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Críticas de "París, Texas"
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| 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Mogwai
Guadalajara (España)
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Su valoración:  |
6 de Noviembre de 2007 |
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Hay lugares donde las cosas que hiciste en el pasado parecen no importar, donde puedes volver a olvidar todo y empezar de nuevo. No son lugares mundanos, parecen pedacitos de otro mundo que por error han llegado al nuestro para reconfortar a los pocos afortunados capaz de buscarlos con suficiente dedicación como para encontrarlos, escondidos en medio de un desierto al que pocos se atreven a enfrentarse. Paris, Texas es uno de esos lugares. La gran obra maestra de Wim Wenders, aquella con la que se alzó con la Palma de Oro en el festival de Cannes de 1984, es para empezar todo un prodigio de la técnica cinematográfico, el perfecto ejemplo de cine como arte dirigido a los sentidos. La maestría de Wenders moviendo la cámara, la fotografía como siempre maravillosa pero nunca tan excepcional de Robby Müller y la música de Ry Cooder, tres genios reunidos y en perfecta conjunción, hacen de esta una película tan bella plásticamente que a veces parece escapar de las convenciones del propio cine. Nadie pinta paisajes como Müller, que hace aquí uso de una fotografía hiperrealista y sobria para traernos el colorido del desierto, de las luces nocturnas de las autopistas, de las puestas de sol y demás espectáculos de la naturaleza con una paleta donde el verde y el rojo parecen querer expresar tantos sentimientos como los propios actores, ofreciendo uno de los mejores trabajos de cinematografía que se han visto probablemente nunca en el cine. Por supuesto, nadie filma road movies como Wenders, el único capaz de transmitir con perfección la soledad y libertad que otorga la autopista con esos planos tan sutiles y elegantes que ya aprendía a usar en su gran obra temprana, "Alicia en las Ciudades". Y Cooder, claro, y su solitaria guitarra tañendo como lamentos salidos del alma del pobre protagonista.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Stanton y Stockwell, dos de esos secundarios habituales que por fin tienen ocasión de brillar, están estupendos en sus papeles, pero es Natassja Kinski la que realmente deslumbra. Gran parte de la credibilidad del guión radica en su papel, y la Kinski está perfecta como la fascinante mujer de Travis, de hecho nunca ha vuelto a estar tan turbadora y encantadora en la gran escena final en el “peep-show”, donde al fin se desvelan algunos de los misterios que rodean la vida de estos dos personajes, rodada en una habitación minúscula y sin apenas acción, sólo diálogos y la guitarra de Cooder de fondo, que debería ser estudiada como perfecto ejemplo de drama y de hasta que punto el cine es capaz de emocionar. Puede que no sea una película para todos los públicos, quizá tampoco lo necesita, para mí es simplemente una de esas películas en las que refugiarme cuando de verdad la angustia y la soledad parecen dominarme y un recordatorio de que el cine siempre está ahí cuando lo necesitas, para devolverte la esperanza y las ganas de vivir. Una maravilla.
Mogwai 
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| 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Baxter
Madrid (España)
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Su valoración:  |
9 de Enero de 2008 |
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Hay directores obsesionados con la comunicación, con la incomunicación, con la infancia, con la vejez, la soledad, con las relaciones entre sexos, con la amistad, con la dificultad de vivir, con la decadencia del género humano, con la guerra. A Wim Wenders, al igual que a su admirado director Yasuhiro Ozu, le obsesiona la creación de personajes que tengan vida propia, que se muevan a expensas del actor que les da vida; de la misma maanera le preocupa la construcción de ambientes cargados y los momentos de gran fuerza dramática. Estas expectativas, al menos en París, Texas, nunca defraudan. El esfuerzo del realizador está justificado.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Un hombre maduro camina solo por el desierto, sin un momento de descanso, sin gesticular, sin angustiarse, tan sólo viajando a pie por en medio de ningún sitio. Huye de su críptico pasado y al mismo tiempo lo busca afanosamente; es la salida de un mundo ficticio y el reencuentro con la realidad perdida, el sublime y pertinaz intento de hallar el motivo de su vida, de su desesperación y al mismo tiempo de su redención. Esa búsqueda incansable de Travis (Harry Dean Stanton) y más tarde de su hijo Hunter (Hunter Carson) por varios estados norteamericanos en busca de Jane (Nastasja Kinski) es la trama argumental de la película.
La historia, basada en un sobrio guión de Sam Shepard, está contada con delicadeza y mesura, la mejor forma de expresar emociones y, sobre todo, de contar una historia de amor y de dependencias humanas. La conexión existente con su anterior película Alicia en las ciudades no es casual, pero esta película no llega a transmitir la profundidad emocional que demanda un triángulo de personajes, unidos por lazos familiares aunque separados, como el existente en París, Texas, una cinta que prefiere las imágenes sugerentes a los efectismos, la capacidad de emocionar a las aburridas tesis. Para conseguirlo, además de un excelente guión, se necesita conocer la ubicación exacta de la cámara, el mejor encuadre, el lenguaje adecuado, el control y perfecto manejo de los actores en cada una de las escenas, la intensidad justa de luz que reconstruya los ambientes deseados y que ayude a la puesta en escena, además de enfatizar los estados de ánimo de los personajes; una puesta en escena que en París, Texas se muestra perfecta y consecuente con la narración de la película. El film lo consigue en sus casi dos horas y media de duración, sacrificando con ello la velocidad en el ritmo y puede que la amenidad, pero logrando la incorporación de bellas y poéticas imágenes que perdurarán sin duda en la mente del espectador.
Todo el espectáculo de esta atípica road movie culmina con la escena del peep show y entonces comprendemos que todo París, Texas no es otra cosa que la preparación minuciosa de esta sobrecogedora escena final. Aquí es donde la película se convierte en una obra maestra, el momento culminante donde el pasado y el presente se funden y entran en acción, se hacen confesiones y las dudas quedan resueltas, aunque ya no existan demasiadas esperanzas para una utópica vuelta atrás, a los tiempos mejores destruidos por el egoísmo y la desconfianza. Cuando se produce el encuentro entre Travis y Jane, más que un espejo, lo que ya les separa es un compacto y frío muro de silencio, levantado por celos, equívocos, incongruencias y un enfermizo anhelo de posesión y destrucción. Es un final abierto y lleva en sí un gran signo de amor y esperanza.
Baxter 
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| 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Goiano
Zaragoza (España)
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Su valoración:  |
28 de Marzo de 2008 |
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El film de Wenders recoge -con un esquematismo simple y lineal- las tenebrosas y oscuras lindes del sufrimiento humano causado por el desamor, un tema tan antiguo como la propia condición humana.
Ese sufrimiento siempre es causa de trastornos, de ansiedades, de remordimientos, de locuras y de comportamientos erráticos que sólo podrán ser comprendidos por aquellos que, alguna vez en su vida, han sufrido en sus carnes el zarpazo del abandono, de la pérdida: dificilmente será entendida por quienes no hayan pasado por ello.
La narración inicial de un singular viaje protagonizado por un deambulante tipo con rasgos de "homeless" resulta impactante así como la ternura y la bondad comprensiva mostrada por su hermano, dispuesto a ayudarle para conectarle con la realidad y curar el gran sufrimiento interno, curación que sólo se adivina en la parte final con un impresionante diálogo, digno de cualquier consulta de terapia psicológica. La música de Ry Cooder simplemente inolvidable.
Goiano 
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| 4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Fej Delvahe
Costa Bávaro-Punta Cana (Rep. Dominicana)
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Su valoración:  |
11 de Enero de 2007 |
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Cuando estrenaron esta película en España y fui a verla, me hallaba yo viviendo un tiempo de melancolia, de modo que comprendí muy bien el sello de soledad, independencia, libertad y fracaso de sus personajes. En un lugar llamado París, del Estado de Texas (EE.UU), con cielos muy azules y tierras anaranjadas, Win Wenders, nos enseña a un hombre ido, extraño, estepario, loco de amor. En un momento determinado este hombre decide dejar su locura de caminar en línea recta sin mirar atrás, para regresar sobre sus pasos y recuperar una pasada vida de amor que ya no existe. Un film muy poético, entrañable, contagiador de la profunda soledad, pesadumbre y pena que arrastran dañados quienes viven y aman. Es lo humano que el que más y el que menos ha vivido en carne propia; por ello nos cala hasta el alma.
Fej Delvahe
Fej Delvahe 
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| 3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Langfuller
Barcelona (España)
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Su valoración:  |
21 de Septiembre de 2007 |
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CONTIENE DETALLES DEL ARGUMENTO!
Un hombre camina sin rumbo por un desierto, atraviesa la frontera y apenas se detiene vencido por la deshidratación. No conocemos su nombre, un nombre al que de todos modos no respondería. Atraviesa por un período de afasia profunda y lo único que le interesa es volver a la tierra en la que fue concebido en un "regressus ad uterum". En el periplo ha dejado abandonado a su hijo, incapaz de asumir un rol paterno. Su hermano, el padre de la historia, el que posee la capacidad de verbalizar sus pulsiones, trata de ayudarle. No es fácil porque Travis (ése es su nombre) siente la necesidad de hurgar la tierra, el vientre materno, en busca de un sentido y por ello, simbólicamente, le horroriza tomar un avión. Tampoco es capaz de seguir las vías rectas del sentido, su existencia no está ni dirigida ni justificada y al menor descuido de su hermano se saldrá de la autopista.
Mientras que el rol paterno del hermano se justifica por su empleo de publicista, empleo relacionado con la palabra -y la imagen- (otro ejemplo: el padre aferrado a su máquina de escribir en una imprenta en "En el curso del tiempo"), Travis es un personaje perdido en el presente, no recuerda de dónde viene ni sabe a dónde se dirige, salvo por esa pulsión por regresar a los orígenes. El cine como la literatura, la imagen y la palabra, pueden facilitar ese recorrido, iluminar un camino y así, unas películas en super-ocho devuelven a Travis los fogonazos racheados de su pasado.
Entretanto vive con su hermano y su cuñada, como un niño más en la casa (la mujer de su hermano hará las veces de madre para él) hasta que un día "se independiza" para tratar de reorganizar su familia y recuperar el rol perdido. Pero todavía es un niño inseguro, parece que juega de igual a igual con su hijo, con los "walkie-talkies", a la caza de la madre. Porque siempre se trata de regresar a la Madre: la tierra de Paris en Texas, la mujer de su hermano, su ex mujer... Un reencuentro que no se producirá nunca para Travis.
Sin embargo, quizá todavía pueda tener lugar para su hijo aunque parezca que la mujer, que trabaja en un club, no guarde nada de ese rol materno. En la escena de la cabina Travis tendrá la posibilidad por fin de contemplar el mundo en su ausencia, la fantasía del voyeur, pero también el único modo de encontrarle un sentido, viéndolo desde fuera (como los ángeles de "El cielo sobre Berlín"). Comprende entonces que no habrá familia, ni habrá París, empeñarse en lo contrario sería continuar el error de su padre, no apartar la mirada del ideal forjado y descuidar a un hijo que, como él cuando tenía su edad, necesita a la Madre. Travis seguirá el resto de sus días hendido por esa ausencia y lo único que puede hacer es evitar que su hijo perpetue su legado melancólico.
Wenders es un director que construye sus películas a partir de abstracciones y algunas veces, además, logra revestirlas de un contenido humano, sincero y cercano como en "Paris, Texas".
Langfuller 
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