18 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Guy Ritchie no es Quentin Tarantino, pero es mucho mejor que otros supuestos sucesores que se han vaticinado del genial cineasta. Tiene personalidad, temple y sabe ser muy comercial, algo que en ocasiones puede significar sacrificio de sutileza, pero que lo convierte en una garantía para las grandes producciones.
"Juego de Sombras" prosigue el legado dejado por la primera entrega, siguiendo el desarrollo de esa pareja Holmes-Watson a imagen y semejanza de la del doctor House y Wilson. Teniendo en cuenta que el mítico doctor se basó en la creación de Conan Doyle, más que plagio, casi podríamos hablar de saldo de deudas entre dos personajes geniales.
Tanto Robert Downey Junior (con su heterodoxo pero innegablemente atractivo estilo) como Jude Law (eficaz y cómodo como el doctor Watson, alejado de las apocadas primeras versiones de este personaje para la gran pantalla y más próximo al hombre culto y de acción que intuimos a través de sus memorias sobre su asociación con Sherlock), se muestran solventes con esta juvenil versión del detective, que ha hecho que no sorprenda la reciente actualización del sagaz sabueso de Baker Street.
Por supuesto, es más que legítimo el sentimiento de muchos fans de la saga original de que se han traicionado esencias casi innegociables. Acrobacias palomiteras incluidas y estética de video-juego en el Viejo Continente de entre-guerras, priman sobre la tradicional parsimonia intelectual deductiva, buscando atraer al público más global a cualquier precio, lo cual le garantiza a buen seguro, el éxito en taquilla, no así de la crítica más especializada.
No obstante, creo que a diferencia de otros directores de ese estilo, Ritchie es perfectamente consciente de ello. Aunque aquí su trama es menos ingeniosa que en la primera entrega, plantea una montaña rusa al estilo de las películas de Indiana Jones, donde no hay tiempo para respirar y que impide que su largo metraje aburra, aunque hay incongruencias como el desperdicio total del personaje de Irene, que vuelve a ser bien encarnado por Rachel McAdams.
Asimismo, también debe de conocer bien la obra original, porque hay determinadas reglas del juego que permiten pensar que, cuanto menos, su forma de tratar al personaje no es tal blasfemia a Sherlock. Su condición asexuada, su duelo admirativo-odio con Moriarty (buen trabajo de Jared Harris, aunque muchos habríamos deseado que Hugh Laurie confirmase los rumores, por el extraño homenaje que supondría) y la referencia a uno de los más míticos finales de los libros originales de Doyle.
Si se aceptan las reglas de Ritchie, se puede disfrutar mucho de esta adaptación con muchas licencias y viejos guiños.
14 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Un impulso muy lógico al ver por primera vez esta serie es alarmarse por el hecho de estar ante el "plagio del plagio", como en ocasiones la han acusado maliciosamente sus detractores. En primer lugar, afirmar que las semejanzas con Family Guy son evidentes, imposible negarlas, especialmente por el estilo de dibujo (lógico por otra parte) y la presencia de dos animales parlanchines, en este caso, Klaus (antaño espía de la Alemania Oriental).
Cualquier otra semejanza con Family Guy es mero accidente. Seth MacFarlane, el peculiar pero brillante creador de Peter y cía, se encuentra aquí como co-creador; los otros guionistas le controlan el veneno. Hay barbaridades, pero la mayoría de los puntos fuertes de la serie están basados en lo político, religioso y cultural. Family Guy es una sucesión de gags, en ocasiones extraordinarios, en otras malencarados, donde los personajes están al servicio del chiste. En American Dad es al revés. Su deuda con Los Simpson es también innegable.
Inspiración o plagio al margen, es fresca y divertida. Habrá que ver cómo evoluciona
Stan no es ni mucho menos un nuevo Homer, Peter cualquiera de esos adorables padres irresponsables. En este caso, el talón de Aquiles del paterfamilias es todo lo contrario, fruto de años en la CIA, es un perfeccionista compulsivo, un tipo inteligente y hábil que sin embargo se ha quedado moralmente anclado en la era Reagan. Su sexy esposa Francine es un caso peculiar, inclasificable.
Más que probablemente, el personaje favorito del linaje para los guionistas sea Roger, el extraterrestre más borracho e incompetente que nunca existió, que dejaría al mítico Alf a la altura del perfecto compañero de piso. Protegido (a regañadientes) por Stan del gobierno, su caprichosa e infantil acttitud es una de las grandes bazas de la serie. Mencionar asimismo a Steve (el chico aplicado pero socialmente desastroso, que a medida que pasan las temporadas se va visceralizando) y Hayley (la progre hija de Stan, casi una Lisa Simpson, pero su estilo en ocasiones callejero y liberalidad en su vida íntima la alejan bastante de la platónica alumna de matrícula).
El elenco de secundarios es variado y rico. Jeff Fischer (doblado precisamente por un amigo de los creadores llamado así y de asombroso parecido con el dibujo) es el bohemio novio de Hayley aunque rompan en repetidas ocasiones, Bullock es el "bushiano" jefe del Servicio Secreto de Stan, Terry y su pareja de hecho son los vecinos homosexuales de Stan (lo cual da mucho juego, siendo éste un republicano irredento)... Definitivamente, hay que darle el beneplácito de la duda a esta serie. Les sorprenderá.
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Para los que duden de la capacidad de la serie de crear tramas completas, recomendar muy especialmente el referido al oro de Oliver North o el de la búsqueda de fondos de la CIA para poder seguir manteniendo las torturas en los interrogatorios, sin olvidar el inaúdito viaje de la familia a Arabia Saudí. Otros, como el enfrentamiento de Stan y Hayley acerca de la segunda enmieda.
Otros, que se basan en conceptos más terrenales, siguien siendo muy divertidos.
11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Italia ha realizado una apuesta con esta serie difícil de criticar, valentía, osadía y estilo. Al igual que en previas reseñas se ha comentado, el vestuario, temas musicales y contexto político rayan a gran altura. La banda de El Libanés aspira a convertirse en una referencia obligada, cuando se hable de Los Soprano, The Wire y la ilustre compañía, este producto romano será otro de los mencionados en la lista.
Tras un par de primeros capítulos introductorios, donde quizás hay un exceso en reiterar las virtudes y defectos de cada miembro de la banda (Patrizia y el Dandi repiten mucho el arco en los primeros episodios), el producto alcanza un ritmo brutal donde no se mira atrás. Desde la visita a la cárcel (no habíamos disfrutado tanto desde que en Watchmen se puso entre rejas a Rorschach y Malamadre conoció a Calzones) de Frío, Dandi, Libanés y compañía, nos metemos en una montaña rusa increíble. A destacar que los finales de cada episodio son redondos, dejando una sensación increíble de final del trazo del círculo.
Desafortunadamente basada en hechos reales (estos personajes son muy divertidos en la ficción, no si te tocan en tu barrio), es una serie que confirma la última tendencia que muestra como uno de los mejores cines se está realizando en televisión. Asimismo, la figura del comisario Scialoja nos permite un breve descanso de tanta criminalidad, convirtiéndose en una especie de Jim Gordon de la urbe.
Una auténtica declaración de intenciones. No solamente en USA se puede hacer el género negro, las raíces han vuelto a La Bota y amenaza con quedarse.
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El final de la primera temporada merece ser uno de los más recordados, Francesco Montanari que había comenzado como uno de los personajes más planos, perennemente cabreado, culmina una composición genial, a pesar de sus métodos terribles, El Libanés se convierte en un líder carismático. Episodios como el de su primera novia y la boda justo cuando ha mandado matar a El Terrible, nos ayudan a conocer mejor sus demonios internos, conmoviendo.
La segunda temporada se antoja increíble y bien basados en la novela original, aún podemos esperar mucho de los otros miembros de la banda. Este notable puede ir en aumento o en retroceso, pero de momento la caligrafía es excelente y quedamos con ganas de más. Actores y actrices impecablemente motivados.
El Libanés y el Comisario han hablado. La bella Patrizia, Dandi, Búfalo, Frío y cía esperan para mover pieza. Nosotros, desde la butaca, no perderemos detalle.
No creo que exageren en lo más mínimo las críticas previas que colocan esta adaptación española de la gran pieza clásica de Reginald Rose a la altura de su estupenda versión norteamericana, con Henry Fonda a la cabeza de un magnífico reparto. Creo que, más allá de nostalgias y la identificación con actores nacionales, hay argumentos artísticos para justificar dicho posicionamiento.
La cinta norteamericana es excelente, pero comete un pequeño error para algunas críticas, entra las que me incluyo. Vemos al sospechoso acusado antes de arrancar las deliberaciones, apenas es un segundo, pero estamos condicionados, cada uno nos hemos montado su historia y tenemos nuestros prejuicios. Con muy buen criterio, Gustavo Pérez Puig nos pone en las manos de doce personalidades fortísimas que hablan de un joven marginal al que no hemos visto en nuestra vida, ni siquiera como espectadores.
Otro punto a favor es la valentía. Esto no es un demérito de la norteamericana, pero si una desventaja que el Estudio 1 tenía y supo sortear con gracia y elegancia, esas pullitas dichas con sobriedad por unos actores en estado de gracia permanente, sobre países, libertades, inmigración... Pongamos el contexto histórico, sorprende.
Del resto, poco más que coincidir, José María Rodero está muy bien en su rol protagonista, Ismael Merlo se inventa que su personaje está refriado para justificar su tos, Antonio Casal, Rafael Alonso... Magníficos todos, y, en un equipo de campeones, la matrícula para un José Bódalo inconmensurable, con un personaje que nunca ha tenido tanta fuerza como cuando él lo ha cogido, un monstruo de la actuación.
Una joya televisiva hecha con mucho talento y cariño por la profesión.
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spoiler:
El chico es culpable casi con un 98´8% de las posibilidades. No obstante, sería curioso de debatir, probablemente un personaje inteligente como el que interpreta Rodero lo sepa. Lo que él se cuestiona es si esa falta de certeza justifica llegar a alguien a la cámara de gas. También está el tema de los maltratos sufridos por parte de su padre.
Las sombras de estas discusiones enriquecen una obra teatral estupenda que ha sido llevada muy bien, tanto a la gran como la pequeña pantalla.
Vaya por delante que José Mota, desde sus inicios en la añorada pareja cómica "Cruz y raya", me ha parecido siempre un tipo muy gracioso, un gagman muy hábil e inteligente, con una capacidad de imitar a los personajes de la actualidad con mucha solvencia. Asimismo, tiene el mérito de ser un gran creador de personajes, muy patrios, que calan pronto en el público.
Amigo de los latiguillos y las frases ingeniosas, sus especiales de "Nochevieja", por ejemplo, son verdaderos ejercicios de referencias cinematográficas, combinadas con el humor más castizo, en un peculiar y convincente estilo. De la misma forma, su guante blanco y falta de ganas de cruzar la línea, hacen que muestre un sentido del humor más taimado y de agradecer, ante la abundancia de otro tipo de escuela más agresiva.
El reparto que lo rodea es eficaz, aunque bien es cierto que tampoco parece que se permita hacer sobresalir a nadie, sin ir más lejos, algunos personajes, como el entrañable y rácano jubilado Tomás, hecha mucho de menos a su contra-partida cómica, es necesaria una contra-partida clara y definida. O, Blasa, que debe de añorar las visitas del parodiado (y muy añorado) José Antonio Labordeta, con un país en la mochila.
No obstante, el gran defecto de Mota, pese a su innegable talento y fuerza creativa, es una excesiva tendencia a alargar lo que funciona, lo que termina provocando que muchos de sus mejores gags se quemen, a fuerza de repetirlos una y otra vez.
Con todo, un verdadero monstruo dentro del panorama de cómicos nacionales actual.