Críticas De: Polvidal

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Su valoración: Muy buena
31 de Agosto de 2011
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Hubo un tiempo en que la censura planeaba de forma explícita por las redacciones de medio mundo, bien en forma de rotulador rojo o con llamadas, muy breves, al más alto nivel. Esa práctica, que llevaban a cabo tanto los gobiernos autoritarios como los democráticos, huele a pasado, a etapa ya superada. Inocentes de nosotros, pensamos que el mérito se debe a nuestra madurez social. Sin embargo, si por algo ha desaparecido casi por completo es porque se ha impuesto un modelo de comunicación mucho más amable para el poder, el de la autocensura. Sobre una etapa en la que el periodismo estaba comprometido con la verdad se basa ‘The hour’, una de las series más sorprendentes de la temporada, ‘Made in Britain’ y ‘by BBC’.

En tan sólo seis episodios, la producción nos muestra las entrañas de un nuevo programa informativo en la BBC de los años 50, desde su gestación hasta su sorprendente desaparición. Aaron Sorkin ya intentó enseñarnos los entresijos de la televisión en la fallida ‘Studio 60’ y parece que volverá a intentarlo para la HBO con ‘More as this story develops’. Sin duda, la trastienda de un programa puede resultar mucho más apasionante que el material emitido. Si en aquella época nos sirve para comprobar el grado de integridad de una profesión en declive, en las redacciones de hoy en día nos permitiría averiguar la holgazanería de un periodismo que ya no entiende de investigaciones.

Freddie Lyon es la viva imagen del periodista en extinción. Apasionado de su trabajo, siente especial predilección por los temas más inaccesibles, aquellos que el poder se esfuerza en ocultar. Es un personaje incómodo, sumamente cínico, con una gran capacidad de análisis y de crítica. El actor Ben Whishaw, apenas conocido por su papel protagonista en ‘El perfume’, dibuja así uno de los personajes más carismáticos y entrañables de los últimos tiempos.

La satisfacción más grande de ‘The hour’ la encontramos, sin embargo, en su relación con la productora del programa homónimo, Bel Rowley. Una relación que traspasa la amistad pero que no alcanza el amor, con la misma confianza que une a dos hermanos pero con cierta tensión sexual sin resolver, al menos desde uno de los dos bandos. Una mezcla de admiración, cariño y pequeñas dosis de deseo que emociona por su singularidad, por su inocencia.

‘The hour’ mezcla, por tanto, el ‘thriller’ de espías con las conspiraciones políticas, el drama romántico con el día a día en una redacción de noticias, una historia de época con lectura actual. Todo ello con la elegancia y la sobriedad de las producciones británicas. Una miniserie altamente recomendable, en especial para aquellos escépticos con una profesión, la del periodista, que todavía está a tiempo de recuperar el prestigio perdido.
polvidal
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Su valoración: Notable
13 de Enero de 2009
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Todo el contenido de Mi nombre es Harvey Milk, de principio a fin, es conveniente, no tanto para los concienciados heterosexuales que deciden acercarse al cine para verla sino para los gays que gozan en la actualidad de un entorno aparentemente más favorable del que viven los personajes de la cinta. Los homosexuales quizá ya no serán marginados en el trabajo por acostarse con hombres, puede que ya no sean detenidos brutalmente en redadas policiales, pero lo que está claro es que su plena integración en la sociedad sigue siendo una utopía.

Van Sant no sólo consigue con Mi nombre es Harvey Milk una película aleccionadora, sino que también logra desprenderse del lastre alternativo, casi surrealista, que había tomado su filmografía. Puede que Elephant o Last days sean obras de culto, pero bienvenido sea su cine más comercial cuando viene acompañado de un guión accesible, pero no por ello con menos valor, y un sentido del ritmo mucho más digerible que en sus anteriores propuestas.

Una fotografía absolutamente acorde con el contexto setentero y la mezcla entre la ficción y la realidad, en forma de documentos visuales de incalculable valor, son una de las grandes bazas del filme. Las declaraciones de la cantante Anita Bryant, una especie de fanática religiosa obsesionada por comparar a los homosexuales con el diablo, parecerían de ciencia ficción si no fuera porque forman parte de la acertada documentación de la película, a la que también se suma la redada policial que da comienzo a la cinta y su excelente epílogo.

El gran acierto de Mi nombre es Harvey Milk lo encontramos sin duda en la aportación de Sean Penn, sin cuya interpretación el personaje correría un serio riesgo de histrionismo, pero también en otros papeles como el de James Franco y otros secundarios de lujo como el entrañable activista al que da vida Emile Hirsch (Hacia rutas salvajes).

Todos ellos conforman un biopic arrastrado en determinados momentos por los vicios habituales del género (música grandilocuente, ensalzamiento del homenajeado, posibles pasados oscuros obviados) pero no por ello menos necesario. Los sermones políticos de Milk no sólo contribuyen a refrescar la memoria sino que también sirven para recordar al colectivo gay, cada día más banal, cada día más esnob, que no todo está ganado. Más allá de las leyes, todavía queda pendiente una batalla mucho más difícil de conquistar, la de las viejas costumbres.
polvidal
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Su valoración: Interesante
23 de Abril de 2008
11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Algo hay en la historia que nos cuenta Coixet en su última película que atrapa. No sé si el morbo de una relación entre hombre maduro y jovencita o si el juego dialéctico del protagonista consigo mismo o por el mero hecho de ver en pantalla un romance protagonizado por Penélope Cruz y Ben Kingsley. El caso es que Elegy despierta algunas de las sensaciones con las que tarde o temprano deberemos convivir, los miedos frecuentes del ser humano.

El paso del tiempo es sin duda el más aterrador. Todas las acciones y reacciones del profesor Kepesh se mueven en torno a ese reloj biológico que le recuerda constantemente que los años pasan y que con ellos marchan también las oportunidades. En su lucha contra la edad a veces sale ganador, logrando por ejemplo que su capricho en forma de joven estudiante termine arrojándose a sus brazos. Pero en tantas otras ocasiones son los años los que terminan venciéndole y frenando lo que de joven de bien seguro hubiera derivado a final feliz.

El argumento de esta extraña historia de amor puede que resulte más satisfactorio desde las páginas de un libro que en forma de filme intimista. Las reflexiones que va vertiendo el protagonista sobre la vejez y su relación con Consuela seguramente sean más reveladoras en la novela El animal moribundo, de Philip Roth, en la que se basa la película. Sin embargo, los de la productora independiente Lakeshore parecían muy interesados en llevarla al cine y por el camino se encontraron a una Isabel Coixet entregada que gustosa aceptó el reto.

Se nota que la directora catalana ha renunciado a gran parte de su creatividad con este encargo. Por primera vez se ha enfrentado a la adaptación de una exitosa novela y, aunque asegura que los productores le dieron carta blanca, finalmente ha pesado la fidelidad al autor original. El guión no le ha permitido jugar con los silencios ni con las miradas ni con las músicas como Coixet solía hacer con todas sus obras. Sin embargo, ha sabido hacer suyos esos miedos que refleja la novela original y que tanto la inquietan, como la enfermedad, la soledad o la muerte, y les ha proporcionado entidad.

Un experimentado Ben Kingsley y una Patricia Clarkson que se come a Penélope Cruz con patatas –nuestra actriz demuestra una vez más que el inglés no es su lenguaje más creativo- son el fiel reflejo de cómo influye el paso del tiempo sobre nosotros y de hasta qué punto el amor finalmente sí tiene fronteras.
polvidal
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Su valoración: Pasable
13 de Enero de 2012
10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil.
¿Entenderíamos que un biopic sobre Adolfo Suárez, primer presidente español tras la dictadura de Franco, se detuviera más de 10 minutos en su conocida enfermedad neurodegenerativa? Además de calificarla de mal gusto, la posible adaptación cinematográfica se consideraría inmediatamente inválida, por centrar la atención en los últimos años de un personaje cuya trascendencia histórica se remonta a la mediana edad.

Algo parecido es lo que ha sufrido Margaret Thatcher con La dama de hierro, una ambiciosa producción sobre la vida de la exprimera ministra británica que decide utilizar su delicada situación actual como hilo conductor de la trama. Parece que la directora sólo ha encontrado en sus últimos días la manera de humanizar a uno de los personajes más odiados de la historia reciente, mostrando la etapa más frágil y vulnerable de cualquier ser humano. ¿Lo consigue? La estrategia puede que infunda lástima en algún espectador pero lo que seguro genera en la gran mayoría es hartazgo.

La fórmula de retroceder al pasado desde la vejez para explicar una biografía está tan manida que cualquier guionista debería esquivarla. Sin embargo, es recurrente evitar la narración lineal con interrupciones constantes. A veces tienen un valor añadido, como en Titanic, y otras tantas sólo sirven para entorpecer la trama interesante, como es el caso de La dama de hierro. El filme centra tanto interés en el presente que incluso parece que son los flashbacks los que obstruyen el argumento central. Y hasta ahí podíamos llegar.

Paradójicamente, aunque la cinta dedique buena parte del metraje a la etapa final de Thatcher, otro de sus grandes pecados es la ambición por abarcar todas las etapas de la vida de Maggie. Desde su juventud como dependienta en la tienda de sus padres hasta el abandono de Downing Street. Separar el grano de la paja es uno de los ejercicios más complicados en todo biopic. ¿Realmente es necesario contarlo todo? ¿Hasta qué punto interesa la juventud de esta mujer? Frost contra Nixon, por poner sólo un ejemplo, retrató mejor al expresidente estadounidense mediante un episodio concreto que copando todas las etapas de su biografía. Y cada minuto resultaba apasionante.

¿Qué queda entonces por resaltar en La dama de hierro? Es evidente. La aportación de una Meryl Streep que asimila sin pestañear un personaje que supondría la tumba de cualquier otra actriz. La insistencia por la vejez de la dama de hierro sólo tiene un aliciente, además de la impresionante caracterización. Streep demuestra que es posible interpretar a una persona mayor sin caer en lo cómico. Restriega así su amplitud de registros, interpretando a dos Thatchers diferentes, a cada cual más apabullante. ¿Puede un talento de Oscar salvar un filme mediocre? Es probable que no, pero al menos justifica el desembolso de una entrada de cine.
polvidal
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Su valoración: Interesante
19 de Octubre de 2007
19 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Las películas que sobre la guerra civil se tienden a hacer en nuestro país son propensas a seguir el mismo tipo de patrón. Con un evidente objetivo de denuncia, la obra resultante termina siendo inverosímilmente mitificadora. Moviéndose siempre en el exagerado discurso de sus protagonistas, estos terminan por alejarse del espectador actual, que no siente ninguna implicación ante la desmesurada plasmación de su espíritu reivindicativo.

Los discursos se corresponden más bien con lo que nos gustaría que hubieran sido que con lo que realmente fueron. Un ejemplo lo encontramos en la escena que abre la película, en la que dos de las trece rosas aparecen entarimadas reclamando a los cuatro vientos que la paz de nada sirve sin libertad. Ni se las creían los vecinos del pueblo que las escuchaban ni, por sobreactuadas, nos las terminamos de creer los espectadores.

En ese terreno de inverosimilitud se mueve la primera mitad del filme, entre decorados y vestuario más propios de ‘Amar en tiempos revueltos’ que de una producción ambiciosa y situaciones forzadas como la que vive la rosa Verónica Sánchez con un matrimonio fascista en un tranvía de Madrid. O la que presencia todo un pueblo cuando unos soldados golpean a unos pobres viejecitos por no saberse la letra del ‘Cara al sol’ y que tanto recuerda a escenas similares de ‘El pianista’ o ‘La lista de Schindler’. Todo ello, como decimos, forzado y poco creíble.

La primera parte de ‘Las 13 rosas’ también se encarga de presentarnos a tan hermosas damas, haciendo hincapié, eso sí, en algunas más que en otras, de manera que el lucimiento y la palma se la llevan una sorprendente Verónica Sánchez y la más que convincente Pilar López de Ayala. Sin duda, el elenco de actrices contribuye a dar credibilidad a una película que aumenta en realismo a medida que avanza el metraje. Desde el momento en que las protagonistas ingresan en prisión se acrecienta el valor interpretativo de sus actuaciones, aunque de nuevo algunas escenas vuelven a pecar de excesiva artificialidad (¡esa escena en el patio de la prisión con las niñas bailando claqué!). A las interpretaciones se suma el impresionante papel de Goya Toledo como carcelera fría pero contenida y que tanto recuerda también al que en su día protagonizó Leonardo Sbaraglia en ‘Salvador’.

Ambos filmes se crecen de manera impresionante a medida que avanzan. Y ambos desembocan en un desgarrador final que, de tan realista, encoge el estómago. El espectador sufre y siente miedo para terminar con lágrimas en los ojos. La mejor manera, sin duda, de llegar a la conciencia. Ambas películas, en cambio, cometen también el mismo error: edulcorar un final que cumple mejor su cometido en la cruda realidad con mensajes lacrimógenos y declaraciones de intenciones que no hace falta resaltar. Ambas son, sin embargo, necesarias para no olvidar.
polvidal
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