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23 de Enero de 2007
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El crecimiento demográfico, un uso irracional de las tecnologías y la despreocupación política son los principales culpables del calentamiento global de la Tierra.
En una ocasión, Antoine de Saint-Exupéry escribió: “Mirad, en la vida no hay soluciones, sino fuerzas en marcha. Es preciso crearlas y las soluciones vienen”. Del mismo modo, Paul Valéry dijo una vez: “Todo el que participa en una discusión defiende dos cosas: una tesis y a sí mismo.” Una verdad incómoda bascula entre ambos postulados. Por una parte, trata de concienciar al espectador del peligro que nos acecha, por otra, le brinda a Al Gore la oportunidad de resarcirse de su sonada derrota electoral. Davis Guggenheim, un habitual de la televisión (Cinco en familia, Urgencias, Alias, 24…) más conocido por su matrimonio con la actriz Elizabeth Shue (Leaving Las Vegas) que por su debut en cine (la esforzada y a ratos inquietante Rumores que matan), cede todo el protagonismo a su estrella. Su dirección es la del alumno aplicado que por fin se interesa por lo que le cuenta un profesor. Al Gore imparte la clase magistral. Y lo hace de un modo fascinante a la vez que implacable. Se diluye todo aburrimiento, y casi cualquier atisbo electoralista. Gráficos coloristas, imágenes impactantes, augurios apocalípticamente realistas, críticas a su propio país y Europa… La ponencia de Al Gore, salpicada incluso de humor (“Yo fui el próximo presidente de los EE.UU.”), tal vez parezca redundante al comienzo, excesivamente autobiográfica, que no egocéntrica. Pero esta aparente lejanía tiene una razón de ser. Todo parece estar conectado, más que nunca, en el mundo en que vivimos: intereses políticos, comerciales, petrolíferos, inmobiliarios…, y personales. Porque sólo desde la tragedia individual, es posible relativizar y reevaluar nuestras prioridades. Él únicamente expone su propio caso, y desde ahí, es capaz de trastocar nuestra mente ante el destino que nos aguarda si no empezamos a reaccionar desde nuestra pequeña porción de responsabilidad. Actualmente, Tony Blair ha sido el único político de renombre en activo que ha decidido pronunciarse sobre el tema. Una verdad incómoda es un buen lugar para empezar y continuar. El resto del camino, como bien apunta Al Gore, responde principalmente a un problema ético, moral. |