48 de 64 usuarios han encontrado esta crítica útil.
"La profunda soledad del samurái sólo es comparable a la de un tigre en la jungla". Con este breve extracto del Bushido prologaba Jean Pierre Melville su obra maestra "Le Samourai" ("El silencio de un hombre", 1967), referencia indiscutible del presente filme junto con "Chacal" (1973) de Zinnemann, como bien han apuntado otros usuarios.
Y es que el personaje interpretado por Clooney, un frío y hierático asesino profesional, se mueve, efectivamente, como una fiera acorralada, pero no sólo por un enemigo mortal y desconocido, sino también y sobre todo, por su propia soledad. Es evidente también, y así lo ha reconocido el realizador, la influencia del Western, puesto que el argumento es, en esencia, una nueva versión de la llegada de un forastero de pasado oscuro a un pueblo perdido (la secuencia en la que Clooney llega a la plaza de un ficticio Montevecchio y es escrutado por los escasos lugareños es muy reveladora en este sentido). Pero el caso es que a este profesional le hastía su propia vida, su autoimpuesto aislamiento, y llegado con motivo de un último "trabajo" a estos solitarios pueblos, va a entablar relación con el párroco local y con una prostituta (una guapísima Violante Placido), de la que acaba enamorándose.
De ritmo moroso y mínimo guión, con planos lentos y predominantemente fijos, "El americano" es la antítesis de lo que hoy entendemos por cine de acción, acostumbrados como estamos a montajes frenéticos, cámaras al hombro y planos fugaces. Es un filme centrado en el rostro frío y un tanto amargado de un hombre solitario y hastiado, muy bien interpretado por Clooney, que logra aquí una de sus mejores actuaciones. Otro punto fuerte son las localizaciones, muy acertadas, y el uso narrativo que se hace de las mismas, enfatizando siempre la soledad del protagonista (véanse esos planos cenitales del coche recorriendo carreteras desoladas o los inquietantes paseos nocturnos de Clooney por las callejuelas de los pueblos); al igual que en los filmes de Anthony Mann, John Ford o Raoul Walsh, el paisaje es incorporado como un elemento dramático más, de modo que si el personaje interpretado por Clooney es el tigre al que aludo en el título de la crítica, el paisaje y los retorcidos callejones de los pueblos son, sin duda, la jungla.
La maestría con la que está fotografiada la película es incuestionable (hay que tener en cuenta que el director lleva toda una vida dedicado a la fotografía), tanto en el tratamiento del color y la luz como en los encuadres, francamente hermosos. A ello cabe sumar la fuerza que incorporan algunas secuencias, como la inicial, gélida y terrible a partes iguales, y el gusto por el detalle que caracteriza a otras (todas las que tienen que ver con la fabricación y ensayos con el rifle, que remiten a la ya mencionada "Chacal"). En definitiva un buen thriller a la europea, y quizá por eso mismo, poco popular entre el público.
24 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Segunda película de Clouzot, realizada durante la ocupación alemana y de la mano de la productora Continental, creada por Goebbels para competir con Hollywood.
"El cuervo" es el anónimo firmante de una serie de cartas dirigidas a distintos habitantes y autoridades de la pequeña localidad de St Robin en las cuales denuncia sus comportamientos inmorales e hipócritas, propiciando así un clima de sospechas, recelos e inquietudes generalizadas.
Cuando se estrenó el filme, en 1943, no le gustó a nadie; tanto la izquierda como la derecha francesas, así como la Iglesia y miembros destacados de la Resistencia repudiaron su ácida visión sobre la sociedad provinciana, plasmada aquí bajo el signo de la hipocresía, las apariencias y la ruindad. Tachada de colaboracionista fue rápidamente prohibida, y su autor condenado al ostracismo durante un par de años. En mi modesta opinión, que en modo alguno es original, esta película está entre las mejores obras de Clouzot, junto a "El salario del miedo" y "Las diabólicas".
Resulta interesante observar cómo puede cambiar la percepción que genera una obra artística en función del contexto en que es creada; así, este filme, que en su época fue leído como una visión podrida de la sociedad provinciana francesa, visión que presuntamente servía como justificación de la ocupación alemana, hoy puede entenderse como una aguda mirada sobre una sociedad que en gran medida colaboró con los ocupantes, propiciando un clima de sospecha, delaciones y desconfianza que constituye precisamente el eje central de la película.
Beneficiada por un magnífico guión, con diálogos excelentes y una buena labor interpretativa, la historia avanza con buen ritmo, ganando en angustia conforme advertimos que las denuncias de "el cuervo" no sólo revelan la hipocresía de los habitantes de St Robin, sino que logran sacar a la luz el lado siniestro de una sociedad cuyos miembros, parapetados tras una apariencia de normalidad, necesitan pocas excusas para destruirse unos a otros. La realización de Clouzot destaca en la puesta en escena y en la concepción de algunas secuencias, como el hallazgo de las cartas, especialmente la del entierro (un plano en picado muestra la comitiva rodeando una misiva acusadora caída en el suelo) y la de la Iglesia, en la que la carta cae llovida desde las alturas, ante los ojos de los parroquianos.
Por último apuntar que esta película, por el original acercamiento que hace de una sociedad provinciana corrupta enfrentada a su misma corrupción, ha podido influir poderosamente en una obra tan reciente, y en aquél aspecto tan similar, como "La cinta blanca" de Haneke.
20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil.
En el cine, al igual que en la literatura, la figura del intruso que irrumpe en una comunidad, familia u hogar, ha tenido muchas versiones y perspectivas, si bien de entre todas ellas pueden destacarse dos, de carácter moral; así, en ocasiones el intruso es vehículo del bien, y su llegada anuncia tiempos mejores, esperanza o salvación (muy habitual en los westerns, como "Raíces profundas"). Sin embargo, en otras tantas, el intruso trae el mal consigo, o bien es el mal encarnado (¿qué otra cosa es Robert Mitchum en "La noche del cazador", por ejemplo?).
En el filme que nos ocupa el intruso es un oficial alemán que se aloja como huésped indeseado en una casa habitada por un tío y su sobrina, situada en una zona rural francesa durante la ocupación nazi en la segunda guerra mundial. La película explora los sentimientos de los dos pobladores de la casa hacia el oficial, en el que concentran el odio y el desprecio que en ellos, y por extensión en gran parte de la sociedad francesa, genera la ocupación. Lo llamativo es que ese desprecio se materializa en incomunicación; el intruso es concebido como una bestia, como un ser inhumano, natural prolongación de la barbarie nazi, y por tanto no merece que se le dirija la palabra. Pero aún más importante que esto es la reacción del oficial, un hombre sensible, culto y educado, que en los "solitarios" discursos que pronuncia en presencia de sus mudos "anfitriones", expresa su esperanza en un futuro de paz y de entendimiento entre franceses y alemanes, al tiempo que deja ver la atracción amorosa que en él provoca la sobrina.
La película carece prácticamente de diálogos, estructurándose en torno a la voz en off del tío, que recuerda la estancia del oficial, y en los ya mencionados discursos que este último realiza en el acogedor salón de la casa, en los que la única respuesta que recibe es la del tiempo que pasa, materializado en el constante y omnipresente tic tac de un reloj. El escenario sólo cambia con el eventual viaje del oficial a París, viaje que constituye una fatal toma de conciencia para este personaje, que constata entonces su soledad, tanto física como espiritual.
Pese a tratarse de una opera prima, el talento de Melville, tantas veces glosado en otras obras suyas, está ya presente; es impresionante su facilidad para transmitir emociones y estados de ánimo con primeros planos y planos de detalle (las manos), y lo natural que en su forma de filmar resulta esto, cuando en otros realizadores parece forzado. Si a ello unimos buenas interpretaciones, una magnífica fotografía y el interés de lo narrado, sólo queda disfrutar de esta estupenda película.
Continúa en spoiler.
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En el último encuentro en la sala que mantienen los tres personajes del filme se evidencia, por medio de dos únicas frases, que tanto el tío como la sobrina han desarrollado un aprecio sincero por el intruso, por aquél a quien en un principio consideraban una bestia; cuando el oficial, tras llamar a la puerta, permanece fuera, sin entrar, a diferencia de lo que hacía anteriormente, está esperando ser tenido, al fin, por humano, por alguien digno de ser invitado. Cuando el tío pronuncia su "Entre, señor", esta esperanza se hace realidad, y el oficial es aceptado como un igual; es por eso, porque ahora merece ser invitado, por lo que puede también ser despedido, y de ahí ese "adiós" de la sobrina, todo ojos y sentimiento, amor en suma. La cita de Anatole France que el tío le señala antes de la partida, unida a ese plano secuencia final hermosísimo, cierran este gran debut de uno de los mejores directores franceses de todos los tiempos.
18 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Tercera película como director de Henri Georges Clouzot, un director al que debemos varios de los mejores títulos de suspense del cine francés, "Quai des Orfevres" es un ejemplo temprano de sus virtudes realizadoras y de su capacidad a la hora de abordar historias policiacas.
Un matrimonio que trabaja en los teatros de variedades y una vecina fotógrafa se ven implicados en un asesinato, el cual será investigado minuciosamente por un policía, que volcará sus sospechas sobre cada uno de ellos, hasta dar con la solución final.
El filme se beneficia sobremanera de una óptima y acertada ambientación, que oscila entre el mundillo de los teatros de variedades y el de la comisaría, circunstancia que puebla la pantalla de un buen número de secundarios bien concebidos e interpretados, factor muy destacable del cine francés de todos los tiempos. Las secuencias que transcurren entre bambalinas y en las diversas dependencias de la comisaría cobran así una riqueza especial, al tiempo que proporcionan giros humorísticos y críticos (especialmente en relación con la actividad policial, hacia la que se muestra gran desconfianza). Clouzot, que antes de dirigir escribía guiones, es coautor de éste, que adapta una novela de S.A. Steeman, logrando un muy buen resultado, especialmente en los diálogos más irónicos y cáusticos, normalmente aquellos en los que interviene el policía, soberbiamente encarnado por Louis Jouvet, un magnífico actor. Buena es también la labor de los otros tres protagonistas, destacando la coqueta y ambiciosa cantante que interpreta Suzy Delair.
Mención aparte merece la música, que cobra especial importancia al desarrollarse el filme en los teatros de variedades, destacando varias canciones, especialmente "Dance avec moi", cuya melodía preside parte de la película. La realización de Clouzot es elegante y clásica, al igual que la fotografía, destacando especialmente las secuencias finales, con montaje paralelo, que transcurren durante la nochebuena. Le conviene al espectador permanecer atento, pues tras las doce campanadas hay regalo, y como los buenos, es una sorpresa.
18 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Al final, tras más de nueve horas de duración, "La condición humana" llega a su fín, y para algunos espectadores (entre los que me cuento) llega también la certeza de haber contemplado una estremecedora historia y una gran obra artística, verdaderamente digna de elogio.
En esta tercera parte asistimos a una desesperada huída hacia delante en la que Kaji, acompañado de otros soldados y refugiados ocasionales, trata de escapar de las líneas enemigas. Por el camino le acosan las situaciones habituales y terribles a las que ha acabado por acostumbrarse, como la crueldad, la iniquidad, la injusticia y la desesperación. A todas ellas se suma un descubrimiento más terrible: la propia crueldad y dureza de la que se creía incapaz. Finalmente su marcha será abortada, cayendo prisionero de los soviéticos que lo confinan en un campo de trabajo. Pero Kaji escapará nuevamente; su espíritu es demasiado libre y poderoso para ser encerrado, y quebrado físicamente será el amor incondicional que siente por su esposa el que lo aliente en un último y estremecedor esfuerzo por volver junto a ella.
El filme, en la línea de los anteriores, es una maravilla visual, con una prodigiosa fotografía en blanco y negro que realza aún más la calculada composición de los planos, algunos de los cuales parecen cuadros. Son secuencias destacadas las del bosque por el que se arrastran soldados y refugiados, al límite de sus fuerzas físicas y morales, y también la última de la película, que uno no puede ver sin emocionarse. En el guión cobra mayor importancia la voz en off, esto es, los recuerdos y la reflexión íntima, que los diálogos, tal vez porque a estas alturas de la historia todo está ya dicho, y a Kaji sólo le queda recordar a los que quiere y también los ideales que la guerra ha destruído.
Por último, me uno a aquellos usuarios que se han sorprendido del escaso eco que esta gran obra tiene; incluso en libros escritos para cinéfilos es flagrantemente ignorada y el nombre de su director despreciativamente arrinconado a un lado. Ni a la película ni a su director los encontraremos en las habituales listas de las cien mejores películas o directores. Supongo que carece de sentido buscar excesivas justificaciones, debe tratarse de la condición humana.