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| 3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Juanlu
Madrid (España)
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Su valoración:  |
9 de Noviembre de 2010 |
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Hablar de Nosferatu es hablar de la primera (o una de las primeras mejor dicho) películas de terror de la historia del cine. F.W. Murnau dirige este clásico del terror, basándose libremente en el Drácula de Bram Stoker (ya que no consiguió los derechos de la obra, lo que hizo que la viuda del señor Stoker le demandase) alejándose de las primeras propuestas que reinaban, para rodar fundamentalmente en exteriores, dotando a la película de una atmósfera lírica, romántica y expresionista.
Su utilización de planos fijos, generales (nunca la cámara en movimiento), su estupendo uso de las luces y las sombras (para la posteridad, la escena de Nosferatu subiendo las escaleras), su simbolismo (el mal, la oscuridad, las tinieblas) y su ambientación la convierten por méritos propios en una de las películas (a pesar de ser cine mudo) mas influyentes en el ámbito del cine de terror. En 1979, Werner Herzog, hizo una revisión a la mítica película, con bajo presupuesto, con Klaus Kinski como protagonista del filme.
Su actor protagonista, Max Schreck, quedó para el recuerdo por su papel del Conde Orlok, la leyenda, el mito, cuenta que era un vampiro de verdad y que su director le pagó para morder el cuello a su protagonista en una de las escenas... (de aquí salió la historia para la película La sombra del vampiro, protagonizada por Willem Dafoe, que fue nominado al oscar por su papel).
Nosferatu, sigue teniendo ese aroma a terror clásico, a terror de verdad. Ver al Conde Orlok es observar a un vampiro de verdad (sublime maquillaje) y sigue teniendo la capacidad de inquietar, de asustar... Terror, lirismo, romanticismo y mitología se unen para dejarnos una película inquietante, poética y realmente aterradora.
Una hermosa sinfonía del horror.
Juanlu 
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| 3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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blacksad
Zaragoza (España)
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Su valoración:  |
20 de Noviembre de 2010 |
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Si alguien baja del barco y dice: "No hay ningún alma a bordo, señores. Está vacío". Evidentemente, no por su tono, no por ninguna particularidad del ambiente, espera una respuesta; o al menos alguna clase de reacción satisfecha o comprensiva.
Cuando el encargado -no específicamente: trabajador general del puerto, estibador acaso, pero le ha tocado ocuparse de la tarea de reconocer la nave- cruce la pasarela que une los pocos metros de separación barco-muelle, y se aproxime a los doctores-peritos, o a los superiores que sea, y afirme con rotundidad de marino obtuso: "No hay ningún alma a bordo, señores. Está vacío". Entonces, porque ese es su mundo, su espacio a sí mismo propiamente restringido, este hombre, sin conocer el modo o la causa, aguardará una respuesta natural a comentario semejante -es un comentario pertinente y técnico, y ni siquiera él sabrá jamás qué significa.
Ni mucho tiempo después, ni tiempo antes, cuando acaso habrá importado que bauprés y proa enfilaran extrañamente la línea que une ambos escenarios, actos, mundos.
Y ahora, más tarde, se escuchará una voz cuando las luces de gas se encienden porque las otras se apagan, y el pueblo entero poseerá una dirección, una muerte propia, una atmósfera idónea.
Esa voz era extraña, y quizás poseyera mensaje. ¿Era japonés?
Era como el lenguaje que en mitad de naturaleza hace hablar a los pájaros.
Era azul y amarilla.
No habremos atendido bien a todas las señales. Pero estaban allí.
Basta decir una vez más, con resolución, aunque mecánicamente: "No hay ningún alma a bordo..."
El resto sucederá solo y sin trabas. Extrañamente tintado. Extrañamente.
Y quizás algo más tarde, aunque ahora de verdad ya sí que no importe, un joven llevará arrancadas flores a su joven novia -es el sello de la fatalidad, las ha matado: pero son bellas igualmente. Caminará los Cárpatos. Y luego volverá a recorrer otra vez la calle de su destino, restringido -ahora sí-, únicamente a la entrada y a la salida, al arco y al fuera de plano, a la toma, a la eternidad, a la música. Eternamente.
Porque eso sí que es cierto. Si te preguntan.
Responderás sin pensar siquiera; hipnotizado:
Era la música. Eternamente.
Era la música.
................
(Ende)
blacksad 
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| 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Se trata de un memorable film que ayudó indudablemente a la modernización del cine, pero que narrativamente hablando va en calidad de más a menos. Murnau fue el primer gran escenógrafo, sabiendo mover muy bien a sus actores en todo momento, con un gran cálculo de la composición y eso se demuestra en lo meticulosas que son sus escenas en exteriores. Algunas de estas escenas transmiten exactamente lo que se pretende de ellas, y eso es gracias a la correcta escenografía que realiza el narrador.
Pero la trama a medida que pasan los minutos va perdiendo interés, y creo que es debido a una excesiva duración del desenlace (corta el clímax), siendo una lástima, porque el resto de actos habían finalizado excelentemente.
antonio_corleone 
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| 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Con apenas excepciones, a las películas de terror les ocurre lo mismo que a los presidentes malvados: lucen viejos en cuatro años. Y la razón es concreta: estos envejecen porque tienen el alma vacía de amor por sus congéneres y el cine terrorífico pasa de moda porque, no tiene más pretensión que la de causar unos cuantos sustos, y sus fórmulas se repiten tanto que, al tercer o cuarto plato que te sirven, ya sólo “asustan” a la mamá de los directores, pues “como decepciono a mi muchacho”.
“NOSFERATU” es la pelicula de un director de enorme talento, F. W. Murnau, quien dio al cine obras imperecederas y que, entusiasmado con la escuela expresionista que tanto renombre estaba dando al cine alemán, decidió en 1921, trasladar al cine la terrorífica novela del irlandés Bram Stoker, “Drácula” (1897). Pero, al serle denegados los derechos, decidió hacer una versión personal que, no obstante, conservaba el hilo histórico de la obra literaria, lo que luego daría lugar a una demanda que Murnau perdería, decidiendo los jueces que debían ser quemadas la totalidad de las copias de la película. Por fortuna, varias cintas se habían vendido ya a otros países, y así pudo preservarse una obra cinematográfica cuyo valor artístico ha sobrepasado hoy todos los juicios valorativos.
Como historia, en lo que a mi respecta, al filme de Murnau no le veo más valor que su asociación premonitoria de la peste ideológica y política que comenzaba a cernirse sobre la vieja Europa y que motivaría un día las certeras palabras del escritor alemán Siegfried Kracauer:”Con Caligari y Nosferatu se iniciaría la larga procesión de tiranos que culminaría con Adolph Hitler”. De resto, la aventura me resulta bastante plana y con muy poco interés para mi gusto.
Cinematográficamente, el cuento es a otro precio. “NOSFERATU” hace escuela como expresión excelsa del arte gótico pues, su efectiva puesta en escena para expresar lo escabroso e intimidante, su composición de imágenes que busca extraer, conscientemente, la extraña pero inocultable belleza que puede hallarse en lo terrorífico, y su magnífico juego de luces y sombras para definir el misterio y la expectativa que nos inducen al miedo, hace que este filme logre el sello de la permanencia. Y, en años posteriores, se ha fortalecido al complementar la obra con el inserto de una electrizante banda sonora que aumenta, significativamente, el efecto de las imágenes.
Sobra decir que el actor Max Schrek consigue recrear una figura tan especial, que lo hace un miembro sobresaliente de la iconografía del cine de terror.
Luis Guillermo Cardona 
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| 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Shinboneniná
Abroad (de momento) (España)
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Su valoración:  |
15 de Mayo de 2011 |
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No se puede juzgar esta obra de Murnau con los ojos de un espectador medio del siglo XXI, y mucho menos en un género tan devaluado como el vampírico. Sin embargo, ninguno de los acercamientos a la tediosa (como casi todo el romanticismo) obra de Stoker resiste la comparación con ‘Nosferatu’. Uno de los más celebrados por crítica y público, el que hiciera Coppola, parece un atropellado fluir de postales barrocas y grandilocuentes comparado con la sólida narrativa de este magnífico ejemplo de expresionismo alemán.
Los ingenuos efectos visuales de la época no le restan un ápice de fuerza dramática o poética. Porque si en algo Murnau gana al resto por goleada es en lirismo, dejando de lado cuestiones meramente hemorrágicas, mucho más superficiales. Se crea una atmósfera difícil de explicar y a buen seguro irrepetible. Miedo ya no da; dudo que lo diera en algún momento, o que siquiera el director quisiera transmitir esa sensación. Personalmente, hubiera preferido un final más dramático, pero sigue siendo una película de obligada visión. Y además me gusta.
Shinboneniná 
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