74 de 79 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Aníbal era un jefe cartilaginoso. Los coleccionistas de sellos reciben el nombre de sifilíticos. Los reptiles son animales que se disuelven en el agua. La hipotenusa está entre los dos paletos. Jesucristo fue bautizado en Río de Janeiro. El pararrayos fue inventado por Frankenstein.
Son respuestas reales de alumnos en exámenes de ESO y Bachillerato. Zoquetes los ha habido siempre, podréis argumentar, la de años que lleva editándose la Antología del Disparate, quién no ha conocido a tipos capaces de decir y escribir las mayores burradas y quedarse tan ancho, no hay para tanto. Ojalá fuera así. Quienes conocemos de primera mano qué se cuece en las aulas de nuestros institutos sabemos que lo que antes era excepción es ahora norma, que la burricie y la mediocridad no sólo no están mal vistas, sino que se premian y se alientan, por democráticas e igualitarias. Cómo mola ser un cabestro. ¿La cultura? Cosa de frikis e inadaptados.
La novela de Ray Bradbury alertaba, ya en 1953, contra la más poderosa de las armas del totalitarismo, la ignorancia. El fuego de los bomberos purifica la angustia del conocimiento, la innecesaria inquietud que pueden proporcionar las letras. La felicidad consiste en ignorar los rincones desagradables de la vida, no saber nos hace inmunes a la inquietud y el dolor. Sin sufrimiento no hay preguntas. Y sin preguntas, ¿quién puede cuestionar el modo en que es gobernado? El keroseno es el perfume de los tiranos.
Truffaut entendió bien el mensaje de Bradbury, y eso es lo que pervive de su película. Frases como “Mientras se les tiene entretenidos son felices, y eso es lo importante” o “Todos hemos de ser iguales” suenan inquietantemente actuales. Píldoras para no sentir y televisores de pantalla plana, a ser posible, tres por hogar: la ausencia de antenas nos hace sospechosos de sedición. Hay que relacionarse, aunque sea con gestos y palabras inútiles y banales.
Y sin embargo, corremos el riesgo de tomárnosla a broma. Porque no es una gran película. Porque atufa a años 60. Por sus zooms y sus veleidades psicodélicas y sus rojos chillones. Por esos modelitos y esos bomberos y esos camiones que parecen salidos de Legoland. Porque a pesar de la música de Bernard Herrmann y de la amistad de Truffaut con Hitchcock, no hay apenas suspense y el ritmo brilla por su ausencia. Por su final soso y discursivo. Cuando la vemos ahora, corremos el riesgo de creer que esta peli pertenece sólo al pasado. Qué error cometeremos.
Atenas fue fundada por César octavo a gusto. La vaca es un derivado de la leche. Un polígono es un hombre con muchas mujeres. El sujeto que no aparece en la oración es epiléptico. Quevedo era cojo de un solo pie y Góngora culturista. De los huevos de las ranas salen los cachalotes. Reíd, reíd. Asomaos un momento a la calle. Echadle un vistazo a la tele. Entrad y salid de cualquier red social. Volved después a mirar esta peli. ¿Os reís? Éste, y no otro, es el pasado que seremos. Y cuánto deseo equivocarme.
70 de 74 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Creo que lo mejor será empezar siendo sinceros: sí, yo fui un headbanger adolescente. Hubo una época de mi vida en que dejé que mis cabellos crecieran hasta formar sedosos tirabuzones sobre mis hombros, vestía parcheadas cazadoras tejanas y prietos pantalones elásticos, forraba mis carpetas estudiantiles con fotos de AC/DC, Kiss o Def Leppard, levantaba orgulloso mi mano cornuda al ritmo de “Electric eye” o “Balls to the wall”. Los rockeros iban al infierno y yo elegía mi perdición. ¿Qué más daba? Mi rollo era el Rock.
De hecho, aun con matices, mi rollo sigue siendo el Rock, pero he querido ser honesto y dejar claro desde el principìo por qué me resulta fácil entender que Lips Kudlow, cuando tenía 14 años, decidiera hacerse amigo de Robb Reiner, el chico que abría las ventanas de su habitación y ponía Grand Funk a todo volumen o tocaba furiosamente su batería en el garaje de su casa. Entiendo sus ganas y su entusiasmo, entiendo que montaran una banda y que intentaran abrirse camino en el mundo de la música. Entiendo que en plena fiebre metálica grabaran algunos discos y llegaran a girar por Japón con Scorpions, Whitesnake o Bon Jovi, que su éxito fuera efímero y que, a la larga, tuvieran que volver a su Canadá natal a trabajar en lo que pudieran. Entiendo también que aquellos a quienes el heavy metal les importa dos pitos crean que mi opinión está mediatizada por mis tirabuzones o mi mano cornuda, que lo que hay aquí son unos melones peludos y ataviados con arreos sadomasoquistas soltando berridos y golpeando sus guitarras con un dildo. Eso sería lo natural y lo razonable.
Y sería también una lástima, porque este conmovedor y multipremiado documental va mucho más allá del heavy metal, ya que de lo que en realidad habla es de cómo puede una amistad durar 30 años y vencer todas las adversidades, de cómo se pueden alimentar los sueños cuando se saben imposibles, de cómo resistir la tentación de saltar de un acantilado cuando el tiempo se escapa de tus manos y nada es como debería haber sido: dedicar tus vacaciones a girar por Europa y tocar en desiertos bares roñosos o para 174 personas en un recinto donde caben 10.000; perder trenes y dormir en estaciones; defender a hostia limpia tu derecho a cobrar por tu trabajo; lidiar con una inepta mánager italiana que apenas ladra tu idioma; ir, con 50 años cumplidos, de discográfica en discográfica con un disco bajo el brazo en busca de reconocimiento a tu talento.
Hay momentos de gran hondura en esta cómica y amarga peli, pero si tuviera que elegir alguno me quedaría sin duda con el momento en el que Robb rememora a su padre, un superviviente de Auschwitz, y la filosofía de vida que trató de inculcarle, y, desde luego, con las caras de los dos protagonistas en la última escena y las palabras finales de Lips, una vez cerrado el círculo de regreso a Japón, que, como todo el mundo sabe, es la cuna del sol y también de Godzilla, que vela por los sueños aún no cumplidos de los eternos adolescentes.
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spoiler:
Esta crítica, obviamente, sólo puede ir dedicada a la memoria del inmortal Ronnie James Dio, que acaba de abandonar definitivamente el edificio. Ahí va mi mano cornuda en tu honor, Ronnie.
68 de 78 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Recuerdo perfectamente el día en que me hice fan de Quentin Tarantino. Fue en 1993, en un cine ya desaparecido de mi ciudad. Eran las cuatro de la tarde y habría, a lo sumo, cinco o seis butacas ocupadas. Había oído y leído maravillas acerca de la ópera prima de un desvergonzado e impertinente jovenzuelo que, decían, revolucionaba no sólo el thriller sino las bases mismas del cine contemporáneo, y me moría de ganas de comprobar si era cierto. Falso, era todo falso: “Reservoir dogs” no era lo que decían, sino que resultó ser más, mucho más, era un giro de 180 grados en el modo de entender no sólo un género o incluso el cine sino la realidad misma. A pesar de la mala calidad de una copia descolorida y llena de lamparones, uno intuía que aquella brillante exhibición de dominio de los resortes narrativos y visuales del cine era, con todas sus imperfecciones, más que una simple película, era el espíritu de una época hecho cine.
Las siguientes pelis de Tarantino las fui viendo en cines abarrotados de un número creciente de seguidores rendidos a sus encantos, y aunque tanto la apabullante “Pulp Fiction” como la madura e injustamente infravalorada “Jackie Brown” evidenciaban el incontestable talento de su autor y bastarían por sí mismas para justificar toda una carrera, con algunas de sus aventuras paralelas empezó a mosquearme la sensación de que, por mucho que hubiera siempre gente dispuesta a reírle todas las gracias, el talento de Tarantino tenía también sus limitaciones. Las dos entregas de “Kill Bill”, pese a su desbordante despliegue visual, mostraban evidentes síntomas de agotamiento de una fórmula que, jugueteando con la banalidad y la parodia, corría el riesgo de convertirse en un espejismo tan brillante y entretenido como vacuo y desprovisto de significación.
Del mejor cine de Tarantino apenas quedan, en “Malditos bastardos”, quince tristes minutos, los primeros, los que separan los títulos de crédito y la primera aparición de ese cretino que, no en vano, encarna Brad Pitt: un amago de western alpino, tenso y claustrofóbico, resuelto en una brutal tormenta de disparos y serrín. Después, nada. Un interminable y superficial espectáculo de argumento amorfo, arrítmico y deslabazado, protagonizado por personajes planos y desdibujados que mantienen entre sí soporíferos diálogos que nada aportan a una acción ya de por sí boba e inmasticable, cuyo único punto de apoyo es la excelente actuación de Christoph Waltz y que avanza, de cabezada en cabezada, hasta los idiotas minutos finales. Es triste admitirlo, pero da la impresión de que el talento de Tarantino, como el cine en que vi “Reservoir dogs”, se ha ido, tal vez para siempre. Su inagotable repertorio de ocurrencias parece limitarse, ahora mismo, a hacer algún chistecillo con el número de la nota que, como mucho, su peli se merece. Y aunque no le faltará quien se lo ría, yo recordaré, a partir de ahora, el sábado de enero de 2010 en que dejé de ser fan de Quentin Tarantino.
77 de 101 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Un amable validador de críticas me indica que vaya directamente al spoiler (por cierto, no es por colgarme medallas, pero el hombre dice que se ha divertido mucho leyéndola), de modo que...
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spoiler:
Yo lo he entendido así, ya me contaréis: una camarera vive con un tío rarito que se pasa el día, el pobre, llorando a moco tendido. Una noche en que el restaurante está hasta el culo de gente ella tiene un presentimiento a lo Aramis Fuster. Como aún no eran tiempos de crisis, su jefe le dice que se vaya corriendo a casa, quién sabe lo que habrá hecho su moqueante novio. El hombre no está en casa, pero una oportuna llamada de la policía le informa de que un coche se lo ha llevado por delante. Como es natural en estos casos, la tía (Lucía, no lo había dicho) coge una mochila, la llena de braguitas y fotos guarras y se va de vacaciones a una isla atestada de motos chungas y guiris.
Seis años antes. Lucía folla y Lucía se masturba. Bajo la cama y sobre el agua (o viceversa, no recuerdo). Como pasa de condones se queda embarazada. Pobrecita. Se ve que está obsesionada con un escritor melenudo al que sigue a todas partes, como Robert de Niro en “El rey de la comedia”. El tío, en vez de llamar a la poli, echa una ojeada al canalón de Lucía y decide que es mejor llevarla a bailar música disco cutre, emborracharla y tirársela. Lucía enseña las tetas. Qué monas son, una al lado de la otra. Él (Tristán Ulloa o su doble, no sé) enseña la minga. Bueno, no diré que es mona, pero ahí está. Follan. Les entra hambre, claro. Tristán guisa que te cagas, como la abuela de Lucía. Follan. Sacan fotos guarras (sí, las de la mochila, lo habéis pillado). Follan. Van a un bar y se miran y cuando se cansan de mirarse, ella se saca las bragas. Ya en casa, baila (mal) y canta (dios mío) y se quita el resto de ropa. Él lo hace mejor. Follan. Mientras follan, ella da a luz. Ella enseña el potorro y canta “Un rayo de sol” mientras él escribe la Gran Novela Española. Qué felices son, hostia. Ahora ella está en la playa. Del agua sale un submarinista cachas y simpático. Pero Lucía, de momento, no se lo folla. Está muy ocupada rompiéndole el corazón al novelista: su segunda novela es un truño. Mientras la escribe, tiene una hija (él, no ella) y va al cole a llevarle el bocata. Pero la niña no es su niña y se llama Luna. Su niñera es una chica muy mona que se masturba en la ducha. Y en el sofá. Tristán come pollo y la niñera come, ejem, bueno, eso. Hay un perro que muerde, huy qué miedo, y una tía que bucea requetebién. Tristán hace footing y chatea con una rubia teñida para olvidar que su novela es una mierda. Es tan mala que le da pesadillas y le manda al hospital. Lucía, mientras, se deja pringar de barro por el submarinista cachas y da garbeos en moto. Hay un faro y agujeros en el suelo y largos planos de la luna y gente que se abraza y llora y moquea y cuando acaba la peli es todo tan bonito que le entran a uno ganas de reír y bailar y saltar y estrechar entre los brazos al violinista de los cojones, más que nada para que deje de tocar de una puta vez.
Qué peli, por dios. Cursi, boba, hueca, idiota y pretenciosa. Mala con ganas.
48 de 57 usuarios han encontrado esta crítica útil.
1) Tened siempre presente que no todo el mundo posee vuestras capacidades. No os dé apuro admitirlo: vuestra opinión es la que cuenta, los otros se equivocan. Si no pueden o no saben ver lo malo que es David Lynch, intentad no cebaros con ellos, tratad de ayudarles. Llevadles hacia la Luz.
2) Recordad también que vuestra clarividencia es singular. Mucha gente, por desgracia, carece de criterio. Los hay que dan notas altas para quedar bien, para dárselas de listo, para ver si mojan con alguna descarriada chati, captada por la secta de Lynch. Quejaos bien alto de esa nota de 7’5. Es injusta. Es inexplicable. Es una aberración. Abridles los ojos a gritos.
3) Hay quien ha olvidado que toda narración consta de introducción, nudo y desenlace, todo ello seguido, a poder ser, de una cristalina moraleja. Esto ha sido así desde los tiempos de la Biblia, y ese tal Lynch no es nadie para cambiarlo. Si el Génesis no tiene agujeros de guión, ¿por qué debería tenerlos “Carretera perdida”? Es vuestro deber hacer que lo recuerden. Indignaos. Espumarajos a voluntad.
4) Tened en cuenta la limitada cultura del público al que os dirigís. Un agradable apólogo, una fabulilla edificante, eso os servirá sin duda para haceros entender. El del traje nuevo del emperador, por ejemplo. Es corto, directo y fácil de comprender, y es posible que hasta ellos capten su significado. Un diálogo o una lista numerada son también buenas opciones. No muy largas, eso sí: su capacidad de concentración es limitada.
5) No os mostréis altaneros, caramba. Sed campechanos y mostraos cercanos, como si escribierais la crítica acodados en la barra de la cantina mientras os hurgáis los dientes con un palillo. Recordad que sois la voz del sensato pueblo llano. Recurrid a alguna palabra soez, eso probará qué lejos estáis de Lynch y sus perfumaditos secuaces. Mostrad desprecio por el arte moderno. Mejor aún: reíos de él. Defended con vuestros puños los bodegones de frutas. Eso es arte, coño. Tened siempre cerca una foto de Millán Astray. Que corra el Anís del Mono.
6) Cuidad el vocabulario. Adjetivos como “sobrevalorada” o “pretenciosa” nunca pasan de moda. Sustantivos como “fraude” o “estafa” siempre suenan contundentes. La palabra “gafapasta” es un gran invento, pero no deberíais quedaros ahí: gafapastez, gafapastada, gafapestoso, gafapestífero, gafapestiño, gilipasta... Las posibilidades son infinitas. Exploradlas a vuestro antojo.
7) Si alguien os habla de onirismo y fantasía o se atreve a recordaros que las reglas de los sueños son extrañas, decidle que los hombres de verdad no sueñan. Eso es de pijos y estreñidos. Y que todo sueño debe tener un significado ló-gi-co. Lo dicen los manuales.
8) Si todo ello fallara, en fin, siempre os queda el recurso de mandar a Lynch a tomar por el culo. No es muy elegante, pero es un buen índice de pasión por el cine. Además, os sentiréis libres y limpios. Y habréis descubierto para qué sirve, en el fondo, el cine de David Lynch.