Sin estar escrita, se ha creado entre el espectador de cine una jerarquía de géneros que alaba a unos y escupe a otros. Saliendo del nivel personal, tenemos que el thriller o el drama están en la cima de este curioso podio cinematográfico y, mordiendo tierra, en lo más bajo, conviven géneros como el terror o la comedia, adscritos a productos de nula calidad y menor seriedad.
En el presente escrito, desglosaré en análisis una de las películas más infravaloradas de las últimas décadas perteneciente al subgénero de la “comedia animal” (caracterizada por reducir al humano a puros instintos animales): “American Pie”.
Como sucesora de las “highschool movies”, retrata en una historia coral (con secundarios que giran alrededor del indiscutible protagonista) la principal preocupación del adolescente: la sexualidad. Y lo que es más importante, cómo estos individuos se mueven ante los ojos de la sociedad y los modelos de autoridad que la componen (la familia, el instituto, el vecindario, e incluso los amigos).
spoiler:
Jim Levenstein (Jason Biggs) es el personaje central de la historia, un joven fracasado con poco atractivo, menos carisma, y una mala pata que se ocupará de poner en evidencia cada uno de sus defectos. Encontramos en su figura paterna un hombre abierto, dispuesto a enseñarle los misterios de la sexualidad, pero de una inteligencia y una autoridad inexistente. Sus intenciones acaban siendo inútiles dejando a su hijo en un camino autodidacta. La figura materna aparece como sombra durante todo el metraje, sin pronunciarse ante este tema tabú.
Fuera de casa, su mundo se reduce al instituto y a las cafeterías, espacios en los que las leyes son acordes a gente de su edad, con una microsociedad que da corona y potestad a los guapos. El sexo, en esta metrópolis adolescente, es un indicativo de popularidad, y tener pareja para el baile de fin de curso (prueba final para los atrasados) es una preocupación de una urgencia superior al del examen semanal de matemáticas.
Jim está rodeado de diferentes amistades que representan el prisma total de las posturas posibles respecto de la cuestión vital del sexo.
Kevin Myers es el latino enamorado que ve el sexo como algo secundario. Presionado por sus colegas propondrá a su pareja mantener su primera relación. Cuando lo único que necesita es decir “te quiero” para iniciar el coito, descubrirá que el amor es un concepto mucho más grande de lo que pensaba.
“Oz” recorre el camino contrario que Kevin. Comienza fatalmente obsesionado por fornicar y, al cerciorarse de que el amor es la llave, jugará a enamorarse y acabará sintiéndolo de verdad, mutando de deportista machote a cantante pasteloso.
Stifler es el más liberal de todos, adinerado y popular, deportista y atractivo, un lingote de oro para todo el instituto. Se mueve con seguridad y domina las artes del humor, todo un ilusionista con las chicas. Para todos sus compañeros, un modelos a seguir.
Paul Finch (“culofino”) es un alma adulta en el cuerpo de un adolescente. Toma coñac en copa ancha de forma amanerada, juega al golf y tiene un vocabulario exquisito. Sus amigos lo ven como un carca objeto de burlas, pero comprará su prestigio en el instituto introduciendo rumores falsos a través de un contacto femenino.
Pero todo este clima de liberación sexual está filtrado por un punto de vista conservador y cobarde que acaba alabando el valor de la estructura familiar tradicional, la inexistencia de cualquier relación homosexual y el papel de la mujer-objeto.
Y, abandonando las consecuencias del tratamiento de esta temática, “American Pie” es, ante todo, una comedia que funciona de forma maravillosa, apoyada en el ritmo y la genialidad de sus diálogos, la frescura de sus situaciones, unos personajes que trascienden a la trama, y un casting peculiar con el que acabamos completamente familiarizados.
“American Pie”, una buena comedia, con los valores de antes.