Vera (Elena Anaya) es Frankenstein. (Sigue en SPOILER).
spoiler:
Antonio Banderas, Almodóvar. El demiurgo que manipula, cincela y define mediante la luz el rostro, el cuerpo y el ser de su criatura. La casa es el óvulo donde se gesta, de un paradójico gótico luminoso, de una extraña libertad encerrada, de libros y clases de yoga por televisión. Un impulso doble: amor (por su mujer y su hija) y odio (por la venganza que viene de fuera). Una obsesión egoísta: quiere preservar la vida, pero en el fondo solo busca devolverla (inmortalidad). Pero la piel no hace a la persona.
En el camino, transformará su odio en deseo, obviando un punto tan importante como la identidad sexual que parece tener las fronteras cada vez más diluidas. Todo es lo que parece pero imbuido en la fantasía de la ficción, como ese Toledo con mar o ese fascinante jardín (de las delicias, del pecado original o de Jurassic Parc), génesis de la venganza.
“¡Párate! ¡Y tírame la llave de la puerta o subo y te rajo!”
Entonces es cuando vienen “Los ojos sin rostro”, “El coleccionista”, “Frankenstein”, “El fotógrafo del pánico”, “Vértigo (De entre los muertos)”, Cronenberg, De Palma, Hitchcock, el giallo, la serie B, el melodrama, él mismo…
Cine de género mutante-postmodernidad consciente-cuestionamiento de los cánones clásicos. Almodóvar está obsesionado por dinamitar la estructura conservadora del relato convencional y mediante su destrucción pierde espectadores, espantados ante la radicalidad de su propuesta, su flirteo con el abismo del ridículo o mediante un distanciamiento brechtiano que parece fundamentado en una utilización de las herramientas lingüísticas del cine de una manera muy extrema.
Precisamente en su imperfección (como todas sus películas) reside su grandeza. Y en la honestidad de realizar una película tan pasional. Una pasión que brilla especialmente en el personaje de Vera (Elena Anaya), completamente en manos de su creador, en la plasticidad de algunos momentos y en una banda sonora que, a excepción de las anodinas canciones, ya justificaría la existencia de la película. Una película que nace de un impulso casi ciego, que desborda lógicas, que cuestiona las expectativas del espectador y que solo podía haber hecho Pedro Almodóvar. Estas películas que nacen del corazón siempre estarán más vivas que las trazadas en la cabeza con escuadra y cartabón.