Los recuerdos de aquello que fue, de la infancia y la adolescencia, constituyen, en gran medida, nuestro ser. La evocación de las imágenes, las personas y los momentos de esas etapas, cobijadas en la parte del cerebro donde residen los recuerdos, nos acompañan e influyen a lo largo de la vida. En el caso de Salvatore, su existencia está íntimamente relacionada con el cine de su pueblo, aquel lugar donde los lugareños se congregaban y se sentían partícipes dentro de la comunidad, donde reían y lloraban, donde dejaban atrás las preocupaciones cotidianas y se adentraban, cuando las luces se apagaban, en otro mundo, como si soñaran. Es en el Cinema Paradiso donde Salvatore conocerá a Alfredo, la persona que marcará su existencia, un hombre cándido que le enseña su oficio, a la vez que le transmite su amor por el cine, su escuela de vida y enseñanzas. Entre ellos se labra una sincera amistad, el verdadero sustrato de la película, que encarna el maridaje entre la experiencia y la ilusión por conocer y aprender.
Será en la adolescencia, momento al que abre paso G. Tornatore de forma magistral, cuando Salvatore conozca a su otra gran pasión, donde descubra el amor, un sentimiento que le estremece y le angustia, le produce nostalgia. Tras el servicio militar, la tristeza, el desasosiego y el desamparo se apoderan de él: ya no es el mismo, las cosas han cambiado, necesita marcharse, dejarlo todo atrás e ir a perseguir sus sueños, algo a lo que le impulsa Alfredo, cuyo legado hacia Salvatore, el culmen de la película, emociona, conmueve hasta las lágrimas.
Cinema Paradiso es ante todo un canto al cine, a la memoria, a la amistad y al amor, una película enternecedora, con una gran música, por la cual transitan una extraordinaria galería de personajes (el loco de la plaza, el cura censor, el acomodador timorato, el conocedor de diálogos, el señor que escupe, el nuevo rico…) que, además de dotarla de comicidad, la convierten en entrañable.
No habrá paz para los malvados (título tomado de un versículo del profeta Isaías) es una muestra de cine negro en estado puro que gira en torno a una compleja intriga —la cual involucra a narcos colombianos y terroristas yihadistas— desmenuzada por Enrique Urbizo lentamente, con paciencia y, al mismo tiempo, claridad expositiva, mientras aparecen —rodados con elegancia, sequedad y tenebrismo— descampados, polígonos industriales, andenes y barrios populares de Madrid, amén de bares typical spanish (con sus máquinas tragaperras incluidas) y prostíbulos varios.
Lo mejor de la película, sin duda, es su protagonista, el inolvidable Santos Trinidad —magistralmente interpretado por José Coronado—, todo un antihéroe, un ser sin escrúpulos, un “hombre oscuro”, un detective que pudo haberlo sido todo dentro del escalafón policial pero que por circunstancias desgraciadas (y que no quedan del todo claras a lo largo de la película) se convierte en un fracasado, en un vengador egoísta de gatillo fácil que trata de alienarse, de escapar de su infierno terrenal y su sinsentido vital, bebiendo cubatas a los que cada vez añade menos coca-cola, si bien el azar le brindará la oportunidad de redimirse sin él buscarlo. El modo de actuar de Santos, ese tomarse la justicia por su mano, contrasta con el proceder metódico de la jueza Chacón (Helena Miquel) —ayudada por el perspicaz inspector Leiva (Juanjo Artero)—, que representa lo que debería ser una investigación judicial rigurosa, a pesar de las trabas que provocan la falta de coordinación e ineptitud de los distintos cuerpos policiales; pero Urbizu no utiliza ello como coartada para lanzar una diatriba política que vaciaría de hondura psicológica a la historia y a los personajes.
Con diálogos precisos, silencios, planos y miradas que hablan por sí solos y una excelente fotografía, No habrá paz para los malvados —que comienza y concluye con sendos tiroteos grandiosos— muestra que otro cine español es posible, un cine que no tiene porqué recurrir machaconamente a temáticas guerracivilistas mostradas siempre desde la misma óptica, malvados curas pederastas o sexo fácil y banalizado.
Comienza la película. Nos encontramos en un ambiente futurista, oscuro, triste, decrépito, sucio, humeante, claustrofóbico, contaminado y plagado de publicidad. La humanidad deambula fríamente por las calles, las clases altas norteamericanas se han marchado probablemente a otros planetas, proliferanan chinos, japoneses y egipcios, la urbe es cosmopolita, aparecen tribus urbanas, la policía controla todo, los coches vuelan, la publicidad es omnipresente e hipnótica, las luces de neón abundan, el poseer animales de diseño es un símbolo de distinción, la tecnología ha sido endiosada…
En cuanto a su estética, destaca su barroquismo: ambiente recargado y abundancia de detalles. Dan ganas de ir parando fotograma a fotograma para observar su riqueza visual. Se combinan hábilmente vetustos edificios con impertérritas moles modernas, y lo último en moda y diseño con las tendencias más clásicas. Todo ello, además de la música, dota a la película de intemporalidad: nunca pasará de moda, a la vez que la hace atrayente, cautivadora, inolvidable.
El amor, el miedo a la muerte, el desasosiego, la soledad, la culpa, la rebelión contra el Padre, están presentes en el film como temas esenciales para entender al ser humano. Por ello, no estamos viendo únicamente un espectáculo visual, sino algo más: una obra maestra, un hito de la ciencia-ficción con lecturas abundantes y diversas, algunas de las cuales no pueden captarse, se nos escapan. Es aquí donde radica su grandeza. Solo el constante paso del tiempo y más de un visionado podrán ofrecer nuevas claves, pero la comprensión total de esta obra es casi una quimera.
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Roy encarna el sueño del Tercer Reich: el hombre perfecto. Pero carece de sentimientos, si bien la experiencia acumulada le dota de ellos. Se le conceden, además, recuerdos. Se plantean así dos preguntas: ¿Puede el hombre revestirse de Dios y crear seres a su antojo, como en “Un mundo feliz” de A. Huxley? Y ¿Es la memoria un producto de la realidad, una interpretación de la misma, esto es, una creación humana, o algo que nos han hecho creer, como en el “Mito de la Caverna” de Platón?
La muerte acecha a los replicantes, que la temen. La vida es una cuenta atrás. Un sentimiento de angustia, desasosiego e impotencia les invade ante la imposibilidad de ser unicornios: inmortales. Cada segundo es un paso irremediable hacia el fin. Tienen fecha de caducidad. No podrán contemplar toda la belleza del mundo. Quieren vivir, sentir, amar, llorar. Por eso Roy besa a Pris y se incrusta un clavo. Piensa que la única solución pasa por encontrar a su Creador, que no puede alargar su existencia. Así que el ángel caído se rebela contra el Padre.
Deckard es un tipo frío, duro e implacable, que solo mata (“retira”, según la jerga del film) a mujeres. Paradójicamente solo una, Rachel, es capaz de ablandar su corazón, como también hace Roy. Vive una historia de amor con Rachel, una replicante. “Lástima que ella no pueda vivir, pero quién vive”, le recuerda Gaff.
La riqueza metafórica y simbólica es evidente: la paloma que asciende simboliza el alma y el unicornio alude al deseo de inmortalidad, al tiempo que sugiere que el blade runner es un replicante, pues se le habría dotado de ese recuerdo, lo que añade ambigüedad a la película, invitando a la polémica, favoreciendo su recuerdo, a la vez que hace preguntarnos: ¿acaso somos seres creados?
Blade Runner es, en definitiva, una obra imperecedera que invita a reflexionar sobre la vida y la muerte, a realizarse las preguntas que Deckard expone en un monólogo interior: “¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?...”
Todos nosotros nos hemos preguntado, y nos preguntaremos, sobre cuestiones tan profundas y elementales como quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, en definitiva, sobre el sentido de la existencia. En su nueva película, Clint Eastwood se adentra, a través de su habitual clasicismo, en un terreno espinoso, en un tema tabú para nuestra sociedad: la muerte y el más allá. No lo hace con banalidad, sino de forma seria, digna y madura, sin alardes injustificados. El realizador nos invita así a preguntarnos sobre algo cotidiano, presente y que, sin embargo, obviamos en público deliberadamente por miedo a desmarcarnos de lo impuesto por los adalides de lo políticamente correcto, como si con la simpleomisión de la muerte consiguiéramos ahuyentarla para siempre, aunque en nuestro fuero interno somos conscientes de que a todos nos llega la hora.
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La muerte atormenta, pero también atrae y obsesiona, a los tres personajes principales de la
película, cuyas historias, que al final convergen, se nos muestran a lo largo del metraje con una
cadencia perfecta. George (Matt Damon) es un antiguo médium que no quiere volver a su anterior trabajo porque no soporta una vida plagada de muerte a pesar del don que posee, un don que él considera “una maldición”. Marie (Cécile De France) es una famosa periodista gala que tras vivir una experiencia cercana a la muerte ya no volverá a ser la misma, por lo que decidirá investigar sobre el más allá a pesar de los recelos de sus compañeros, que prefieren centrarse en la figura del difunto Mitterrand a la vez que consideran a la muerte como un tema ideal para yanquis supersticiosos, pero no para una sociedad inteligente, como la francesa. Marcus (interpretado de forma conmovedora por George McLaren) es un chico dickensiano de mirada melancólica que se siente culpable y triste por la muerte de su hermano gemelo Jacob (Frankie McLaren), en quien se escudaba, circunstancia que le impulsa a encerrarse en su soledad, pues no supera su ausencia y por eso desea desesperadamente comunicarse con él, de ahí que vague por Londres como alma en pena mientras contemplamos toda una patulea de fantasmas (lo digo en sentido figurado) que se lucran miserablemente con el dolor ajeno.
Si bien el comienzo de la película es sencillamente espectacular y admirable, en el sentido del gran reto que para un director octogenario supone utilizar (y muy bien, por cierto) efectos especiales, la mayor parte del film se desarrolla a través de los cauces por los que nos tiene acostumbrados el bueno de Eastwood, cuya prioridad es el mundo interior de sus personajes. En este sentido, el oscarizado realizador logra momentos de un gran intimismo, especialmente en las “lecturas” que George realiza, unos momentos captados a través de una excelente fotografía que consigue crear un ambiente de penumbra y de sosiego idóneo para comprender la psicología de los personajes, para conocer sus preocupaciones, miedos y anhelos, sus sentimientos.
El amor también está presente en la película a través de dos historias: la primera, que despierta grandes expectativas en George desde que en unas clases de cocina contempla los labios de la atractiva Melanie (Brice Dallas Howard), nos enseña que la precipitación al mostrar las experiencias más dolorosas, aquellas que alojamos en el lugar más recóndito de nuestros recuerdos, puede conducir al fracaso; mientras que la segunda historia, la de George y Marie, representa el amor hallado, el complemento perfecto, el desenlace soñado.
Más allá de la vida es un compendio de elegancia y sencillez, un ejercicio de cine lleno de oficio, un interesante drama que ahonda en una cuestión esencial: si no existe un más allá después de la vida, qué sentido tiene la muerte, es decir, qué sentido tiene la vida.
Cuarta película del brillante director James Gray tras Cuestión de sangre (Little Odessa) (1994), La otra cara del crimen (2000) y La noche es nuestra (2007).
De entrada, Two lovers (2008), estrenada incomprensiblemente en España con dos años de retraso, parece el típico drama romántico con triángulo amoroso incluido. Sin embargo, a medida que se desarrolla la trama descubrimos una historia de hondo calado, de gran profundidad. No es, desde luego, un film efectista, sino una obra modesta, una historia cotidiana, pero compleja, centrada en tres personajes y cuya única y, a la vez, gran pretensión es preguntarse qué es el amor. Es, por lo tanto, una propuesta de agradecer en estos tiempos en los cuales la superficialidad psicológica de los personajes cinematográficos se acepta por parte de un público que, en general, solo busca entretenimiento acompañado de palomitas y reacciona de forma agria cuando una película invita a la reflexión.
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El protagonista, Leonard (Joaquín Phoenix), es un judío treintañero un tanto infantilizado y extraño, aunque de una gran bondad, que sufre un trastorno bipolar y todavía vive en la casa que sus padres tienen en Brooklyn. Su vida anodina, insulsa y asfixiante, como su habitación, le coarta la capacidad de decidir qué es lo que debe hacer en la vida, pues carece de algo elemental y necesario: de perspectivas de futuro. Está, en definitiva, perdido y sin horizontes tras un fracaso amoroso que no es capaz de superar.
En medio de todo ello recibe, sin haberlo pedido, un regalo muy especial: conoce a una joven, también judía, llamada Sandra (Vinessa Shaw), una chica morena de mirada arrebatadora que se enamora de él, que lo quiere tal y como es, sin importarle las cicatrices que porta en el brazo. Leonard también se enamora de ella. Es un amor correspondido, un amor verdadero. Pero entonces surge un dilema cuando Leonard conoce a su vecina Michelle (Gwyneth Paltrow), una rubia perturbada, inestable y drogadicta. Conforme transcurre la película Leonard va acercándose cada vez más a ella y, por consiguiente, alejándose de Sandra.
A pesar de su maravillosa experiencia con Sandra, Leonard se deja arrastrar por el amor idealizado, quimérico y de ensueño que ve en Michelle, un amor irreal, un amor proyectado como una liberación, como una rebelión contra una vida de la que se siente íntimamente avergonzado, sobre la que piensa que escapando se acabarán sus problemas y se convertirá en una especie de apacible cuento, transformándose así en una existencia sin sufrimiento. Este deseo, este falso amor que no está ligado a cosas concretas, esto es, a unas raíces, a un sustento, y que profesa, creyéndolo verdadero, hacia Michelle, le hace evadirse de la realidad, le crea una gran confusión. Quizá piensa que sus padres y los de Sandra proyectan su unión a través de un prisma económico. Pero, aún con sus defectos, sus padres, Rubén (Moni Moshonov) y Ruth (Isabella Rossellini), solo anhelan su felicidad, como se demuestra en la escena de Leonard y su madre en la escalera.
Gracias a unos personajes muy bien trazados y encarnados por sus actores principales, Two lovers se convierte en una interesantísima y profunda reflexión sobre el amor real y el amor idealizado, sobre el amor correspondido y no correspondido, sobre la felicidad y la vida.