|
EL ILUSIONISTA y su magia regresan al cine con un cartel que recuerda al anuncio de la Lotería de Navidad.
Desde la aparición del cinematógrafo, el cine ha mantenido una estrecha y evidente relación con la magia. Ambas artes comparten su capacidad de asombro y ensoñación, el truco como materia prima para alcanzar una ilusión hipnótica. Directores como Murnau, Wiene, Marshall o Herzog se han dejado engatusar de distinta forma por sus encantamientos. Hollywood, aprovechando la confusa religiosidad en que vivimos, el misticismo y la espiritualidad que reporta la renovada curiosidad occidental por las ciencias ocultas, se suma a la palestra. El marrón (u oportunidad bien aprovechada) le ha caído a Neil Burger, procedente del mundo publicitario (trabajos para MTV y Amnistía Internacional), y responsable de un falso, pero acongojador, documental (premiado en Woodstock y Avignon): Interview with the Assassin (2002).
A diferencia de Bergman en El rostro (1958), Neil Burger deja a un lado el interrogante sobre la existencia de Dios, pero sí se acoge, al igual que el director sueco, a la reflexión sobre la ilusión del arte y su relación con el poder. Más que la construcción de la magia, lo que le interesa son los efectos que causa en la gente que se embelesa por ella, analizar la credulidad del espectador ante tal experiencia, pero sobre todo, entretener. La sorpresa, apoyada en el carisma de Edward Norton (compone un magnético y misterioso Eisenheim, síntesis del Houdini de Tony Curtis y el Hanussen de Tim Roth) y el dulce momento de Paul Giamatti (Entre copas, La joven del agua), aguanta media función gracias a su ambientación, una mezcla teatral y expresionista excelentemente arropada por la música de Philip Glass.
Si en verdad es el amor verdadero lo único que permite evadirnos del mundo, lo que impide que El ilusionista sea un truco perfecto, dada su humildad, es precisamente su vertiente romántica. No hay pasión, al director le sobran tablas como director pero le faltan como guionista. La ambigüedad y la sugerencia se pierden en su resolución, donde ya no quedan preguntas, dudas ni fe, pues el código mágico se ha traicionado.
La Maga 
|