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20 de Septiembre de 2010
25 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil.
El curriculum como director del actor Peter Mullan es breve pero exitoso. Con su opera prima Orphans gano el premio a la mejor película en el Festival de Cine de Gijón. Con su segunda película, Las Hermanas de la Magdalena se llevo el León de Oro en la Mostra de Venecia. Y ahora con su tercera película compite por la Concha de Oro en el Festival de San Sebastian.
Esta vez Peter Mullan nos traslada a la década de los setenta, concretamente a la ciudad escocesa de Glasgow, y nos sumerge de lleno en el mundo de las pandillas de barrio, algo que ya habíamos visto antes en muchas otras películas. Algunas de ellas, además, ambientadas en entornos muy similares, y realmente buenas, como Sweet Sixteen o This is England. John McGill es un niño formal y estudioso que se encuentra totalmente fuera de lugar en el entorno que le rodea, donde todo resulta violento. Empezando por el aprendiz de delincuente que tienen como hermano, siguiendo por un padre déspota y borracho que maltrata a su madre y terminando por su barrio donde las peleas y enfrentamientos están a la orden del día. El tiempo pasa y nuestro protagonista, ya adolescente, no ha conseguido mantenerse ajeno a todo lo que le rodea. Cada vez más asentado como miembro importante de su pandilla, su personalidad irá transformándose, condicionada por todo lo que le rodea, hasta extremos difícilmente comprensibles. Poco quedará al final del tímido niño que conocimos al principio. Peter Mullan se adentra en la historia, ya desde el primer momento, con una energía tremenda, casi arrollando al espectador. Se nota que sabe de lo habla, y en ese sentido la recreación estética de la época resulta brillante. La película engancha y la personalidad del niño protagonista, que ni siquiera es especialmente simpático, consigue que nos interesemos por él. A medida que avanza la historia el protagonista va cambiando su carácter, cada vez más violento, y sus acciones empiezan a tener cada vez menos sentido. Peter Mullan sumerge a su protagonista, y al espectador, a una sesión continua de palizas y broncas que acaba resultando abrumadora, por excesiva. Al final, y al igual que decidió rendirse a los encantos de la violencia, el protagonista decide redimirse, y lo hace a través de algunas de las decisiones más discutibles que Peter Mullan toma como director y guionista de la historia. La escena de Jesucristo resucitado, o la alegoría final con los leones rozan peligrosamente el precipicio del ridículo. Pese a todo lo discutible que se pueda contener en Neds, nadie puede negar que el nervio en la puesta en escena es notable, con secuencias como la de la discoteca donde solo se oye una música atronadora y que te tiene absolutamente metido en la película. Y nadie puede negar que tanto el personaje como el actor que lo encarna, Conor McCarron, tienen un magnetismo fuera de toda duda. Neds es un trabajo discutible, a veces en el límite, pero siempre valiente y arriesgado. |