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28 de Febrero de 2011
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Algunas veces aparece una película que, aun sin vampiros, se yergue majestuosa sobre las demás. Son películas cuyos detalles se cuidan hasta el extremo: lentillas de colores, bikinis con hombreras, uñas de porcelana.
Mark Logue, nieto de Lionel Logue, el terapeuta que ayudó al Rey Jorge VI a sobrellevar la tartamudez, habla todavía hoy de la amistad que, durante un cuarto de siglo y hasta que la muerte los separó, unía a su abuelo con la cabeza de la Iglesia y monarca de la Gran Bretaña: Alberto Federico Arturo Jorge de Windsor. No hay en EL DISCURSO DEL REY chorros de sangre a alta presión, ni persecuciones automovilísticas por las calles de Londres, ni tatuajes ni piercings, ni potentes modelos que se desnudan bajo la luz de una lámpara lánguida. Ni falta que hace. La amistad es algo que perdura, como el amor y las tradiciones y la flema y el humor británicos, que parecen también inextricablemente amalgamados con los escándalos que, como en la película el de Wallis Simpson, azotan de tanto en tanto a la Casa Real del Imperio sajón. Está soberano Colin Firth como el soberano. Y está tan simpático Geoffrey Rush como el compinche Lionel que se pueden olvidar, sin quebrantos, las exageraciones de las que el guión dota a su personaje por mor de la dramatización y esas discretas y repetidas reverencias al final. Y los secundarios, luego, caballeros y damas de la escena shakesperiana, perfectos; a excepción, quizá, de la Bonham Carter: lleva tanto tiempo inmersa en el particular universo de Tim Burton que cuesta acoplarla en cualquier otra milonga. Larga vida a EL DISCURSO DE EL REY. |