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| 33 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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kikujiro
Madrid (España)
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Su valoración:  |
6 de Agosto de 2007 |
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Para su primera incursión en el cine, el debutante Ivan Vyrypaev (prestigioso dramaturgo ruso) ha elegido como escenario la impresionante estepa rusa. Pero el paisaje se convierte en mucho más que un simple marco donde desarrollar la acción. Los personajes actúan profundamente marcados por la vastedad que los rodea, y por el aislamiento al que se ven abocados. Entre ellos, Vera (arrebatadora Polina Agureyeva), una mujer atrapada en la inmensidad, y que notamos minúscula e insignificante. Casada, con una niña, y sin más compañía que su familia, y una pareja de ancianos vecinos. Alrededor sólo una enorme extensión de tierra. Pero surge la pequeña chispa que hará cambiar su vida. Una chispa encendida por Pavel, al que conoció en una boda (sólo mediante miradas), y que se aferra a Vera como su única oportunidad para escapar de su (intuimos) opresiva vida.
La historia de amor que se desencadena es apasionante y apasionada. Algo incontrolable, espontáneo, irracional... Dos personas que no han sentido en su vida nada remotamente parecido a lo que están viviendo. Por supuesto, no tienen ni idea de cómo enfrentarse a ello. La única opción es seguir sus instintos, moverse por impulsos, empujados hacia el abismo por la perentoria necesidad de escapar, de amar, de sentir, de estar vivos. Arrastrados a una huida hacia delante, mágica y trágica, a la vez.
(sigue abajo, sin spoiler)
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Toda la película posee una inusual belleza. Obviamente, las localizaciones escogidas tienen mucho que ver en esta deslumbrante hermosura. Pero el mérito del autor radica en su forma de filmar esta historia. Todo el filme está impregnado de un ligero tono poético, pero nada petulante. Acostumbrados a la pretenciosidad que se instala en determinados autores a la hora de introducir la poesía visual en sus obras, se agradece la agradable y sencilla poesía de Vyrpariev. Tampoco me quiero olvidar de la maravillosa música. Una banda sonora conscientemente omnipresente y a la que le gusta el subrayado. Aun estando en el límite de lo permisible, el efecto termina siendo hipnótico y embriagador. A lo que también ayuda un excelente uso del montaje, con el que, a veces, corta de forma brusca el exceso musical, dando así el necesario respiro para evitar la saturación. Otra veces, sin embargo, el montaje sirve para encadenar varios fundidos con exquisita suavidad. Una constante en este trabajo, el contraste y la convivencia entre lo brusco y lo delicado, entre lo desgarrador y lo armonioso.
Esta hermosa tragedia, llena de fuerza, supone un notable debut de este director, al que habrá que seguir en el futuro. Podríamos situarlo dentro de esa especie de constante en el cine ruso, en la que se explora todas las posibilidades de las relaciones hombre-naturaleza. Y aunque, de alguna u otra forma, está emparentado con los Tarkovsky, Soukurov o Zvyagintsev, también es cierto que hay un alejamiento en su forma de hacer cine (mucho más vitalista y explosivo) con respecto a los demás. Es innegable que posee una mirada propia, en la que destacaría su desbordante energía. La cual, si aprende a canalizar bien, puliendo algún que otro defecto propio del primerizo, puede reservarnos grandes momentos en el futuro.
kikujiro 
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| 20 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Grandine
Sitges (España)
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Su valoración:  |
23 de Septiembre de 2008 |
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Ni una sola conversa, ni caricias, ni gestos, nada de ello es necesario para que se inicie uno de esos románticos viajes que se te clavan, que comprendes desde la declaración inicial, con el que te identificas rápidamente y que te cautiva y embelesa como si nada, casi sin quererlo, pese a sólo haber recitado unas palabras, pese a ser tan secas y directas.
A partir de ese instante, cada paso es una duda, un temor, una confesión que te abre las entrañas de los protagonistas: Ella, de la que te enamoras con una sencilla mirada, él, con el que te fundes con facilidad, con ligereza, entendiendo todos los motivos que llevan a ese tipo a tomar una decisión tan extrema, tan arriesgada.
De ahora en adelante, ya nada será lo mismo, y tras la impresionante, magnífica y deslumbrante introducción de Vyrypaev, que te mece entre sinuosos planos secuencia envueltos por una banda sonora soberbia, todo se retorcerá irradiando un frescor y un vigor increíbles. Dándote un resquicio de esperanza, una última gota de romanticismo, al que aferrarte durante poco menos de una hora para creer que aun no quedó enterrado del todo en esta sociedad artificial.
Y qué mejor que esos bellos parajes, esos hipnóticos contorneos del aire, ese fastuoso movimiento de cámara, para que el amor y el desgarro surjan dentro de ti una vez más, y te vuelvan a demoler como hacía tiempo que ningún otro sentimiento lo lograba.
Grandine 
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| 11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Archilupo
Llanes (España)
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Su valoración:  |
23 de Marzo de 2008 |
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Los elementos del paisaje, inmenso, son protagonistas y dominadores: la vasta llanura pajiza del Don, el ilimitado cielo, poblado de nubes brillantes que no pueden taparlo, y un gran río (el ancho Don), en lento camino al Mar Negro.
El sol y la luna marcan con sus trayectorias fijas un ritmo ancestral.
Muchas secuencias comienzan en el azul del cielo; alguna otra consiste en el mero movimiento de las nubes.
Lo humano aquí es destartalado y precario: las aisladas casas de tablas, los dos o tres coches, la moto con sidecar, las ropas desabrochadas...
A vista de pájaro (perspectiva que la película asume frecuentemente), sobrevolando los caminos de arena polvorienta, la impresión de insignificancia es aplastante.
Dos de estas vidas humanas quedan imantadas por una atracción que las trastorna. Se han visto una vez y han perdido el sueño. No pueden resistirse a la fuerza pasional que empuja al uno hacia el otro. Son jóvenes y la vida hierve en sus cuerpos, los inflama en los espacios abiertos, al sol y a la luz plateada del plenilunio; también bajo las estrellas que se reflejan por millones en las aguas.
Casi no hay siquiera una aldea, apenas se puede hablar de sociedad.
Pero sí hay psicología, psicología rústica: hay un marido, algo envejecido, que sentado a la mesa en camiseta de tirantes ordena con voz bronca le sirvan la comida, mientras bebe; un marido expeditivo, con vodka en las venas y fusil de caza...
La música, un persistente acordeón, entre inquietante y melancólico, recuerda al tango y va acumulando un difuso clima de fatalidad.
La baza paisajística, jugada con énfasis, consigue bastante belleza plástica, un escenario grandioso y un lirismo visual muy apreciable, pero a la hora de ahondar en la tragedia humana llega sólo hasta cierto punto: hay una tensión propia de lo trágico que no termina de aparecer, y se queda en lo tremendo.
Archilupo 
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| 7 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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helen
Madrid (España)
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Su valoración:  |
14 de Marzo de 2008 |
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Pavel, un hombre casado, lleva una semana pensando constantemente en Vera. Decide ir a visitarla, porque desde que se miraron, nada ha vuelto a ser igual. Ella tiene marido e hija, y está igual de desconcertada que él en relación a sus sentimientos. Ambos viven en la inhóspita estepa siberiana y tienen pocos recursos económicos. Su historia de amor es un reto a la vida que han llevado hasta ahora.
Eurphoria es una de esas películas que pasan desapercibidas en cartelera, e inevitable cita para los amantes del gafapastismo. Y sin embargo, Euphoria, debut del realizador ruso Ivan Vyrypayev, es una interesantísima película, difícil de definir, y de olvidar. Contemplativa, romántica, pasional, apacible y violenta. Las contradicciones se agrupan en este pequeño filme, que compitió en el Festival de Venecia 2006 que consiguió el Pequeño León de Oro, y, más importante incluso, el apoyo de la crítica.
De argumento corriente, Euphoria comienza con una sinceridad demoledora. Dos protagonistas, sin preocupaciones, con vidas normales. Pero el sentimiento brota entre ellos. Sentimientos inesperados, trágicos, crueles, tremendamente poderosos. Te podría pasar a ti.
Pavel ya no puede esconder sus emociones. Decide encararse a Vera con lo que siente. Le explica que ya no puede vivir sin mirarla, tal y como lo había hecho desde su primer encuentro en ocasión de una boda. Ella le confiesa que también le miraba a él sin saber el porqué. Algo inexplicable se ha producido. Algo que ellos no habían conocido hasta el momento. Algo que ellos no comprenden.
Actores sin experiencia, paisajes desolados y diálogos mínimos. Ivan Vyrypayev compone una ambientación fría en la que reina la tranquilidad, pero con un “pequeño” río, el Don, metáfora de la violencia que puede llegar a desarrollar el ser humano. El fotógrafo Andrey Naidenov convierte a la estepa en un personaje más: hay infinidad de planos centrados únicamente en el paisaje. Frío, desangelado.
Quizá se te pase desapercibidas, pero si la ves, no la olvidarás. Llévate la coraza y no dejes aflorar la ternura. La Euphoria es peligrosa. Crea adicción, pero es una amante temporal. Cuando se desvanece, ¿qué queda? La dura realidad. Y ésta no volverá a ser como antes.
helen 
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| 4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Michi
Miranda de Ebro (España)
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Su valoración:  |
21 de Agosto de 2008 |
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Pavel necesita aclarar con Vera de una vez por todas, por qué una vez, durante el transcurso de una boda, cruzaron sus miradas. Él ya no puede más, y necesita contarle a ella todo lo que le pasa. Cuando Pavel le pregunta: “… ¿Y que vamos a hacer?..., Vera sólo sabe contestar con un ingenuo “…No lo se…”.
Euphoria, primera incursión en el mundo del cine del director de teatro ruso Iván Vyrypaev (Siberia, 1974), es una trágica –y a la vez hermosa- historia de amor y celos. Una historia de amor intenso, puro e inesperado, entre dos personas que nunca han sentido nada igual, y no saben como afrontar esta situación, para ellos desconocida. De una manera casi instintiva, se embarcan juntos en un camino en busca de respuestas a estos nuevos sentimientos
Los personajes de esta película están claramente marcados por la brutalidad del entorno. La inmensidad de la estepa, les convierte en figuras minúsculas. Todos actúan condicionados por el aislamiento al que se ven sometidos por la vastedad que les rodea.
Podemos comprobarlo en Pavel y Vera, los protagonistas de la historia, o en el bruto y celoso marido de ésta. Pero también en varios de los personajes secundarios de la película, pequeñas historias en las que el director nos sumerge, y que acentúan, más si cabe, la crudeza de la vida en esta zona del planeta.
Protagonizada por Polina Agureyeva (Vera), con varios premios dentro del cine Ruso, a pesar de su juventud; el debutante Maxim Ushakov (Pavel), que también es director de teatro y especialista en decorados de cine; y Mikhail Okunev, procedente del Teatro Ruso, Euphoria, sorprende por su juventud y entereza.
Los 70 minutos de esta breve, pero sobrecogedora historia, están impregnados de una belleza absoluta. Cabe destacar, una maravillosa fotografía, favorecida por unas espectaculares localizaciones en las estepas del Don. Un exquisito manejo de la luz, como las escenas rodadas durante la noche, o los claro-oscuros en la destartalada casa en la que Vera vive junto a su marido e hija. Una delicada suavidad en los frecuentes fundidos entre escenas aéreas del paisaje ruso. O el subrayado de la repetitiva e inquietante banda sonora obra del joven acordeonista Aydar Gainullin. Todo junto, nos dará la sensación de estar sentados ante una obra de arte, digna de ser expuesta en cualquier museo de renombre
Michi 
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