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Críticas de: zoquete

zoquete
(Barcelona, España)
666Películas valoradas
40Críticas
Media de sus votaciones: 7,5 (ver sus estadísticas)
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Ordenadas por:
40 críticas (Ver todas por título) Página: 1
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La parada de los monstruos (1932)
Notable
Tod Browning
64 de 85 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Su valoración: Excelente 19 de Julio de 2005
La película va de un enano que se enamora de la trapecista, guapa ella, ambiciosa ella. Así, la bella planea envenenarlo junto al forzudo, su amante y cómplice.

¿Puede existir gente horrible con nuestros mismos sentimientos, o el infortunio les prepara para soportarse? ¿Cómo se puede sobrevivir sin ser agradable a los demás?

- ¿Me querrías si fuera deforme? - Le pregunté a mi amor una vez.

No me contesta. Pensará en un partido de fútbol, en su absorbente ¿trabajo? o en la estúpida revisión de la moto. Le insisto.

- Claro que sí, cariño – escupe. Suena como cuando le pregunto si quiere más ensalada, si prefiere que me compre la blusa malva o beige. Para mí que jamás se ha imaginado con una mujer horrible, tuerta o algo así... quizás con Maribel Verdú en “La Buena Estrella”, ¡pero es Maribel Verdú!

- ¿Y si tuviera un accidente y me volviera más torpe? - Recuerdo las inquietantes imágenes de atroces seres persiguiendo a la bella trapecista. Cuerpos mutilados andantes, desfigurados sonrientes, entusiasmados fantoches. ¿Qué farsa es ésta? ¿no son conscientes de la repulsión que producen?

- ¿Me querrías entonces, por lo que realmente soy, cielo?

Me suicidaría si yo fuera tan grimosa como la mujer barbuda, o calva, o jorobada. ¿Amor ciego? ¿Quién podría quererme así? ¿Quién puede quererse así? ¿Tendría que conformarme con un hombre elefante de esos? Me odio encontrándome horrible y, desde luego, en ningún momento de mi vida lo he estado tanto como el más agraciado de esos monstruos.

No me extraña que esta asquerosa película fuera censurada en su época, o prohibida totalmente como en Nueva York o en Gran Bretaña. “Su producción ha requerido una mente débil, y su contemplación requiere un estómago fuerte” decía el Atlanta Journal en febrero de 1932.

Salí de la sala mareada y deseando maquillarme. Afortunadamente era en blanco y negro, vieja y algo borrosa. Creo que no hubiera soportado ver en color y con toda nitidez a esas muchachas de diminutas cabezas cónicas y sonrisa perversa, además de esos otros individuos de cuerpos mutilados, sin brazos o piernas... y para dos que son normales, el forzudo y la trapecista, resultan ser los criminales.

Dicen que la película nos despierta sentimientos contradictorios, ¿preferimos identificarnos con bellos míseros, o con engendros honestos? ¿Sentimos más aversión por una joroba o por una villanía? ¡Pensadlo vosotros, pero sin prisas!

...

...

¡Con los engendros! ¿Seguro? Hipocritillas... ¡Hasta el propio director se escapaba a vomitar cuando comía junto a los actores, con deformidades reales! A mí, no me liéis, que tengo mis propias dudas por resolver...

- Amor, ¿me quieres por lo que realmente soy?

-¿Por lo que “realmente” eres? ¿Qué es “realmente”? Porque si te vuelves lela, te extirpan las tetas y te fracturan las caderas, ¿cómo te reconocería? ¿por qué te iba a querer? ¿por tu número de DNI?”

“La hermosura ha nacido para triunfar hasta de la estupidez” - Sarmiento
zoquete
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La pianista (2001)
Buena
Michael Haneke
45 de 52 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Su valoración: Buena 19 de Julio de 2005
Erase una vez una princesita que vivía dulcemente arropada por su reina madre, que no madrastra, y que dedicaba los días a ilustrar al pobre vulgo sobre el elevado arte de la música. La bella joven enseñaba la riqueza de emociones que desprenden todas y cada una de las notas que un piano puede verter, como si de un mágico lenguaje se tratara, reservado exclusivamente a quienes le dedican todo su cuerpo y alma. Al anochecer, la ejemplar joven sentía su soledad como un pesado lastre y, a la espera del príncipe azul que le librara de las cadenas de su clausura, calmaba su ansioso corazón educándose para el amor, observando curiosa la pasión de otros amantes y preparando todo su ser para su querido. Hete aquí que el galante caballero hace su aparición y el esperado fulgor de efusiones une en delicada armonía a la deslumbrante pareja, que se reconocen creados el uno para el otro y el otro para el uno...

- ¡Oiga! ¿Me está tomando el pelo? Permítame corregirle (suerte que estoy yo aquí, amigos, o este payaso les confunde). Esa joven princesita es una seca, hosca y arisca cuarentona que malvive con su madre, con la que no es raro que tenga tensos episodios de violencia verbal e incluso física. Esa profesora de piano recrea sus noches contemplando espectáculos porno, espiando las aventuras sexuales de sorprendidos chavales en cines al aire libre e incluso lastimándose con hojillas de afeitar en busca de no sé qué dolores placenteros. Lo único que no me atrevo a rebatir es su virtuosismo y amor por el piano... Ah, y en cuanto al príncipe azul, no es sino un fogoso atrevido con el que intercambia una malsana y cruel relación sometimiento-dominación. Ahora, siga, por favor.

Michael Haneke, director con cintas como ´Funny Games´ y ´Código desconocido´ en su haber, también fue estudioso de filosofía y psicología, y así lo viene dejando patente en sus trabajos. Con ´La pianista´ parece usarnos como conejillos de indias, como cobayas para tantear nuestras indignadas quejas o enfebrecidos aplausos por un cine provocador y embarazoso. Discúlpenme si he pretendido experimentar yo también con mi opinión.

¿Desean asistir a las enfermizas actitudes de una sombría y confusa solitaria? Más que nunca, sólo apto para cinéfilos recalcitrantes y curiosos con sólido estómago.

Tengan especial cuidado de la bomba de relojería tras estas grises secuencias. Mañana mismo tal vez, o quizás dentro de un mes, pueden despertarse en medio de la noche recordando el sutil tic en el ojo de la protagonista, su cruel agresión a su más voluntariosa alumna o el juego de humillación y orgullo con su alumno. Algo les estremecerá. Ése es el gran logro de Haneke: mostrar un personaje enfermo (o socialmente inaceptado), acompañarlo de uno aparentemente sano y plantear la relación entre ambos y su intercambio de papeles, la transmisión de una transgresión, de un violento grito a medio camino entre la pasión y el soez atropello. Rotas las reglas una vez, ¿pueden volver a imponerse?
zoquete
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El hombre que nunca estuvo allí (2001)
Buena
Joel Coen
38 de 45 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Su valoración: Muy buena 19 de Julio de 2005
Esto era un cigarro a un hombre pegado. Silenciosas fumaradas que adquieren todo tipo de formas, que se mezclan con el ambiente creando imaginarias volutas de humo, a conveniencia de quien las observa. Esta es la historia de un barbero florero, casi diríamos que simple adorno en el escenario de la vida, casi diríamos que insignificante sombra al servicio del protagonismo de otros.

Desconfiad de los silencios. Desconfiad del mudo. Desconfiad de las apariencias. Desconfiad de aquel a quien no veis, o de aquel a quien no queréis ver. Porque en esta historia el protagonista es ese peluquero. El humilde se erige en detonante de los acontecimientos, en eje del desarrollo y en la razón del desenlace. Un dócil marido que se deja llevar por las circunstancias, que no discute las cartas que la vida le ha brindado... pero que, sin rebelarse, tiene imaginación jugando.

Hablamos de una infidelidad que deriva en chantaje, de un crimen que se convierte en espectáculo judicial y de una negrísima posguerra cargada de desengaños e ilusiones. Giros en el guión que parecen calibradas piruetas de baile, por lo inesperadas pero también por lo naturales. Temores que se diluyen en incompetencias y tranquilidad perturbada por equivalentes ineptitudes. Un regalo a la intriga sin estridencias, al suspense sin sobresaltos.

Esta barbaridad a medio camino entre el homenaje al mejor cine de los cuarenta y el renacimiento del nuevo cine negro ha sido obra de los Coen, y ya está siendo señalada como su mejor obra, lo cual es encumbrarla en lo más alto del panorama actual. El nicótico rasurador en cuestión se encuentra a cargo del brillante Billy Bob Thornton, en una extraña paradoja de permanente ausencia y absoluto acaparamiento de todo el metraje. Su mujer es la imprescindible Frances McDormand, ajustadísima en su papel, para sorpresa de quienes no la conocieran. El resto del reparto incluye nombres como James Gandolfini, no demasiado aprovechado y conocido para el gran público por su papel de matón en la olvidable (pido disculpas a los fans de la Roberts o del Pitt) “The mexican” o a la joven Scarlet Johansson, que ya vimos en la maravillosa “Ghost World” y a quien habrá que seguir de cerca.

Pero ¡ojo!, es en blanco y negro. No hay fuegos artificiales, ni tiros, ni sonrosaditas escenas de pasión. Pero ya sabéis: desconfiad del silencioso, desconfiad del discreto... quizás sepa más que aquél que tanto tiempo pierde en llamar la atención.
zoquete
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La habitación del hijo (2001)
Buena
Nanni Moretti
32 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Su valoración: Notable 19 de Julio de 2005
No es ficción. No es crítica. No es parodia. Es, ni más ni menos, un trozo de desgracia que te podría haber pasado a ti, que puede pasar a ti, que probablemente te pase a ti, aunque lleve otro nombre y apellidos, aunque no se trate de tu hijo o hermano, aunque el accidente no lo sea en Ancône, ni siquiera en Italia.

Una familia que se muestra bien avenida, donde el día a día no pesa más que una malentendida broma que se confunde con robo, donde la ocupación del padre como psicoanalista sirve para dibujar los tics más incómodos de la sociedad moderna: suicidas, perfeccionistas, obsesos, maníacos... eso sí, desde la distancia de un diván. Una familia llena de complicidades y sonrisas que incluso por momentos puede llegar a resultar excesivamente unida, casi empalagosa.

Pero tampoco hay demasiado tiempo para indigestarnos. Un accidente y el chico fallece. Dolor. Mazazo. Estupefacción. Lágrimas y una banda sonora que súbitamente calla extendiendo su silencio durante minutos. Más llanto. Y el padre que primero se colapsa, después se culpabiliza, cede al cinismo e incluso descuida a los suyos. Múltiples reacciones diferentes ante una única certeza: el dolor que no descansa, el sufrimiento sin tregua y una sensación de desahucio ante una habitación vacía.

La historia es conducida suavemente, con algunos momentos de crispación, de atormentada tensión, pero en absoluto efectista, con una sutilidad que impactará tanto más a quienes hayan padecido experiencias parecidas.

Película de una estrella para quien busca sangre e hígados, de tres para quien desea tiros y acción, de cinco si tenemos interés en evadirnos, de ocho si tenemos el día para reflexionar. Película de diez estrellas, definitivamente, como terapia para convencernos de que el dolor es implícito a la existencia, que nadie tiene el monopolio del sufrimiento, que no hay antídotos contra la desgracia y, sobretodo, como indica el propio protagonista a sus pacientes, que deberíamos aprender a ´holgazanear´ más, aceptar el inesperado devenir y renunciar al control para cada secuencia de nuestra existencia.

El padre, epicentro y omnipresentes ojos que buscan expresar lo inexpresable, se encuentra interpretado por Nanni Moretti, el también director de la cinta y bastante criticado por su excesivo protagonismo en la cinta. Aún así, el papel de Laura Morante, como madre y esposa, no pasa desapercibido, especialmente desde el momento en que las ojeras hacen su aparición, en el que se hace latente su frialdad con el marido e hija, esa tensión contenida de quien pierde parte de sus entrañas.

No es ficción. No es una película para pasar el rato... no para dejarnos caer por azar.
zoquete
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El hijo de la novia (2001)
Notable
Juan José Campanella
28 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Su valoración: Muy buena 19 de Julio de 2005
Escucha... no, no te estoy diciendo que me oigas. ¡Escucha! Es la diferencia entre la actitud pasiva y la activa, porque para esta película lo vas a necesitar.

Brevemente, la sinopsis: Rafael, estresado propietario de restaurante, un ´malabarista que corre arriba y abajo intentando mantener el equilibrio ´, que tiene una madre con Alzheimer, una novia a quien atiende como si florero, una hija para los jueves fruto de su divorcio y un reencuentro con un viejo amigo que le devuelve sueños de su infancia. También tiene dos grandes amigos, inseparables compañeros: su encendedor y su móvil. Un ataque de corazón y un ´¿qué mierda estoy haciendo con mi vida?´, una oferta de una multinacional para comprarle el restaurante y un entrañable padre que se declara tan absolutamente enamorado de su mujer que desea llevarla a la vicaría, tras cuarenta y cuatro años casados por lo civil, ´lo único que no le he concedido´. Un cóctel de lágrima fácil...

¡No!

De lágrima, pero no fácil. Escuchadme: quienes hayan visto la sumamente recomendable ´El niño que gritó puta´ del mismo director sabrán que no hablamos de un Michael Landon, sabrán que la dureza no le resulta ajena. Pero, a diferencia de aquélla, comprobarán también que se puede encontrar amabilidad entre la miseria humana, que el cinismo no deja de ser una coraza timorata y que la poesía se puede consumir sin edulcorantes.

Si el director ya supone un aval, los actores merecen un aplauso rotura de muñecas. Desde Ricardo Darín que no presenta fisura alguna a su novia en la pantalla, Natalia Verbeke. Héctor Alterio como anciano padre merece un pedestal, por la espléndida interpretación y porque todo lo perceptible, también lo imperceptible, y lo aperceptible, lo properceptible, superperceptible, ultraperceptible, noséquéperceptible se armonizan en uno que nos conmueve y nos hace desear encontrárnoslo por la calle, incluso mejor, mirar de otra manera a quien nos encontremos por la calle.

Categoría especial para Norma Aleandro, como la madre. Pasa de la dulzura a la vulgaridad sin apenas transición, sin ese velo de pudor del que tanto cuesta desprendernos. Pierde la mirada en no sé qué rincón de su memoria mientras nos descubre sus inquietudes más infantiles. Nos arroja su severo semblante que estoicamente soportamos para estallar en una tosca carcajada que nos la devuelve adorable. No culpéis a quienes se enternezcan más de la cuenta o, por el contrario, permanezcan demasiado impasibles. Como el documento nacional de identidad, son sensaciones personales e intransferibles.

Despójate de los guantes que confunden tacto con presión. Líbrate de resfriados que conviertan tu nariz en un simple apéndice nasal y, sobretodo, no se te ocurra enmascarar tu gusto tras una previsible capa de caramelo. Cálzate los cinco sentidos y experimenta con unos sentimientos que, de tan milimétricamente reales, parecen ficción. Esa ficción que todos quisiéramos tener la lucidez de alumbrar.
zoquete
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