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Críticas de Luis Guillermo Cardona
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1839 críticas
7
18 de junio de 2010
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
King Vidor había concebido está película como una especie de “Sólo ante el peligro” en su intensidad y en su sobria puesta en escena. Pero, el productor David O. Selznick, quería otro filme como “Lo que el viento se llevó”, con el cual pudiera complacer plenamente a su muy amada Jennifer Jones, la actriz que ya había puesto en la más terrible crisis al también actor Robert Walker, cuando decidió separarse de él. Y fue pues él, quien añadió la majestuosidad al filme, incluyó la escena de apertura, llamó a otros directores para que realizaran secuencias adicionales y contrató a tres de los mejores cinematografistas de Hollywood para que rodaran simultáneamente algunas escenas.

Selznick estaba obsesionado. Aumentaba el personal de reparto, las segundas unidades… todo lo bueno que encontraba lo ponía en la película. No economizaba en nada. Durante el rodaje, otros directores hicieron su parte: Otto Brower, William Cameron Menzies, Sidney Franklin. Estos dos últimos actuaban en pareja cuando se trataba de escenas que involucraban a los protagonistas. Franklin era bueno con los animales y Menzies se defendía muy bien en la acción. Dos días antes de finalizar el rodaje, Vidor se agotó ante el método irrespetuoso e intromisorio de Selznick, y renunció. William Dieterle fue llamado entonces y además de escribir para él algunas escenas adicionales como la apertura en el Salón Presidio, Selznick lo puso a rodar algunas escenas de las que ya Vidor había filmado. Y hasta Joseph von Sternberg, el gran director austríaco, fue contratado, finalmente, para que añadiera cualquier cosa que se le ocurriera. Al final, el crédito como director se le dió a Vidor quizás por aprovechar su renombre, pero la película debió atribuírsele al prepotente productor, quien metió las narices en todo lo que pudo, o mejor, al archifamoso Alan Smithee, por las razones que ya usteden saben.

Lo curioso es que de todo este manoseo, "DUELO AL SOL" resultó una buena película. Una tragedia pasional, con algo de Shakespeare y de su Rey Lear, que cuenta la historia del amor imposible entre el hijo de un gamonal, y una joven y sensual mestiza, que llega a vivir a su hacienda tras la muerte de su padre. Lewt (Gregory Peck en un rol bastante singular) es un hombre detallista, interesante, impredecible… y aferrado a su libertad por encima de cualquier deseo. Perla (una sugestiva Jennifer Jones) es una joven provocadora e indecisa, quien se aferra a Lew cuando lo siente despectivo ante el matrimonio. En el medio, está Jesse, el hermano galante y enamorado también de Perla, pero quien choca con la mentalidad prepotente de su padre, y termina expulsado del hogar cuando osa ponerse en su contra.

La fotografía y la puesta en escena son de un lujo fordiano y el drama pasional consigue interesarnos por la fuerza de los caracteres protagonistas. Al final, se queda con la sensación de una historia contada a catorce manos, pero que, contra todo, mantuvo la coherencia.
Luis Guillermo Cardona
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8
18 de junio de 2010
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La relación de pareja no es algo que tenga como conclusión feliz el día de la boda. Al contrario, es en ese momento donde realmente empieza la relación a acentuarse en los verdaderos propósitos para los que nos ha sido propuesta. Los goces del noviazgo son, diríase, la dulce trampa en la que se nos envuelve para que, tras la unión, garanticemos la perpetuidad de la especie humana. Pero, no es ese el único fin, pues la relación de pareja nos da la ocasión de reconocer nuestro lado de sombra ante una persona que nos acepta por otras cualidades, y que demostrará el potencial de su amor y su madurez, cuando sea capaz de conocerla a plenitud y aceptarla como parte de nuestra integralidad. Cada uno se reconoce en el otro como un ser limitado y colmado de oportunidades de mejoramiento y es, entonces, cuando empieza nuestra madurez y nuestro mayor grado de desarrollo.

Es por esto que, en pareja, se viven toda suerte de dualidades: la alegría y el dolor, la plenitud y la sensación de vacío, la aceptación y el rechazo… pero, dígase lo que se diga, no hay nada como el matrimonio para avanzar en el alcance del ser.

Con la habitual brillantez y agudeza en los diálogos, con su siempre sobresaliente dirección de actores y con esa particular capacidad para ahondar en las contradicciones humanas, el director Joseph L. Mankiewicz, vuelve a ofrecernos un filme para mentes adultas donde los bemoles de tres comunes parejas, vuelven a mostrarnos la fragilidad de tantísimas relaciones.

Se trata aquí de tres bellas e interesantes esposas que, cuando están a punto de irse de paseo, reciben una carta de una intrigante mujer llamada Addy Ross, que motivará, en cada una, un viaje mental retrospectivo para tratar de dilucidar en que pudieron fallar en su relación de pareja.

La propuesta resulta bastante original y el filme se desenvuelve en una suerte de intriga donde se nos pone a adivinar cuál será aquel marido que tenía más motivos para irse con la susodicha autora de la misiva. Y es cuando salen a flote los conflictos por la apariencia, el roce entre lo intelectual y lo frívolo, y las relaciones establecidas como una transacción que, inevitablemente, forjarán un pesado conflicto que debe resolverse a la luz del entendimiento y la trascendencia.

Bien por la encantadora Jeanne Crain quien brilla con luz propia como la esposa que “desluce” ante la alta sociedad. Muy efectiva Ann Sothern, la autora de radionovelas, cuestionada por un marido que busca darle un mayor significado a la vida. Y más que correcta la sensual Linda Darnell, la joven que busca seguridad económica y está dispuesta al sacrificio del merecido amor con tal de conseguirla.

Mankiewicz ha atinado de nuevo. Este filme me gusta porque habla de la vida tal como es.
Luis Guillermo Cardona
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8
8 de junio de 2010
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
No es el poder de las armas, no son los grandes flujos de dinero, no es la prepotencia ni la agresividad, lo que habrá de producir el gran cambio en la humanidad: aquel que traerá paz y concordia entre todos los humanos. Ese poder se llama AMOR y puede brotar del hombre sabio y experimentado, del maestro elocuente y generoso, de la madre que lo da todo sin esperar nada a cambio… o de una niñita huérfana que llega, un día, a un lugar donde está haciendo harta falta la concordia porque las sombras anidan ya por casi todos los rincones.

Pollyanna Whittier ha quedado huérfana y su tía Polly Harrington acepta acogerla quizás tan sólo por deber filial… o tal vez, porque algo muy adentro le dice que pueden venir con ella rayos de luz que renovarán su vida. De un ambiente de pobreza, en el que nunca tuvo acceso ni siquiera a una muñeca, la niña ha pasado ahora a vivir en una gran casona donde sobran la comida y el lujo, y donde su tía es prácticamente la gamonala del pueblo.

Pero, el afecto y el calor de hogar que un día recibiera, se ha convertido aquí en una fría compañía, donde el rigor y la apariencia son el modelo de cada día. La niña comprueba entonces que, no sólo aquí, sino en muchos otros lugares de Harrington Town, falta la alegría y el afecto, y que muchos seres humanos se han dejado envolver por la soledad y el sinsentido. Y sin proponérselo, de su ser comienza a fluir un manantial de luz que pronto dejará huella, y a nosotros nos dejará bien sentado cual es el camino a seguir para que el mundo pueda verse de otra manera.

Remake de la película que hiciera, la célebre Mary Pickford, cuarenta años atrás, “POLLYANNA” está basada en la clásica obra de Eleanor H. Porter, una mujer para quien la convivencia humana era el objetivo supremo. Y aunque pueda sentirse un tanto idealista y edulcorada, yo creo que, tanto la obra como el filme, nos hablan de algo posible, porque aquellos que han vivido para el amor incondicional han iluminado siempre a muchos corazones.

Una impecable Hayley Mills, que mereció un Oscar especial por su rol de Pollyanna, y un reparto de grandes estrellas que incluye a Jane Wyman como la apagada y dominante tía Polly, Karl Malden como el sacerdote que ve a Dios como un verdugo, Agnes Moorehead como la hipocondríaca sra Snow, y Adolphe Menjou como el retraído señor Pendergast, entre otros, consolidan y dan fuerza a una historia humana que se vuelve imprescindible en una época donde, el calor de hogar y la sensibilidad social, se están dejando bastante relegados.

“Cuando buscas la maldad en la humanidad esperando encontrarla –decía Abraham Lincoln en una frase que se cita en el filme- seguro la encontrarás”. Y yo añadiría: Cuando buscas con sinceridad el lado amable de toda persona que se cruza en tu camino, verás resplandecer su bondad y su ternura, porque siempre se encuentra aquello que con fervor se busca.
Luis Guillermo Cardona
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7
15 de abril de 2010
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay, en este mundo, muchos padres, hermanos o abuelos que dan, pero dan siempre con rabia, sobre todo cuando se trata de sus seres más cercanos. Su “generosidad” está cargada de menosprecio, de disgusto, y yo creo que de autofrustración, por no haber logrado hijos o nietos más afortunados o más comprometidos con ellos mismos. Este dar vale muy poco, porque quien recibe se siente humillado, y es odio y no afecto lo que logra sembrar en su corazón. Primero por él mismo, por verse obligado a recibir de quien lo mancilla, y segundo, por aquel que le da, porque sabe que, en el fondo, le desprecia.

También hay en este mundo, y por fortuna, gente que está ávida de dar y de servir porque así se siente desempeñando el rol para el que ha nacido, pues, cuando se da de corazón, no hay nada más gratificante para el ser humano, que sentir que ha sacado a alguien de un apuro o que le ha ayudado a mejorar su calidad de vida.

El ser que realmente da, no espera recompensas, pues el simple fluir lo hace sentir pleno, y en vez de desear agradecimientos, es él quien los da por hallarse en estado de abundancia. El acto sincero y amoroso de dar es un acto de creación porque está sembrando bien, confianza y esperanza.

Es a esto a lo que llega Zhao, un hombre ya mayorcito quien, deseando formar pareja con una rolliza mujer de conflictiva existencia, acaba conociendo a Wu Ying, una dulce e invidente adolescente quien, huérfana de madre, y abandonada por su padre junto a su madrastra, comienza a sentir que, ésta mujer, le está cobrando el resentimiento que siente por su volátil padre. Zhao, tomará entonces a su cargo a la bella Wu e iniciará una larga aventura para lograr que ella acceda a los tiempos felices, mientras consigue darle un sentido a su existencia.

La película de Yimou, no tarda en remitirnos al clásico de Charles Chaplin “Luces de la Ciudad”, pero su toque personalizado y muy oriental, logra que el filme se sienta suyo y con un cierto encanto, aunque - hay que decirlo -, sin la inmensa magia y la poética calidez que posee la ya clásica obra de Charlot.

Con todo, al final uno siente que, con gracia y sabiduría, “TIEMPOS FELICES”, ha mostrado un sendero que da sentido a la existencia, y por esto, bien que se merece nuestro más sincero aplauso.
Luis Guillermo Cardona
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10
15 de febrero de 2010
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Todo hombre es dual: dentro de cada uno se halla el bien y el mal, el amor y el odio, el deseo de paz y la agresividad. Estos no son instintos, son potenciales innatos que podemos elegir según nuestro entendimiento y al momento de fluir. Cada acción produce una reacción y según sean los actos serán las consecuencias. Y tenemos un objetivo: la plenitud de la Unicidad, es decir, la hermandad entre todos los hombres que será lo único que nos pondrá de vuelta a Dios. Tiempo disponible: la eternidad, pues la coordenada del tiempo no existe en la realidad, tan sólo es un cálculo humano medido por el movimiento de la tierra alrededor del sol, por las estaciones, el período menstrual… o las manecillas del reloj.

Judá Ben-Hur es un hombre justo, pacífico, y noble. Príncipe de Judea, ahora está enrolado en la causa de su pueblo que busca liberarse de la esclavitud y los abusos de los romanos. Su historia transcurre cuando acaba de venir al mundo el mesías cuyo mensaje es la paz y la hermandad. Pero la injusticia es mucha y las crueldades atroces, y entonces, la ira y el odio brotan del hombre aunque éste no sea su deseo. Pero nadie niega que la agresividad esté justificada en situaciones de legítima defensa, y entonces, se cometen actos que se parecen en mucho a las acciones de los injustos.

Cuando el odio se agrega al odio, el mal aumenta y se enseñorea del mundo. Cuando la agresión se suma a la agresión, la muerte trae cobijo por donde quiera que pase. Pero después vuelve la calma y el hálito de luz se impone a la oscuridad, casi plena, de quienes sirvieron a las sombras. El valle y las montañas tomarán su tiempo para lavar la sangre que corrió por ellos, y pasarán largos días para apagar el dolor que laceró los corazones. Y entonces, el hombre tendrá que volver a elegir entre el odio y el amor.

Esta es la historia imponente de un hombre que pasó por todos estos caminos. Factura impecable, monumentales escenografías, cámaras de 70 mm, música majestuosa, altísimo presupuesto que arriesgaba la estabilidad de un Estudio, y un reparto de primera línea. La novela, hondamente cristiana, provenía paradójicamente de un general (Lew Wallace) pero, es harto común, que sean seres insospechados quienes asuman grandes tareas. Ya ustedes recordarán algún otro caso.

Dirigida por William Wyler, en la plenitud de su encomiable carrera, “BEN-HUR” es de ese escaso cine que, bordeando el exceso, triunfa porque se pone cabalmente al servicio de elevados principios. Es una historia revolucionaria donde la lucha de clases es su base central, pero toma partido, finalmente, por la única arma que devolverá al mundo su verdadero significado… sí, ya esa palabra pasó por tu mente: EL AMOR.

“BEN- HUR” es cine que dignifica la vida y hace más grande al cine.

Namasté
Luis Guillermo Cardona
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