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9 de Noviembre de 2008
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Es probable que viese "Atraco a las tres" en algún momento de mi infancia, como tantas otras películas españolas de los años 50, 60 y 70, pero ya la tenía prácticamente olvidada en mi memoria. Hace unos días volví a echarle un vistazo, y lo primero que me sorprendió fue que prácticamente cuenta con el mismo reparto de "Plácido", la obra cumbre del cine español rodada un año antes.
Claro, al ver a esos espléndidos actores más el añadido de ser uno de los títulos más citados (para bien) del cine patrio, todo apuntaba a que la cosa iba a ser redonda. Pero me equivoqué; la película funciona, cierto, pero no va más allá del mero entretenimiendo que la etérea blancura sociológica del franquismo de por aquel entonces imponía a la mayoria de sus títulos, y en la que de vez en cuando se colaban exquisitas extrañeces del tipo de "Plácido" o "El verdugo", de Berlanga, "El extraño viaje", de Fernán-Gómez o "La caza" de Carlos Saura. "Atraco a las tres", como digo, no entra dentro de este último, reducido y meritorio grupo, sino en el de la comedia castizo-comercial de la época, en la misma línea de títulos como "Los tramposos", "La gran familia" o las mejores películas de José Luis Ozores. Es muy probable que esta falta de ambiciones se encuentre motivada por culpa del guionista Pedro Masó (que nunca se salió lo más mínimo de lo políticamente correcto) y del director José María Forqué (un rutinario artesano que apenas ofrece sorpresas en la puesta en escena). ¿Y si algo tan fundamental como es el guión y la dirección fallan, qué es lo que nos queda? El reparto, claro. López Vázquez, Alexandre, Cassen, Morales, González, Landa, Orjas... Todos están fantásticos en sus respectivos roles y hacen amena y lo menos ridícula posible una película muy hija de su tiempo y de su contexto (con todo lo que ello supone, claro), además de cumplir con la vieja máxima de que el cine español no es un cine de protagonistas A, sino de secundarios A. Así que nada, un buen título con el que entretenerse tibiamente para después de comer (si es que la comida no resulta tan pesada que uno termina quedándose dormido se proponga lo que se proponga). Agur, agur, adiós, adiós... |