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Antes del popular musical Dreamgirls, el realizador Bill Condon había filmado dos biografías de dos personajes célebres cada uno en su campo (el hombre de cine James Whale en Dioses y Monstruos, y el hombre de ciencia Alfred Kinsey en Kinsey), pero decisivos en las cuestiones sexuales de sus épocas. Ambas cintas, además de una clásica pero innovadora puesta en escena, son poseedoras de una sinceridad y una veracidad en su historia que las convierten en dos piezas maestras sobre personajes célebres.
Kinsey nos cuenta de manera cronológica la vida de Alfred C. Kinsey, primero biólogo (pese a ser un 'hombre de ciencia' encontraba la paz como los naturalistas o los románticos: en comunión con la naturaleza) y luego estudioso del comportamiento sexual del hombre, marcada por la pasión dedicada a descubrir y estudiar la relación de hombres y mujeres con un tema tan absurdamente tabú como las relaciones sexuales, así como su historia de amor con Clara Bracken McMillen, su esposa, amiga, colaboradora y compañera a lo largo de toda su vida.
Lo primero que sorprende de Kinsey, al margen de su maestra puesta en escena, que es capaz de innovar en un género tan trillado como el biopic, es su meridiana lucidez. Es imposible ver Kinsey sin disfrutar de la inteligencia de, primero, su protagonista, y después, la propia película. Kinsey es capaz de afrontar su tema central mirándolo a la cara, y hacer como su protagonista hizo en su época: saltar por encima de los absurdos tabúes morales y sociales para contar una historia necesaria y universal.
Es inevitable sentir indignación por la ignorancia a la que se sometía a todos los jóvenes en la avanzada norteamérica de los años 40 y 50. Alfred Kinsey fue capaz de postular los comportamientos mentales, sensoriales, físicos y emocionales del sexo para establecer y estudiar sus máximas. Y por el camino, salvó de la marginación y la auto flagelación a muchas personas, al publicar con inconmensurable éxito que hay tantas formas de comunicarse sexualmente como personas hay en el mundo.
Pero Kinsey rebosa inteligencia porque no glorifica y mitifica a Alfred. Es capaz de introducir la duda y los fines humanos de su estudio para que el espectador se plantee dónde están los límites (en su abnegada pasión por la obra de su vida, que descuida hasta su propia salud o en el terrorífico episodio en Nueva York). “Moralidad disfrazada de hechos”: contra éso luchó Kinsey.
Y por supuesto, el reparto está extraordinario, sobre todo los dos protagonistas: Laura Linney y Liam Neeson que dejan ver el paso de los años, el retrato de una época y la labor social de su causa con dos apasionadas interpretaciones capaces de emocionar al más escéptico. Su superlativa labor apoya la emotividad y el juicio de una historia cuyas coordenadas siguen patrones como éstos...
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spoiler:
"La mayoría de la gente cree que lo que hace sexualmente es lo que todos hacen o deberían hacer. Pero debo destacar que casi todas las llamadas 'perversiones sexuales' entran en el ámbito de la normalidad biológica.
Por ejemplo, la masturbación, el contacto bucogenital y los actos homosexuales son comunes entre la mayoría de los mamíferos, incluidos los humanos. La sociedad podrá condenar dichos actos por razones morales. Sin embargo, es absurdo llamarlos antinaturales. Aunque basándonos en el primer libro del Génesis y según la opinión pública, sólo existe una ecuación sexual correcta. Hombre más mujer igual a niño. Todo lo demás es vicio. No obstante el historial de orgasmos de los varones de esta clase por sí solo, demuestra la ineficacia de las restricciones sociales y la imperatividad de la exigencia biológica.
¿Por qué hay vacas que son muy sexuales mientras que otras ni se mueven? ¿Por qué hay hombres que necesitan 30 orgasmos por semana y otros casi ninguno? Porque todos somos diferentes. El problema es que la mayoría de la gente quiere ser como los demás. Les resulta más fácil limitarse a ignorar ese aspecto fundamental de la condición humana. Están tan ansiosos por formar parte del grupo que traicionarían su naturaleza para lograrlo. Si algo placentero y vehemente deseado se prohíbe, se convierte en una obsesión.
Piensen en ello."
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Hoy en día, año 2009, casi veinte países del globo se encuentran en situación de conflicto armado o guerra. Así mismo casi 1.000 millones de personas sobreviven en situación de pobreza. Un continente está siendo diezmado por enfermedades y pandemias. Los regímenes dictatoriales siguen existiendo. Y todavía nos atrevemos a llamarnos a nosotros mismos una raza superior, a considerarnos seres racionales, a tener la desfachatez de consentir que un niño crezca sin padres o que un anciano muera solo en las calles; a asesinar miles de vidas por una idea distinta, por una religión diferente. A disfrazar con moralidad la no cooperación en la solución para pandemias que arrasan – sobre todo – con la parte débil de la población.
Aún después de siglos y siglos de civilización, los seres humanos hemos sido incapaces de conseguir un equilibrio estable entre culturas, ideas, sistemas o economías. En historia moderna el ejemplo más claro de una barbarie de escala mundial, es el Régimen Nazi y su exterminio sistemático (no solo de) los judíos.
Y Polanski sirve con esta incuestionable obra maestra los horrores de la tortura humana más allá de la muerte. Cuando veo o leo esta clase de hechos (que claramente no me ha tocado vivir), no puedo sentir más que una devastadora decepción por lo que una persona, que nace como cualquiera, que crece como cualquiera, que muere como cualquiera; puede llegar a ser capaz de estar tan deshumanizado, por si mismo o por el sistema que lo controla, para llegar a ser capaz de no sentir un leve escalofrío cuando quita una vida, o lleva vidas a ser quitadas. Los Nazis son habitualmente retratados como el alma negra del ser humano contemporáneo. Pero hoy en día también se dispara a civiles por las calles, también casi se pisotea a algún agonizante en las aceras, también se defienden con principios lógicos el asesinato racial, religioso, de género...
Ver El Pianista no es una experiencia agradable. La congoja, el dolor, y la indefensión se apodera de todo ser que aún conserve cierta esperanza en la raza humana. Polanski y Brody llevan al espectador por un viaje emocional mediante miradas a través de ventanas y tras murallas de la Varsovia de la Guerra, pero ver en primera plana esos horrores, como se desmorona una civilización entera, produce una sensación inolvidable. Pero además el poder dramatúrgico de la historia es encomiable, tanto en el plano histórico como en el personal (en cuanto al protagonista y su música; sobrenatural Adrien Brody).
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Alan Parker es un cineasta que politiza todas sus obras pero cuya máxima aspiración no parece ser la crítica social o política, sino el entretenimiento de consumo masivo. Hay a quien esto le hará sacar humo por las orejas, pero personalmente todas sus obras me parecen entretenidas y mucho más decentes que las de otros cineastas “de calidad”, que parecen películas rodadas con la única ambición de discutirse en forums de intelectualoides.
Porque el cine ante todo es el arte de entretener, y eso no se le puede reprochar a Parker. Y si además de entretener, consigue tocar realidades del mundo de hoy, pues mejor que mejor. Realidades como esta, la Pena de Muerte, que en Europa nos parece lejana, como de civilizaciones a años luz en la historia, pero que está tan cerca como un vuelo de avión y un trayecto por carretera de menos de 24 horas. Pues la ley de los hombres se quiere equiparar a la de Dios dando vidas, y quitándolas.
Parker retrata muy inteligentemente esa América de la Pena de Muerte con feísmo y claroscuros: Nueva York, o los planos antes de toda la sucesión de acontecimientos que llevan a nuestro protagonista al corredor de la muerte, están filmados con bella luz del día, árboles, parques, limpieza; los planos que cuentan la caída libre de David Gale, y la intrusión de Bitsey, la periodista, en ese mundo cerrado de mentalidades retrógradas y violencia a la vista e interior, están filmados con días lluviosos, barrizales, pobres viviendas.
La Vida de David Gale cuenta una historia de honor y de fanatismo, de defensa por la propia vida y de sacrificios sobrehumanos por el bien común. Y pese a todos los grandes temas que trata no consigue convertirse en una obra magna tal vez porque los trata de manera un tanto superficial, quizá por miedo a no quedar trascendente. Pero una película con semejante temática necesita grandes intérpretes para que sea creíble, y aquí reside el gran logro de la cinta, en las interpretaciones de Spacey (contenido y arriesgado), Linney (maravillosa y sensible) y Winslet (carismática y entregada). Sin ellos tres la película habría bajado varios puntos, pero sus comprometidas actuaciones son tan geniales como suelen serlo en todas sus carreras.
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¿Porqué no vivir según nuestras pasiones, según nuestros deseos, siempre que estos no ataquen a nadie? ¿Porqué no reconocer las verdades que nos harían libres, y poder así disfrutar del rayo de sol de cada uno de los días? ¿Porqué no poder escapar de existencias sosegadas y grises para vivir la felicidad que se nos otorga como seres humanos?
En Lejos del cielo todo queda muy, pero que muy lejos del cielo en el que esas máximas podrían ser posibles, pues con el paso de los años los humanos hemos creado unas sociedades, unas comunidades y unos valores que atrapan como los anzuelos a los peces: si quieres soltarte, pierdes la vida.
Cathy (Julianne Moore) vive encerrada en una jaula de oro, pero ella aún no lo sabe. Su vida es plácida, en compañía de su afectuoso marido y sus hijos, con la comodidad de una preciosa casa y buenos amigos. Además, sin ostentación, pero con un buen nivel de vida, posee servicio siempre que lo necesite. Pero como los árboles que rodean su jardín, que una hoja esté marchita y su color con el sol realce las bellezas de las creaciones de Dios en la tierra; no significa que esa hoja no vaya a caer, no haya muerto.
Súbitamente, y como silenciosas corrientes interiores de secretos y susurros, la vida de Cathy va a desmoronarse, sin freno, y todo lo que ella creía tranquilo, en orden, cambiará de manera que ella no podrá seguir siendo la misma persona.
Tood Field realiza con esta extraordinaria película la mejor de toda su colorista y vibrante carrera, ya que además de la belleza formal de sus encuadres, que merecen todos los premios de fotografía habidos y por haber, consigue crear un vívido estudio sobre la insatisfacción y los deseos humanos. Todo en su película respira cuidado, inteligencia, sutileza. Es difícil ver Lejos del Cielo sin sentirse absorbido por las furtivas pasiones de sus protagonistas, por el entorno tan bello y tan opresivo que les rodea. Es dificil imaginar un reparto más perfecto o más equilibrado que el de esta cinta.
Y es humanamente imposible imaginarse una actriz mejor en el papel de Cathy, pues lo que hace Moore en esta película es sencillamente insuperable. Por derecho propio hace que aclamemos una interpretación tan compleja, tan bella y dolorosa como la de Moore en esta película. Una mujer cualquiera en una vida cualquiera. Una mujer con su mundo, sin embargo, cayendo bajo sus pies, sin poder gritar, sin poder llorar, pues su labor y su virtud supuesta es el aguante y el silencio. Y la actriz expresa cada segundo de esos hechos, cada sorpresa y revelación, de manera que solo puedo calificar de perfecta.
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Dawson Crece supuso un hito de audiencias y fenómeno Fan en Estados unidos ante todo, debido a la certeza con la que presentaba a una serie de personajes que se enfentan al dificil proceso de madurar, de convertirse en adultos y salir de una pequeña localidad ficticia de la costa este de EEUU. Pero los problemas a los que se enfrentaban los protagonistas de esta espléndida serie eran, son, y serán universales y ahí radica el secreto de su éxito. Presentada como una sere juvenil fue mucho más que eso, al adentrarse durante 6 años en la compleja psicología de sus personajes, los cuales fueron evolucionando conforme pasó el tiempo hasta llegar a uno de los finales más emotivos que haya dado la televisión.
La serie comienza con Dawson, un joven soñador y amante del cine que vive en una pequeña localidad costera y comparte su tiempo con su mejor amigo Pacey, menos simple de lo que parece, y su mejor amiga Joey, obligada a madurar por sus problemas familiares, prácticamente huérfana y con una familia que mantener. Su tranquilidad se rompe con la llegada de Jen, una joven de Nueva York enviada a modo de castigo a pueblo por su pronta relación con el sexo y las drogas, consecuencia de una tambaleante estabilidad emocional. Al pasar los años se incorporán nuevos personajes, como un joven que vive su sexualidad de manera confusa o una joven que lucha por salir de la depresión, y ya al llegar a la universidad (una apuesta arriesgada de la serie, ya que Campeside, el pueblo, se había convertido en un personaje más), las parejas y nuevos amigos de los protagonistas. Así mismo también se mostró la relacion de los protagonistas con sus padres.
Si algo se recordará de esta serie es la madurez e inteligencia con la que estaban presentados sus personajes y las relaciones entre ellos. Emocionantes fueron los caminos que siguieron Dawson con sus padres, con sus mejores amigos, todos ellos con sus ambiciones, que a menudo chocaban con la realidad. La relación de Joey con su hermana o con los dos amigos que le dividió el corazón y sobre todo el personaje sorpresa y estrella involuntaria de la serie: Jen, su relación con su abuela, atormentada por la vida y encarnada de manera maestra por Williams, al igual que todos los demás actores en los mejores papeles de sus carreras, encarnados con maestría y sensibilidad por todos ellos.
Recordamos también su preciosa fotografía y su gran Banda Sonora, tanto el score como los temas pop que presentaron a muchos artistas como Norah Jones o Damien Rice.
Para todo aquel que haya querido amar, crecer, y simplemente, vivir