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Críticas de Luis Guillermo Cardona
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2011 críticas
5
21 de abril de 2013
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Este es un hotel bastante curioso (particularmente cinematográfico podríamos decirlo): según vemos en el panel telefónico, debe tener bastantes habitaciones, pero solo sabremos de cuatro, ocupadas todas por gente bien “rarita” y muy adinerada… y en este día ¡solo un botones! está al servicio de sus ocupantes. Con un poco de buena y de mala suerte, todo está dado para que, Ted (Theo o Theodore) el muy ambiguo botones, tenga una jornada de fuertes emociones y de crueles sensaciones.

Segmento I: The missing Ingredient (El ingrediente que falta)

En uno de los cuartos del hotel, se presenta un aquelarre de atractivas brujas (Valeria Golino, Alicia Witt, Madonna…) quienes se encuentran preparando una particular mezcla de efluvios humanos con la que pretenden revertir un hechizo maligno que le hicieron a su diosa Diana. La directora Allison Anders demuestra que sabe de viñetas y de muchos colores, pero hasta ahí, porque su corto es de un morbo sin gracia y de una insustancialidad casi plena. ***

Segmento II: The wrong man (El hombre equivocado)

Título de rememoración hitchcokiana, para otro corto, dirigido esta vez por Alexandre Rockwell, más morboso aún, y de un pésimo gusto añadido, que nos deja todavía más vacíos que el anterior. A Jennifer Beals -la recordada chica de “Flashdance”-, con mucha dificultad le permiten abrir la boca, situación que debió haber sido para ella, un verdadero castigo. *

Segmento III: The misbehavers (Los niños malos)

El director Robert Rodríguez, nos concede por fin un respiro con este simpático segmento en el que, una suerte de ganster -bien representado por Antonio Banderas-, casado con una chica oriental –Tamlyn Tomita-, deja a sus dos hijos a cargo del botones al que le ha pagado una buena suma para que se asegure de que no vaya a ocurrirles ¡absolutamente nada malo!, mientras ellos salen para una fiesta. Será una alocada y divertida situación en la que, la pequeña Lana McKissack, será junto a Tim Roth quien por fin nos deje ver algo de actuación y de verdadera gracia.*******

Segmento IV: The man from Hollywood (El hombre de Hollywood)

Con sus habituales afanes de cinefilia, Quentin Tarantino (director y protagonista de este último segmento), al lado de un camuflado (¿avergonzado?) Bruce Willis, y de nuevo con Jennifer Beals (otra vez sin poder hablar), se pega fácil de un viejo episodio de la serie “Alfred Hitchcock presenta”, basado en el clásico cuento de Roald Dahl, que protagonizaron Peter Lorre (el maquiavélico apostador) y Steve McQueen (el tipo que arriesga su meñique), y que él recuerda como “El hombre de Río” pero que, en inglés se tituló “Man from the south” (1959) y del que también existe una segunda y muy interesante versión, realizada en 1985, con John Huston como el jugador-verdugo que empuñará el hacha de carnicero confiando en ganar la apuesta. Sin el vigor hitchcockiano, Tarantino asume el objetivo de demostrar que la ambición rompe el saco, y que por la plata baila el perro… y el blandengue del botones quizás esté dispuesto a corroborar esto último. *****
Luis Guillermo Cardona
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7
18 de febrero de 2013
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Durante la Segunda Guerra Mundial, un piloto francés fue obligado por los nazis a transportar un tesoro (joyas, lingotes de oro y valiosas pinturas) hacia algún lugar de América del Sur. Durante el viaje, el piloto hizo escala en Casablanca donde fue interrogado y detenido… y el tesoro desapareció. Se sospecha ahora, que puede estar escondido en el hotel Casablanca, pues los nazis están tan interesados en hacerse con él, que ya han eliminado a los últimos tres gerentes. Pero la vida sigue y alguien más acepta tomar el cargo que los otros han dejado saliendo en una funeraria. Se llama Ronald Kornblow (¡Groucho Marx!) y por supuesto contará con dos ayudantes, Tony y Rusty (ya saben ustedes quienes son), para que lo vean salir en ataúd… o para resolver junto a ellos el ya largo misterio del tesoro perdido. Nunca antes el apellido de los artistas y la K de su personaje venían tan al caso.

“UNA NOCHE EN CASABLANCA” surge por interés de United Artists y su productor David L. Loew, quien además de los Marx, de entre el viejo equipo, solo cuenta con Sig Ruman quien vuelve a hacer las veces de su “temible” enemigo, en un rol que se convierte en una de sus mejores intervenciones.

Es fácil deducir que el filme no fue asumido con la intención de hacer algo demasiado original o memorable, y que tan solo se buscaba unos buenos dividendos complaciendo al público con una historia divertida que le hiciera reír durante un rato. La primera pista es que se aprovecha el enorme éxito obtenido cuatro años antes por “Casablanca”, un filme que proseguía en la memoria de mucha gente. Se buscaba parodiarla de alguna manera, pero quizás por la friega de la Warner, a la que el más locuaz de los Marx respondió con varias cartas que hicieron historia y que pueden leerse en su libro “Groucho y Yo”, apenas se redujo a poner en los créditos The Marx Bros., intencionado reflejo de la clásica firma Warner Bros.

En segundo lugar, se mantienen algunos puntos comunes con filmes anteriormente realizados, y entonces volvemos a ver a Chico interpretando “Barrilito de cerveza”; se hace otra rutina de Harpo tratando de que chico entienda lo que él acaba de ver; regresa el improcedente intermedio musical… y el común romance de la parejita alterna, otra vez vuelve y juega, con la dichosa salvedad de que, el joven de ahora, no sabe cantar.

Sin embargo, el objetivo de generar un rato divertido se logra en buena manera, pues, por fortuna se contó con el notable creador de gags Frank Tashlin (futuro exitoso director) quien aporta, cuando menos, dos de los mejores momentos que tiene la película: Harpo sosteniendo el edificio que un policía toma como una burla, y la estupenda secuencia con el nazi Stubel tratando de empacar su ropa y los tres aliados convirtiéndolo en un imposible.

Fue este el último filme que bien podía llamarse “de los Hermanos Marx”. Su carrera buscaba acercarse a la recta final… pero ya habían logrado un más que merecido lugar en la historia de la comedia cinematográfica.
Luis Guillermo Cardona
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8
16 de febrero de 2013
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando se trabajaba en la producción de “Un día en las carreras”, el productor de la MGM, Irving Thalberg, murió cuando apenas tenía 37 años. Ya había dejado un respetable historial (“EL gran desfile”, “Ben-Hur, “La viuda alegre”, “Gran Hotel “, “Rebelión a bordo”…) en el que nunca quiso que figurara su nombre porque él creía que “la publicidad es algo que debe darse a los demás”. Para los Hermanos Marx (en especial para Groucho), Thalberg era el único genio que existía en Hollywood y siempre le agradecieron que les hubiera producido las, para ellos, sus dos mejores películas: “Una noche en la ópera” y “Un día en las carreras”. Incluso por esos días, Groucho llegó a decir emocionado: “Mi interés por el cine desaparecerá el día que Thalberg se aleje de nuestras vidas”.

Cuando falleció aquel estimado productor, los Marx se sintieron perdidos… pero contra todo, el director Sam Wood, consiguió que “Un día en las carreras” pudiese llegar a buen puerto. Por estos días, la productora RKO, viendo el lío en que se hallaba la MGM, se interesa en llevarse para sus toldas a los exitosos hermanos… y entonces se parte de una obra que había sido un gran éxito en Broadway, “Room Service” de John Murray y Allen Boretz, y se entrega al notable escritor Morrie Ryskind, para que la acomode al estilo de los hermanos Marx.

Vista como tal, la obra me parece estupenda. Es ágil, recursiva, novedosa respecto a lo que ya era común en los comediantes; consigue sostenerse, sin aburrir ni un minuto, en prácticamente un solo set; se ahorra, por primera vez y felizmente, los aburridos segmentos musicales de sus filmes anteriores y logra momentos de mucha creatividad y realmente divertidos.

Pero, y este es un pero no tan pero, se nota que, más que un filme de los Hermanos Marx, este es un filme de Donald McBride quien, como Gregory Wagner el supervisor del hotel, ya había triunfado en los escenarios teatrales, y quien sin duda, se lleva las mayores palmas desde el comienzo hasta el final. Su rol como el riguroso defensor de los intereses del hotel, empeñado en sacar a la tropa de actores que comandan los Hermanos (socios en el filme), y sobre todo a estos, pues ya deben una considerable suma y no han pagado ni un solo peso, da origen a situaciones inolvidables que McBride asume con un magnífico histrionismo.

Después, los Marx optarían por volver a la MGM, pero “EL HOTEL DE LOS LÍOS” queda como una estupenda película, aunque no sea como sus predecesoras, “una película de los Hermanos Marx”, sino una película con ellos como co-protagonistas.

Seis años después (1944), la obra sería filmada de nuevo por Tim Whelan como un musical, con el título “Step Lively”, y con el notable Walter Slezak, como el supervisor del hotel.

Título para Latinoamérica: “SERVICIO DE HOTEL”
Luis Guillermo Cardona
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9
1 de febrero de 2013
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Para Jean-Marc Clement, el acaudalado ascendiente de los multimillonarios Clement de Francia que se hicieran ricos a cuenta de guacas, armas, globos, mujeres ricas, torres… la vida es aparentemente perfecta, pues pareciera tenerlo todo: empresas, acciones, edificios, autos de lujo… sin faltarle las chicas con las cuales puede tener una aventurilla cada día de la semana, si se le antoja.

Uno de sus asesores, va a enterarlo de que, en la calle 14 de Greenwich Village, un modesto grupo de teatro está trabajando en el montaje de una revista, cuyo mayor propósito es ponerlo en ridículo ante la sociedad, pues piensan que lo que hace con su fortuna es vergonzoso.

Atendiendo a una sugerencia del asesor, Clement decide asistir a un ensayo de la obra. Allí se embelesa con una coqueta rubia conocida como Amanda Dell, que hace de cantante y bailarina… y pronto, el multimillonario termina convertido en un “modesto desempleado” aspirando a un papel en la revista por su ´gran parecido´ con el criticado francés, y para el caso, ha adoptado el “desconocido” nombre de Alexander Dumas… sí, el mismo del autor de “Los tres Mosqueteros”.

En uno de los más bellos roles que pudo interpretar en su vida Marilyn Monroe –y este sería prácticamente el último, puesto que, su siguiente película “Something’s got to give”, en la que aparecía de nuevo con el director George Cukor, quedó inconclusa ante el advenimiento de su misterioso deceso-, su presencia, además de magnética como la sensual estrella de la revista que se está montado, resulta ejemplarizante y conmovedora, dada la integridad, el sentido solidario y la transparencia que asume como mujer. Para Clement –y para nosotros- a una mujer así nos resulta muy fácil amarla, porque es de aquellas, sensatas y claras, que eligen a un hombre por lo que es y no por lo que tiene.

Ives Montand, hace una magnífica segunda figura –con Marilyn es muy fácil pasar a segundo plano- y como el adinerado don Juan que quiere evitar que lo pongan en ridículo, hace el ridículo durante toda la película, pretendiendo ser el comediante-cantante-bailarín de revista, que ni ayudándose de grandes como Milton Berle, Bing Crosby y Gene Kelly, consigue emerger del pozo. Gran sutileza la del director George Cukor y su guionista Norman Krasna, pues es una forma muy inteligente de salirse con la suya, jugando a los caballeros.

Otros grandes actores como Tony Randall, Wilfrid Hyde-White y Dave Burns, se convierten en fuertes pilares de esta estupenda comedia-musical, que luce muy bien dosificada, sirviendo también de reflejo para que veamos como se mueven aquellos –muy tristes seres- que se hacen a la conquista y al éxito mediante el soborno, el alto pago y/o la manipuladora influencia. Al tiempo, una bella lección de mujer adorable por dentro y por fuera, queda plasmada para satisfacción nuestra y para gloria de aquella frágil muchacha rubia, que ya pertenece a la historia del arte y a la eternidad.

Título para Latinoamérica: “LA ADORABLE PECADORA”
Luis Guillermo Cardona
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6
11 de enero de 2013
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Diez meses antes de que, en el Gran café del Bulevar de los Capuchinos en París se estrenara el Cinematógrafo que habían inventado los Hermanos Lumiére, el escritor irlandés Oscar Wilde – quien luego tendría muchísimo que ver con el cine, pues sus obras no cesan de ser adaptadas- había estrenado, en Londres, su estupenda obra “LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO” algunas veces traducida como “La importancia de ser formal”, debido a que, como sucede en la trama de la obra, también quiso Wilde jugar con el equívoco en el título, pues la palabra earnest (formal, serio, que él usa en el título original) y Ernest (Ernesto, nombre personal de mucha importancia en lo que sucede) aunque se escriben distinto, suenan igual pronunciadas en inglés. Una frase del personaje Algernon, redundará este juego de palabras: “Tienes aspecto de llamarte Ernest. Eres el tipo de aspecto más formal (earnest) que he visto en mi vida”.

Como es habitual en las obras teatrales de este grandioso escritor, también “LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO”, es un monumento al exquisito uso del lenguaje colmado de frases punzantes, socarronas y precisas que, como es de esperarse, motivan sonrisas, inquietantes ademanes de cabeza y una que otra necesaria reflexión. Y es también ésta, una estupenda farsa donde Wilde se propone dar significado a un nuevo concepto que se le ha ocurrido: bunburysmo, un ejercicio particularmente masculino que ya habrá quienes decidan acogerlo hasta llevarlo a la práctica. Cómo funciona, reglas, recursos y peligros, podrán encontrarse debidamente explicados al interior del libro, y por supuesto, de la película.

Anthony Asquith, el director que nos diera las estupendas “Pigmalión” y “La versión Browning”, ha decidido hacer una fiel adaptación de la obra de Oscar Wilde, la cual dejará muy satisfechos a todos aquellos que se conformen con su estilo teatral, pues tiene muy buenos actores (Michael Redgrave, Edith Evans, Dorothy Tutin, Margaret Rutherford…) y sobre todo porque logra mantener la elegancia muy inglesa que caracterizaba a la época.

Esa historia de los dos amigos, el uno Jack Worthing, quien se ha imaginado un hermano enfermo en Londres, llamado Ernesto, para tener la excusa de evadirse cada tanto; mientras que, Algernon Moncrieff, se ha inventado un amigo discapacitado, de nombre Bunbury, para irse al campo cuando se le antoje, tiene la suficiente soltura, gracia y atractivo auditivo como para garantizar, cuando menos un rato muy entretenido, cuando ellos se encuentren con Gwendolen y Cecily, las chicas que aspiran a desposarlos para siempre.

Aunque me he divertido, debo decir que me sentí mejor con el libro, pues veo poca novedad en la adaptación cinematográfica, el ambiente se me hizo un tanto frío y amanerado, y creo que se pudo salir del rigor teatral, complementando la historia con unas cuantas situaciones que le dieran más aire a la enrevesada y deliciosa trama. La fidelidad a una obra no hace suficiente mérito para garantizar su atractivo visual y narrativo.
Luis Guillermo Cardona
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