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El gran silencioDocumental

El gran silencio
6,8
1.014
Documental En 1984 el director alemán Phillip Gröning pidió permiso a la Orden de los Cartujos para rodar una película en el interior de uno de sus monasterios. Le dijeron que era demasiado pronto. Quizás más adelante. Dieciséis años después recibió una llamada. Había llegado la hora... Los preparativos llevaron dos años, el rodaje uno y la postproducción dos más. Han transcurrido, por tanto, veintiún años hasta su completa finalización. El Gran ... [+]
Críticas 26
Críticas ordenadas por utilidad
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2
23 de febrero de 2007
45 de 86 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si te sobran tres horas de tu vida y quieres relajarte puedes a) pegarte una siesta, b) leer una novela, c) ver la tele, d) pasear y e) un amplio etcétera de opciones que Philip Gröning parece ignorar, ya que, para ofrecernos un oasis de paz y tranquilidad en este mundo nuestro tan ruidoso y estresante, ha rodado una peli en la que a penas se habla y a penas sucede nada.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El tío se metió en un convento de monjes de clausura en los Alpes franceses y se puso a filmar el día a día en la Orden de los Cartujos (y según afirma con orgullo, pidió permiso con 16 años de antelación, supongo que para que a los monjes les diese tiempo de ducharse y arreglarse un poco).
Y bueno, supongo que si buscas un día a día más aburrido que el de estos clérigos no lo encuentras. Sopor es poco.
Muchos críticos profesionales han calificado la peli de "experiencia única" y no nos queda más que darles la razón.

Tú entrás en el cine, te apalancas y te dispones a relajarte. Pero empieza la peli y es como si te enterrasen vivo. Intentas no toser ni estornudar ni aclararte la garganta. Si tienes la suerte de estar en un multisalas puedes oir los diálogos de la peli de al lado. Durante la primera media hora quién más quién menos aguanta sin problemas, pero luego te mueves un poco y chirría un poquito el asiento y todo el cine te presta más atención a tí que a la pantalla. Si por un casual te suenan las tripas te conviertes en el rey de la fiesta. Un padré cabrón ha traído a sus dos hijos y al cabo de una hora estos sollozan tan silenciosamente como podían. Un abuelito hace ruidos con los dientes. Cualquier pedete se magnifica como en una cueva con eco. Si entrase una mosca en la sala se armaría un escándalo. Resulta que pocos miran la pantalla porque en la pantalla no sucede nada digno de verse. La experiencia mística está en este lado del telón. Los que abandonan la sala tienen veinte ojos quemándoles el cogote. Media docena de personas duermen, y su respiración te taladra los tímpanos. Una hippie saca un porro y empieza a poner cara de que está alcanzando la paz interior, pero en la otra punta de la sala un joven gafotas está mordiéndose las uñas desesperado y suena así: "¡CLAC!... ¡CLAC!... ¡CLAC!". El aliento espiritual de la película no termina de llegar al corazón del espectador de películas normales, y para relajarse un poco más hay quién se quita los zapatos. Al opresivo silencio hay que sumarle ahora un opresivo olor a pinreles. Los brazos izquierdos se mueven cíclicamente, los ojos nesitan ver cómo avanzan las manecillas de los relojes para confirmar que la flecha del tiempo no se ha detenido. De repente la entropía empieza a parecerte una cosa cojonuda. Se supone que Dios está en todos lados, pero ahora sospechas que también ha abandonado hace rato. Si te concentras puedes oir tu propio corazón, golpeando rutinariamente, sin alegría, sin esperanzas. El vacío se ha apoderado de tu alma. ¿Quizá esto que sientes es aquello que decían de la paz interior? ¿Qué hora es? En la fila de atrás un señor saca una cuchilla de afeitar y empieza a pegarse cortes en la muñeca, pero la calma de la película te permitie oir el blub-blub de los primeros borbotones y logras salvarle la vida.

Una experiencia única, incluso para los no creyentes, sin lugar a dudas.

Nota: un cate, y que dios les bendiga.
4
19 de enero de 2009 4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Declaro que fuí al cine conociendo perfectamente lo que iba a ver: ni el título ni la temática podían llamar a engaño. Pero en lugar de una cinta que me aproximara a los cartujos y a su vida, me encontré con una propuesta estetizante y por desgracia estéril.

Diría que la cinta hace exhibición ostentosa de su pretendida austeridad, con lo cual logra desautorizar el discurso del director: los realmente austeros son los monjes, y el director especula descaradamente con la esperada identificación del espectador con ellos.

Gröning no encuentra otro modo de representar el paso del tiempo que alargar y alargar la película. Uno espera que en esta monotonía haya el acierto de presentar cambios sutiles que nos aproximen a los personajes, indicios que nos permitan descubrir las personas que han elegido esta vida, pistas que nos vayan acercando a su espiritualidad. Nada de eso hay en este film, y los monjes apenas son algo más que sombras que deambulan por los fríos aposentos del monasterio.

Alguna escena -los monjes jugando en la nieve- enciende la esperanza de que finalmente nos enteraremos de quienes son, de como son. Pero no, es una falsa esperanza y otra vez nos hallamos sumidos en la repetición monótona de gestos, espacios y bellos encuadres. La irritación va subiendo de tono, y la peli sigue siguiendo.

Es difícil transmitir la vida interior de las personas, las buenas películas lo logran, ésta no.
10
2 de noviembre de 2014 4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Siempre me ha llamado la atención la vida monástica de clausura, oración y recogimiento, la austera vida de quienes habitan esos Monasterios o Conventos, hombres y mujeres entregados a la vida contemplativa sin más finalidad que la oración y un poco de trabajo, por lo general agrícola o culinario en el caso de las monjas.

Pues bien, con estos antecedentes vi este enorme documental con el título de “El gran silencio”. La vi en una sala de cine, la sala estaba abarrotada para mi sorpresa, y todos estuvimos sin toser durante los 164 minutos que dura la cinta.

“¡Oh Señor! tú me sedujiste y fui seducido”. Esto proclama este documental conmovedor. Cuentan que en 1984 el director alemán Phillip Gröning solicitó la venia a la Orden de los Cartujos, para poder hacer una película dentro de uno de sus monasterios. La respuesta fue que era demasiado pronto, que tal vez más adelante. Y pasaron dieciséis años antes que recibiera una llamada para decirle que “había llegado la hora”: no contó el tiempo social, el tiempo extramuros, sí el intramuros, para tomar la decisión.

Estamos ante un cine insólito, extraordinario, de una hermosura sin par, primitivo pero a la vez nuevo, una cinta que reclama la imperturbabilidad, la serenidad y la armonía. Es como un gran hueco que nos conduce a esa dimensión estratosférica del mundo dentro de los muros de Dios, sobrecogedor, impresionante porque impresiona y místico aún en la mundanidad de esos monjes que cocinan, cultivan el huerto, hacen de peluqueros, de sastres con sus humildes hábitos o caminan por los pasillos, imágenes que estremecen el corazón, o mejor, el alma, porque sus obras sólo cobran un sentido desde la trascendencia.

En resolución: se trata de un film sorprendente que deja huella; más de dos horas silentes dentro de los muros de un monasterio, dos horas mirando a la vez que a la pantalla a tu interior. Y al final, en unas tomas que no exceden los cinco u ocho minutos, un sencillo monje mayor ciego habla brevemente. Lo hace de su inminente encuentro con el Padre y dando gracias por la ceguera con que Dios le había obsequiado para el bien de su alma. Son, desde mi modo de ver, palabras memorables que me he permitido traducir como mejor sé del francés. Esto sucede hacia el minuto 160 del film, y con estas reflexiones del fraile invidente pongo un punto final a estos comentarios sobre la película: “No, ¿por qué tener miedo a la muerte?/ Es el destino de todos los humanos./ Cuanto más se aproxima uno a Dios,/ más feliz se es./ Es el fin de nuestras vidas./ Cuanto más uno se aproxima a Dios más feliz se es./ Cuanto más se apresura alguien para encontrar a Dios…/ No hay que temer a la muerte,/ al contrario./ Para nosotros es una gran alegría encontrarnos al Padre de nuevo./ El pasado, el presente, son humanos./ En Dios no hay pasado,/ sólo el presente prevalece./ Y cuando Dios nos ve,/ Él siempre ve nuestra vida entera./ Es porque…/ Él es un Ser de infinita bondad./ Eternamente procura nuestro bienestar./ Así, no hay que preocuparse/ con lo qué será que acontezca con nosotros./ Con frecuencia agradezco a Dios/ que me haya dejado ser ciego./ Tengo la certeza de que dejó que esto sucediera para el bien de mi alma./ Es una pena que el mundo tenga perdido todo sentido de Dios./ Es una pena…/ No tienen más razón para vivir./ Cuando se abole el pensamiento de Dios,/ ¿para qué continuar viviendo en esta tierra?/ Se debe partir del principio/ de que Dios es infinitamente bueno/ y que todas sus acciones son de nuestro interés./ Por causa de esto, un cristiano debe estar siempre contento, nunca descontento./ Porque todo lo que acontece es voluntad de Dios,/ y eso acontece para el bien de nuestra alma./ Bien, esto es lo más importante./ Dios es infinitamente bueno, todo-poderoso,/ y nos ayuda. Esto es todo lo que cada uno debe hacer, / y así cada uno será feliz.”
9
31 de agosto de 2017 4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
La virtud del documental está en mostrar muy bien cómo es la vida de un monje cartujo, su día a día.
Una vida que se basa en la reflexión, la contemplación y el recogimiento a través del silencio y la oración.
En el documental los monjes, básicamente, se dedican a dos cosas: al cuerpo y al alma.
- CUERPO: Centran el uso del cuerpo para las tareas necesarias para vivir en el mundo de la materia: comida sencilla, limpieza de las estancias, cocinar y las cosas prácticas del día a día que todo ser humano necesita, pero aquí simplificadas sólo a lo mínimo y necesario, sin llegar a mortificar el cuerpo. Ellos se organizan y no necesitan a nadie de fuera.
- ALMA: El resto del tiempo está dividido en la oración, contemplación, lecturas religiosas, ritos y liturgias, reflexión y momentos escasísimos para hablar entre ellos y ver la naturaleza que les rodea.

Los textos religiosos que aparecen en pantalla se centran en la vida contemplativa, que apuntan mucho más lejos que la enseñanza católica que conocemos, ya que hablan de encontrar a Dios en la parte no material (espiritual) que todos tenemos dentro. Una enseñanza religiosa muy avanzada y rompedora para el concepto que solemos tener de los monjes (esto se aprecia muy bien en la única conversación en grupo, donde hacen una reflexión sobre algo cotidiano que llevan más allá de las palabras).

Aunque fuera de la película, está el motivo por el que esos monjes deciden llevar esa vida, que es doble: Por un lado encontrar a Dios de forma individual y por otro purgar los pecados del mundo con la oración, cosas que también se dan en otras religiones como el budismo.

La virtud del documental, como ya he dicho, es que refleja el día a día de estos monjes (todo lo que he escrito arriba). Tema aparte sería hablar de si eso de rezar, ser monje y demás nos parece una tontería o no, creemos en ello o no, lo juzgamos o no, estamos a favor o en contra.

Para terminar, imagino que de los que habéis visto este documental, nadie esperaba en "una de monjes" cartujos un giro en el guión con crímenes, vueltas de tuerca o partes dramáticas que ponen los pelos de punta. Así es la vida de estos monjes de clausura, sin sobresaltos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
En la parte donde habla el monje ciego... Lo que dice es de gran profundidad, pues se centra en que Dios es presente, es ahora y que el pasado sólo es eso, pasado. Que no hay miedo a la muerte, pues todos moriremos. Espera a la muerte con alegría, ya que, para él, sería el final de las ataduras del cuerpo (mortal) al alma (inmortal). Esto es lo que este monje piensa, te parezca una majadería o no.
7
9 de diciembre de 2006
12 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
El típico cuñado pesado que se ha comprado una cámara digital se extravía en la comunión del sobrino y se queda un año en una cartuja, espiando a los monjes con su tomavistas y tomando planos (que él considera muy poéticos) de la lluvia, la nieve, los arbolitos y a veces de los rostros de los monjes. Este es el resumen que puedo hacer de esta película (lo del cuñado es para explicar la perspectiva que toma el señor Gröning respecto a lo que rueda). Al principio parece que quiere rodar una versión casera y sin crímenes de "El nombre de la rosa", con su monasterio en las montañas, su ciego, sus monjes calvitos y barbados, pero todo se queda en un ¿documental? (por dar algún nombre a lo que en realidad es un amontonamiento informe de imágenes inconexas y desvertebradas sobre la vida de clausura). Como documento de la vida monástica es bastante pobre, lioso y muy superficial. Si este fuera el único testimonio del que dispusieran los historiadores del futuro dirían que los monjes eran personas muy raras que se pasan el día haciendo cosas absurdas, pendientes del reloj y de los campanazos, van corriendo a todas partes -además todos renquean-, se dedican al bricolaje sin mucho esmero, a encender y apagar luces como niños, lo tienen todo manga por hombro, poca afición a la higiene y se aburren bastante. La cámara siempre se queda en el exterior de la cabeza y el corazón de los cartujos, su mirada es completamente ajena. No entiendo muy bien qué pretendía el director: huye de lo psicológico, de lo narrativo, de lo informativo... yo diría que su único interés es el paisajístico. En realidad no le interesa la vida espiritual o contemplativa, sino el paso de las estaciones: le atrae más el clima que la liturgia.
El estilo de la película es muy variado, dentro de su aire amateur y chapucero. A veces las imágenes parecen de "El proyecto de la bruja de Blair", otras tienen la calidad de las de la llegada del hombre a la luna y las más parecen cualquier secuela del Dogma danés (sin desnudos ni escenitas sexuales, por desgracia).
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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"El gran silencio" se titula esto: bueno, lo del silencio es relativo. Las salas del cine Renoir-Princesa de Madrid (donde yo vi la película) están mal insonorizadas, con lo que se escucha todo el tiempo la banda sonora de la película de al lado. Es falso también que no haya diálogos: hombre, no es precisamente una película de Woody Allen, pero tampoco están callados estos cartujos (para lo que dicen, mejor que no abrieran la boca, porque sus charlas son de sonrojo, tanta meditación para eso). En la cartuja esta, además, todo cruje, chirría, retumba y hace ruido: urge comprar a estos monjes un poco de aceite para engrasar las puertas y las ruedas de los carritos.
Me hizo gracia comprobar que uno se va a la cartuja a apartarse del mundo y resulta que (al menos el prior) acaba con la mesa llena de facturas, como un ejecutivo cualquiera (seguro que es un tiburón de las finanzas y especula con la producción del chartreuse como la OPEP con el petróleo). Por otra parte, san Bruno les dice que beban de los manantiales y luego compran agua mineral embotellada (por no hablar de las frutas con pegatinas, a ver de dónde salen: esta comunidad me parece muy poco autárquica, la verdad).
En mi sesión el público (compuesto en buena medida por monjas, curas y filoclericales) se echó grandes siestas. A mí, pese a todo lo dicho, me gustó la película: no deja de ser una rareza muy valiente, alejada de lo que normalmente se estrena en las pantallas, que nos habla de una realidad muy interesante y oculta. Pero no creo que sea una gran película, ni mucho menos. Aunque a alguno le pueda extrañar esta clasificación, para mí esto es un ejemplo de cine ligero y de verdadero entretenimiento (las películas del agente 007 en cualquiera de sus encarnaciones son infinitamente más complejas y aburridas).
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