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Críticas de: RARRA
RARRA mADRID - España 
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El jardinero fiel (2005)
Fernando Meirelles
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| 38 de 58 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
6 de Diciembre de 2007 |
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¿Hablamos de abusos de algunas empresas farmacéuticas? ¿O hablamos de la explotación que hacen las productoras y directores de su denuncia? Se está ante una película para “buenísmos”. Qué buenos somos unos y qué malos son los otros.
Se dice que es una buena historia de amor. Bien: entre la protagonista y el protagonista prácticamente sólo aparecen colchonazos. Ni una sola relación más allá de la cama. El no sabe nada de lo que hace o investiga ella, ni se interesa por ello: ella va a lo suyo y le deja a él jardinear; no le comunica nada, no confía en él. ¿Quién es Arnold Bluhm? La escena entrecortada en que ella le impone a él el casamiento es todo menos amor.
Más allá de esa ausencia de una relación amorosa real, la película pretende ser un thriller, pero lo intenta de una manera tosca. No hay espacio para la intriga, ni para el susto, ni para la espera, ni para el guiño, ni para el engaño.
Los malos –prácticamente todos- personajes irreales, y como de cartón-piedra como los protagonistas. Hay que recordar que en las malas películas, los malos son tontos. Y aquí lo son a conciencia. Dejan rastros, hablan, confiesan, denuncian. O son sea: son tontísimos.
La película aburre. Nada es sólido. Los movimientos de cámara no aportan nada sino un afán de parecer progre. "modelno". La inclusión de escenas introspectivas, como en el reencuentro de Chelsea, innecesaria e incoherente con el entorno de la película. Los flasbacks, hartantes, reiterativos e innecesarios.
Ralph Finnes, la misma cara siempre, representando a un diplomático estólido. La verdad: cuando el jardinero reconoce el cadáver pone la misma cara que ponen en otras películas los culpables. Solo faltaba que le nominaran para el Oscar.
Raquel Weisz, algo así como un Oscar ganado en una barraca de feria. O un premio al embarazo. Una interpretación digna pero magnificada.
O Meirelles demuestra que es un director de verdad que no se refugia en mensajes demagógicos o un tercer refrito le hundirá. O sabe dejar la cámara más quieta o desaparecerá. O limita el flashback a sus justos términos o cansará. Su paso del tren por la zona urbana ¿Habrá visto la escena similar de Shanghai Express? Del 32 e increíblemente mejor.
Lo más destacable: Kenya desde el aire. Pero no hay que alarmarse: eso lo pone Kenya. Pobre Kenya: habrá ganado bien poco, y sí perdido con esta película. Ya se sabe: malos, los keniatas, los políticos, los farmacéuticos, el Reino Unido, el capitalismo, Europa, las Naciones Unidas... Buenos: ustedes los espectadores. Aplaudan, por favor. Es el sistema y la regla.
RARRA 
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La joven de la perla (2003)
Peter Webber
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| 6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
12 de Diciembre de 2007 |
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Es clásica la contraposición que se establece habitualmente entre los libros y las películas. Películas basadas en un libro y libros basados en una película. Estos últimos suelen ser malos de solemnidad. Las primeras tienen a veces esa misma condición, pero en ocasiones suelen extraviarse y terminan siendo películas que podríamos llamar independientes.
De esas afirmaciones suelen librarse los libros y películas de pura acción, porque la acción se describe en imágenes o en palabras y ya está. Pero cuando media la menor interioridad de personajes, un mínimo rastro de su intimidad, sean dudas, pensamientos, intenciones o deseos, el libro y la película se ven obligados a recorrer formas absolutamente distintas de exposición que terminan generando obras imposibles de comparar.
Eso sucede a La joven de la perla, obra escandalosamente interiorista. Al mundo fundamentalmente interior de Vermeer lo acompaña el mundo interior de Griet. Junto a unos personajes accesorios y presentados como superficiales, Vermeer y Griet se nos muestran como pura interioridad que nos es vedada conocer y que simplemente podemos intuir.
La película refleja espléndidamente esos Países Bajos de siglo XVII y, más concretamente la vida urbana de una ciudad como Delft de la que apenas se muestra una calle. Y, más concéntricamente, una casa, la de Vermeer con su marco doméstico del que parece ser ajeno: mujer, suegra, servidumbre, mecenas. Y, por fin, el estudio. Y, al final, el cuadro.
Aunque no sea en todo momento, la película, con la autoría de fotografía de Eduardo Serra, refleja, sobre todo en las escenas de la segunda parte, el mundo pictórico de los interiores de Vermeer con su extraña luz que parece robada del exterior. También el color parece tener una importancia esencial: el azul, por ejemplo, que Griet elabora junto a Vermeer es un color que como pigmento utilizaba el carísimo lapislázuli machacado que el pintor nunca regateó y que empleó en el cuadro que da nombre a la película.
N es balde este cuadro pintado por Vermeer es definitorio: un rostro con una sonrisa y una mirada ambiguas sobre un fondo negro. Nuevamente la película nos hace un guiño refiriéndose a la cámara oscura utilizada por Vermeer.
Scarlett Johannson muestra no solamente un parecido suficiente a la joven del cuadro, sino un rostro que refleja todo un mundo que resume la sociedad de aquel momento histórico.
La música de Alexandre Desplat es espléndida. En escasas ocasiones uno se queda colgado de las interminables relaciones de nombres con que ahora se coronan la películas, En esta ocasión, la calidad de la música lo logra. El vestuario igualmente bueno.
En suma, un película con la que se disfruta.
RARRA 
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El Gran Flamarion (1945)
Anthony Mann
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| 6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
13 de Octubre de 2007 |
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El cine cuenta siempre una historia. Una película es siempre una narración. Cuando no es así deviene documental o ensayo. El Gran Flamarion cuenta una historia muy simple y muy lineal, con un argumento casi esquemático y escasos personajes.
Es una pelicula de la serie B que revela la dignidad que esta serie puede tener y que obliga a estar por encima de valoraciones basadas en presupuestos y reconocer la importancia que en la calidad de una pelicula puede tener la ambición de quienes la construyen.
Pero aunque sea serie B, El Gran Flamarion cuenta con excelentes actores encabezados por Eric von Stroheim y con una dirección de Anthony Mann. En muchos de sus momentos recuerda lo más clásico del expresionismo alemán, no siendo de extrañar teniendo en cuenta la participación de personas procedentes del área germánica.
Los espejos y las sombras, por ejemplo, tienen una presencia constante en esta película de por sí sombría.
Es de destacar tambien el cuidado de los planos y los enfoques, cada dìa más desatendido. Y el toque de suspense que en muchos momentos se ofrece. Y la música de Alexander Lazlo, nada despreciable. Y la idea original de Vicki Baum, autora hoy tan olvidada, que nos hace volver a la idea de la relacion entre el cine y la narración.
El Gran Flamarion es un drama. El drama, aunque pueda narrarse en la novela, tiene siempre su entorno original en el teatro. Y el cine no es sino teatro liberado de la servidumbre del espacio y el tiempo.
En definitiva, una clase de B con una dignidad que sería deseable encontrar en la clase A con más frecuencia. Recordando siempre que estamos ante una pelicula de 1945.
RARRA 
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La escalera de Jacob (1990)
Adrian Lyne
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| 12 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
7 de Enero de 2008 |
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¿Tendría claro Adrian Lyne lo que pretendía hacer? ¿O se dejó llevar por una idea sugerente que no pudo ni supo dominar ni encauzar?
La película, en su primer tramo, parece dedicada a reflejar los problemas de una persona que sufre un profunda neurosis de guerra. Continúa luego sugiriendo que lo que realmente se presenta es un thriller en el que se va diseñando una extraña conspiración. Más adelante sugiere que el problema radica en una responsabilidad personal en un accidente de un niño.
Cuando llega el final las piezas simplemente no encajan. No es que tengan que encajar para que entre ellas construyan un algo. Es que no encajan, simplemente. Parecen haber sido imágenes y hechos gratuitos ofrecidos al espectador para excitar su imaginación.
La clave, probablemente, de esta confusión que conduce al cansancio y al aburrimiento en determinados momentos, radica en que se mezcla un drama personal con una acusación al gobierno de los Estados Unidos de pruebas de drogas en Viet Nam. Cuando Lyne pretende mezclar las dos cosas, la película se viene abajo porque el protagonista comienza a recordar lo que nunca supo. Así de simple. No es ni chicha, ni limoná.
La idea de la escalera de Jacob proviene de la Biblia y alude a la extraña comunicación de Dios con el individuo; aquí se mezcla con imágenes de Doré a la Divina comedia y termina resultando una expresión de un extraño químico que nunca ha conocido el protagonista.
La música de Maurice Jarré, decididamente buena para lo que acompaña. Sin embargo, musicalmente, el momento clave de la película es probablemente aquel en que empieza a sonar “Sonny boy”, la canción que popularizó Al Jolson y que recordaba a un hijo muerto.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Lo que sucede en la mente de un moribundo es un mundo mucho más amplio, más profundo, más personal y probablemente más terrible que el que presenta la película. Se mueve en un plano de inconsciencia o semiinconsciencia similar al del sueño. Y no pueden hacer películas sobre sueños: lo que en una película se muestra como sueño es algo muy distinto de lo que todos tenemos mientras tenemos la inconsciencia del que duerme. Son procesos extraños de resolución de conflictos cuyo significado se nos escapa a nosotros mismos.
Y eso es lo que pasa a la película: como lo onírico, el pensamiento del moribundo no puede ser presentado con una textura real ni puede tener significado objetivo.
“Bueno. Ya estará en paz. Ha luchado con todas sus fuerzas” es la forma en que termina el doblaje español (“He’s gone. He looks kind of peaceful, the guy. He put out a hell of a fight, though”). Y a continuación sale un letrero denunciado pruebas con drogas en las tropas de Viet Nam. Y con ello el climax del drama personal se deshace como un azucarillo en la denuncia.
Lo dicho: ni chicha, ni limoná.
RARRA 
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Avatar (2009)
James Cameron
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| 5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
Su valoración:  |
21 de Abril de 2010 |
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Tengo la mala –o buena- costumbre de ver las películas con retraso respecto su estreno. Se las ve de forma más independiente, aunque casi siempre se termina viéndolas como sobrevaloradas o infravaloradas en el momento de su estreno, despojadas de todo lo que rodea éste y puede influir en su visionado, como publicidades subliminales, influencias mediáticas o tensiones sociales.
Así he visto Avatar: sin gafas, plana, como una simple película. El impacto de la nueva técnica de 3D debe ser impresionante para que Avatar merezca tantos elogios. Vista así, a pelo, como una película cualquiera, solo sugiere una palabra: mediocridad en medio de un lujo de medios.
Pensar en que esta nueva técnica va a suponer una revolución me recuerda otros estrenos pasados, como el lejano del Museo de cera hace unos cincuenta años, y tantos años. O sea, un dejà vu cualquiera. ¿Alguien se imagina alguna de las grandes películas rodadas con esta novedad? ¿Alguien imagina una gran película en el futuro que se base en efectos 3D?
Y vista plana, la película es bastante infumable. Repetitiva con tanto bicho. Irreal, más allá de la fantasía. Teñida de ecologismo barato, maniqueísmo, ingenuísmo y buenísmo. Carente de originalidad, porque no hace sino tomar cosas de todo.
Hagan la prueba: visiónenla como simple película. O sea: en 2D, que es el medio en que siempre se ha movido el cine, y en el que seguirá moviéndose durante años. Porque cuando llegue el 3D nacerá con una naturalidad carente de exhibicionismos y fundamentalmente en las casas y las televisiones
Menos mal que la Academia no se desorienta fácilmente.
RARRA 
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