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| Nadie sabe |
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| Hirokazu Koreeda (AKA Hirokazu Kore-eda) |
(2004)  |
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| 11 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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racsovito
barcelona (España)
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Su valoración:  |
7 de Agosto de 2007 |
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Película lírica. La angustia y el placer son el binomio que les toca sufrir y gozar a los protagonistas de la historia. Es el dinero, cuando se acaba, se acaba el placer y hay que buscarse la vida.
Como es habitual en el cine oriental, magnífica recreación de lo cotidiano.
Nadie sabe nada de estos cuatro niños/as y es preferible no saberlo.
Nadie sabe lo que les pasará al finalizar la película. Nadie sabe como llegaron hasta ahí al iniciarse.
También es una aguda crítica al desarrollo industrial, tecnológico de la sociedad japonesa en contraposición con lo más elemental del ser humano.
Es el dinero...nadie sabe, nadie quiere saber, hay que ocultar las vergüenzas. Niños solos, sin dinero, nadie sabe, nadie quiere saber.
racsovito 
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| 8 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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La Maga
Salamanca (España)
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Su valoración:  |
4 de Marzo de 2007 |
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Tras Moboroshi no hikari, Wandafuru raifu (del que ya se disponen a hacer un remake norteamericano) y Distance, Hirokazu Kore-Eda se inspira en una noticia aparecida en los diarios sensacionalistas de su país. Nadie sabe quién ha podido experimentar un suceso tan insólito como el de estos chicos, nadie sabe a quién hay que juzgar, o eso al menos es lo que parece decirnos el director japonés en su cuarto largometraje. Su cámara no se mueve en ningún momento en busca de culpables, con ojo avizor.
El cine siempre ha mostrado una especial querencia por la situación del niño indefenso y desarrapado. Charles Chaplin lo hizo de maravilla alternando risas y lágrimas en El chico (1921), cuyo testigo recogerían más adelante Roberto Rossellini y David Lean en Alemania, año cero (1947) y la dickensiana Oliver Twist (1948), respectivamente. La rúbrica en las décadas siguientes vendría de la mano de Truffaut en Los cuatrocientos golpes (1959), Francis Ford Coppola en El padrino II (1974) y Sergio Leone en Érase una vez en América (1984). En la última década, el interés sigue más vigente que nunca: Fernando Meirelles en Ciudad de Dios (2002), Ken Loach en Felices dieciséis (2002) y Bahman Ghobadi en Las tortugas también vuelan (2004). Y en el mundo del documental, es injusto no acordarse del largo panameño One dollar (2001), y el corto Los niños de la estación de Leningradsky (2004). Pero si hay una cinematografía en el mundo que de veras se vuelque sobre el mundo infantil, ésa es la oriental, que se añade un tanto más en la ya de por sí sonrojante goleada frente a la industria occidental.
Lo que diferencia a Kore-Eda de este puñado de obras maestras es su salvaje naturalismo, el desapego por los clichés del cine de denuncia social y su sabia incursión en los mundos imaginarios de la infancia. Aquí la dignidad no se mide en metros cuadrados, sino en la escasa condescendencia que los primeros planos y planos detalle muestran (una mancha de esmalte en el suelo, un trozo de plastilina en la terraza, una marca concreta de caramelos…). El sufrimiento y la reflexión adoptan la forma de una madre cruel y egoísta con un concepto de las mudanzas muy particular, capaz de reprochar a sus hijos su propia irresponsabilidad con exabruptos del tipo ¿Es que no tengo derecho a ser feliz?, negada a la hora de apreciar el tesoro que encierra sin dudar, delegando antes que asumiendo. Estos niños abandonan un paraíso forzados por unas circunstancias que se escapan a su propio entendimiento. Construirán un mundo caduco, con cimientos tan frágiles como la fuente de un parque, las plantas de una terraza o el interior de una maleta. Mientras tanto, el mundo exterior transita sigiloso a pesar de las dificultades de unos seres anónimos que no deben inmiscuirse en el rítmico desarrollo del planeta, más preocupado en seguir generando riqueza para unos pocos que en atender las necesidades de los más desfavorecidos.
La Maga 
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| 6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Con un ritmo lento Hirokazu Koreeda, nos adentra en la historia de cuatro niños abandonados por su madre en un departamento en el cual “Nadie sabe” de su estancia en dicho lugar. El filme es apreciado con indignación e incluso molestia, al visualizar a está mujer y su desparpajo al evitar la responsabilidad de cuatro niños sin atención, y orillados a buscar la forma de supervivencia. Una mujer como tantas, que traen hijos y los dejan a su suerte.
Los países del primer mundo no son la excepción para cuestiones que mayoritariamente se engloban a los países en vías de desarrollo; una ideología tan inmoral como la que nos rodea, todos ven a los niños y prefieren ignorar su situación; muchos de los que les rodean buscan el beneficio propio y cuando lo han encontrado y exprimido dan la espalda.
Así como la vida cotidiana, así de dura, en dónde a veces ni la propia familia es suficiente para vencer la adversidad.
¿Aburrida? No la considero, mi calificación es por la falta de agilidad en el guión, eso sí, una lentitud extrema.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Lo más triste: la reflexión de la entrada de los niños al departamento; el destino de la más pequeña
Lo más shido: Que haya gente dispuesta a tenderte la mano, sin conocernos. (como el caso de la chica que canto Karaoke, a cambio de unas monedas)
Coleccionista Visual 
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| 5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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lbg
Madrid (España)
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Su valoración:  |
23 de Mayo de 2005 |
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Gratísima sorpresa esta película que se convierte, en mi opinión, en lo mejor que ha llegado a nuestras pantallas en 2005, de esas pocas películas que, además de ser muy buenas, tienen "magia". Lástima que sea la primera de su director, Hirokazhu Kore-Eda, que llega a nosotros.
La sensibilidad que rezuma en cada plano entremezclada con una realidad cruda, es sobrecogedora. De forma natural Kore-Eda retrata magistralmente el interior de sus personajes, inquiriendo de forma inevitable al espectador, que los acompaña empáticamente en su descenso. Sus anhelos, sus decepciones..., imágenes como una bocanada de aire al espectador, sus juegos, sus búsquedas en la dureza de su lucha por recuperar sus espacios robados...
Estética, desnuda, conmovedora, tierna y cruel, intensa, lírica y silenciosa, límpida, vibrante y cuasi-documental, es una de esas cintas que no podrían doblarse..., con una soberbia música del dúo japonés Gontiti.
Y todo esto sin nombrar el trabajo con los actores, entre los que destaca el protagonista Yagira Yuuya (Akira), absolutamente inmenso.
En fin una obra maestra incontestable. Por favor, si no tienen un estómago impaciente... no se la pierdan.
lbg 
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| 8 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Miquel
Palma de Mallorca (España)
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Su valoración:  |
3 de Octubre de 2005 |
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Cuarto largometraje de Hirokazu Kore-eda, del que es director, guionista, productor y montador, basado en un hecho real de 1988. Obtuvo el premio al mejor actor del Festival de Cannes. Formó parte de la sección oficial de la Semana Internacional de Cine de Valladolid.
La acción tiene lugar en Tokio, entre otoño 2003 y verano 2004, en el mismo tiempo que la filmación. Narra la historia de Akira Fukushima (Yuga Yagira), de 12 años, y sus hermanos Kyoko, Shiferu y la menor, Yuki, de 5 años. No están inscritos en el Registro, no han ido nunca a escuela, no todos son hijos del mismo padre. La madre, Keiko (You), de trato dulce y cariñoso, se instala con ellos en un piso de Tokio, hasta que los deja para ir a trabajar a Osaka. Regresa en invierno con regalos y algo de dinero, recoge su ropa de invierno y se despide hasta las Navidades. Akira, responsable de los hermanos, cuando ve que los recursos escasean busca al padre, taxista, que le da un billete y se desentiende de él. La narración explica la vida de cuatro hermanos, recluídos en un piso de 41 m2, donde viven en armonía, estudian, juegan, ven la TV, comparten comida, dibujan y se mantienen muy unidos. No hacen ruído, no salen a la calle, no se asoman al balcón, como les dijo su madre. Nadie les conoce. La narración está hecha desde el punto de vista de un niño que ve las cosas con ingenuidad e innocencia. El relato es sencillo, directo, fresco, natural e intimista. El espectador se identifica con los niños y se enamora de ellos. Simbolizan a todos los niños abandonados del mundo. Las escenas más conmovedoras muestran la última moneda de la última llamada telefónica, la llamada de Akira a un número donde su madre se identifica como Sra. Yamamoto (el niño ve que su madre no volverá), la alegría de los chicos cuando Akira los lleva al parque, la progresiva degradación de la vivienda (desorden, residuos, olor) a partir del corte de luz y agua, la penúltima escena y la última en que Akira y su amiga Saki (Hanae Kan) se alejan y vuelven la mirada atrás mientras se congela la imagen (homenaje a "Los cuatrocientos golpes", de Truffaut).
La música, original del dúo Gontiti, de guitarra y ukelele, es suave y sosegada. Takako Tate (la cajera del supermercado) canta "Jewel", el tema final. La fotografía hace uso frecuente de primeros planos. Se fija en detalles que expresan sentimientos: piano miniatura, dedo dibujando en el vaho del cristal, caja de bombones, zapatos rosa de Yuki. El guión contiene numerosos recuerdos autobiográficos de la infancia del autor. El papel de madre corre a cargo de una actriz de TV que debuta en cine. La dirección conduce el rodaje con pericia, amor a los niños y habilidad suficiente para extraer de ellos actuaciones directas y sinceras.
Drama de unos niños perdidos, abandonados, ignorados y desconocidos, contado con un realismo tan entrañable como doloroso y perturbador.
Miquel 
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