan las copas o los estimulantes, y en el momento de acceder a tener relaciones, no se pone el cauchito donde debería ponerse.

Lo que le ocurre a Trudy Kockenlocker –el apellido quizá les sugiera algo- es todavía más extremo: se ha casado, ha quedado embarazada… y no sabe quién le hizo el regalito. Lo único que recuerda es que, muy solidaria con los soldaditos, estuvo en la fiesta que su pueblo, Morgan Creek, decidió hacerles antes de marchar a la guerra… y fue Norval Jones, el buenazo de su novio quien la condujo hasta allí.

Así comienza la que, enseguida, se convertirá en una de las más desternillantes comedias de la historia del cine. Eddie Bracken, como Norval, recrea al tonto más redomado y divertido con el que uno pueda cruzarse. Y Betty Hutton es una manipuladora por excelencia, con unas argucias que sorprenden al más curtido. Junto a ellos, William Demarest, es excelente como el papá policía dispuesto a salvar el honor de su hija aunque le toque birlar unas cuantas normas. Y Diana Lynn, es la hermanita de rápido razonamiento, con afán de salvar la situación en los mejores términos.

Un cuarteto genial que borda la más hilarante comedia, con unos diálogos irresistibles, con un ritmo ágil pero equilibrado, y con un conjunto de personajes secundarios que solidifican un cuento contado con chispa vigorosa y con toda la magia que puede caber en una comedia.

Desde “El Hermanito” con Harold Lloyd, no me reía tanto con una película que, considero, se merece el más alto reconocimiento para ese brillante guionista y director que fuera Preston Sturges.

A Eddie Bracken y a Betty Hutton, dos maravillosas estrellas con algo de tragedia en sus destinos –como ocurre con tantísimos comediantes- les concedo mi más alto aprecio y los tendré por siempre en el más grato de los recuerdos.

Esto es cine AAA. Una obra maestra.

Título para Latinoamérica: “EL ASOMBRO DEL SIGLO”
Luis Guillermo Cardona
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