Críticas De: el Pastor de la Polvorosa

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el pastor de la polvorosa Santander - España

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Su valoración: Buena
13 de Diciembre de 2012
8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Paradojas de los géneros: una de las películas más emocionantes rodadas este año en España, digna de interesar a un público más amplio, sólo será vista por unos cuantos montañeros, relegada por su condición de documental.

La recomendaría a todo el mundo, y en particular a los que piensan que los alpinistas son unos zumbados que buscan la muerte, especialmente cuando ocurre un accidente.

Por lo demás, la película narra perfectamente su historia, contada por sus propios protagonistas, ahorrándonos la mitología barata y la épica hipertrofiada de las retransmisiones deportivas: con honestidad y rigor. Ello nos permite seguir la historia con la emoción de quien no conociera su final.

De paso, nos habla de unas cuantas cosas que deberían ser de interés general, al margen de cuál sea nuestra relación con la experiencia particular de la montaña: el desafío de enfrentarse a los propios límites sin saber hasta el momento decisivo cuál será nuestra reacción; la vida digna de ser vivida como aquella dirigida por la pasión; y la muerte como parte de la vida.

También nos recuerda que, cuando las circunstancias exteriores se vuelven especialmente graves, aparece la fraternidad; y lo hace visualmente, como debe ser en el cine (mientras Sergei Bogomolov habla de la hermandad de los alpinistas, vemos, en una carretera nevada en Rusia, cómo los conductores se ayudan unos a otros).

La película se resume para mí en la pureza de la mirada de Horia Colibasanu: aunque esta vez no alcanzara la cima, ha visto cosas que la mayor parte de nosotros ni siquiera imaginamos.
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Su valoración: Buena
7 de Enero de 2013
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Brillante artefacto postmoderno, bella pompa de jabón que no acaba de estallar a lo largo de su deriva de múltiples reflejos, mezcla de folletín en la estela de Los misterios de Paris y videojuego, de álbum pop de concepción unitaria (como sugería José Luis) y sucesión de números de circo, Holy motors ha conseguido concitar la fascinación y el desprecio más absolutos, como puede observarse mediante un simple vistazo a las críticas presentes en esta página.

Dentro de esta dialéctica de adoración y odio tan extremos en que se inscribe la recepción de la película, ¿es posible una síntesis que no caiga en la tibieza?

Una de los rasgos de la película es la sorpresa permanente, así que continúo más abajo.
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Su valoración: Excelente
28 de Julio de 2012
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Narrativa pero no explicativa, poética por su concepción basada en la analogía, por su precisión en la pintura de los detalles y las sensaciones, pero sin sombra de blandura ni narcisismo, Andrei Rubliov es una película sin concesiones, infinitamente ambiciosa, brillante e implacable. Su aparente dispersión se ve encauzada por la fuerza de arrastre de su corriente principal, que muestra precisamente la fuerza misteriosa que empuja al artista a cumplir su vocación casi religiosa en un mundo hostil (el personaje del monje Rubliov deja claro que su verdadera religión es el arte, y no la religión ortodoxa, con la que se permite licencias probablemente anacrónicas en su búsqueda personal de la verdad).

Nunca ningún director de cine había asumido antes con tal intensidad esta idea del arte como religión verdadera, creada por los filósofos y poetas del romanticismo, continuada por algunos herederos a lo largo del siglo XX (desde Heidegger hasta el surrealismo), y en ello radica el magnetismo de la figura de Tarkovsky, que desborda el ámbito de la cinefilia.

La película mezcla la épica y la lírica de forma esforzada y experimental, sin la simplicidad con que lo lograban los poemas medievales o, dentro de la tradición rusa, el Eugenio Oneguin de Puschkin. A pesar de su ambición (lograda) de recrear todo un mundo a la vez remoto y cercano, de su carácter coral y polifónico, la película transmite también la sensación de estar escrita en primera persona: Tarkovsky crea su correlato objetivo en la figura de Rubliov el artista espiritual (del que genera una biografía ficticia y simbólica). A su vez, Rubliov se reconoce en el personaje de Boriska, el constructor de la campana gigante: como él, Tarkovsky fue capaz de organizar y llevar a término un proyecto épico por su ambición y dimensiones, lleno de dificultades tanto internas como exteriores. Tarkovsky es ya en esta película tanto el joven lleno de talento que busca su lugar en el mundo del cine, como el artista maduro capaz de sintetizar sus obsesiones y de plasmarlas, o esculpirlas, en imágenes que se graban en la memoria. El plano en el que Boriska observa los flujos del metal fundido que llenan el molde de la campana parece el autorretrato del cineasta como organizador de un material ardiente.
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Su valoración: Excelente
2 de Junio de 2012
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Como ocurre algunas veces, muy pocas, en la historia del cine (Dies Irae, Sherlock Junior, Tabú, el final de Une partie de campagne...), He nacido pero... se separa misteriosamente del aire de familia que, con el paso del tiempo, acaba igualando a las películas de su época y permanece eternamente joven e intemporal, como recién terminada. Esto llama la atención en una época (la de los primeros años treinta) en que las películas han envejecido particularmente mal, y se han convertido en antiguallas con más o menos encanto, como las pelucas o los sombreros de copa; y en una cinematografía como la japonesa en la que, incluso en fechas muy posteriores, la convención de la interpretación se opone al naturalismo, lo que crea una distancia con el espectador que el tiempo va ensanchando.

Frente a esta tradición, y casi frente a cualquier otra, He nacido pero... casi no parece una película, hasta tal punto carece de convención: el espectador siente quizá la ilusión de que la cámara y el director, invisibles, se limitaran a retratar lo que está sucediendo, ahora mismo, ante sus ojos, en un suburbio de Tokio.

Formalmente es ágil y desenvuelta, y no guarda grandes semejanzas con el estilo contemplativo de las últimas y más conocidas películas de Ozu (que incluyen un remake, Buenos días, de menor alcance). Genéricamente podría definirse como una comedia de aprendizaje, por parte de los niños protagonistas, de lo que Freud llamó el principio de realidad, en la que cosas pequeñas pero terribles se narran sin ningún énfasis; en la que el drama, escondido entre la ligereza, no consiste en la necesidad de matar al padre, sino en ver que no es necesario, porque ya él mismo se sacrificó hace tiempo para encontrar su hueco en una sociedad cuya violencia se descubre simultáneamente; y en la que, a diferencia de lo habitual en el género, dentro de los posteriores neorrealismos italiano o iraní, la desesperanza no está aderezada con piedad ni melodrama. He nacido, pero...
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Su valoración: Muy buena
1 de Junio de 2012
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Quizás esta película, la última de Tarkovski, resulta excesivamente teórica, su mensaje está demasiado a la vista (como si fuera una versión filmada de alguno de los capítulos de su libro Esculpir en el tiempo), su desarrollo presenta algunas torpezas desde el punto de vista de la narrativa convencional y, desde luego, una seriedad absoluta, casi irrespirable. Pero todo se lo perdonamos por su carácter urgente y testamentario, por la belleza trascendente de tantas de sus imágenes, que se graban en la memoria y allí permanecen (a diferencia de la mayor parte de las películas, en las que, pasado un tiempo, uno sólo es capaz de recordar un tono, algún detalle, muchas veces nada), y aun por la importancia de ese mensaje: cuanto más ausente está la noción de sacrificio de nuestras vidas (y, quizá de forma conexa, la de esfuerzo de nuestra relación con la cultura y el arte), más necesaria parece la figura de un profeta que nos recuerde su existencia y nos enfrente con su misterio.

Los críticos que se quejan de lentitud o aburrimiento simplemente se han confundido de género: si escribieran sobre literatura, ¿cuál sería su reacción ante Las lamentaciones del profeta Jeremías, o los Cuatro cuartetos de Eliot?
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