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Y el divino Odiseo levantó la vista. Y vio.
Vio campos yermos sobre un manantial de ignotos anhelos. Vio senderos de inciertas hileras en parajes olvidados, que siembran con tenue aflicción la simiente del recuerdo. Vio la belleza en un susurro, un misterio, un empeño. Vio que la tal beldad no se mira en la llanura, sino en el reflejo. Vio al vasto océano, llorar sin tridente y sin espejo. Y vio en su final, donde ni Apolo en su carruaje llega, la soledad de Calipso, la de los ojos robados a la noche, sin azafranado velo. Vio, al fin, al alma ajada desafiando al olvido por aquel que es su suspiro ¡Tanto ama el Amor al amor mismo!
Y allí a su diestra estaba la augusta Atenea, con su casco de oro y su lanza enhiesta, contemplándole con dulzura, con lamento, con deseo. Y del carmín de sus belfos brotaban las dos miradas enfrentadas, de los dos enemigos eternamente opuestos. Y allí lloraban, con Orfeo, que la música no sea el iris que una al amor, con el miedo.
Prendidos de una rueca quejumbrosa, en una tierra baldía, de la sangre del telar se eleva sin miserere una elegía, para recordar a los que fueron y a los que nunca serán, porque en la miseria del lamento, se ha perdido ya el encierro.
Encierro que es mentira, mentira que es encierro.
Verdad que es un suspiro, suspiro que es tormento.
Y el divino Odiseo levantó la vista. Y miró.
Y no vio nada. Y lo recordó todo.
NeoAnkor 
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