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| 29 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Neathara
Saruman hace un orco y luego hace un (Uruguay)
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Su valoración:  |
4 de Enero de 2010 |
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CLERKS
Randal.- Todos esos inocentes animales mueren. Son bajas de una campaña que no les atañe. Ponte en su lugar: tú eres una vaca húngara pastando feliz en tu pueblo y el gobierno viene y y se lleva a todos los humanos. Tienes tus terneritos y un corral apetecible. De repente, desaparece todo el mundo y te dejan ahí tirada. A ti ni te va ni te viene, no tienes ideas políticas. Sólo quieres pastar y que te ordeñen...
RAMBO II: ACORRALADO
"Si quieres sobrevivir a siete horas de película sobre campesinos húngaros, conviértete en campesino húngaro"
EL SEXTO SENTIDO
"En ocasiones, veo películas de Béla Tarr"
ALTA FIDELIDAD
"¿Quiere una película de Béla Tarr para su hija? ¿Es qué su hija está en coma?"
PULP FICTION
—¿Sabes cómo le dicen al guiso de carne con patatas de toda la vida en húngaro?
—¿No le dicen ragut?
—Eso es en Italia, zoquete..
—¿Entonces, cómo lo llaman?
—Le llaman... "Gulash".
—Pero Hungría no tiene salida al mar.
—¿Y qué tienen que ver las churras con las merinas?.
—¿Pero tú has ido alguna vez a Italia?
—Desde luego que no. Y además soy vegetariano, hijoputa.
DRACULA DE BRAM STOKER
"He cruzado tres planos secuencia con travelling circular de quince minutos cada uno para encontrarte"
FUNNY GAMES
[Escena doble: los crímenes suceden en un interior oscuro. Al otro lado de la partición de tres que conforman marco, puerta y ventana, se ve pastar una vaca. Húngara, por supuesto. Arno Frisch mira a la vaca. La vaca mira a Arno Frisch. Diez minutos para reflexionar sobre el trágico sentido de la existencia y hacer pipí]
WOODY ALLEN
"Nietzsche dice que nosotros viviremos la misma vida nuevamente. ¡Dios!, yo tendré que ver de nuevo Sátántangó"
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: TERMINATOR
"Zayonara, baby"
Neathara 
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| 25 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Alexei
Londres (Reino Unido)
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Su valoración:  |
22 de Octubre de 2006 |
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Este tipo de películas suelen crear controversia, al igual que sus críticas. Yo descubrí a Béla Tarr gracias a la lectura que hice de una entrevista que le hacían a Gus Van Sant; en ésta él hablaba de que para su película Gerry se había inspirado en ésta película de Tarr, Sátántangó, basada en un libro de László Krasnahorkai, el cual será traducido y publicado en España en breve. El caso es que me enteré de que hacían una restrospectiva de toda su obra en el pasado Festival de Cine Europeo de Sevilla, y recordando la entrevista aquella saqué entradas para ver ésta película. Siete horas de duración. Puede que un francés hiciese una película de trece, pero a todas luces resulta excesivo. Se proyectaba en tres pases, cada uno de una hora cuarenta y cinco minutos; mañana, tarde y noche. Evidentemente ese día llegué a casa con un dolor de cabeza increíble después de haber estado todo el santo día en el cine. Pero créanme si les digo que mereció la pena.
A ver, seamos sinceros, en la segunda parte me quedé dormido no sé cuanto tiempo, quizás diez minutos, pero no me perdí mucho. Pero aquel día fue, a pesar de todo, alucinante. Una veintena de jóvenes embarcados en tamaña aventura, en ese "viaje al fin de la obra". Se trata de planos secuencia de diez quince minutos que parecía que fuesen infinitos, en los que uno piensa a veces que le están tomando el pelo y otras que es una autentica genialidad. Aguanté, pocos fueron los que se fueron, pero fue épico. Yo recomiendo a todo el mundo que la vea, tranquilo y con tiempo, incluso a trozos, no pasa nada, pero no dejen de deslumbrarse con la elaboración de los planos, con ese blanco y negro mágico, con esa realidad empañada de esa carga de misticismo... impagable. Es por eso por lo que le doy un nueve. Y digo ¡por fin! porque ya era hora de introducir a este director en nuestro país.
Luego me dejaron Kárhozat y Werckmeister Harmóniák, para mí mejores ambas que ésta que analizo y mucho menos densas.
Alexei 
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| 13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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felas
san lorenzo de el escorial (España)
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Su valoración:  |
4 de Enero de 2010 |
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A quienes le gusta “En Busca del Tiempo Perdido” no se les ocurre decir que es una novela larga, y los que se adentran en el estilo sinfónico de Kristian Lupa y “soportan” una obra de teatro de mas de nueve horas con el transfondo de Andy Warhol, no alegan nunca cansancio y tedio. ¿Porqué cuando se habla de Satantango, de Béla Tarr, siempre ponemos un : ¡atención! dura mas de siete horas?Pues sencillamente porque hemos convertido el cine en un producto enlatado que no puede pasarse de los 120 minutos como máximo, y el que se atreve a traspasar esos límites es criticado incluso por los amantes del cine.
Satantango lo tiene todo: una historia contada cinematográficamente, unos actores que saben mantener la tensión dramática, unas secuencias con una belleza plástica innegable, unos sonidos magistralmente captados, una música original, una situación política de fondo, y hasta la llegada de un profeta de la esperanza al modo de Isaías.
Cine para los que gusten de Tarkovski, Angelopoulos, Dreyer..., ya entendéis ¿podemos considerar excesivo el tiempo que tarda Andrei Goreakov en cruzar el estanque en nostalgia? Satantango necesita más de un visionado lo mismo que hacemos con Stalker. Un detalle para terminar Irimias es Mihály Vig el compositor y músico preferido de Béla Tarr.
felas 
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| 7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Ludovico
Ávila (España)
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Su valoración:  |
23 de Agosto de 2011 |
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Béla Tarr, yo creo, ha reinventado el cine. Y lo ha hecho llevando al límite una concepción específica del tiempo cinematográfico que niega la idea convencional de temporalidad: esa concepción cuantitativa y cartesiana del tiempo —cómoda pero inaceptable— como magnitud homogénea y vacía, susceptible de ser llenada de acontecimientos que se suponen objetivamente observables. Ahora bien, ¿puede separarse el tiempo de los acontecimientos que lo constituyen? ¿Un bloque de tiempo es el mismo si es vivido por otro? Creo que Tarr diría que no.
Si añadimos que en todo acontecimiento hay siempre parte de interpretación, que no existe versión “objetiva” de un hecho humano, se puede entender ese repetido retorno sobre sí y la sustitución de la ficticia y engañosa línea recta de la narración (mera abstracción) por una sucesión de oleadas poéticas: planos secuencia que se cruzan, se solapan, se entrelazan, para fabricar el tejido mismo de lo real: danza de Shiva o tango de Satanás. Tarr lo ha dicho con incontestable claridad: «No quiero contar historias; quiero mostrar el fondo de la naturaleza humana». Y para acceder ahí, hay que arrancar los acontecimientos a la linealidad de la historia (y de la Historia) y a las convencionales leyes de nuestra idolatrada causalidad, romper la horizontalidad del despliegue cronológico y dejar que afloren las dimensiones ocultas de la temporalidad.
No hay paradoja en que el cine metafísico de Tarr parta de una estética hiperrealista, que potencia al extremo los detalles visuales y sonoros: textura de las ropas raídas, de paredes desconchadas, de una piel envejecida (todo trabajado siempre por la duración)... rumor de pasos, de respiración, de jeringuilla absorbiendo el líquido (!)... Omnipresencia de agua, tierra y barro en Sátantángó, obra esencialmente telúrica, “matérica”, que no materialista. Belleza sublime de las formas, expresión luminosa de la verdad de lo esencial: Tarr o la aparición de la belleza en todas las cosas.
Tampoco hay paradoja en partir de situaciones sociales definidas (pero, como en “Armonías...”, sin referencia espacio-temporal alguna, lo que libera de la anécdota) para llegar al mundo del alma y al alma del mundo. Tarr, cineasta en busca de lo absoluto, vincula las dos orillas del ser, uniendo sin confundir lo descriptivo y lo profético, lo personal y lo cósmico, lo social y lo ontológico, lo material y lo intangible, lo efímero y lo eterno: arco infinito que abarca el abismo de la existencia, en un ambiente (también como en “Armonías...”) de apocalipsis inminente.
Sus imágenes quedarán en mi memoria, hasta la próxima visión, como recuerdo indeleble de que, más allá —o más acá— de la banal cotidianidad, existe un mundo real. Tarr me proporciona, más que ningún otro cineasta, eso que Rudolph Otto llama “experiencia de lo numinoso”: una presencia “tremenda y fascinante” que, superando cualquier posibilidad de expresión, me deja sin habla y literalmente anonadado.
Ludovico 
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| 5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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davilochi
Teruel (España)
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Su valoración:  |
14 de Julio de 2011 |
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Al igual que Tarkovski, Angelopoulos, Bresson, Kurosawa, Bergman o Kubrick -por citar algunos-, el húngaro Bela Tarr pertenece sin género de dudas a ese selecto grupo de directores de cine que en el ejercicio de su labor artística se elevan a la categoría de filósofos. Al igual que ese elenco de ilustres directores con que comenzaba esta crítica, Tarr combina su peculiar visión de la vida con un increible manejo de los resortes del séptimo arte. "Sátántangó" fue la obra que lo confirmó definitivamente como uno de los grandes, como alguien que habría de ser tenido en cuenta de cara al futuro. Sin embargo su explosión definitiva debe mucho a esa fantástica dupla que desde "La condena" -obra maestra menos conocida por ser anterior al fáustico proyecto de la granja colectiva- viene formando con su compatriota y genial escritor László Krasznahorkai, que ha encontrado en Tarr un tesoro para dar forma visual a su obra literaria. Quizás, el único problema con que se ha podido encontrar el literato es que la ascendente estrella de su colega en la escena internacional del cine ha venido a eclipsar un tanto su nombre para el gran público que de vez en cuando descubre que "Armonías de Werckmeister", "La condena" o la propia "Sátántangó" están basadas en novelas suyas. No obstante, como se suele decir por aquí, "quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija", y la intensa colaboración entre estos húngaros tan notables ya ha cumplido más de veinte años con la puesta en escena de "The Turin Horse" este mismo año, en cuyo guión ha colaborado activamente Krasznahorkai.
Varias cuestiones permiten deducir que la película se encuentra ambientada en los años 80, en algún punto de la Gran Llanura húngara. Lo más esclarecedor es que Tarr ambicionara filmar la obra desde un momento tan temprano como el año 1985, pero se encontró de frente con la hostilidad de las autoridades del régimen comunista, quienes sabían perfectamente de las intenciones del director y del daño que podía hacerse a través del cine, máxime en un momento políticamente tan delicado como aquel. Fuera del bloque soviético quizás no estuviera tan claro, pero dentro de él eran muchos los que sabían que o se hacía algo o aquello se acababa, y hacer algo podía suponer que se acabara también. Tarr quiso retratar ese final llevando al cine la obra de Krasznahorkai. Puedo imaginarme a las autoridades en cuestión tragando saliva ante el proyecto del díscolo director de cine.
Obras como éstas hay que abordarlas desde las entrañas, conocer cómo se gestaron y cuáles fueron las motivaciones que las sacaron adelante. Para cualquier espectador corriente "Sátántangó" representa el goce visual y estético, incluso lírico si se quiere, pero para la mayor parte de los espectadores húngaros que tuvieron la oportunidad de verla en los años 90 no se trataba más que de la cruda realidad: esa película hablaba de un dolor real.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Desde el mismo inicio Tarr nos apabulla con ese genial plano-secuencia que pone al descubierto la decadencia dominante en una granja colectiva: charcos negros, barro negro, edificios ennegrecidos por el paso del tiempo. El espectador puede sentir el abandono y la desolación al observar la infraestructura completamente destartalada. Los húngaros son gente que tienen grabado en la memoria su pasado traumático, de lo cual es culpable en no poca medida esa decadencia que permite ver en el paisaje las huellas de la guerra y el desastre (cualquiera que haya estado en Budapest y haya observado las fachadas de esa hermosa ciudad sabrá de qué hablo). Allí, en mitad de la llanura, el recuerdo de la última guerra es un campanario devastado que servirá para dotar de estructura circular al film y cumplirá el papel de coro en esta inmensa tragedia griega que es "Sátántangó".
Los habitantes de la granja quieren huír de allí, empezar una nueva vida, en ningún momento tenemos muy claro cuáles son sus proyectos. Pero, ¿es posible empezar una nueva vida?, incluso, ¿es posible vivir?, ¿acaso alguna vez han llegado a hacerlo? Aquellos fueron años grises marcados por la incertidumbre, la represión y la aplastante cotidianeidad de la desesperanzadora realidad, fueron años hechos de rumores, pero también de falsos profetas como Irimías, que en connivencia con las autoridades servían como agitadores al servicio del régimen. Esos dos planos impresionantes de calles encajonadas donde los personajes caminan acompañados por grandes cantidades de basura arrastradas por el viento, incapaces de mirar atrás o si quiera levantar la cabeza nos muestran una visión satánica del "Ángel de la historia" de Walter Benjamin, ése mismo que arrastrado por la tempestad procedente del paraiso se veía condenado a vagar sin freno por los cielos sin poder hacer nada por parar la catástrofe que se desataba a sus pies. Irimías es como ese ángel, pero ataviado con su gabardina y su sombrero negro se convierte en su antítesis, pues al contrario que el ángel de Benjamin él es quien siembra la destrucción y no mira atrás porque no hay necesidad de ello: ¿para qué contemplar algo que ha visto mil veces representado en su cabeza? De fondo suenan las campanas: se han abierto los sellos del Apocalípsis.
La lluvia "no parará hasta la primavera" dice el doctor, pero ¿llegará algún día de nuevo? Es difícil que lo haga en un mundo donde los hombres son exclusivamente peones de un sistema que se sirve de ellos a su antojo, incluso Irimías, con toda su seguridad en sí mismo no es más que una mera comparsa. Es en los despachos de Budapest donde burócratas de la policía política almuerzan al mismo tiempo que juzgan y deciden sobre el destino de personas humanas, es precisamente ahí donde se ha abierto el agujero negro que absorbe lentamente las fuerzas de la humanidad, de lo que queda de ella, y todo en mitad de la más absoluta monotonía, del aburrimiento más supino.
davilochi 
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