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Parece mentira que, a día de hoy, nadie en FA haya reparado en este hermoso y olvidado film, ni que ningún usuario haya llamado la atención sobre él. Se trata de la primera película dirigida por el extraordinario operador William Fraker (suya es la fotografía, entre otras, de La semilla del diablo, Bullitt, Buscando al señor Goodbar y Le leyenda de la ciudad sin nombre). Dirigió además la interesante Un reflejo de miedo, y la fallida pero no desdeñable La leyenda del Llanero Solitario. Monte Walsh es un western crepuscular que narra con sobriedad y parsimonia las andanzas de unos vaqueros en los estertores finales del viejo este. Los rancheros ya no ganan dinero como antes, y han de recortar gastos y proceder a despidos (¿os suena?). Mientras su amigo Chet, interpretado por Jack Palancas, eficaz como siempre, se establece como tendero, Monte es incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, ni siquiera por el amor de la hermosa Martine (Jeanne Moreau, tan atractiva como siempre). La interpretación de Lee Marvin es simplemente impresionante. Su química con Moreau es excelente, dado que iniciaron una relación durante el rodaje de la película (la extraña pareja, ¿um?). David Walsh ilumina la cinta como lo habría hecho Fraker, y John Barry nos ofrece otra banda sonora maravillosa e inolvidable, en la que aporta una precioso tema central interpretado por Mama Cass. ¿A qué esperáis para incorporarla a nuestra web favorita?
Bien, eso lo escribí ayer, y hoy he obtenido mi recompensa. Gracias en nombre de todos los fans.
Pese a lo que diga el friki de Jordi Costa, un tipejo más preocupado por epatar al personal con sus chorradas que por profundizar en la esencia de las películas, nos encontramos ante un excelente ejemplo de ese cine francés que, sin estridencias ni ampulosidades, intenta captar con la cámara (y la complicidad de unos actores extraordinarios) los sentimientos más ocultos de las personas. Nada hay de inverosímil en este relato minimalista del amor que surge entre dos seres condenados al desencuentro. Forzar un happy end habría sido fatal. Provocar un accidente en el último momento habría supuesto una decepción, un jarro de agua fría. La película acaba como sucedería en la vida real, para bien o para mal. Los que estamos hartos del cine norteamericano actual, los que nos sentimos europeos y no acabamos de entender el comportamiento de esos seres que se jactan de haber asesinado a un asesino porque "God is in our side", damos la bienvenida a cintas como éstas, que hablan de seres y sentimientos humanos. Con permiso de la encarnizada némesis de Alejandro Amenábar.
Me quito el sombrero. Mantener al espectador en vilo 90' con un único actor encerrado dentro de un ataúd, con la sola ayuda de un móvil, una linterna y algún otro adminículo (incluida una pitón de no te menees) es un logro que sólo el viejo Alfred podría haber logrado. Le imagino rascándose la barbilla y preguntándose, ¿de dónde ha salido este tal Cortés? Ésa es la película, lo que no te deja abandonar la butaca ni un segundo, aunque de paso te informa sobre la guerra en Irak y la moralidad de los implicados en ella (Cortés se deja de tonterías y va al grano, demonios, que el tiempo apremia). Reynolds está que se sale,aunque al final no lo consiga, y nos encontramos ante uno de los ejercicios cinéfilos/cinematográficos más fascinantes de la primera década del siglo XXI. No apto para claustrofóbicos, of course, ni para amantes del cine pim-pam-pum (Michael Bay, Jerry Bruckheimer y similares energúmenos). La película funcionó en taquilla sin necesidad de F/X ni fuegos artificiales. Por una vez, la inteligencia se impuso.
Yo crecí con el Capitán Trueno, debo confesarlo, así como con otros héroes pisoteados por el cine actual (la lista es tan larga que no la incluyo, aunque podría empezar por The Phantom). Mi intuición me susurraba que no fuera, que me esperaba una basura de incalculables dimensiones, pero me dejé engañar por unos amigos de mi quinta y lo hicimos. Ojalá hubiera declinado tan amable oferta. La madre que los parió. A los responsables del flim (así, flim), claro está. Los intérpretes dan grima (con mención especial para la Yarovenko y el Piquer, que de repente se cree Christoph Waltz y se hunde en los abismos de la incompetencia). El guión no existe, aunque tampoco hacía falta, la producción es tan barata que dan ganas de aportar algún centimito para alegrar las escenas de masas (la cámara pegada a cuatro actores para disimular que a los lados... ¡no hay nada!), a Crispín le falta ese toque gay que asomaba en los dibus, y la cachiporra de Goliath es de plástico, y se nota. Para colmo, al final se marcan un profundo lovecraftiano y el ridículo se apodera de la película, mientras el aficionado rechina los dientes en la butaca y se maldice por haberse dejado arrastar por los bajos instintos... De verdad, después de tantos años de astracanadas y dimes y diretes, para acabar con esto... En fin, lo dicho, no hay que dejar en manos de indocumentados determinados menesteres.
Ver películas de Tinto Brass ya indica la clase de tipejo que es uno: vamos a ver en pelotas a alguna de nuestras tías favoritas. Ya nos hizo un favor desnudando a Stefania Sandrelli en La chiave, y ahora el objeto de nuestros cosquilleos es Anna Galiena, maravillosa criatura, como diría Gianna Nannini. La película retoma la excusa de los uniformes nazis y las señoras ligeras de ropa, como si hubiéramos retrocedido a los años 70, y Brass fustiga al espectador con saña sugiriendo que está haciendo un remake de Senso. Pobre Luchino, me lo imagino retorciéndose en su tumba entre espumarajos de rabia. Utiliza diálogos dignos de un patio de carmelitas, y cuando aplica presunta poesía a una felación, dan ganas de abrir una botella de vino y brindar por su santa madre (lo hice). Anna enseña y enseña, y sufre y sufre a manos del diabólico Garko, guapo y bien dotado, qué diablos. Cuando uno se cree curado de espantos, Brass se monta una orgía de obra de fin de curso (eso sí, con algún toque porno), que en lugar de provocar erecciones provoca inhibiciones, pero qué mala suerte, ya es demasiado tarde para tascar el freno, de modo que continúas hasta el predecible final y el incansable desfile de ropa interior. Anna se lo toma con filosofía (con esos atributos, bien puede), y uno se pregunta qué fue de aquella actriz que creíamos predestinada a otros menesteres. La película es, eso, floja, siendo misericordioso, y los tres puntos van por las prestaciones de la espléndida Anna Galiena.