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8
15 de agosto de 2008
15 de agosto de 2008
20 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Inspirándose en la novela "Escenas de la vida de bohemia", de Henri Murger (1822-1861), Kaurismäki rodó su comedia dramática "La vida de bohemia". Quiso concentrar su atención en el estilo de vida de esos artistas que abundan en París, considerada la ciudad del amor y del arte por antonomasia. Las visiones románticas siempre la han presentado como reducto de escritores, pintores, músicos, etc. que tratan de ganarse el pan casi heroicamente mientras malviven en míseras buhardillas de Montmartre y de las zonas con más encanto de París. Pero Kaurismäki captó una visión bien diferente. Lejos de presentar a unos héroes de la pluma, del pincel y de la música sumidos en ambientes románticos, el director finlandés es un experto en representar la pobreza de esa gran parte de talentos anónimos que pueblan un París prosaico y vulgar.
Sus artistas, con el instinto aguzado por el hambre y la necesidad, son unos tramposos de tomo y lomo, avezados en las pequeñas tretas para esquivar a sus caseros que vienen a reclamar los alquileres atrasados, en artimañas para engañar a incautos, en una charlatanería pomposa para convencer a posibles clientes... Un pintor albanés de talento no reconocido, un escritor fracasado y un músico vanguardista unen sus calamitosas trayectorias para compartir sus soledades, sus dificultades y sus extravagancias, y tratar de malvivir en los umbrales de la miseria, siempre a salto de mata.
Sus artistas, con el instinto aguzado por el hambre y la necesidad, son unos tramposos de tomo y lomo, avezados en las pequeñas tretas para esquivar a sus caseros que vienen a reclamar los alquileres atrasados, en artimañas para engañar a incautos, en una charlatanería pomposa para convencer a posibles clientes... Un pintor albanés de talento no reconocido, un escritor fracasado y un músico vanguardista unen sus calamitosas trayectorias para compartir sus soledades, sus dificultades y sus extravagancias, y tratar de malvivir en los umbrales de la miseria, siempre a salto de mata.

Los tres aspiran a lo que cualquiera querría aspirar: ganar dinero con su vocación, vivir decentemente y encontrar el amor.
Kaurismäki desecha cualquier atisbo de romanticismo en una ambientación decadente de apartamentos ruinosos, sucios y donde reina un desorden caótico. En bares que nada tienen de glamourosos. En calles desangeladas (exceptuando algunas fugaces apariciones de unos eternamente bellos Campos Elíseos con el Arco del Triunfo al fondo). Hasta el amor suele ser interesado y supeditado a la necesidad; sus compañeras no dudan en abandonarles cuando la ruina y la miseria atenazan, para buscar puertos más seguros. Kaurismäki no rechaza cierto aire tristemente tierno en esa desesperación por encontrar una compañía y calor humano, pero también deja clara una gran verdad: que cuando el hambre acecha, el amor puede llegar a convertirse en un artículo de lujo.
Sus protagonistas siempre tienen ese aire excéntrico, descarado, desaliñado de los bohemios que sobreviven al margen de ciertas leyes y en los bordes de una sociedad que no los ve con buenos ojos. Las mujeres que los acompañan a rachas han aprendido a no esperar gran cosa y a amarlos con toda su carga de carencias, pero también sueñan con vivir dignamente, con unas mínimas comodidades y con estabilidad.
Kaurismäki desecha cualquier atisbo de romanticismo en una ambientación decadente de apartamentos ruinosos, sucios y donde reina un desorden caótico. En bares que nada tienen de glamourosos. En calles desangeladas (exceptuando algunas fugaces apariciones de unos eternamente bellos Campos Elíseos con el Arco del Triunfo al fondo). Hasta el amor suele ser interesado y supeditado a la necesidad; sus compañeras no dudan en abandonarles cuando la ruina y la miseria atenazan, para buscar puertos más seguros. Kaurismäki no rechaza cierto aire tristemente tierno en esa desesperación por encontrar una compañía y calor humano, pero también deja clara una gran verdad: que cuando el hambre acecha, el amor puede llegar a convertirse en un artículo de lujo.
Sus protagonistas siempre tienen ese aire excéntrico, descarado, desaliñado de los bohemios que sobreviven al margen de ciertas leyes y en los bordes de una sociedad que no los ve con buenos ojos. Las mujeres que los acompañan a rachas han aprendido a no esperar gran cosa y a amarlos con toda su carga de carencias, pero también sueñan con vivir dignamente, con unas mínimas comodidades y con estabilidad.
Fotografía en blanco y negro del París que no vemos en las postales, una banda sonora con composiciones de Mozart, temas franceses y melodías japonesas y finlandesas.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Un Kaurismäki siempre bohemio aficionado a captar con su cámara la vida en los márgenes, mezclando dosis de comedia ligera extravagante, de cierta denuncia social socarrona y de drama auténtico, del que golpea directamente y con fuerza sin previo aviso.
3 de diciembre de 2014
3 de diciembre de 2014
19 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Antonioni era un gran admirador de Fellini. Recién estrenada "La dolce vita", muy poco tiempo después salió este homenaje a dicha película. En efecto, "La noche" (que cuenta con el mismo protagonista, Marcello Mastroianni) recuerda en ciertos pasajes a aquella Roma nocturna de juergas y excesos sin fin en los que la evasión no conseguía ocultar, o más bien ponía claramente de manifiesto, el vacío existencial de las clases altas.
Aquí no estamos en Roma, sino en Milán, y Marcello da vida a un escritor famoso, casado con una eternamente sensual Jeanne Moreau. Pero ambos dramas urbanos comparten objetivos similares: deambular por el hastío vital de quienes aparentemente tienen todo lo que puedan desear, en el agobio de una gran ciudad que marcha demasiado deprisa, con demasiada indiferencia.
En los créditos de apertura de "La noche", la cámara realiza un largo travelling descendente desde lo alto de un rascacielos, mostrando una panorámica de edificios y verticalidad, abarrotamiento del espacio, la impresión de sentirse minúsculo y perdido en un progreso al que es difícil adaptarse si a uno le cuesta seguir su ritmo frenético.
Aquí no estamos en Roma, sino en Milán, y Marcello da vida a un escritor famoso, casado con una eternamente sensual Jeanne Moreau. Pero ambos dramas urbanos comparten objetivos similares: deambular por el hastío vital de quienes aparentemente tienen todo lo que puedan desear, en el agobio de una gran ciudad que marcha demasiado deprisa, con demasiada indiferencia.
En los créditos de apertura de "La noche", la cámara realiza un largo travelling descendente desde lo alto de un rascacielos, mostrando una panorámica de edificios y verticalidad, abarrotamiento del espacio, la impresión de sentirse minúsculo y perdido en un progreso al que es difícil adaptarse si a uno le cuesta seguir su ritmo frenético.

Marcello Mastroianni & Jeanne Moreau
Antonioni solía filmar las calles con cierto aire de hostilidad o, al menos, de soledad. Nadie que pasee por ellas encontrará solaz ni compañía; caminará entre completos extraños, entre monumentos fríos de esta era de cemento, hormigón y cristal, y ni aún la vista más bonita logrará desprenderse de una melancolía perenne.
Por esas calles vaga sin rumbo fijo Lidia, cansada de un matrimonio aburrido y rutinario, buscando no sabe qué, observando a otros que a menudo parecen tener algún propósito, algo divertido que hacer, algo auténtico por lo que abrazar sus días. Ella se ha reducido a una mera espectadora de vestido de diseño que ignora cuál es su sitio, si es que hay alguno en el que pueda encajar. La rica señora que vive en un cómodo apartamento con un marido atractivo y exitoso no tiene todo lo que pueda desear. O más bien no es feliz con lo que tiene. Porque nadie puede poseer todo lo que quiere, pero la diferencia está entre quienes son felices tal como están, y los que no.
Por esas calles vaga sin rumbo fijo Lidia, cansada de un matrimonio aburrido y rutinario, buscando no sabe qué, observando a otros que a menudo parecen tener algún propósito, algo divertido que hacer, algo auténtico por lo que abrazar sus días. Ella se ha reducido a una mera espectadora de vestido de diseño que ignora cuál es su sitio, si es que hay alguno en el que pueda encajar. La rica señora que vive en un cómodo apartamento con un marido atractivo y exitoso no tiene todo lo que pueda desear. O más bien no es feliz con lo que tiene. Porque nadie puede poseer todo lo que quiere, pero la diferencia está entre quienes son felices tal como están, y los que no.

Jeanne Moreau
Al volver a casa, se da un baño y Giovanni ni siquiera se fija en su cuerpo desnudo, que la cámara no se recata en mostrar un poquito. Lidia se asfixia y quiere que salgan juntos hacia la vida noctámbula de Milán. Primero acuden a un cabaret donde una bailarina-contorsionista hace un espléndido número de baile al son lánguido de las notas de un jazz. Después se dirigen a la mansión de un magnate donde la noche se desliza en esas horas etílicas de frivolidades y encuentros sociales en los que los ricos, snobs, trepas, vividores, donjuanes y demás fauna de las juergas milanesas elegantes se reúnen para demostrar por qué se tiene dinero o se hace como que se tiene: para no hacer nada, beber a destajo y trasnochar hasta el amanecer escuchando música incesante, sin pensar en un futuro que probablemente no empezará nunca.
Entre tentaciones y los coletazos de la cuerda casi rota de su matrimonio, Giovanni y Lidia pasarán por las pruebas más duras de su quebradiza unión, tal vez a punto de morir al igual que Tommasso, el pobre amigo leal que agoniza casi solo en una habitación de hospital con hermosas vistas a la aspereza vertical de Milán.
Entre tentaciones y los coletazos de la cuerda casi rota de su matrimonio, Giovanni y Lidia pasarán por las pruebas más duras de su quebradiza unión, tal vez a punto de morir al igual que Tommasso, el pobre amigo leal que agoniza casi solo en una habitación de hospital con hermosas vistas a la aspereza vertical de Milán.
7
8 de noviembre de 2011
8 de noviembre de 2011
19 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Desde 1906, año marcado por la boda del rey Alfonso XIII con la princesa británica Victoria Eugenia de Battengerg y el atentado que ensangrentó dicho acontecimiento, hasta la década de los cincuenta, una calle madrileña nos abre su identidad castiza de vecinos de todas las condiciones. Marqueses, criadas, artesanos, organilleros, carniceros, burgueses empobrecidos y otros adinerados, las mal vistas chicas de alterne, aspirantes a cupletistas, vendedoras de lotería, taberneros, huerfanillos vagabundos y un perro medio abandonado componen las células vitales de la arteria principal del barrio, que late con el pulso de la ciudad cambiante, moldeada por los eventos de medio siglo en España. Se suceden charlas de sobremesa y cotilleos tocador, galanteos y desengaños, paz y guerra, sueños y esperanzas, penas y alegrías, con esa narración amable y ligeramente socarrona que da un barniz de cuentecito popular adaptado, como los que al ser contados a los niños disimulan sus matices de tragedia y horror, matices oscuros que se suelen ocultar en el fondo de los relatos orales cuya truculencia original es disfrazada.
Porque el aura trágica siempre asoma por una esquina, aunque la cubran con una máscara sonriente y la amenicen con música de organillo que desgrana sus notas cantarinas sobre el semblante de un Madrid chulapo que se hiere y se regenera.
Porque el aura trágica siempre asoma por una esquina, aunque la cubran con una máscara sonriente y la amenicen con música de organillo que desgrana sus notas cantarinas sobre el semblante de un Madrid chulapo que se hiere y se regenera.
18 de abril de 2011
18 de abril de 2011
19 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuento infantil de tintes gamberretes y muy coloristas, de guión más afilado que el promedio de cine para niños, y que recuerda a Mary Poppins pero sin dotes cantarinas y que no ayuda a pasar las píldoras amargas con azúcar, sino con un edulcorante más peculiar.
Me he divertido mucho siguiendo las travesuras y el aprendizaje de las siete fierecillas, tocadas por el hechizo de una niñera que con un movimiento de su bastón consigue amansar a base de lecciones de vida la actitud rebelde de las criaturas.
El logro de las cinco reglas de oro que éstos van a ir interiorizando irá parejo con una metamorfosis en sus espíritus y en el esperpéntico aspecto de la niñera. Su fealdad irá cediendo como lo hará el resabio en los corazoncillos de los peques, de modo similar a la manera en que alguien deja de ser feo a los ojos de quien empieza a quererlo y a respetarlo de veras.
Colin Firth se desenvuelve con desenfado entre tanto chiquillerío, y la historia despierta las sonrisas mientras se cae de vez en cuando la baba y uno escucha la sentencia más importante: “Mientras no me queráis, pero me necesitéis, me quedaré. Cuando me queráis y no me necesitéis, me iré.”
Me he divertido mucho siguiendo las travesuras y el aprendizaje de las siete fierecillas, tocadas por el hechizo de una niñera que con un movimiento de su bastón consigue amansar a base de lecciones de vida la actitud rebelde de las criaturas.
El logro de las cinco reglas de oro que éstos van a ir interiorizando irá parejo con una metamorfosis en sus espíritus y en el esperpéntico aspecto de la niñera. Su fealdad irá cediendo como lo hará el resabio en los corazoncillos de los peques, de modo similar a la manera en que alguien deja de ser feo a los ojos de quien empieza a quererlo y a respetarlo de veras.
Colin Firth se desenvuelve con desenfado entre tanto chiquillerío, y la historia despierta las sonrisas mientras se cae de vez en cuando la baba y uno escucha la sentencia más importante: “Mientras no me queráis, pero me necesitéis, me quedaré. Cuando me queráis y no me necesitéis, me iré.”
18 de junio de 2010
18 de junio de 2010
19 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esa es la canción del soldado. La que esos muchachos, flores recién abiertas que se juegan el pellejo en el frente, entonan como una letanía sagrada y de musicalidad divina. Dedicada a sus madres y a sus otros amores.
Madre, vuelvo a casa. Amor, te abrazaré otra vez. Te veré apenas lo justo para guardar el recuerdo de tus facciones y repostar energías que me ayuden a seguir combatiendo en este horror sin caer fulminado. Y ganarme la licencia, y no separarme de ti jamás.
Los jóvenes soldados, el futuro que cae despedazado en los campos de batalla, pelean para ganarse su derecho a volver al hogar. Si es que antes no los mata un proyectil o una bomba. Si es que ese hogar aún existe y los espera.
El soldado canta silenciosamente su canción de amor y rezará para tener buena suerte. Como la que tiene Alyosha. Diecinueve años, pletórico, valiente y afortunado, se gana un breve permiso para ir a visitar a su madre. No puede haber mayor alegría dentro de tanta penuria.
Madre, vuelvo a casa. Amor, te abrazaré otra vez. Te veré apenas lo justo para guardar el recuerdo de tus facciones y repostar energías que me ayuden a seguir combatiendo en este horror sin caer fulminado. Y ganarme la licencia, y no separarme de ti jamás.
Los jóvenes soldados, el futuro que cae despedazado en los campos de batalla, pelean para ganarse su derecho a volver al hogar. Si es que antes no los mata un proyectil o una bomba. Si es que ese hogar aún existe y los espera.
El soldado canta silenciosamente su canción de amor y rezará para tener buena suerte. Como la que tiene Alyosha. Diecinueve años, pletórico, valiente y afortunado, se gana un breve permiso para ir a visitar a su madre. No puede haber mayor alegría dentro de tanta penuria.

Y Alyosha parte rumbo a casa, devorando los kilómetros empleando cualquier medio de transporte que pueda agenciarse. Y como en esa edad eufórica de los diecinueve años todo parece sonreír al simpático, divertido, cariñoso, maduro y enérgico chico, su accidentado trayecto no será simplemente un viaje de regreso. Será además el despertar al enamoramiento. Shura, la guapa Shura, subirá a su mismo tren. Es increíblemente bonito darse cuenta de que ya no se está solo y que ya no importan las incomodidades, ni la larga distancia a recorrer, porque el tiempo volará a su lado. El atardecer pintará de dorado sus cabellos alborotados por el viento y os miraréis con la eternidad cincelada en las retinas.
Y la madre estará esperando, en los campos y en las faenas cotidianas, esperará a su hijo, oteará el camino de la aldea y presentirá su silueta, la presentirá mil veces antes de que se materialice y pase a ser su hijo de verdad, el que puede tocar y abrazar, que esculpirá sus huellas en su piel, que respirará junto a su oído y le dirá lo mucho que la echa de menos, y que se clavará más profundamente en sus vísceras, antes de perderlo nuevamente, antes de desgajarse en dos una vez más en el instante de otra despedida. Y es imposible concebir que pueda ser el último adiós. Las madres tienen que aferrarse a la esperanza, cuando no hay otra cosa.
Y la madre estará esperando, en los campos y en las faenas cotidianas, esperará a su hijo, oteará el camino de la aldea y presentirá su silueta, la presentirá mil veces antes de que se materialice y pase a ser su hijo de verdad, el que puede tocar y abrazar, que esculpirá sus huellas en su piel, que respirará junto a su oído y le dirá lo mucho que la echa de menos, y que se clavará más profundamente en sus vísceras, antes de perderlo nuevamente, antes de desgajarse en dos una vez más en el instante de otra despedida. Y es imposible concebir que pueda ser el último adiós. Las madres tienen que aferrarse a la esperanza, cuando no hay otra cosa.
El soldado partirá a su destino, y su balada será ahora más hermosa.
Madre, volveré. Shura, te quiero.
Madre, volveré. Shura, te quiero.
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