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Cuando todavía no ha concluido el siglo XIX, esta minúscula filmación de apenas un minuto de duración revela claramente que Méliès ya posee una afición, un deseo y una vocación inequívocamente cinematográficas.
Nos encontramos ante un escenario orgulloso y nuevo en el que no se reproduce lo que existe sino que la realidad es reemplazada, sin reservas, por la ficción.
Todas las posibilidades del cine se encuentran todavía por descubrir pero lo importante es que hay alguien dispuesto a explorarlas.
Nos encontramos con toda certeza ante la propuesta visual más hermosa del siglo XIX y de buena parte de la historia del cine en general.
Coloreado o sin colorear, este cortometraje posee el valor de un auténtico epítome estético que va más allá de la afición por la danza y de la pasión por el cine.
Belleza es la clave.
En un minuto de filmación resume un canon de hermosura y delicadeza grandioso e intemporal capaz de llenar las pantallas en la actualidad con idéntica vigencia a la que poseyó en el momento de su estreno.
Humana y, por eso, compleja, profunda en una trama que dibuja la pricología de los personajes con la mano diestra de quien tiene claro lo que quiere trasmitir y sabe cómo hacerlo, rica en matices, polícroma en su relato, comedida en su emoción.
A lo mejor es que estoy pasando unos días con la sensibilidad a flor de piel pero no dejo de preguntarme cómo ha podido pasar desapercibida una película como ésta.
Original y curiosa propuesta en clave surrealista -de corte suavecito y “finolis”, dicho sea de paso- que posee un enorme calado dramático gracias al que es capaz de sobreponerse una y otra vez a una trama que por momentos parece que se agota en sí misma y amenaza con extinguirse.
Su excepcional fuerza narrativa le permite mantenerse por encima de su propia evanescencia y, lo que resulta más meritorio, renovar su viveza expresiva hasta el final de una película muy bien urdida y extraordinariamente elaborada.
Nos hallamos ante una magnífica obra (a pesar de su brevedad) en que el protagonismo recae sobre una atmósfera perfectamente urdida para transmitir su mensaje.
El corto ofrece detalles deliciosos en su forma y un trasfondo muy humano presentado con delicadeza sin asomo de ñoñez. Y su textura narrativa le confiere una gran fuerza emotiva que se delinea en los trazos de una acuarela segura y resuelta mediante la que se consigue poner en juego todos los resortes de la comunicación.
Mostrar los sentimientos con sencillez es su principal virtud.