"Bushi no ichibun" (permítanme tirar a la basura el edulcorado, comercial y desleal título inglés: razón en spoiler) podría ser nada más que un par o tres de versos en un majestuoso poema épico. Sin embargo, Yamada coge ese pequeño motivo heroico y le confiere una inusitada elasticidad extendiéndolo con delicioso éxito a lo largo de 121 minutos. Si existiera un óscar a la mejor gestión del tempo narrativo, sin duda él debería recibirlo.
spoiler:
Pido disculpas por empezar otra vez el cuerpo central de mi crítica recelando de las sinopsis. Me explico: esta película la vi, como de costumbre, sin ninguna información argumental previa. El único dato relevante que conocía y que podría resultar indicatorio de su contenido, es que se trataba del film que cierra la trilogía de temática samurai de Yamada, de marcado tono realista y desmitificador. Imaginen mi reacción interna cuando el protagonista (Kimura Takuya, en un increíble contraste respecto a su faceta de famoso "j-pop star") se queda ciego y de repente me doy cuenta de que este último peldaño de la trilogía Yamada se cierra con una versión verosímil, realista y crepuscular de la figura más fabulosa, leyendesca y heroica de la mitología guerrera nipona: Zatoichi, el samurai ciego. Vista la película, sin embargo, lo entiendo: eso es lo que mejor puede venderla.
La traducción correspondiente al original "Bushi no ichibun" vendría a ser algo así como "Un trocito de bushi". Como ven, el amor no tiene ningún protagonismo en el título, carta de presentación de toda película. El honor, sí: el "bushi", el legendario código samurai que prescribe la obediencia al señor, la defensa del honor y la predisposición a la muerte, y que los protagonistas de los dos anteriores films de Yamada no repararon en infringir y superar evidenciándolo como obsoleto y contradictorio, se yergue en esta última entrega como una virtud reivindicable. Ese contrapunto, sin embargo, no rompe la coherencia de la trilogía: en esta ocasión el código de honor es un instrumento que sirve a la salvaguarda de la felicidad y los propios intereses del individuo, mientras que en las otras ocasiones esa felicidad e intereses debían defenderse mediante el rechazo y la infracción al código. La historia resultante deviene pundonorosa, apacible y de resolución complaciente (un final prácticamente 'made in Hollywood'), pues Yamada alcanza ya casi los 80 años y apuesto a que quiere despedirse con optimismo y "buen rollo".
Un montón de cosas se podrían comentar detenidamente: la detallada escenografía, los originales y pedagógicos elementos costumbristas, la caracterización de los personajes, la crítica a la hipocresía y al poder, las apariciones de Kaori Momoi y Ken Ogata, el hecho de que la actuación de 'Kimu-taku' resulte convincente, y un largo etc. Pero como acabaría gestionando el tempo de la crítica tan dilatadamente como el de este filme, sólo quiero acabar citando, por medio de la defectuosa memoria, una sentencia clave de esta obra: "Para ganar, tienes que estar completamente decidido a morir, y el otro debe querer vivir a toda costa". O como dice también nuestro dicho clásico: "Audaces fortuna iuuat".