14 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Brian de Palma ha demostrado ser un realizador bastante versátil en cuanto a realizar proyectos personales en los que dejar de una manera más clara su impronta o ejecutar entretenimientos comerciales que con su nombre tras los créditos alcanzan más importancia crítica de la esperada en superproducciones (ahí están Los Intocables de Elliot Ness o la espléndida Misión Imposible). Los primeros 20 minutos de esta irregular pero fascinante película son lo que se puede considerar la firma de un pintor en un cuadro que le han encargado pero en el que quiere dejar su sello, esto es, un impresionante plano secuencia que compensa el visionado de toda la cinta. Y a pesar de que a medida que van pasando los minutos van aumentando los convencionalismos, y de que Nicolas Cage ya no sabe como estirar sus muecas, un thriller comercial perpetrado por de Palma siempre se deja ver con mucho más que gusto.
Tras una fructífera etapa norteamericana con más luces (Robocop, Desafío total, Instinto Básico y esa maravilla cínica y tocapelotas llamada Starship troopers) que sombras (Showgirls, El hombre sin sombra, aunque a mi ésta me pareció simpática) el inclasificable (¿artesano? ¿autor? ¿importa eso?) Paul Verhoeven vuelve a su holanda natal para realizar ésta espléndido relato ambientado en su país en la segunda guerra mundial, con una trepidante narración, un guión de acero y una nada maniquea visión de los personajes, mostrando un escenario en el que no todo es blanco ni negro, en el que ni todos los oficiales alemanes eran psicópatas sedientos de sangre (en serio, Spielberg) ni todos los miembros de la resistencia unos angelitos de la caridad, sino un abanico de grises que se van cruzando en los problemas de la increíble heroína interpretada de manera magistral por Carice van Houten. Un par de excesos marca de la casa (uno de ellos con heces humanas de por medio) privan de la perfección a una película que muchos críticos pedantes han declarado que te reconcilia con el cine. A los que no nos hemos peleado nunca con él también nos ha gustado.
18 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil.
El prestigio crítico (más que discutible en sus motivos) que han alcanzado esta pareja de hermanos, los Pang (¿Pang? ¿Oxide?), responsables de la discretita The eye y sus vomitivas secuelas, hizo que la productora de Sam Raimi les diera la oportunidad de dirigir su primera cinta en los Estados Unidos para así demostrar que son unos de los gurús del cine de terror asiático y aportar novedades al género y aterrarnos con imágenes perturbadoras y bla, blu, bla...¿Y qué han hecho estos farsantes?: lo mismo de siempre...casa con espíritus que en realidad quieren decir algo, niños despeinados con la cara blanca, sustos únicamente empleando el sonido (unos 25, el mismo susto que te puedes llevar cuando te pita un coche...25 veces), trampas argumentales y sorpresa final con flashbacks en blanco y negro para que digas...uh...como no me habré dado cuenta. Seguramente no nos damos cuenta por que hasta entonces todo es tan previsible, manido, gratuito y cutresalchichero que sinceramente, nos importa un huevo de pato lo que ocurra al final. Lo único digno: ver a Kirsten Stewart (la excelente niña de La habitación del pánico) mostrando su talento y su emergente belleza, sin duda dignas de mejor causa que esta historia mil veces contada.
Uno desconocía antes de ver esta desmitificación tanto del western como del personaje de Jesse James la trayectoria de su realizador, Andrew Dominik, como director de segunda unidad de varias de las películas del gran Terence Mallick (La delgada línea roja, El nuevo mundo), aunque si había visto su ópera prima como realizador, la interesantísima "Chopper". Lo cierto es que el tratamiento tanto visual como narrativo de esta buena película, a ratos excelente, se acerca más al estilo letárgico y preciosista de Mallick que al de la pequeña cinta australiana protagonizada por Eric Bana. Sin embargo, sorteando el defecto más popular de su maestro, Dominik presta tanta atención al preciosismo visual (algunos planos son sencillamente imperecederos en la memoria del espectador) como a la narración fluida de un relato, excelentemente interpretado por un Casey Affleck, auténtico protagonista de la película, que roba todas y cada una de las escenas que comparte con Brad Pitt, lo cual tiene su mérito dado que éste también realiza una gran interpretación (tampoco convendría olvidarse de Sam Rockwell como Charlie Ford, probablemente el mejor trabajo de su carrera). El principal defecto que priva a esta cinta de ser la obra maestra que podría haber sido es una media hora final prácticamente innecesaria, salvo para estirar el ya perfectamente definido personaje de Robert Ford, pero eso no le resta valor como auténtico ejercicio de western desmitificador, una suerte de antítesis del estilo pomposo y efectista de Sergio Leone que guarda al menos media docena de secuencias realmente memorables.
16 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Fernando León de Aranoa es un tipo curioso. Vino por mandato divino al mundo del cine para sermonearnos y castigarnos por nuestros pecados, con el fin de culparnos de todos los males de nuestra sociedad, culpas de las que él, por lo visto, se exime por estar detrás de una cámara (aunque no lo hace muy bien). El problema de Princesas es que ni siquiera muestra el problema, sino las andanzas de un par de prostitutas rodeadas de topicazos en tópicolandia que lo mismo te sueltan un discurso propio de fernando Savater que te sueltan que su máxima ilusión es operarse las tetas. Y para colmo, aunque esto a los progres de postal a los que les pareció necesario este engendro no les importe, cuenta lo poco que tiene que contar mediante una puesta en escena digna de un alumno de prácticas al que le han dejado dirigir un episodio de Los Serrano. Con un cine de izquierdas, social y comprometido así, los fachas pueden dormir tranquilos. En fin, siempre nos quedará Ken Loach.