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6 de Diciembre de 2009
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Todo aquel que quiera pasar un rato entretenido a la vez que divertido, viendo un film cómico imperecedero y que deje un muy buen sabor de boca, debería ver las películas de Blake Edwards, conocido sobre todo por crear la saga de “La Pantera Rosa”, que catapultó a la fama a otro cómico de cuidado, Peter Sellers. Pero a lo que vamos, si nos centramos en “Operación Pacífico”, es un film que ya dota enorme simpatía y grandes expectativas con su carta de presentación. Aunque el guión no sea suyo, toda la historia del film se inspiró en una idea de Billy Wilder, uno de los mejores guionistas y directores que nos ha proporcionado el celuloide. Y lo cierto, es que se nota, la obra está rodeada de genialidad, no solo la idea era de él, sino que el proyecto no pudo caer en mejores manos.
Edwards, con su reconocido sentido del humor, nos adentra en los días posteriores al ataque japonés en Pearl Harbor, para relatar las desventuras de un capitán y del segundo a bordo, interpretados por Cary Grant y Tony Curtis, respectivamente. Ambos deben realizar una misión en pleno océano con un submarino que ya tenía que haber sido desguazado, pues no parece ser ya seguro para nada. Pero este problema no es más que el principio de una serie de alocadas y disparatas situaciones donde cada vez se irán reclutando nuevos miembros de la tripulación de lo más pintorescos. En resumen, aquel que vea “Operación Pacífico” le pueden venir muchas ideas, pero ninguna relacionada a que este submarino vaya a hacer algo relevante en plena guerra. El director tiene una amplia capacidad, junto a sus guionistas, de ir avanzando el film volviéndolo cada vez más divertido y surrealista debido al plantel de secuencias tan variopintas que nos ofrece. No le falta de nada, mujeres compartiendo ropa interior y camarotes con los oficiales barones, el robo de un cerdo, que un mujeriego se ponga al cargo del timón, que se dé a luz a recién nacidos, que el submarino se pinte de rosa… En fin, la lista es interminable. Todo termina desbocando ante una visión dulcemente cómica de un amargo capitulo en la historia. Lo que también es sorprendente fue su buena acogida en su estreno en aquel ya lejano 1957. No deja de ser un dato bastante curioso, teniendo en cuenta lo reticentes que son los estadounidenses a relatar los capítulos más oscuros de su historia en un momento en que los hechos que se relatan eran todavía relativamente recientes y que tengan tanta aceptación. Edwards nos transmite una visión del conflicto divertida, fresca y desenfadada. Lo mejor es su planteamiento, que es llevado a cabo sin miramientos, que al fin y al cabo no deja de ser una muestra de los tabúes y de las vivencias del ser humano, algunas tan absurdas como divertidas, pero en un contexto tan contrastado que el resultado no tiene desperdicio. El film nos enseña a reírnos de de nosotros mismos. Es la mayor y desenfadada cotidianidad en un mundo catastrófico, y el resultado es desternillante. |