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| 6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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En otoño, el membrillero comienza a madurar sus frutos. Bien lo sabe Antonio López, pintor de profesión, pues tiene uno en su huerto. En ese otoño, el de 1990, Antonio se propone intentar nuevamente pintar el membrillo. Pero no en cualquier momento. Debe captar el instante exacto en el que el sol calienta al frutal en su plenitud. Una estampa preciosa, muy bonita.
Sin embargo, el otoño va pasando. El sol cada días es menos feroz. Las nubes tormentosas se asoman al cielo de Madrid. Y Antonio ve como su misión parece muy complicada. Octubre ha sido borrado del calendario, y ya estamos en Noviembre. Las lluvias y el viento no persisten. Así que Antonio olvida su ilusión, no podrá ser. Su inacabada pintura acabará en un sótano, olvidada. No valdrá para el año próximo, pues el frutal, como muchas cosas, cambia de año en año. Sin embargo, a él le ha quedado ese punto de insatisfacción. Si el óleo no puede ser, probemos con el dibujo, acompañando así la vida del membrillero hasta su decadencia allá por diciembre. Si tampoco da resultado, si no ha habido tiempo, habrá que esperar a que la fruta vuelva a salir allá por la primavera, hasta que transcurrido el verano, madure nuevamente durante el otoño.
Le dicen, extrañados, que por qué no hace una fotografía. Más fácil, sencillo y rápido. Sin tener que esperar a ese momento en el que luzca el sol diariamente. ¿La respuesta? Más que el fin, lo que cuentan son los medios. Y para él, el simple día a día acompañando al frutal, ya merece la pena, independientemente del resultado final.
Antonio prefiere vivir con naturaleza. Ajustando sus cálculos. Sus marcas. Sus clavos. Las varas. El invernadero. Las finas cuerdas. Todo calculado milímetro a milímetro. Observándolo día a día, siendo un compañero fiel. Y así transcurre su vida. Una vida plácida y tranquila inundada de momentos de alegría (desprendida de sus canturreos), de soledad (con sus pitillos), de regocijo (explicándole a dos amigos chinos su modo de pintar), de nostalgia (recordando con su buen amigo su juventud), de tristeza (bajo una lluvia persistente), de amor (acompañado de su mujer), de convencionalidades (con sus amigos), de familia (con sus hijos). Una vida marcada por una pasión, la pintura. Y por una forma de vivir, esa que añora a los membrilleros con los que creció en su niñez y con los que aún sueña cuando la muerte le acecha.
Cine, poesía y pintura se dan de la mano en esta cinta para aliarse contra la televisión, un instrumento de control de masas, un emblema de nuestras sociedades. Una crítica centrada en esa imponente Torrespaña que se nos muestra iluminada al centro de la imagen, expandiendo su señal a toda la ciudad, inundando todo el paisaje urbano con su luz azul. Una torre que aleja a la urbe de la forma de vivir de Antonio, tan sencilla, como bonita. Erice contrapone lo urbano frente a lo rural, lo combina, y da como resultado una preciosa película que cala hondo.
The Motorcycle Boy 
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| 4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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d_mefisto
La Solana (Ciudad Real) (España)
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Su valoración:  |
1 de Junio de 2007 |
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En dos palabras: Sencilla y sensible.
Tanto, que se puede frivolizar y contarla: un tío pintando un membrillo, que al final se come otro tío.
Pero en esa sencillez, nos encontramos de forma real, con una fuerza vital increible: la esencia del arte, de la belleza, mejor dicho LA IMPOSIBILIDAD DE REFLEJAR LA BELLEZA Y SENCILLEZ DE ALGO, de un árbol, de un paisaje, de la amistad, del amor, el cariño.... y a pesar de todo el seguir intentando aspirar a la perfección, y quien sabe si únicamente es perfecto lo sencillo. UNA MARAVILLA.
Lo que más me gustó: Las conversaciones entre Antonio López y Enrique Gran
Frases favoritas: No recuerdo exactamente, cuando una chica japonesa le dice al pintor que sería mejor pintar a color el membrillero y Antonio López responde que lo ha intentado durante años, pero es imposible.
d_mefisto 
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| 3 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Esta es mi película preferida de Víctor Erice. Quizás la metáfora del final es excesivamente elaborada. Pero para ser Erice casi hay que darle las gracias por que sea comprensible. En fin como siempre se hacen excesivos los tiempos "muertos" en los planos. Quizás no he meditado lo suficiente al verla. Pese a lo de siempre en Erice es una película insuperable.
elfuturoyaeshistoria blog 
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Marcos
Santander (España)
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Su valoración:  |
25 de Septiembre de 2010 |
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Posiblemente ésta sea una de las películas más arriesgadas que jamás ha hecho el cine español, siendo una extraña mezcla entre documental y cine de ficción experimental, a ratos con un ritmo muy lento ya que trata de plasmar el estilo hiperrealista del pintor Antonio López. Para ver ¨El sol del membrillo¨ hay que conocer un poco el hiperrealismo y la obra de López, ya que quien la vea sin tener previa información lo más seguro es que no la soporte.
Puede ser que le sobre un poco de metraje ya que tiene algunos momentos excesivamente lentos y que no aportan demasiado. Eso sí, esto rara vez ocurre porque sí lo que te muestra Víctor Erice te parece desde el principio atractivo y ameno, hará que te mantenga siempre en interés. En especial las conversaciones entre Antonio López y Enrique Gran, o las aportaciones que los amigos de López dan a la obra que está realizando, todos con diferentes puntos de vista y opinión.
Técnicamente tenemos habitualmente planos estáticos, y otros con ligeros y cuidadosos movimientos de cámara. Y la banda sonora original de Pascal Gaigne apenas está presente (poco más que en las escenas y títulos finales) pero es extraordinaria, bonita y absorbente.
Arriesgada y valiente película que hay que saber apreciar para poder valorarla justamente.
Marcos 
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| 3 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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ANTOINE
PALENCIA (España)
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Su valoración:  |
16 de Noviembre de 2005 |
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Es esta película un formidable documental sobre un trabajo del extraordinario pintor español Antonio López que, de antemano, puede resultar indigerible y muy pesado para quienes no conozcan al personaje, o sean incapaces de aguantar una sosegada lección de arte que dura más de dos horas. Lo anecdótico es que toda la historia gire en torno a la pintura de un limonero. Lo importante es el empeño titánico del artista por captar en el lienzo la luminosidad especial que le presta el sol otoñal, solamente a determinadas horas del día y siempre que el astro no quede oculto por la lluvia o por la niebla; tarea mucho más difícil cuando el artista es metódico y minucioso, porque el tiempo pasa y el ciclo vital de la naturaleza impone sus leyes implacables. Las hojas del árbol ceden y se decoloran, el fruto se va desplomando, hasta que cae y se pudre. Pero al artista no le preocupan los sucesivos fracasos, porque no busca el resultado efectista, más bien vivir una intensa emoción estética. Documental, en definitiva, que sirve para conocer un poco mejor la compleja personalidad del artista.
ANTOINE 
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