La película, establecida en 2018, se centra en la guerra entre la humanidad y la red informática Terminator, Skynet. Pero que valga la pena esta cuarta historia para aclarar que todos los ingredientes de este tipo de género son lo suficientemente categóricos para aplaudirla, ya que una vez más nos da una lección de cómo identificar los signos de los mundos distópicos en el cine —y en la literatura—. Además, no se le puede negar a McG su habilidad y talento para crear escenas con una fuerza visual arrolladora, y casi siempre acompañadas de una impecable banda sonora.
Si todos tenemos claro que la utopía es la proyección de un mundo idealizado, su concepto contrario es distopía. Este término nos introduce en una sociedad ficticia —opuesta a una sociedad real— en un futuro cercano con tendencias apocalípticas. Aclarado el asunto ¿que podemos escribir de la película?
Si las obras distópicas guardan mucha relación en el contexto socio político en que se conciben, “Terminator, la salvación” plantea cómo las grandes empresas transnacionales en el mundo de la cibernética por ejemplo, tienen un alto grado de tecnología, carácter represivo y que con claridad se lee en la película.
Pero, si queremos ver en otro texto audiovisual “la idea” de los mundos distópicos, remitámonos a dos películas recientes: “WALL•E”, que narra la historia de un robot, el único superviviente de una fuerza de limpieza de la Tierra que, setecientos años después de haber sido abandonado por los humanos, recibe la visita inesperada de otro robot explorador que busca vida en el olvidado planeta. ¿Qué tiene este película en común con “Terminator: la salvación”?
Espectáculo posthumano: diseño de tecnología digital, oscuridad, maldad, universo desolado, robots inexpresivos en un universo de agonía donde las claves de empatía no existen, aunque nos caiga bien Christian Bale o ¡John Connor, perdón! Pero, si es que alguna vez, seremos cada vez menos en el planeta —al menos John Coonor (un Christian Bale extraordinario) promete estar atento para que no ocurra—. Esperemos que como en “WALL E”, la vida resulte a la larga cargada de amor, para ayudar a la humanidad.
La otra película como ejemplo para aproximarnos más a la idea de mundos distópicos, es la cinta “Soy leyenda” —y ahora que andamos siendo atacados por virus—, un filme protagonizado por Will Smith y dirigida por Francis Lawrence, que es una adaptación de la novela homónima de Richard Matheson, en la que un hombre, es el último superviviente de una pandemia mundial que ha convertido a la humanidad en zombies. En esta distopía y aunque el universo agónico bien permite historias de amor y tiroteo, es una apología y metáfora inconsciente de la sociedad destructiva. ¿Será que estamos empezando a vivir de un mundo en este concepto?
Historia sincera y directa al corazón, relata a través de la vida de dos hermanos, que el enemigo a vencer es uno mismo. Uno debe ser ese soldado para enfrentar nuestras propias batallas interiores.
De manera pues que este drama del cineasta danés Thomas Vinterberg (cofundador junto a Lars Von Trier del movimiento “Dogma 95”), también nos indica que las adversidades deben ser lecciones para establecer, en cierta medida (si se quiere), una balanza y poder mirar más allá, y con un pasado para olvidar.
Ahora: ¿Qué hay pasados que afectan el devenir de la vida con traumas? Nadie lo pone en duda, pero siempre, hay una pequeña mano (la del niño y su tío unidas al final del metraje), entendida como la metáfora de seguir la vida a través de las cosas simples.
Pero esta es una película sin concesiones, de pronto algo reiterativa en sus ideas, que nos traduce muchas inquietudes manifiestas a través de dos hermanos, que no es otra cosa que las opciones que la vida da, aun en contra de las voluntades. ¡Siempre hay tiempo para la redención!
Este es un drama familiar sin tono, que con un relato sin hilo conductor, nos muestra la vida una mujer llamada Pippa Lee (Robin Wright Penn) en la plenitud de su vida, que decide complicársela un poco con una crisis existencial. ¿Cómo leer este film? ¿El de parejas con diferencias marcadas en la edad? ¿El de una juventud perdida?
De todas formas gracias a la buena actuación de la actriz (y un reparto interesante), la historia en algunos fragmentos (entre ellos los flash back), nos delinean reflexiones acerca de la vida, el amor y la sinceridad con uno mismo.
Por lo demás, una historia que nos deja la sensación de lo que pudo haber sido y no fue. Con escaso entusiasmo a pesar del viaje interior del personaje femenino, aún no podemos sentenciar que fue de la vida de Pippa Lee.
Ambientada en la Segunda Guerra Mundial, “El baile de los malditos” es una disección del ser humano, vista a través de tres personajes diferentes en contexto social y político, que enmarca razones y temores sobre la duda y la valentía de enfrentar no una guerra, si no las razones de un existir, que a veces (y digo a veces) son emanadas directamente de nuestro corazón. Además, un análisis nada visceral de lo que somos, cuando intentamos ser soldados de nuestras propias guerras interiores.
Cine experimental que toma a tres directores diferentes en caracter y nacionalidades: Michel Gondry, Leos Carax y Bong Joon-ho; dando cada uno de ellos, una lectura sobre la urbe Tokio. Esto conlleva a plantear tres metáforas, una con diseño distópico si se quiere. La metáfora que prioriza en las tres historias es la vida del futuro. Cuando oímos: "hay demasiadas vidas en el futuro", "Seremos o no inservibles", entonces escuchamos en aparente incongruencia :"El cielo se está poniendo viejo".
Los personajes femeninos en la película, lucen sin ambición. Y es que cuando escuchamos: "Lo que me gusta hacer define quien soy" atisbamos una urbe comparada a una alcantarilla. Una sociedad en la que debajo de su cordialidad, se halla siempre el racismo, la caustrofobia y la xenofobia.
Gonzalo Restrepo Sánchez (Film critic. Barranquilla ,Colombia)