spoiler:
Extraña, esta película. De un lado tenemos un inicio digno de videoclip de MTV, es decir, tontería tras tontería cámara en mano. Después, un cierto tono de documental, quizá lo más interesante de la película, que sigue los pasos de los chicos de Dogtown en busca de piscinas vacías a espaldas de los propietarios: ahí está, también, la virtud del skate: su ilegalidad. Esta segunda parte, pues, esboza ligeramente lo que todavía hoy no se comprende: hasta hace muy poco era una práctica perseguida por la ley, y precisamente su condición de "deporte" lo ha adocenado. Después, en un cambio de registro, la película recuerda más a "Cuestión de pelotas" que a un historia de egocéntrica y coral decadencia. Al final se recupera en parte el equilibrio, Hardwicke rescata la brida que ha ido perdiendo a lo largo de todo el metraje y desvela en su epílogo la perversión del skate: de jóvenes aburridos a burgueses aburridores. No se perdonan anacronismos de vital importancia: en el 76 ni siquiera se había publicado el primer álbum del gran Richard Hell y los Voidoids y, no obstante, aparece un grupo de pseudo-Hardcore con una camiseta de Black Flag. La próxima vez mejor sería ubicar esta escena en el centro del plano -aparece en el escorzo de "Una historia de Brooklyn"- en vez darse pisto como si todo aquello la incumbiera.